Una estúpida sonrisa
¿Para qué cambiar? Era mejor dejar las cosas como estaban…
Llevaba una vida sin sobresaltos, a veces un poco monótona pero segura. La hipoteca del departamento estaba cancelada. De salud, salvo el problema del asma, andaba bien. Entonces, para qué preocuparse si él cumplía con todas las obligaciones de un buen padre de familia: con las expensas comunes del departamento, con el plan de ahorro del automóvil, con las horas extras en el banco y las clases particulares de matemática, con la mesa vacía de todos los almuerzos y los fines de semana visitando parientes…
No tenía sentido cambiar algo o ponerse nervioso, todo estaba bajo su control y nadie podía reprocharle nada. Sobre todo ahora que sus hijos eran grandes y la economía de la casa estaba resuelta… Debía entenderlo de una vez por todas. No tenía ningún sentido seguir preocupado por esa estúpida sonrisa que, en realidad, no era más que eso: Una estúpida sonrisa.
Las sonrisas no hacen daño, reflexionó. La sonrisa es el comienzo de la risa, la risa sinónimo de alegría y la alegría levanta el ánimo. Aunque ánimo, era justamente lo que le faltaba. No podía ser. Algo no encajaba en sus razonamientos. Casi todas las cosas estaban bien, o mejor dicho, podía tolerarlas. Pero el dolor que le provocaba esa estúpida sonrisa era algo insoportable, no podía entenderlo.
Esa madrugada se levantó muy temprano, su mujer aun dormía. Con manos temblorosas tomó el remedio para el asma y aspiró varias dosis. Finalmente entró al baño, trabó la puerta, y dejó correr el agua caliente de la ducha: en pocos minutos el vapor empañó todos los vidrios…
Sin hacer ruido, tomó del botiquín su navaja de afeitar, abrió las ventanas de par en par y se enfrentó al espejo.
Esperando que se disipara el ambiente, aguardó pacientemente a la sonrisa.
Cuento corto extraído del blog de Tomás Juárez Beltrán, "Secretos insolentes"