Claudia y Sergio ahorraron mucho tiempo para casarse e irse de luna de miel al Caribe. Cuando llegó el momento de elegir el destino se decidieron por Jamaica, que para Sergio, fanático del reggae y de Bob Marley, era como La Meca de sus deseos. Claudia hubiera preferido un país de habla castellana, pero la ilusión de Sergio era tan grande que no se opuso a su elección. Partieron sedientos de verano, placer y relax. El viaje se hizo eterno para Sergio, que apenas podía contenerse en su asiento de tanta excitación. Al llegar al aeropuerto, empezó con los retorcijones. Pensó que era por la emoción y no le dio importancia. El taxi los llevó al hotel siguiendo una ruta que a Claudia le pareció sospechosamente sinuosa.
-Amor, ¿no te parece que el taxista nos está paseando?
Sergio iba en su mundo, con la cara casi pegada a la ventanilla.
-Ahá.
-¿Me escuchás lo que te digo? Nos está paseando.
Ante la insistencia de Claudia, Sergio salió de su ensoñación por un momento.
-¿Te parece? No seas perseguida, no creo, esto no es Montevideo.
Al llegar al hotel, Claudia preguntó por el precio del viaje.
-¿How much is it?
El taxista, con una sonrisa irónica en los labios, la miró fijamente, contestándole en un perfecto castellano.
-Doce dólares, señora.
Claudia, con la cara roja como un tomate, esquivando la mirada del conductor, pagó, y se bajaron.
La idea de Sergio era ir ese primer día a la casa de Bob Marley, devenida museo. Pero, ya en la habitación, los calambres en el estómago se intensificaron. Empezó con vómitos y diarrea. Así siguió todo el día, lo cual les impidió salir. Cruzando la ventana de su habitación, el verano del Caribe les ofrecía un espectáculo de aguas azules, cuerpos bronceados, arena blanca. Mientras tanto, Sergio pasó casi toda la tarde y la noche en el baño. Al otro día, en vista de que seguía igual, fueron al hospital. Estaba tan débil que lo internaron y le pusieron suero intravenoso. Les dijeron que seguramente era un virus, y que en dos o tres días estaría bien. Sin embargo, al tercer día de internación le seguía siendo imposible ingerir nada sólido. Desde su cama veía, a través de la modesta ventana de la habitación de hospital, un pequeño rectángulo del cielo de Kingston, perennemente espléndido, acentuando con su celeste intenso su desgracia.
Los médicos lo miraban ofuscados, desconcertados por el fracaso del tratamiento. Claudia parecía haber envejecido y adelgazado de golpe. Cinco días antes de que terminara el viaje, Sergio empezó a sentirse mejor, lo cual fue confirmado por las caras satisfechas de los médicos. Finalmente, cuando faltaban tres días para su regreso, le dieron el alta. Pensaron que, aunque acotada en el tiempo, tendrían la chance de vivir algo de las vacaciones que habían planeado. Esa ilusión duró unos pocos minutos. En el momento de dejar el hospital les dijeron que se fueran directamente al hotel, ya que un huracán estaba a punto de golpear la isla. Los siguientes dos días los pasaron encerrados, viendo y escuchando las ráfagas de agua y viento azotar la ventana de la habitación.
La mañana del día del regreso amaneció reventando de tanto sol. Mientras iban en el taxi camino al aeropuerto Claudia sacó algunas fotos. Sergio empezó a llorar. Claudia hizo un intento poco efectivo de consolarlo. En realidad, no sabía que decirle. Esas fotos atropelladas, y algunos regalos que Claudia compró en el free shop (Sergio, hundido en el desánimo, no quiso acompañarla), fueron el testimonio y el recuerdo de su inolvidable luna de miel.