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Miradas en los vasos (Relato corto propio)

Arte4/23/2013
MIRADAS EN LOS VASOS



Esta bueno que haga esta aclaración: El texto está escrito en su mayoría en presente. Para los que no saben el presente uno de los tiempos verbales más difíciles para escribir un texto. Es por eso que si encuentran inconsistencias es por esta razón. Cuando tenga tiempo y ganas lo paso a otro tiempo verbal.

RAYA PUNTO RAYA PUNTO RAYA PUNTO RAYA PUNTO RAYA PUNTO RAYA


Los días jueves y sábados nos juntamos siempre en el mismo lugar. A veces hay fernet, a veces vino y a veces no. Nos sentamos todos en ronda y nos miramos fijamente. Siempre a los ojos y sin pestañar durante una hora y media. Terminamos con nuestras miradas y los ojos se nos irritan y nos piden a gritos que cesemos este ritual.
Después nos ponemos a hablar de política, de que ganó Ordoñez y ahora parece que va a permitir que los cerdos vuelen y aprendan español. Nada nuevo. Mario siempre me dice algo muy particular cada vez que tocamos este tema:

—Me tienen las bolas llenas.

Nadie pudo decirlo mejor. No hay expresión más sincera que esa. Ni Don Julio pudo haberlo dicho con tanta precisión y gallardía.

El tema es que seguimos hablando y Hugo siempre quiere abrir la boca, pero cada vez que intenta expeler palabra alguna le entra una gota de agua que lo atraganta. Aunque siempre lo resuelve con un golpe en el pecho.

Para sorpresa nuestra esta vez fue distinto. Hugo se comporta de una manera que Mario y yo desconocemos.

Empieza a toser y se retuerce. Mira para los costados y nos pide auxilio a gritos sordos. Da vueltas pero Mario y yo nos miramos fijo y nos preguntamos al unísono “¿Qué hacemos?”. Yo le contesto que no sé. En otras ocasiones hubiese dicho “déjame pensar”. Pero esta vez no sabía.

Hugo se retuerce y tose con bastante fuerza. Algunas palabras se oyen, aunque muy poco nítidas:

—Delen Pelo…dos… me estoy a…ho…ando.




Mario me mira otra vez y con un chasquido de su dedo me confirma que tiene la solución.

—Agarrá el anotador y te explico mi plan—me dice con media sonrisa en la cara dando a entender cierta picardía.

Voy a buscar el anotador, lo arropo con cariño. Cuando se lo alcancé exclamó que no le había traído nada para anotar. Agarré lo primero que encontré y se lo di en la mano. Mario empieza a escribir y a elucubrar un plan.

—Che pero… ¿qué es esto? Este lápiz no escribe —me dijo.

Yo no entendía por qué y se lo saqué para comprobarlo por mí mismo. Con el anotador y el lápiz intento escribir y tampoco puedo. Mario fuera de sí se para de repente, me señala y me dice:

—Pero cómo querés que escriba si este lápiz está indignado y ahora cómo vamos a hacer para ayudar a Hugo.

Interrumpí su relato porque me llamó mucho la atención su definición de lápiz indignado, no entendía qué era. Mientras Hugo tosía con más ímpetu Mario me explica que carajo era eso.

—Un lápiz indignado… es… qué se yo… cuando vos lo maltratas tanto y no puede ser usado—mientras me daba esa definición yo lo miraba con solemnidad y respeto, mis ojos estaba hipnotizados ante su vociferación.

Totalmente enojado agarré el lápiz y traté de escribir nuevamente. Al grito de:

—Vas a escribir lápiz de mierda.

Cada vez maltrataba más y más al lápiz y este, a su vez, derrochaba lágrimas de grafito cada vez más profundas.

Cuando Mario se dio cuenta de que yo estaba totalmente enajenado me pidió por favor que me detenga.

—No me hinches las pelotas Mario, hace tres meses que tengo problemas con este lápiz.

Sosteniendo el lápiz entre mis manos y acercándolo a mi boca le grité:

—¡¡¡TE ODIO!!! ¡Por qué me arruinas así la vida! ¿Qué te hice?

Le pedí a Mario que me trajera un vaso de agua. Mientras Mario va en búsqueda del vaso de agua, Hugo se señala y me tironea del pantalón, con sus típicas palabras invadidas por la arena:

—Tra…e… me… Agua—me decía Hugo inaudiblemente.

Mientras yo miraba con el ceño fruncido a Hugo porque no lo comprendía, Mario gritaba con un miedo desaforado

— ¡Que pasa!
—Vení. No sé qué pasa.

Fui corriendo de sopetón a ver que le pasaba a Mario. Cuando lo vi, pude ver en sus ojos el miedo. Me acerqué hasta él y me señaló la escalera. Estaba a punto de hablar y me tapó la boca para impedir que lo haga y me dijo con un tono celoso “Escuchá”. Los dos nos plantamos y a los pocos segundos se escuchó un sollozo. Arrimé mi oído a la escalera y lo sentí muy cercano. Me incorporé con cierta liviandad. Me erguí y me puse cara a cara con Mario. Cuando pasamos unos minutos mirándonos fijamente le dije:

—Ah Hugo se murió, me olvidé de decirte.
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