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La verdadera historia de Espartaco


La verdadera historia de Espartaco




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La serie Spartacus: Blood and sand está basada en la vida de Espartaco, un gladiador que en el siglo I a. C. organizó una importante rebelión de esclavos. La serie es muy entretenida y recomendable, aunque tiene varias inexactitudes. Lo que quiero hacer en este post es contar la historia auténtica de Espartaco, que es tan interesante como la versión de los guionistas de ese programa.

Todas las fuentes antiguas coinciden en que Espartaco era tracio. Sin embargo, esto no quiere decir necesariamente que fuera nativo de Tracia. En el siglo I, había dos estilos de combate para los gladiadores: el tracio y el galo. Cada estilo de combate implicaba diferentes tipos de movimientos, armas y armaduras, y, al comprar a un esclavo para convertirlo en gladiador, el lanista (así se llamaba el dueño de un ludus, como se conocía a las escuelas de gladiadores) decidía para qué estilo sería entrenado según su contextura física, independientemente de su origen étnico. De modo que es posible que el lugar de nacimiento de Espartaco estuviera ubicado en cualquier punto del vasto Imperio Romano, o incluso fuera de él. También es posible que su nombre ni siquiera fuera Espartaco.




Hacia el año 73 a. C. Espartaco era un gladiador en el ludus de Gneo Cornelio Léntulo Batiato, en la ciudad de Capua. Ese año él y otros gladiadores organizaron una fuga. Al ser descubiertos, debieron defenderse con utensilios de cocina, hasta que lograron llegar hasta el depósito de las armas y usarlas para vencer a los soldados que custodiaban el ludus; es posible que Batiato haya muerto en el combate. El grupo de gladiadores fugitivos era de apenas setenta. Las autoridades de Capua, enteradas de lo ocurrido en el ludus de Batiato, enviaron una pequeña fuerza para capturarlos, pero fueron derrotados, y pronto cientos de otros esclavos de la zona se escaparon para unirse al grupo. Finalmente ellos optaron por refugiarse en el monte Vesubio, un lugar fácil de defender. Allí eligieron a Espartaco como el jefe de lo que ahora era una horda cada vez más numerosa. Dos gladiadores “galos” ―conviene no olvidar la cuestión de los estilos de combate― llamados Crixo y Enomao eran sus lugartenientes principales.

El tema de los esclavos rebeldes de Capua pasó a manos del gobierno romano, pero al principio los dirigentes del Imperio no lo consideraron como una seria amenaza militar sino como un problema de naturaleza más bien policial. Así que enviaron apenas cinco cohortes de soldados ―el equivalente a unos 2.500 hombres, menos de media legión― al mando de un pretor ―magistrado de rango inferior al de los cónsules― llamado Cayo Claudio Glaber para erradicar a los esclavos del Vesubio. Glaber puso sitio al Vesubio, esperando cortar el suministro de víveres y lograr que los esclavos se rindieran. Sin embargo Espartaco y sus hombres lograron salir a hurtadillas del volcán y atacaron el desguarnecido campamento de Glaber, matando a todos los legionarios que habían quedado allí. Glaber intentó organizar una ofensiva con las tropas que le quedaban, pero fueron nuevamente derrotados; la mayoría de sus lugartenientes murió, y el propio pretor estuvo a punto de ser tomado prisionero. El resonante éxito de Espartaco hizo que miles de personas se unieran a sus fuerzas. No solo esclavos fugitivos se enrolaron en el ejército, sino también campesinos y pastores descontentos con la mala situación económica que atravesaban por la competencia de los grandes latifundios esclavistas. Así Espartaco llegó a tener 70.000 hombres bajo su mando.

En el invierno boreal del 73-72 a. C. Espartaco se dedicó a entrenar a sus tropas y a enviarlas en incursiones de saqueo a las ciudades de Nola, Nuceria, Thurio y Metaponto. En la primavera boreal del 72 Espartaco y su ejército comenzaron a moverse hacia el norte. Alarmado, el Senado romano envió un ejército más fuerte que el anterior, formado por dos legiones al mano de los cónsules Lucio Gelio Publícola y Gneo Cornelio Léntulo Clodiano. El ejército consular inicialmente tuvo éxito, derrotando a una parte del ejército rebelde formada por 30.000 soldados y comandada por Crixo ―quien estuvo entre los caídos en esa batalla―, pero luego fueron vencidos por el propio Espartaco.


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En Roma el temor a Espartaco creció. Conviene recordar que en esa misma época el poder de Roma se veía amenazado tanto en Oriente como en Occidente. Mientras que en Anatolia el rey Mitrídates VI del Ponto había emprendido una campaña para ampliar su reino y arrebatarle a Roma sus provincias, en España Quinto Sertorio, el último y más exitoso general de la facción de Cayo Mario, derrotada en la guerra civil por la del dictador Lucio Cornelio Sila, había creado un bastión rebelde desde donde hostigaba al gobierno romano, dirigido por los herederos políticos de Sila. Los dos generales más capaces del momento, Lucio Licinio Lúculo y Gneo Pompeyo Magno, estaban ocupados en eliminar las amenazas en Asia y en España respectivamente. De modo que el tener un ejército de esclavos en la propia península itálica podía significar la destrucción del Imperio Romano.


Roma


El Senado decidió encomendarle la misión de acabar con la rebelión a Marco Licinio Craso. Craso era el hombre más rico de Roma, pero también poseía antecedentes militares nada desdeñables. Él comandó una de las dos divisiones del ejército de Sila durante la decisiva batalla de Puerta Colina, en el 82 a. C., y fue clave para la victoria del dictador. Su familia había perdido toda su fortuna durante la guerra civil, pero él logró reconstruirla gracias a las proscripciones del régimen de Sila, que le permitieron apoderarse de las propiedades de muchos hombres y mujeres condenados a muerte por apoyar al bando perdedor. Otro método ingenioso que empleó fue el siguiente: cada vez que le informaban que algún edificio en Roma estaba incendiándose, se dirigía allí y se lo compraba al propietario in situ y a un precio mucho más bajo que el correspondiente, para luego hacer que una cuadrilla de quinientos esclavos suyos a quienes había entrenado como bomberos apagaran las llamas. Una vez que Craso volvió a convertirse en un hombre adinerado, empleó su fortuna para obtener poder político, prestándole grandes sumas de dinero a sus colegas del Senado sin cobrarles intereses… pero exigiéndoles favores políticos a cambio. Esto último fue clave para lograr que los senadores le dieran la misión de acabar con Espartaco, misión que le permitiría “reverdecer” sus laureles como general y quedar bien posicionado para las elecciones de cónsules.

A Craso lo pusieron al mando de ocho legiones ―50.000 hombres en total, muchos de los cuales eran supervivientes de las dos legiones de Publícola y Léntulo Clodiano―, con las cuales fue al encuentro de Espartaco. Aparentemente, en una escaramuza inicial, dos de las legiones mostraron una gran cobardía ante el enemigo. Craso entonces recurrió a un castigo que figuraba en los códigos militares romanos pero que hacía siglos que no se aplicaba: diezmar a las legiones. El castigo consistía en dividir a las legiones en grupos de diez soldados. De esos diez, uno debía ser ejecutado, y los restantes nueve debían ser quienes lo mataran, y no utilizando sus espadas ―un método demasiado rápido― sino a garrotazos. De esa manera sufrían tanto el condenado a muerte como sus verdugos, que se veían forzados a asesinar lenta y dolorosamente a uno de sus compañeros. Con ese brutal método Craso logró que sus soldados le tuvieran más miedo a él que a Espartaco.

Poco después llegó la noticia de que Espartaco había hecho que 300 romanos, soldados de las legiones de Léntulo Clodiano y Publícola que habían sido tomados prisioneros, combatieran hasta la muerte como gladiadores, como parte de los Juegos funerarios en honor al fallecido Crixo. El único gladiador/prisionero sobreviviente fue flagelado y decapitado. La noticia fue una humillación para el orgullo nacional de los romanos, e hizo que los legionarios de Craso estuvieran aún más decididos a terminar con Espartaco.

Se produjeron varias victorias de Craso sobre Espartaco en el año 71, que lo forzaron a detener su marcha hacia el norte e ir moviéndose cada vez más hacia el sur de la península. Desesperado, Espartaco quiso trasladar a su ejército a través del estrecho de Mesina hacia la isla de Sicilia, e hizo un pacto con unos piratas cilicios, a quienes les entregó una gran suma de dinero como adelanto, para que les permitieran usar sus naves; no obstante, los piratas decidieron que era más inteligente quedarse con el adelanto y dejar librados a su suerte a los esclavos. Espartaco entonces movió a su ejercito a los alrededores de Reggio, pero Craso construyó una larga red de fortificaciones y lo dejó sitiado, cortándole los víveres. Espartaco intentó llegar a un acuerdo con Craso, con la ingenua esperanza de que al menos les permitirían conservar sus vidas, pero el general romano se rehusó. El ejército de Espartaco comenzó a perder su disciplina y desbandarse, a medida que muchos soldados desertaban e intentaban escapar del cerco de Craso. Espartaco entonces decidió librar una batalla definitiva.


Ley

Estatua de Espartaco, hecha por Denis Foyatier en 1830


El combate fue largo, pues aparentemente muchos de los soldados de Espartaco decidieron pelear hasta la muerte. Si bien concluyó con una victoria definitiva de las tropas romanas comandadas por Craso, el destino final de Espartaco, instigador de la revuelta ―que pasó a la historia como la Tercera Guerra Servil, llamada así porque a diferencia de las guerras civiles los enemigos no eran otros ciudadanos romanos sino meros esclavos― se desconoce. Muchos lo vieron caer en el fragor del combate, pero luego Craso no fue capaz de hallar su cuerpo.

Pese a ser un general victorioso, Craso no podía ser premiado con un Triunfo pues su enemigo no había sido un Estado o una tribu extranjera. No obstante, él decidió que su victoria sería celebrada con un espectáculo mucho más estremecedor que un Triunfo. Craso había logrado tomar 6.000 prisioneros del ejército de Espartaco, entre hombres, mujeres y niños. Lo que hizo con ellos fue crucificarlos ―el método romano habitual para castigar a los esclavos desobedientes―, pero en lugar de colocar las cruces en algún descampado, las fue poniendo al costado del camino en la Vía Appia, una ruta que comunicaba la ciudad de Capua ―el sitio donde comenzó la revuelta― con Roma. Así, todos los viajeros que transitaban esa muy concurrida carretera podían ver a los seis mil esclavos que habían osado rebelarse contra sus amos y contra el poder de Roma muriendo lentamente.


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