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Oscuridad celestial

Arte1/5/2013

Oscuridad celestial

¿Alguna vez pensaron que es lo que temen de la oscuridad? Si se fijan bien, no les atemoriza el echo de no ver nada, les da miedo lo que hay oculto en ella, eso que no podemos ver, pero si sentir. Eso que no queremos tocar, porque nos aterroriza lo que pueda llegar a ser. Algo desagradable, perturbante, morboso y hasta peligroso.
Eso, es similar a lo que me pasa con las personas. No les temo a ellas, le temo a lo que me ocultan.

Sinceramente, era la primera vez que me enamoraba de alguien tan seriamente. Su esencia, su presencia, su belleza y su personalidad, la hacían perfecta, única, inmaculada, para mis ojos y mi mente.

De mi trabajo, lo único que disfrutaba eran los descansos. Esos recreos a su lado, conversando y debatiendo sobre política, religión y demás, pero sobre todo, literatura. Entre sus prioridades, la mas importante era leer, antes de su familia y amigos. Leía absolutamente todo. Desde anuncios publicitarios y los romances mas cursis, hasta los policiales mas insólitos.
Apenas supe de su gusto a las artes literarias, me decidí por mostrarle mis “obras”. Eran relatos sin un sentido concreto, formaban más que nada grandes metáforas que permitían su libre interpretación. A pesar de ser profesor de matemáticas, era muy bueno escribiendo.
Acostumbrábamos salir a merendar por lo menos una vez a la semana, y en cada una de nuestras reuniones llevaba conmigo, un nuevo cuento. Cada uno de ellos tenía algo especial, y es que eran solo para ella.

Luego de horas y horas de conversaciones hermosamente largas, me le declaré, en una de aquellas tardes de “café sin azúcar”.
Sin que la desesperación influya, y sin que los nervios me destruyan, le dije suavemente, “te amo”, mientras elogiaba una de mis historias.
Al principio solo me miro fijo, sorprendida, pero en un instante, esa sorpresa se transformó en una sonrisa y una lagrima, de alegría.
Se acercó, y en lugar de responderme con palabras, lo hizo con un gesto, el mejor gesto.
Desde ese día, comencé a escribir novelas, cada vez mas largas, intensas y complejas. A medida que redactaba, se enamoraba más de mí.

Le propuse matrimonio aquel 30 de Agosto, luego de que presente mis escritos a una reconocida editorial, y que esta, quiera una reunión conmigo. Estaba loco por ella, enceguecido, estupefacto.
Llegué a ganar grandes fortunas por mis libros, hasta un “Premio Nobel”.
Mi esposa siempre me acompañaba a todos lados, y a decir verdad, fue una de esas relaciones que pensamos que nunca terminarán, pero somos conscientes de que tarde o temprano acabarán.

El desgaste comenzó en el 8vo aniversario de nuestro casamiento, el año en que dejé de escribir. Cesaron sus gestos y palabras de amor, la veía deprimida, sin energías, vacía, depresiva.
De ese modo transitamos nuestro último año como pareja. Traté de que me diera explicaciones sobre sus actitudes. Estaba desesperado, no comprendía como el amor de mi vida se esfumaba de esa manera, de la nada.

Seis meses, fue lo que duró el juicio por el divorcio. Seis meses en los que, de tanto llorar, mis lagrimales se dilataron. Seis meses que en resumen, fueron los peores de mi vida.

Luego del proceso peal quién se mudó de casa fue ella, y a escondidas, se llevó todos mis escritos, digamos que “sus” escritos, los originales.
Se enamoró de mis historias, y no de mi persona.

Lo que mas me molestó y dolió, fue haber vivido engañado durante tanto tiempo.
Lo que mas odio, es haber conocido a la mujer perfecta para mi, saber que forma parte de esta sociedad, saber que ronda las calles de esta ciudad, saber que hasta compartimos la misma cama, y que por una bizarra obsesión, moriré solo.
Luego de toda esta situación que me tocó experimentar, me atrevo a decir que hasta la sonrisa más resplandeciente tiene su lado oscuro.
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