
El miedo hace una cueva más, aún más negra y honda. Pero la sabe adornar con sus trucos de artificio.
Su contorno queda colorido, y una pequeña brisa asciende por ella, llamando a las mujeres y al mundo.
Nuestro hombre no siente nada de ésto. El miedo es su amigo, ha invertido tanto en él ¿Por que abandonarlo?. Además desconoce su alma, o al menos no le interesa, toda esa excavación que sucede en su interior.
Lento y fatigado se sienta, en su pupitre, en su oficina, en su casa. Todo es igual, pero todo tiene precio. Agacha la cabeza en sus lugares concidos, la golpea contra la madera, y la engaña con fiebre. Si no lo consigue la enceguece. La enciende frente a la máquina luminosa, ideal para su vicio.
Se aburre. Piensa que en aquello que otros disfrutan puede estar su diversión. Pero nunca lo consigue. Su novia también se aburre. Tienen una escena. Ninguno de los dos asisten a ella. Sus cabezas vagan en la periferia, mientras sus bocas se confrontan. No hay nadie en la habitación, y sin embargo ellos se sienten ahí.
Hay desacuerdo. No se escuchan en realidad. Ella sale amenazándolo con no volver más.
Al cerrar la puerta siente mucho miedo, y se sorprende de su emoción, aunque no sabe por qué.
Él se asusta, pero piensa que mientras menos haga más rápido volverá, o quizás no hace nada porque no quiere.
Y ella vuelve, regresa apasionada, o eso siente. No lo expresa, se siente intimidada.
Callada lo saluda y se sientan, en la mesa de la cocina. Ambos se aburren nuevamente. Ella lo maldice por no distraerla, pero tampoco sabe entretenerse. El se asquea, y se levanta, se siente mal, apenas puede sostenerse y cae encima de la televisión, muerto o no, lo mismo da.
Escrito propio