InicioArteEl Astrologo de la Reina - Murray Leinster

"Éste es uno de los pocos relatos medievales futuristas que hayan sido escritos. Sólo sé de otro llamado La fuerza, salido también de la pluma del prolífico Leinster. En este último, un personaje de otro planeta visita a un profesor incomprendido de la Edad Media. En el presente, por otra parte, la anticipación es nativa y local, sin interferencias foráneas. Y resulta extraño cuan vivida y real parece la "anticipación" en esta narración, a pesar de su ambiente medieval.
Murray Leinster era ya un gran autor de obras de ciencia ficción antes de que nacieran algunos de los demás autores que figuran en esta antología. Su primera novela bajo el pseudónimo de Leinster apareció en 1920, aunque como Will Jenkins (su verdadero nombre) ya había publicado otras."




EL ASTROLOGO DE LA REINA


Cuando el desconocido llamó furtivamente a la puerta del Astrólogo de la Reina, en Ynarth, era casi de noche. Había nieve en los tejados de todas las achaparradas casas, y en las calles, una nieve fangosa y resbaladiza debido a las pisadas de los viandantes, y también una caperuza de nieve en la cabeza de Robin Ghaur, que estaba expuesta sobre un poste en la Plaza del Centro.

La Reina había hecho ejecutar a Robin Ghaur y de manera edificante, había hecho colocar su cabeza, por orden especial, no aplastada ni maltrecha, entre las mandíbulas de una monstruosa máquina, en la Plaza, para recordarles a sus vasallos que una revuelta no daba buenos resultados. También tomó otras medidas, en las que la mayoría de sujetos procuraron no pensar, pero en las que a veces soñaban. En consecuencia, la ciudad y el reino de Ynarth eran desesperadamente leales a la Reina que vivía en su palacio, frunciendo constantemente el ceño hacia sus súbditos.

El desconocido llegó a la ciudad hacia el crepúsculo, antes de que se cerrasen las puertas, cojeando y apoyado en su cayado, como un mendigo muerto de hambre. Fue vagando por las calles hasta que halló un mesón ampliamente surtido, donde gracias a unas monedas de cobre obtuvo comida, que tragó vorazmente, y pareció dormitar mientras escuchaba atentamente todas las conversaciones. Pero ninguna charla le resultó informativa porque la Reina tenía muchos espías. Al final, el desconocido, que hablaba con ligero acento extranjero, tuvo que preguntar dónde se alzaba la casa del astrólogo de la Reina.

Y ahora estaba llamando furtivamente a su puerta. Se produjo una espera impresionante. Por fin, una vacua cara sonriente llenó la obertura enrejada. El desconocido puso una moneda entre las rejas. La moneda cayó al suelo, tintineando como oro. La puerta se abrió al instante y el criado del astrólogo sonrió servilmente, cediendo el paso al forastero. Volvió a cerrar y a atrancar la puerta y sin una sola palabra lo condujo arriba.



El desconocido se detuvo cuando la luz lo deslumbre. Se hallaba en una vasta estancia con una monumental chimenea a un extremo. Las llamas crepitaban confortablemente en el hogar. Había un lagarto embalsamado que colgaba del techo y búhos y murciélagos en los muros, y por todas partes se veían las cartas y planos del astrólogo, desplegados de manera impresionante. Pero el astrólogo de la Reina se hallaba ataviado con un atuendo corriente, ocupado en una complicada confusión de tubos de cristal y líquidos en matraces. Levantó la cabeza y enarcó las cejas.

El desconocido, sin decir una sola palabra, se desposeyó de las ropas de mendigo. A medida que caían las ropas, debajo iban apareciendo otras prendas más lujosas. El astrólogo estaba admirado. Por fin se incorporó y saludó gentilmente.

—Vienes de lejos —observó—. Vistes cómo los sacerdotes de Ars, más allá de las montañas. Me siento abrumado por tanto honor. Nosotros no adoramos a Ars, aquí en Ynarth, pero te ofrezco lo que parece apropiado como cortesía.

El forastero asintió y tomó asiento.

—Esperaba tu cortesía. Vengo en busca de ayuda —contestó con frialdad.

—Estoy a tu servicio en todo aquello que la Reina aprobaría —repuso secamente el astrólogo—. Filtros de amor, horóscopos, encantos, magia de tres colores... todo lo que no sea una traición lo haré con sumo gusto por un colega.

Al observar que el forastero lo miraba extrañado, el astrólogo explicó:

—Nuestra Reina es sumamente inteligente. Tiene espías, y espías de espías, y espías que espían a los espías de los espías. Te aseguro que ningún hombre cuerdo de Ynarth soñaría en traicionar a la Reina. Y yo soy un hombre cuerdo.

El desconocido se encogió de hombros.

—No pienso en ninguna traición —fue la respuesta—. Se trata de religión. Ya habrás oído hablar de la gran imagen de oro de Ars, en Scliit. Tiene quince palmos de altura, es de oro sólido y lleva una armadura, hecha con los huesos de los enemigos de nuestra nación. Indudablemente, también habrás oído alabar su enorme, brillante y único ojo, tan rojo como el fuego, tan brillante como el odio y con las llamas del infierno en sus entrañas. Tal vez la noticia no haya llegado tan lejos; pero un sacrílego ladrón ha sido tan osado y listo como para robarlo.

—Me siento sumamente perplejo —confesó el astrólogo de la Reina, cortésmente.

—Y espero tu ayuda —prosiguió el forastero— para recuperarlo.

—Por desgracia —se quejó el astrólogo—, mi magia no es muy grande en esta especialidad. Vacas extraviadas, esposas huidas, amantes... sí, he tenido algunos éxitos hallando tales seres. Pero nunca ojos de ídolos. Temo que esté un poco enmohecido en los procesos mágicos para la búsqueda de ojos de ídolos.

—¡Un higo por la magia! —gruñó despreciativo el sacerdote de Ars—. ¡Un bledo por la astrología! ¡Al fuego los encantos y sortilegios! Reconozco el aparato en que te ocupas. Trata de algo que yo conozco.

El astrólogo se sobresaltó ligeramente. Miró el aparato y luego de nuevo a su visitante.

—¿Sí? Bueno, lo cierto es que tengo algunas dificultades...

—Los niños oyen los chillidos de los murciélagos —le atajó el extranjero— que ningún adulto puede oír. Tú quieres saber el motivo. Has fabricado un silbato que emite hasta una nota que tú no puedes oír, y, sin embargo, los niños insisten en que lo oyen. ¿Es verdad? ¿No te ocupas de un aparato que fabrique sonidos que ningún oído lo pueda captar?

El astrólogo respiró hondamente.

—¡Por los cielos! No esperaba hallar un científico en un sacerdote de Ars. ¡Seguro! Los perros también oyen esos sonidos que el hombre no puede percibir. La Reina...



Calló. El forastero sonrió plácidamente.

—En Scliit hay perros sagrados de la diosa Tici, que odian a los delincuentes y revelan todos los crímenes. Cuando una persona acusada de un crimen lo niega, es conducido ante los perros, en medio de otros individuos inocentes. Los perros sagrados muestran la cólera cuando el culpable se les acerca. Han sido amaestrados para gruñir cuando oyen un sonido que los oídos humanos no pueden oír.

—Pensé que tenía una conciencia que me molestaba a veces para servir a la Reina —observó el astrólogo—, pero veo que los sacerdotes de Ars y Tici sois de mi especie. Excepto... —su tono se tornó más cortés— que estáis mucho más adelantados.

—Cierto —afirmó el otro, ufano—. Nosotros conocemos los sonidos que no son audibles por los hombres. Unos son demasiado estridentes y otros excesivamente bajos. Hay un sonido que incita al temor, aunque su oyente no lo oiga. Hay otro sonido que despierta la pasión amorosa. Nuestros sortilegios de amor no fallan en el templo de la diosa del amor, Nus.

El astrólogo de la Reina esbozó un gesto para interrumpirlo. Llamó a su siervo y le comunicó que el visitante se quedaría a cenar y a dormir. Encargó los más apetitosos manjares para los dos, que deberían ser servidos de la mejor posada de la ciudad. El criado, medio idiota, se precipitó por la escalera.

—Estarás mal servido —se disculpó el astrólogo—, pero si tuviera un criado inteligente, mis clientes... aparte de la Reina, pensarían que es un espía de palacio y temerían acudir a mí. Hago un buen negocio con las maldiciones, las pociones para el amor y los filtros para impedir el adulterio. Como trabajo con afán y pulcritud y como siempre comunico fielmente a la Reina las demandas que pueden perjudicarla, vivo tranquilo y en la gracia de su majestad.

Dispuso una mesa, colocando encima platos y cubiertos, amén de un enorme jarro de buen vino en honor de su invitado.

—Pero respecto al ojo de Ars... —hizo una pausa y luego preguntó—: ¿Debo inclinarme o saludar al pronunciar este nombre?

El sacerdote sonrió.

El astrólogo continuó:

—Perdón. Pensé que creías en tu dios. Bien, temo que no pueda hacer nada por la recuperación de esta joya. Es de infinito valor, de ello estoy seguro. Pero ningún ladrón se atrevería a venderla en Ynarth. Los espías de la Reina lo prenderían. Su majestad lo condenaría a muerte por su crimen y la joya...

—Se la quedaría ella. Seguro. La joya todavía está en Ynarth —añadió el forastero confiadamente—. De esto estoy seguro. ¿No ha habido ninguna revuelta últimamente?

El astrólogo se encogió de hombros.

—Robin Ghaur encabezó una conspiración —explicó con voz inexpresiva—. Su majestad lo invitó a una entrevista Particular y él tuvo el mal gusto de observar que los amantes de la Reina morían jóvenes y acto seguido huyó del país. Su majestad se enfadó justamente.

El sacerdote de Ars tornó un sorbo de vino.

—¿Y...?

—Su esposa y sus dos hijos también desaparecieron —continuó el astrólogo—. La Reina expresó su indignación, asegurando que habían huido del reino. Juró que colgaría a todo aquel que osara decir que ella los había hecho asesinar despechada por lo de Robin, de forma que nadie se atrevió a decirlo. Pero Robin se presentó en la frontera para vengarlos, reunió unas tropas y derrotó al ejército de la Reina en dos sangrientas batallas.

—¿Y...? —volvió a repetir el sacerdote.

—Dos espías de la Reina lo apresaron. Eran valientes aquellos espías. Lo secuestraron de en medio de los rebeldes, y la revolución concluyó de repente. Robin podía inflamar el furor de los enemigos de la Reina. Los demás sólo inspiraban miedo.

El forastero asintió y sonrió.

—La Reina se vengó —añadió el astrólogo, sin entonación—. Se requirió a todo el pueblo a que acudiese a contemplar a los rebeldes, sus cuellos apretados entre los muros de una nueva edificación que la Reina estaba construyendo. Algunos, al ver allí a sus hijos, fueron tan indiscretos que enloquecieron. Pero los rebeldes murieron entre gritos y espasmos de dolor. Tardaron casi una semana en morir todos.



El forastero, ricamente ataviado, asintió con aire de completa satisfacción.

—Naturalmente —agregó el astrólogo—, que Robin Ghaur fue tratado con especial severidad. Vivió casi diez días. Su cabeza se halla ahora en la plaza pública.

—Él poseía el ojo del ídolo de Ars —afirmó el sacerdote—. Estoy seguro de ello. Por esto pido tu ayuda para encontrarlo.

Hubo un ruido abajo. El criado idiota trepó por la escalera con gran estruendo. Llevaba una enorme cesta de la que surgían agradables aromas. La dejó sobre la mesa que el astrólogo acababa de preparar, y puso al descubierto un ganso humeante y pastel de carne, pan blanco como la nieve y algunos otros aderezos.

Tras producir un ruido extravagante se retiró al lado de la chimenea, donde se puso de cara al fuego. El astrólogo acercó sillas a la mesa y se inclinó ante su invitado. Éste se levantó y ocupó su lugar en la mesa. El astrólogo lo imitó. Parecía terriblemente inquieto.

—Si quisieras decirme...

El sacerdote de Ars gruñó con la boca llena.

—Hay sonidos que no pueden oírse —repitió al cabo de un instante—, pero que afectan al corazón. Ya hablé de los sonidos que inspiran temor. En Scliit estos sonidos se fabrican en el templo del dios Plut, que rige el más allá. Hay sonidos que promueven a la piedad. En el templo de Nus, la diosa del amor, los sonidos incitan a sus devotos a tal frenesí, que sus amorosos transportes son indudablemente muy del gusto de la diosa —su tono era pura ironía—. Y también he mencionado a los perros sagrados de Tici, la diosa de la justicia. Yo soy sacerdote de Ars, dios de la guerra.

El astrólogo asintió.

—La imagen de Ars está hecha de resonantes placas de oro —explicó el forastero. Bebió—. Suena como una copa de cristal cuando el coro entona un himno... ¿Y puede una campana sonar sólo con su propia voz?

El astrólogo, masticando pensativamente, sacudió la cabeza.

—Claro que no —objetó el sacerdote—. Colocándose uno debajo de una gran campana y gritando, contestará con el reflejo de su propia voz. El ojo del dios Ars es de cristal, inteligentemente tallado por los maestros de la antigüedad. Suena como una campana. Pero ningún hombre puede oír su sonido. Sin embargo, el sonido existe. Es un sonido que incita al odio.

El astrólogo dejó de masticar. Miró fijamente al sacerdote de Ars, que sonrió.

—Sería muy instructivo para quien hurga en la ciencia de los sonidos inaudibles asistir a una ceremonia en honor a Ars. El sumo sacerdote del templo se dirige a los devotos, refiriendo las maldades del enemigo nacional. El ojo de cristal tintinea bajo el imperio de la voz. Pero lo hace en un tono que el oído humano no puede captar pero sí responder al mismo. Y levanta oleadas de ira. El pueblo grita. El griterío hace que el cristal suene más, lo cual aumenta el furor. Los tambores resuenan. Los hombres chillan, enfurecidos por el odio propagado por el ojo de cristal. Cuando salen los devotos, están enloquecidos. Diestramente, se les ha imbuido el odio en sus corazones.

El astrólogo de la Reina tragó saliva y calló. El forastero rió.

—Naturalmente —continuó—, sentirían furor en cualquier caso. Es lo que produce el sonido inaudible. Pero cuando se encolerizan están oyendo además propalar las fechorías del enemigo nacional. Podemos, los sacerdotes de Ars, dirigir el odio del pueblo hacia los sacerdotes de otro dios o contra nuestro propio rey. Por esto, los sacerdotes de Ars somos los más poderosos de todos los de Scliit.

El astrólogo de la Reina esbozó un gesto de desamparo.

—Pero Robin Ghaur... ¿Entonces, no era el furor honrado de los hombres honrados lo que incitaba a sus seguidores?

El sacerdote volvió a reír. Su risa era cínica.

—Robin Ghaur —explicó—, era hijo de una danzarina del templo, a la que raptó su padre. Éste era un noble y cabalgó velozmente, poniéndose a buen recaudo. Transcurrieron quince años antes que la vigilancia de sus guardianes se relajara, y nosotros pudimos entonces matar al hombre y a la mujer, gracias a la daga de un asesino a sueldo.



—Indudablemente, este Robin Ghaur estaba enterado del secreto de nuestro templo por medio de su madre, quien debió contárselo antes de ser asesinada. Luego, él robó el ojo de Ars para promover la cólera de este pueblo contra la Reina. Pero —su sonrisa se trocó en otra de cruel malevolencia—, cuando los espías de la Reina lo rodearon, a su alrededor se extendieron oleadas de odio. ¡Los espías de la Reina lo odiaban! Él estaba en sus pensamientos cuando se encrespó su furor, no la Reina. Así, una vez le apresaron no hubo promesa ni soborno que los conmoviera, ya que lo odiaban como la multitud del templo de Ars odia a quienes les ordenan odiar sus sacerdotes.

Ahora el astrólogo había palidecido.

—Bien —declaró sin sonreír—, yo pensaba en mí sin ilusiones. Pero creía en Robin Ghaur. Creí en el furor de los que lo seguían, ganando batallas imposibles. Envidié su valor, aun sin esperanza. Pero ahora ya no me parece envidiable haber provocado la cólera del pueblo mediante unos arteros sonidos que enloquecen a los hombres. No es glorioso, sino perverso, ganar batallas debido a la calculadora ciencia de los sacerdotes de Ars. Estoy desilusionado. Me siento como un bobo.

El sacerdote forastero estaba divertido.

—¡Y tú eres un científico! —se burló con sarcasmo—. Yo te ayudaré a fabricar ese aparato que crea los sonidos inaudibles. Yo lo ajustaré al sonido producido en el templo de Nus. Y cuando una buscona acuda a ti en demanda de un filtro para algún patán cuyo amor ella desee provocar, llenarás sus oídos con un sonido que ella ignorará. Pero se sentirá poseída por tal deseo que serás tu, por estar a su lado, el objeto de su amor. Cualquier mujer que...

El astrólogo de la Reina sacudió negativamente la cabeza.

—Esto es algo que la Reina debe saber —reflexionó—. Pero no. Soy un loco. He sido un canalla, pero llegué a pensar que había hombres mejores que yo. Tú has destruido esta creencia —tragó saliva—. Tú eres más inteligente que yo, gran sacerdote de Ars. Eres mi invitado. Pero me fastidias. No sé nada de la joya que buscas. No puedo ayudarte.

El extranjero sonrió amistosamente.

—¡Vamos, vamos! Una gran joya, roja como el fuego, brillante como el odio, con las llamas del infierno en su corazón... ¡Este tesoro no puede perderse! ¿Qué espías capturaron a Robin y dónde pudieron ir a vender esta gema? Búscalos y yo te daré más oro del que puedes soñar. No quiero vengarme del robo. Robin Ghaur ya pagó el castigo. ¡Me has dicho que tardó diez días en morir!

El astrólogo se estremeció ligeramente.

—Creo que también yo lo he pagado. Tú no sabes qué consuelo representa creer que hay otros hombres mejores que uno. Es un pensamiento confortador pensar que puesto que hombres más grandes, más sabios, creen en los dioses —dioses que no es posible conocer ni alcanzar—, estos dioses deben existir y pueden incluso tolerar a los hombres que son demasiado ciegos para verlos. Esto es lo que tú me has robado.

El sacerdote de Ars se alzó de espaldas.

—Te ofrezco mucho oro.

—Que es el pago de nada —el astrólogo de la Reina cerró los ojos—. ¡Déjame que piense! El cuerpo de Robin Ghaur fue arrojado en un hoyo —lo que quedó de él— por orden expresa de la Reina. Nadie osaría tocarlo o enterrarlo. Los dos espías que lo apresaron se pelearon en presencia de la Reina, disputando por cuál de ellos había contribuido más a la captura. La Reina los hizo colgar por su insolencia. Ha habido, pues, un asesinato... pienso que dos, y una pelea...

Meditó, contraído el rostro. Al cabo de unos momentos se levantó. Escribió algo en un pergamino. Llamó a su sirviente. Juntos abandonaron la estancia. El astrólogo de la Reina regresó solo.

—Si le has notificado a la Reina mi presencia aquí —observó fríamente el extranjero—, y me prenden, juro que tendrás que entregarme el ojo de Ars, cuando lo encuentres.

El astrólogo de la Reina sonrió.

—De haberle enviado un aviso a la Reina sería diciéndole que tú me habías propuesto traicionarla. Pero no lo he hecho —luego añadió con humildad—. Lo que he hecho es enviar a mi criado al lugar donde supongo que está el ojo de Ars. No sospeché nada hasta que tú me hablaste de su poder. Y envié allí a mi siervo porque un hombre inteligente no iría en busca de esa joya. Tendremos que esperar su retorno. Si entretanto quieres dignarte instruirme en la ciencia de los sonidos inaudibles...



El sacerdote de Ars sonrió despreciativo. Pero vació su copa de vino y empezó a hablar, con precisión. Luego se puso de pie y poniendo manos a la obra, fue modificando el aparato del astrólogo a medida que hablaba.

—¡Ah, sí! —repitió el astrólogo una y otra vez cuando el extranjero de más allá de las montañas calló—. ¡Notable! ¡Ingenioso! ¡Admirable!

En vista de tal aprobación, el sacerdote se sintió más ufano que antes. Una cosa es fingirse el portavoz de una deidad imaginaria. Otra muy distinta recibir el tributo de admiración de un hombre que es capaz de comprenderlo todo sin esperanzas de igualarse con uno mismo. El sacerdote de Ars rebosaba de satisfacción.

El tiempo fue transcurriendo. El sacerdote extranjero comenzó a embriagarse entre el vino y la reverencia del astrólogo. Llegó un momento en que los guardias hubieran podido prenderlo con toda tranquilidad si el astrólogo de la Reina le hubiese traicionado. Un poco tambaleante, observó que si el criado del astrólogo volvía, podría comprobar el efecto de ciertos sonidos.

—Vendrá —le aseguró el astrólogo—. Tal vez ha tenido que esconderse de una patrulla de la Reina. Recorren todo el país por la noche, apresando a todo el que vaga en la oscuridad, sospechando que actúa en contra de la Reina. Pero todos saben que mi criado es idiota y yo gozo del favor de la Reina. No hay por qué temer.

El sacerdote de Ars volvió a beber. Más tarde, tambaleándose en la silla, se durmió en medio de una frase en la que se alababa sin recato de los sonidos que él podía fabricar sin que se oyeran. El astrólogo de la Reina continuó paseándose por la cámara, frunciendo el ceño.

El extranjero llevaba roncando apaciblemente media hora cuando abajo se oyó un leve arañazo. El astrólogo se apresuró a abrir la puerta. En el umbral se hallaba el sirviente, los ojos desmesuradamente abiertos por un terror animal. Respiraba jadeando. Temblaba. Gruñó cuando el astrólogo cerró la puerta. Con tembloroso dedo puso algo pequeño y duro en la mano de su amo. Después pareció estar a punto de sufrir un colapso. Pero el astrólogo lo llevó arriba, ante el fuego, y le entregó un vaso lleno de vino.

—Así que lo encontraste —musitó el astrólogo. Sus ojos se posaron en las ropas del servidor. Estaban manchadas de tierra, brillantes de nieve y algunas manchas parecían de sangre.

—Cogiste la joya y la llevaste al palacio de la Reina, tal como te ordené, ¿verdad?

El idiota asintió, estremeciéndose.

—¡Ah! —prosiguió el astrólogo—. Llamaste a la puerta, te reconocieron como mi criado y te dejaron entrar, enviándote a presencia de la Reina, ¿eh? ¡Ah...! Y tú le entregaste a su majestad mi pergamino.

El criado inclinó la cabeza aterrado.

—Creo saber el resto —añadió el astrólogo, quedamente—. La Reina llamó a todos sus guardianes y cortesanos y les contó que gracias a mi magia había recuperado una joya que uno de ellos le había arrebatado a Robin Ghaur y que el traidor trataba de sustraer a su admiración. Les llamó traidores y canallas, ¿verdad?

El idiota sollozó al recordarlo.



—¿A cuántos ordenó matar? —preguntó el astrólogo, ansioso—. ¿Estaba encolerizada, eh? Empezó a hablar con suavidad, y poco a poco fue montando en cólera, llameantes los ojos y la cara contorsionada, la voz estridente, ¿no es eso?

El criado gritó de espanto.

—Los insultó. Gritó furiosa, acusándolos de odiarla. Y ellos empezaron a odiarla de veras. El salón se convirtió en un lugar mortalmente callado, excepto por el sonido agudo de su voz; pero los ojos de todos los guardias y cortesanos empezaron a centellear de odio. Avanzaron hacia ella, con los rostros contraídos, convertidos en sendas máscaras de odio. Avanzaron quietamente, paso a paso, apretados los puños, mientras ella seguía gritando furiosa.

El sirviente gimió. Aún estaba atemorizado por el pasado terror.

—Debió ser grato de ver —murmuró el astrólogo—. ¡Ah, sí, debió ser grato de ver! Y, de repente, uno perdió el dominio de sí mismo y saltó sobre ella, chillando... y sus compañeros, y también las mujeres, aullaron como lobos y saltaron para despedazarla con uñas y dientes. ¡Los nobles que habían vivido gozando de su favor, gracias a la sangre del pueblo! ¡Debió de ser un buen espectáculo! La destrozaron hasta no dejar más que diminutos fragmentos de su cuerpo, de su sangre, de su piel, ¿no es cierto?

"Y después continuó el tumulto y su odio fue mutuo, y todos lucharon enconadamente por los pedazos de lo que había sido su Reina, y proclamaron su odio y llamearon los cuchillos y las espadas y...

Temblaron las aletas de la nariz del astrólogo. El idiota sollozó y cayó implorante a sus pies. Su amo respiró profundamente.

—No, no estoy enfadado contigo. Hiciste lo que te ordené. Y esperaste a traerme la joya hasta que la viese la Reina. Lo hiciste muy bien. ¡Bebe!

Le sirvió otro vaso a la inmóvil criatura, que sollozaba ahora silenciosamente. Miró luego la gema que tenía en la mano. Brillaba, relucía a la luz del hogar. Era roja como el fuego, brillante como el odio y parecía haber llamas en su interior.

Pero el astrólogo la contemplaba con enojo. La colocó a continuación entre las mandíbulas de unas enormes tenazas. Apretó fuertemente y la joya se partió en dos fragmentos irregulares. Habló quedamente, mientras el criado le observaba por encima del borde de su vaso de vino.

—Una campana, una vez rota, no vuelve a tener la misma voz, por muy diestramente que sea reparada. Ahora un poco de goma para que mi huésped nada sospeche y, de todas formas, las sospechas recaerían sobre Robin y no sobre mí —volvió a juntar los dos pedazos limpiamente. Luego borró las señales del pegamento. Parecía igual que antes.

—Además, ahora tengo otros conocimientos que no poseía —musitó.

Dejó la joya sobre la mesa donde había cenado su invitado.

—¡Grandes conocimientos! —repitió con ironía—. Puedo producir sonidos inaudibles, que despierten terror, ambición y furia en todos los hombres. Y he aprendido que todos los seres de la tierra son unos canallas, no mejores que yo —se echó a reír secamente—. ¡Bien! Si no existe un hombre más honrado que yo, tengo que obrar como si yo fuese un hombre muy decente; y hacer lo que los hombres más nobles harían, caso de existir. Tengo que darle un poco de paz y justicia al reino de Ynarth, tal como Robin habría intentado hacer.



El idiota bostezó cavernosamente y se enroscó en el suelo, junto a la chimenea. Dormía como un muñeco, ladeando la cabeza.

—La Reina y toda su corte han muerto —meditó el astrólogo—. La locura hizo presa en ellos y murieron. Haré correr la especie de que Robin lanzó una maldición contra ellos, contra la Reina y su corte, y contra todo rey y reina que la sigan, que la locura se apoderará de todos cuantos sean tiranos. ¡Y en efecto, fue una maldición la que lanzó cuando se tragó esta joya! Esto proporcionará cierta cordura durante uno o dos reinados... hasta que se den cuenta de lo irrazonable de tal cordura.

Contempló el aparato que el extranjero, el sacerdote, el científico de Scliit había modificado en su beneficio. Sonrió de repente con sequedad.

—Mientras tanto, yo estudiaré para aprender si hay algún sonido que haga honrados a los hombres, en lugar de seguir siendo fieras hambrientas.

Se encogió de hombros. El cielo brillaba imperceptiblemente por oriente. Volvió a contemplar la joya. Apenas se notaban la fractura y la reparación. Después se acercó a su invitado, que seguía roncando, lo despertó y le comunicó que, tras disfrazarse de nuevo con las ropas de mendigo, podía ya salir de la ciudad tan pronto como abrieran las puertas, y que podía hallarse perdido entre las montañas antes de que el pueblo de Ynarth se enterase de la muerte de su Reina.


FIN


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