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Juan y Jose (Cuento Corto Propio)

Arte•12/6/2012
Juan y Jose La verdad anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua. Miguel de Cervantes Saavedra Juan era un tipo común. Pero tenía un problema, un singular y loco inconveniente que lo hacía amargarse todos sus días. Juan no podía mentir. No podía por algún impedimento mágico, como en una película, sino porque no sabía. En su razonamiento no entraba la palabra mentira y, aunque cupiera siempre era expulsada como un corcho que sale de una botella de champagne. A diferencia de lo que la gente cree, frutos de una moral donde “no hay que mentir” la vida de Juan era muy dura. Por ejemplo el no podía decir “Estoy bien” cuando le preguntaban “¿Cómo estás?” si no lo estaba. Y se enfrentaba al dilema de quedarse callado o contarle al que preguntaba todos los pormenores de su vida. Como es de suponer, este individuo que, ingenuamente, caía en la trampa cotidiana de preguntar “¿Cómo estás?” Se veía obligado a asimilar todas las palabras de Juan que, en una perorata sin descanso, vaciaba su “cargador de penas” en el pobre hombre. Por lo tanto ya pueden descartar que Juan no tuviera amigos. Bueno, en realidad tenia uno, pero era todo lo contrario a él. Y con esto me refiero a que no podía decir la verdad. José, así se llamaba, vivía su vida mintiendo. Cuando le preguntaban si estaba todo bien, el mentía y decía que si, o a veces decía que no. Todo lo que le pasara en su vida se transformaba en una mentira, apenas lo contaba. Pero a diferencia de Juan, José era un tipo feliz. O por lo menos así lo aparentaba. Aun así en su mente las tribulaciones del contar algo bueno que le había pasado y no poder, lo hacían ponerse furioso. Pero, dada su condición, no podía mostrarse enojado con el mundo. Aun así no lograba encontrarle el sentido a decir algo que fuera cierto. Para él la ilusión y la falsedad eran lo único que lo hacían feliz. Quizás por una extraña coincidencia el camino de estos dos hombres se cruzaron. Y vieron en el otro lo que les faltaba. A uno le faltaba la máscara social, esa que le permitía decir “Estoy bien” cuando estaba todo mal. Y al otro le faltaba esa mascara personal, que le permitía decir “Tengo un problema” cuando en realidad si lo tenía. La vida de estos hombres en compañía era casi perfecta. De algún modo, que la ciencia no pudo explicar, sus interacciones generaban en el otro una satisfacción. Aunque ellos conocían la condición de su amigo, pero eran felices así. Cada uno escuchaba en el otro lo que él no podía decir.
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