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La Parca - Primera parte

Arte•4/18/2013




Probablemente el intermitente foco de aquella habitación era más terrorífico que el desconcierto que sentía Pacheco.
Amarrado a una silla de manos y piernas, intentó moverse, pronto se dio cuenta de que era imposible.
Una voz profunda y grave dijo:

-¿Ya despertaste?
-¡¿Quien eres imbécil?!
-Shhh, todo a su tiempo.
-¿Acaso sabes quien soy?

El hombre de voz grave rió y se dejó ver, abandonando las sombras que le servían como una cortina, ocultándolo.
Pero cuando salió a la luz, igualmente parecía una sombra viviente, pues no había prenda en él que no fuera negra.
Vestía un sobretodo de cuero, guantes del mismo material, un imponente sombrero, y una máscara que no permitía ver su rostro. Sin duda, lo más resaltante era esa máscara, no por lo extravagante que pudiera ser, sino por lo simple que en realidad era. Una tela que envolvía su rostro incluyendo ojos, boca, nariz, todo. Como si fuera un velo de novia, pero negro, parecía entonces, el velo de la parca.
Luego dijo:

-Tú eres el señor Pacheco, Alonso Pacheco ¿no es así?
-¡¿Ah?! ¡¿Cómo lo sabes?!
-Verás, hace mucho tiempo me propuse acabar con la escoria de este país y tú entras en esa categoría. Dime, ¿qué sentiste cuando jalabas el gatillo apuntando a esa cajera?
-No, te equivocas, yo soy un taxista. Me gano la vida honradamente.
-Era madre, ¿lo sabías?
-Yo no soy quien tú crees -dijo Pacheco con una mueca de indignación muy realista.
-Te tienen buscando desde hace días, Pacheco, pero nadie se atrevió a sacarte de tu hogar, solo yo fui capaz de eso, y déjame decirte que fue muy fácil.
-No soy ese hombre.
-¿No? Pues veamos… Alonso Rafael Rodríguez Pacheco. Edad: 37 años. Ojos negros. Cabello negro y corto. Robo a mano armada a un banco, robo de vehículo a un civil y por lo que veo, también sueles inhalar cocaína, ¿no?
-Por favor. -dijo con una lágrima saliendo de su rostro.
-Se hombre Alonso, ¿te vas a poner a llorar?
-Perdóname.
-No no Alonso, no nos pongamos así. No me vengas a suplicar, es tarde para eso.
-Ayúdame, ayúdame.
-¿Ayúdame? Te gustaría pensar que es un mal sueño, ¿no?
-¡Sí!
-Yo también Alonso, yo también. ¿Tú crees que me gusta andar por ahí matando a tanta basura? Es cansado amigo, es muy cansado y yo ya no soy tan joven. Me gustaría estar sentado en mi hogar descansando, pero no puedo…
-Por favor. -dijo casi perdiendo el aliento -Déjame vivir, no lo volveré a hacer
-El problema con eso es que si te suelto lo volverás a hacer aun así me digas lo contrario. Además la muerte no es gran cosa, es solo una parte de la vida. -dijo mientras le ataba un paño alrededor de la boca -Verás Pacheco, yo no te estoy quitando nada, tú ya estás muerto.
Entonces cogió una pistola con silenciador y sin titubear, sin remordimiento, sin temor alguno, le pego el arma en la frente.
Pacheco comenzó a gemir y emitir ruidos desesperados.
El enmascarado le quedó mirando un rato y le dijo:

-No tienes que mirar si no quieres.

Luego disparó y los sesos volaron por los aires danzando hasta estrellarse contra las paredes haciendo un sonido viscoso, el cual fue seguido del más profundo silencio.
El sujeto entonces apagó la luz y salió del lugar como si nada hubiera pasado




...



Yo soy solo un enterrador.
Mi trabajo consta únicamente de tomar una pala y cubrir una fosa donde se encuentra un cuerpo inerte encerrado en una caja de madera.
Esa es la parte física de la labor, es básicamente lo que se puede observar. De hecho, es por eso por lo que me pagan, o pagaban…

Pero este trabajo va mucho más allá de eso.
A veces incluso me considero el intermediario entre la vida y la muerte.
Yo cierro la última página del libro. Cada vez que echo la tierra sobre el ataúd, pienso que entierro también una vida, que entierro anécdotas, que entierro recuerdos, que entierro emociones, que entierro alegrías, tristezas, que entierro historia…

La muerte tiene muchas características, pero la más resaltante es que el sufrimiento de un ser humano agonizante no termina con su propia muerte, sino que se traslada a la de sus familiares.
En cierto modo, esta glorifica a las personas.
Súbitamente las vuelve “buenas”. Recuerden que donde hay un muerto, siempre hay alguien que lo llora.
También pude notar lo inesperada que es, no importa quien seas, si eres humano, vendrá por ti.
En cualquier lugar, en cualquier momento, seas rico, seas pobre, seas adulto o solo un niño, desde que nacemos, emprendemos una carrera que termina en manos de la parca, quien muchas veces toma múltiples formas.

Pero ya me acostumbre a la muerte, prácticamente la veo todos los días. Por eso para mí ya no es gran cosa.
Sé que un día moriré, pero ya no le tengo miedo a eso, pues verán, desde hace mucho tiempo que adopté al cementerio como un hogar…

Pero esto no siempre fue así.





Daniel OJ (112DO211)


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