InicioArteEl Pucará y otros cuentos


Publicación en Argentina y España de historias (basadas en hechos reales) ocurridas en la Patagonia argentina, en Polonia o sudeste asiático. Es un grupo de cuentos que tenía en mi poder hace unos años y no me decidía a publicar. Como han dicho hasta el hartazgo... se publica para dejar de corregir.






Cuando la ciudad amanecía, el ruido de las turbinas de un avión inglés se sintió sobre la costa Patagónica.
En ese momento, solamente habían dos viejos aviones a hélice para proteger la ciudad.
Con todo en contra, las máquinas argentinas lucharon contra una tecnología muy superior. Las luces y sonidos de la batalla fueron oídos por toda la ciudad.
Fueron unos pocos minutos, pero duró una eternidad para el joven piloto del Pucará.
En un momento, todo estaba dicho. El único combate en el continente había terminado.



El libro trae también otras historias escritas en éstos últimos años. Tanto las hechas en Comodoro, como en Rosario y ahora en Poznan. Donde estoy viviendo.







Pucará: 1 fortaleza, guaraní 2 ave del norte argentino 3 avión de combate argentino, viejo y a hélice, sin embargo usado con gran habilidad por los pilotos durante la Guerra de Malvinas.
A4: Avión caza a reacción argentino
Sea Harrier: Avión caza inglés, rápido y eficaz.



En 1982, Comodoro Rivadavia estaba en guerra. La ciudad fue una de las bases desde donde operaban, tanto aviones como helicópteros. Junto a Río Gallegos y Río grande, era un blanco posible para un ataque inglés. Se solían hacer entrenamientos durante las noches:

Los oscurecimientos.

Sonaba una alarma y todos debían apagar las luces de las casas. Solamente se dejaban las esenciales y se ponían frazadas en las ventanas. En menos de un minuto la ciudad completa quedaba a oscuras. ¿Para que todo esto? Si venía un grupo de aviones con la intención de bombardear la ciudad, éstos necesitaban contacto visual y no la tendrían con todo a oscuras. En la actualidad esto es distinto, basta con ingresar las coordenadas de la ciudad para atacar, pero en ese entonces tenían que ver el objetivo. Varias veces a la semana se debían tapar las ventanas y quedarse calladitos, esperando a que sonara otra vez la sirena y avisara que estaba todo bien.

Una mañana, un poco antes de que saliera el sol, sonó la alarma. Se dieron cuenta de que un grupo de aviones ingleses estaba sobre el mar, muy cerca de la ciudad. En ese momento ningún A4 estaba en situación de salir en la base, es decir los aviones más rápidos, que podían hacer frente a tamaña situación. Solamente había dos Pucará en condiciones prestas. Asique salieron.

Los aviones ingleses eran un bombardero y un Sea Harrier que lo escoltaba. Venían volando muy bajo, por lo que no fueron detectados hasta cuando ya estaban a pocos kilómetros. Que es también la estrategia que usaban los aviones argentinos para hacer esos ataques fulminantes a los barcos ingleses. Cuando los Pucará asomaron en un costado del Cerro Chenque y se dirigieron al horizonte, los aviones británicos los vieron y se elevaron hasta una altura óptima, que usarían para hacer el bombardeo. En la primera pasada, un avión argentino fue derribado por los cohetes del Harrier. El otro Pucará y el Harrier comenzaron su duelo. El bombardero, más lento, enfiló hacia el centro de la ciudad, seguramente por tener allí un blanco mucho más fácil que la base aérea, escondida entre cerros.

El piloto argentino, nacido en Entre Ríos, estaba entrelazado en una lucha desigual en un aparato varias décadas más antiguo que su par inglés. Sin embargo, fueron ambas naves las que comenzaron a mostrar un rosario de orificios en sus laterales. El Harrier lanzó su último cohete pero no logró hacer impacto sobre el avión, sino que murió en el océano. Los aviones dibujaban espirales intentando salir del blanco del otro. Por momentos se enfrentaban, por momentos se perdían de vista. Los ruidos de los motores y disparos retumbaban sobre las olas.

Fueron solamente unos minutos, pero duró toda una vida y no solamente para el entrerriano. En la ciudad ya despierta, miles de ojos escarbaban el horizonte. La primera luz del sol se mezclaba con las del combate. Ambas naves se hirieron gravemente pero no podían derribarse. En uno de los virajes, el argentino vio al otro avión, el bombardero, ya muy cerca de la playa y lo que es lo mismo, de la ciudad. Se dio cuenta que no tenía opción. Dirigió al Pucará hacia el bombardero y aceleró al máximo los motores. En unos segundos estuvo a tiro, vació todas las balas que le quedaban sobre el fuselaje del bombardero. Por supuesto que el Harrier aprovechó la oportunidad para abrir fuego sobre él. Y fue muy preciso. En el momento en que las balas cruzaban por la nave argentina, el bombardero inglés empezó a perder altitud hasta hundirse en el mar en medio de una nube de agua. El Pucará intentó elevarse para, tal vez, planear hasta la base aérea, pero las balas seguían atravesándolo. En ese momento, un A4 argentino apareció por un lado del Cerro y se dirigió directamente hacia el inglés, que intentó doblar en U, pero fue demasiado tarde, los primeros impactos lo hicieron caer al mar, a sólo unos metros del muelle.

El Pucará, ya sin combustible y con el fuselaje destruido, alcanzó a esquivar a los edificios pero no pudo hacer lo mismo con el Cerro, aún con la baja velocidad que traía. Una columna de tierra marrón y opaca avisó a la ciudad que el único combate en el continente había terminado.

Muchas personas que permanecían atentas a lo que sucedía comenzaron a trepar el Cerro. Diez, veinte, un centenar. El grupo de hombres y mujeres sacaron el cuerpo del entrerriano. Todo estaba lleno de agujeros de balas; las alas, el motor perforado y ausencia total de vidrio en la carlinga. Se dieron cuenta de que una de sus piernas había sido seccionada por los disparos. La gran cantidad de gente impidió acercarse a las ambulancias, y los helicópteros tampoco tenían lugar donde aterrizar. Improvisaron una camilla atando varias camperas y cargaron el cuerpo maltrecho del piloto hacia el centro de la ciudad.

Cuando la columna de gente llegó al Hospital Regional, la noticia ya era conocida por todos. El locutor Carlos Omar estaba transmitiendo desde muy temprano en la radio ese día y de alguna forma, parecía observar todo lo que sucedía. Dejaron el cuerpo en la entrada principal mientras los soldados heridos que ya estaban allí y los enfermeros, lo llevaron hacia el interior del edificio. La gente de la ciudad, fue detrás. No se vio ningún uniforme esa mañana. El piloto quedó en el Hospital hasta unos días después, que fue enviado a su Entre Ríos natal, donde aún hoy sigue descansando.

En la ladera del Cerro, que es visible desde toda la ciudad, quedaron los restos del Pucará, con sus alas rotas, en un dibujo que asemejaba una cruz. Los colores de la bandera argentina de la cola remataban la figura estilizada del avión.

Después nos enteramos que ese ataque era para un convoy argentino, pero por alguna razón se desviaron hacia la ciudad. Probablemente era la segunda opción ya que los aviones no pueden aterrizar en los portaviones con las bombas cargadas en las alas.

Hasta el fin de la guerra, el lugar no fue tocado. Entonces, la Fuerza Aérea quiso retirar al avión de ahí, pero un grupo de vecinos se lo impidió. A la semana siguiente, los militares volvieron. Esta vez, el avión estaba rodeado por piedras blancas, que reforzaban la forma de la cruz. Los vecinos hablaron con los militares y les dijeron, “Lo lamentamos mucho, pero el avión se queda acá, nadie entra en la cruz”. Luego de terminar la guerra, el mando militar estaba muy debilitado y no querían entrar en conflicto con la ciudad por una nave derribada, por lo que se retiraron inmediatamente. Al día siguiente, los diarios de Comodoro pusieron en primera plana: “La ciudad habló: Nadie entra en la Cruz”.

Y el avión se quedó ahí.

Con los años, se construyó un parque a su alrededor. Una escalera une el centro de la ciudad con el Parque de la Cruz. Una placa transparente de tres metros de alto tiene inscripta la historia del piloto. Cuando uno se para enfrente para leerlo, puede ver la ciudad al mismo tiempo, la ciudad por la que él se sacrificó. El lugar está con gente a casi toda hora. Por las noches, se juntan grupitos de chicos y chicas a charlar o tomar. El piloto se inclinaba mucho por el Fernet, por lo que se pueden ver muchas botellas al lado del avión, todas destapadas. Una especie de Difunta Correa alcohólica. Alguien, en algún momento, le dibujó en un costado de la carlinga, la silueta del bombardero y la fecha en que lo derribó.

Es curioso que, aunque no suele haber presencia policial en el lugar, no es sabido de ningún hecho criminal. La expresión “Nadie entra en la Cruz” se ha difundido no sólo en Comodoro, sino que en todo el sur argentino, cuando uno se refiere a un tema que es sagrado e intocable. Es el único lugar de la Ciudad donde la incivilidad y salvajismo normal de cada día se aplaca momentáneamente, para dar terreno a un espacio muy cercano a lo que podríamos entender como armonía y serenidad.-



Este es el primer libro de cuentos que publico, tanto en Argentina como en España, asi que no me den muy duro, se que esto es Taringa, no el rincón del lector . Ahora estoy en proceso de hacerlo tambien en EEUU. Por ahora, solamente está disponible en papel y ebook. Dejaré pare después el asunto de la publicidad. Es decir, necesitaba publicarlo, más que venderlo.



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