Librémonos a la imaginación:
- Han sido invitados a un salón pequeño. Un restaurant sin mesas con una ambientación muy rústica, hay ventanas que dan a un amplio patio, verde, arbolado. Es el crepúsculo, pueden distinguir fuera, y disfrutar a la vez de la iluminación de una docena de lámparas esferadas, muy blancas, de diferentes tamaños; puestas sobre pequeñas mesitas.....mesitas.....de luz. El salón, hacia adelante, da un giro a la izquierda en forma de L, hacia una habitación pequeña. Ya hay algunos amigos, se escucha el murmullo, las risas, Radiohead.....:
- Sobre las paredes hay colgadas unas fotos, y sobre las fotos, hay pequeños escritos. En la habitación aquella; hay 3 atriles, con lo mismo, dispuestos a la izquierda, al frente y a la derecha de quien se aventure a entrar. Pueden servirse una copa de vino (blanco o tinto), una cervecita tirada, ferné o whisky, para los más valientes...no he reparado en gastos como verán, la que garpa....es la imaginación.
- Cada fotografía y cada escrito están individualmente iluminados con lámparas de pared, que recolectó mi buen amigo Darío de casas de tías y abuelas. Lindas las lámparas, todas medio viejitas, casi tanto como las tías, pero no como las abuelas; más lindas todavía ellas. Pueden pasar, en las mesitas cercanas a las fotos y las poesías encontrarán algo para picotear.....yo los invito a que se cuelguen, déjense llevar por la música, por la fotografía, por la poesía......
vaya uno a saber dónde los lleven.....
- ....yo voy a andar por aquí (aunque cada tanto saldré a pitar), tomándome un fernecito;
por si quieren comentar algo....sepan que si no, no importa......
espero lo disfruten.....
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..pasen......
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..pasen......
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Te asombras. Te preguntas. Te maravillas. Te sonríes. Te sueñas. Te alimentas. Te nutres. Te abrazan. Te hablan. Te miman. Te aconsejan. Te engañan. Te tutean. Te putean. Te calientas. Te excitas. Te enamoras. Te enamoran. Te ponés triste. Te la bancás. Te fumás un porro. Te gritan. Te chupa un huevo. Te imaginas. Te inventas. Te analizas. Te animas. Te ablandas. Te rompen el corazón. Te caes. Te pisan. Te levantas. Te levantan. Te cuestionan. Te prejuzgan. Te juzgan. Te condenan. Te importa un carajo. Te serenas. Te escupen. Te ponés empedo. Te meten preso. Te rebelas. Te haces más fuerte. Te admiran. Te envidian. Te subestiman. Te apodan. Te miran raro. Te amonestan. Te dejan fuera. Te vuelven a meter. Te da lo mismo. Te sublevas. Te liberas. Te tientas. Te dejas llevar. Te respetan. Te tienen miedo. Te tienen bronca. Te emocionas. Te diviertes. Te llenas. Te vacías. Te cagás a trompadas. Te envenenás. Te perdés. Te guardás. Te rearmás. Te amigás. Te reconciliás. Te aburrís. Te das manija. Te asombras. Te preguntas. Te maravillas. Te das cuenta. Te das cuenta?.
Un domingo. Un domingo a regañadientes. Un domingo azaroso y celoso urgente de los días venideros. Un domingo de impaciencia. De reclamos, vino tinto y siesta. Un domingo cualquiera. De rompecabezas, de hastío. Un domingo de fútbol, sin fútbol. De soñar despierto, con sueño. Un domingo envenenado. Un domingo sin cerezas. De león enjaulado. De administración fraudulenta de la palabra y de los sentidos. De banderas negras a media asta. Un domingo de solapa. De polizón. De canuto. De madera. De cuarta. De mierda. De fotos. Un domingo en blanco. Y un domingo en negro. Pero un sólo domingo.
Ten cuidado de los domingos.
Ten cuidado del asedio de la nada de los domingos.
De los embates de las batallas más recientes, de la soledad disfrazada de hambre
esa voracidad insaciable que apenas llanas con queso y aceitunas.
Ten cuidado de esas horas inconclusas, de la luz difusa que por las ventanas espía
de la música vacía que se escucha en la radio, de los perros que ladran y del amor sin espinas.
*
Ten cuidado de los domingos y del resabio del whisky
de esos leves arrepentimientos y las encuestas inútiles
de los números falsos y las sutiles contramarchas.
Ten cuidado de la poesía y del dolor de panza, de la televisión y su visión dantesca
de lo payasesca que resulta toda esa frivolidad.
Ten cuidado de la amargura del café, de lo caliente del te, de la cuchara oxidada
de las sábanas enrededas y las medias extraviadas, de la falta de fe.
*
Ten cuidado del silencio ensordecedor de los domingos
de sus lobos certeros desprovistos de lunas que aúllan cobardes las mejores mentiras.
De las calles vacías y la constancia de los árboles, del frío del metal
del osito de peluche tuerto, de la fotografía eterna, de la respiración de la heladera
del ruido de los autos y de las reacciones en cadena.
*
Ten cuidado, ten mucho cuidado
no vaya a ser cosa
que te desenamores de mí.
Se han dado en la inefable tarea de existir tanto
ínfima como infinitamente.
Como una sucesión de hechos notables,
una cristalina caravana de sucesos entrañables,
un procesión tan inmóvil como intensa.
El más mínimo gesto les alcanza
y caen en cómplice unidad
al lecho de su fructífera muerte
un pequeño instante de eternidad,
un gesto inmortal de evanescencia.
Como gotas, quizás.
Es un sábado menor. Son las 07:16hs de un vida entera a contrarreloj.
El sol se alza tímido, poderoso, puntual.
El frío es un actor estelar
(y lo atestigua el fantasma de mi aliento).
Hay leves espejos de agua que yacen congelados a mi alrededor.
Me miran suplientes,
aguardando su estocada de calor, su habitual y ceremoniosa muerte.
*
El rocío de una mañana impaciente se despliega en brillantes y pequeñas esferas
de una cálida y consistente luz; y se posa estratégicamente
sobre el lomo acerado de la efímera protección de un peligro insinuado fantasma.
Con sencillez y aplomo. Con perfección y belleza.
*
El sol penetra entonces las esferas,
en un acto de amor incondicional y sublime
y éstas fulguran incandescentes ante cada obturación;
y mientras las sombras contrarrestan con obstinada exposición….
el equilibrio por fin se revela.....escamoso,
es un frágil momento de luz, una magia de contemplación, captación y momento,
una soledad exquisita, un simple fotografía de la imaginación.
Sus manos, enfundadas en la memoria de una piel que sabe a cántaro, de una mujer que es un río; se abrigan del tiempo y de su gélido tacto. Sus dedos se cobijan y juegan en los bolsillos de la esperanza con un resto de papel de caramelo, pero hay también una esperanza de pera, y otra de limón y una de frutilla. Apenas le acaricia el rostro una brisa fresca y el aroma de las hojas que se asoman al abismo del otoño. La brisa es además, un murmullo musical. Y la música, sin sostenidos, ni bemoles. En el otro bolsillo, una llave que ha perdido su propósito ahora y para siempre, yace en su silente epitafio de bronce, mientras los dedos recorren sus fronteras cercadas, y las imágenes de aquello que alguna vez abrieron se esparcen como un veneno.
Los árboles al costado van fundiéndose, forman una acuarela en movimiento; que es regocijo y antídoto, excusa, y premonición. Su paso es cansino, el suelo es un fino velo que cubre la nada y el cielo es la otra punta del ovillo de esa nada. El corazón retumba rítmico, en el eco de su cuerpo. Su sangre es un crepúsculo de verano, en cálido encuentro hacia su noche. No deja rastro, su pasado es un presente de lienzo blanco, y no existe color para la tristeza. En su mirada late el corazón del sueño, sus ojos rebotan incombustibles en el fuego de la imaginación, como estrellas que juegan a ser fugaces, y la regla es nunca apagarse. Son tinta y pluma y verbo carnal; absoluta determinación.
Cuando un súbito deseo lo ultraja. Levanta su mirada, y sin dejar de dar ni un solo paso, gira su cabeza, hacia un costado. El giro es dramático. Se siente arrastrado por aquél deseo, tan súbito como inevitable. El movimiento llega a su tracción final y el paradisíaco paisaje detrás se revela en armonioso punto de fuga, en filo y espada, en punto y aparte. Es un instante. Una eternidad que se pierde allá en el fondo. Sin peso. Sin telón. Sin reclamo. Hasta que el movimiento, previsible; se deshace, fílmico, con elegancia, y por completo. Saca la esperanza de pera, le quita ceremonioso el envoltorio, se la echa a la boca, y sigue; hasta que despierte, o hasta pronto, que ha sido y es, un verdadero gusto soñar contigo.
Me lo dijo tan sólo una vez, y sus palabras reverberan en el recuerdo de aquella misma vez como un eco constante, como una incandescencia. - Mi casa no tiene techo, ni paredes, ni relojes. Mi casa tiene un cielo azul celeste que se funde con paisajes de acuarelas y la ternura de las viejtas que todavía van a comprar el pan. En ella se prescinde del pasado, y el futuro también es azul, como el color de las almas. Mi casa es un corazón gigante, un abrazo por dar, un mate recién cebado. No hay rutinas, ni plazos, ni artefactos. Hay en el aire canciones de Spinetta y tangos del Polaco, está la voz de mi viejo, repleta de buenos consejos; y el grito de mi madre llamándome a merendar. Mi casa tiene un cielo azul celeste que yo cada tanto salgo a volar. Y me cruzo con otras gentes, que también han aprendido a volar. A veces hasta conversamos, pero poco, no me gusta mucho quedarme a conversar. Y se fue.
Era una lluvia inusual. A cántaros llovía. Una lluvia que finge estar enojada, pero que te guiña un ojo cómplice y socarronamente. Era sábado, además de lluvia. Igual de inusual, igual de lluvia. La ciudad, repleta de fantasmas con horarios, de corridas, de puteadas, de lluvia. Me adentré a esa lluvia, a esta ciudad; con la misma expectativa de quien se aventura a la lectura de un libro; y deja al mundo de lado, y la ficción y la fantasía son una sangre galopante que se hace jinete de todos tus sentidos. Me empapé, y no de lluvia, precisamente. Aunque la realidad me ladrara a gritos lo contrario.
Las prominentes barrigas de los edificios hacían sombra y refugio, pequeños oasis de humedad; bolsillos de un saco viejo, arrugado y perfumado de tormenta. Desde esos bolsillos observaba yo al mundo bañándose en la lluvia, como un testigo privilegiado, un imaginador perplejo. Un gris cristalino pintaba las calles y las hacía sonetos de agua, chapuzones de cielo en veredas de mar sereno, fiesta de gotas borrachas y peces de color y de asfalto besándolas en la boca; borrachos todos de sí, finalmente, naufragando hacia la noche de las alcantarillas, felices de lluvia.
Los fantasmas se asombran, su carencia constante y creciente de imaginación los vuelve así, tan así. Me lo dicen sus gestos adustos, su intriga previsible y su complaciente respuesta. Otros nada más me ignoran, me gustan esos. Algunos se sonríen, como la lluvia, cómplices; esos me gustan un poco más. Otros son más curiosos, y se animan a amontonar palabras en la boca, hasta que la boca les explota: a qué le sacás fotos……….?. A la lluvia; pienso y resumo, mientras no lo digo. Para qué?, estoy sumido al lenguaje de la imagen, y además soy de hablar poco con extraños. Le respondo complaciéndolo, educadamente, y se lleva una sonrisa. Otro fantasma que sonríe.
Contemplo, luego de que el agua vuelva más torpes y pesados mis pasos, el silencio y la perpetuidad tan propia de las estatuas. De algún oscuro modo, me dan un poco de pena, tan estatuas ellas, y bajo el tácito manto de nocturnidad con el que las cubre y simula la lluvia, son tan teatrales sus ademanes!, que me parece ver claramente el instante previo a su pétreo final. O como si resistieran dentro, caballerosa y honorablemente, la tarea de erguirse y ser ignorado por todos. Les presento mis respetos, su posible eternidad puede llegar a barrer mis años bajo la alfombra de sus propios y herrumbrados recuerdos.
Y como quien se topa con algún vago recuerdo en las calles oscuras de la memoria, en una esquina ensombrecida, a la vuelta de la causalidad, me di de bruces con las últimas huellas del otoño. Allí estaba, lánguido, en su estela doliente, como un ladrón de amor, como una música que se pierde en la inmensidad de este silencio ensordecedor de lluvia. Rasgando sus vestiduras y dejando tras de sí las migajas necesarias para aquellos amantes melancólicos, los ahogadores de angustias, los fervientes adoradores, los imaginadores empedernidos; ustedes, nosotros, todos.
El cielo es la patria y el exilio de los que sueñan
el consuelo del abismo en la diaria cornisa del mundo
espejo de los suspiros, eco silente de maldiciones, refugio secreto,
un país de emociones que se rebelan en constante cambio;
vereda vieja, esquina de los anhelos, somos cielo vos y yo
y usted, y aquél, y la señora que compra y se queja y los pibes que pedalean
en bicicletas de algodón en un mar de soledades pintado
en ólea y ceremoniosa combustión.
*
Es la matriz de los poetas, el paraíso de la ciencia, la infantil morada
de los conformistas, la ecuación de los días, la elegancia del velo
nostalgia, inspiración, creatividad y vuelo.
*
Es cielo el final de la jornada, el matecito de la mañana,
la complicidad de la madrugada, el desvanecimiento total de las distancias
la infinidad salvaje, sutil y descontrolada; la risa cordial de Doña Amalia
y el silencio que rompen los zorzales al alba.
*
La órbita perpetua del pensamiento
el manto crepuscular de lo pendiente,
el barrilete, la lágrima, los relojes y los libros
la infinita descripción del todo
la eternidad diaria
la simplicidad
la pausa.
Tanto,
que al final,
el cielo, no es nada
nada más que vos.
- Pero no se vayan, salgamos afuera....una banda de unos amigos va a tocar un rato...un poco de reggae roots, así de paso pitamos y escuchamos una musiquita, tranqui....vasito o copa en mano. Haber juntado estos arrebatos artísticos...no crean que tiene eso que ciertos artistas llaman como un antes, o un después, o que se ponen profundamente vacíos en sus palabras....no. Esto ha sido una excusa, compartir lo que uno hace, por puro gusto personal en definitiva; y pasar un momento diferente, con amigos, o con gente nueva.....cosa buena si las hay.
- Les agradezco que hayan pasado. Pero hay que terminar todo el escabio, así que...relájanse,
después vemos como sigue esto......
....de todos modos, si es que han decidido irse, recuerden un poco:
.....lean libros, hagan fotos, conozcan gente, hagan música, escriban poesía....
hagan lo que verdaderamente les gusta hacer, pero sobre todo, recuerden:
nunca dejen de hacerlo.