El 22 de abril de 1616, Miguel de Cervantes rinde el último suspiro al igual que otros dos genios de la literatura universal, el Inca Garcilaso de la Vega y William Shakespeare. Al día siguiente, en los registros de San Sebastián, su parroquia, se consigna que su muerte ha ocurrido el sábado 23, de acuerdo con la costumbre de la época, que sólo se quedaba con la fecha del entierro: como se sabe, es ésta última la que se conoce hoy en día, y en que se celebra cada año en España el Día del Libro.
Cervantes fue inhumado en el convento de las Trinitarias, según la regla de la Orden Tercera, con el rostro descubierto y vestido con el sayal de los franciscanos. Pero sus restos fueron dispersados a finales del siglo XVII, durante la reconstrucción del convento. En cuanto a su testamento, se perdió. Quedan las obras del «raro inventor», como él mismo se llama en el Viaje del Parnaso, a quien el Quijote le valió entrar en la leyenda.
Posteridad
A los cervantistas de la Ilustración -Mayans y Siscar, Vicente de los Ríos, Juan Antonio Pellicer- se debe un primer acopio de datos, sacados en su mayoría de la obra del Manco de Lepanto, a partir de los cuales van a elaborar una narración de su vida no exenta de errores. Durante el reinado de Fernando VII, Fernández de Navarrete encuentra y publica una serie de documentos, profundizando su examen crítico en un alarde de erudición que se sistematizará en los años posteriores. Pero, si bien se hace así más densa la trama de los acontecimientos, el perfil que se bosqueja ahora de Cervantes permanece sin cambiar: para decirlo con frase de Navarrete, éste se impone como «uno de aquellos hombres que el cielo concede de cuando en cuando a los hombres para consolarnos de su miseria y pequeñez». Escritor clásico por antonomasia, trasciende gustos y modas, sin padecer, como Góngora, Quevedo o Calderón, la condena del barroco. Así es como llega a encarnar el genio hispano, en su vertiente nacional y universal, en un momento en que España se esfuerza en reivindicar el lugar que ha de corresponderle en el concierto de las naciones civilizadas.
Durante el siglo XIX, en la estela de la escuela romántica inglesa que se mostró capaz, con Boswell y Carlyle, de abrir nuevos caminos al género biográfico, se adscribe como finalidad a los cervantistas la representación auténtica del autor del Quijote, al que se pretende captar en su totalidad y su intimidad a la vez. En los inicios de la Restauración expone Ramón León Máinez, en 1876, un proyecto de biografía total. Pero no consigue poner en obra su ambicioso programa, a falta de poder alcanzar por vía racional la verdad íntegra de una existencia singular. Tan sólo perdura, como legado del biografismo romántico, la voluntad de someter la representación de la vida de Cervantes al imperialismo del testimonio autentificador. Así es como se hace cada vez más patente, en este proceso de reconstrucción, el peso de las fuentes, hasta tal punto que, con el triunfo del positivismo erudito, la pesquisa documental acaba por cobrar plena autonomía. Especial mención merece, en este particular, la benemérita labor de Cristóbal Pérez Pastor y de Francisco Rodríguez Marín, en los primeros años del siglo XX. Así y todo, ninguno de ellos pretende compendiar los frutos dispersos de sus descubrimientos, para reconstruir la concatenación de los acontecimientos e incorporarlos a la misma sustancia del vivir cervantino.
El que pretende cumplir, con notable retraso, las aspiraciones difusas de los románticos será, a mediados del siglo pasado, Luis Astrana Marín, con su Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes. Esta obra monumental continúa siendo referencia insustituible por la cantidad de informaciones que nos proporciona. Con todo, sigue perpetuando un tipo de aproximación totalmente anacrónico, limitado a la mera suma de las actividades controladas y conscientes del autor del Quijote. Aunque venga acumulando datos, Astrana Marín no elabora ningún esquema capaz de llevarnos más allá de la estampa estereotipada de un ser heroico y ejemplar. Cervantes, según sus propios términos, resulta para él «todo un hombre o, más bien, un superhombre que vive y muere abrazado a la Humanidad». Esta supuesta verdad esencial del Cervantes en sí acaba por eliminar la verdad efectiva del Cervantes para sí, en una trasfiguración que desemboca, en última instancia, en una desfiguración del biografiado.
La labor desempeñada por los actuales biógrafos de Cervantes tiende, por el contrario, a asentarse en una metodología rigurosa: primero estableciendo, con todo el rigor requerido, lo que se sabe de su vida y separando lo fabuloso de lo cierto y de lo verosímil; también situándolo en su época, en tanto que actor oscuro y testigo lúcido de un momento decisivo de la historia de España; por último, siguiendo hasta donde sea posible el movimiento de una existencia que, de proyecto que fue inicialmente, se ha convertido en un destino que nos esforzamos por volver inteligible. Pero el laconismo de los documentos, en lo que toca al cómo de la vida del autor del Quijote, se convierte en mutismo cuando tratamos de indagar su porqué.
De ahí la fascinación que sus obras ejercen sobre nosotros, en nuestro deseo de acercarnos a su intimidad, llevándonos a aventurarnos en el terreno resbaladizo del conocimiento de un ser inasequible que, en otro tiempo, se proyectó en un acto de escritura. Así es como se ha intentado encontrar el misterio del «yo» de Cervantes, o bien en su presunta «raza», o bien en una homosexualidad latente. Pero, fuera de que ni ésta ni aquélla están documentalmente comprobadas, los modelos explicativos así propuestos tienden a convertir al individuo y su conciencia en un mero epifenómeno, una superestructura reductible a unos cuantos elementos. En vista de lo cual, las figuraciones simbólicas que nos proporcionan las ficciones cervantinas pueden dar pie a todo un abanico de argumentos fundadores y, de esta manera, cualquier sistematización de las metáforas obsesivas que se busque en ellas desemboca, inevitablemente, en una triste reunión de fantasmas, dispuestos al gusto del clínico.
Cervantes, cabe afirmarlo con fuerza, estará siempre más allá de cualquier esquema reductor y no hay narración que pueda restituir su expansión vital. Los futuros biógrafos que se adentren por este camino sembrado de escollos siempre tendrán que desconfiar de cualquier clave interpretativa deducida de un modelo teórico formalizado de antemano, aceptando, con plena clarividencia, los compromisos y sacrificios que exige cualquier forma de inteligibilidad de la compleja trama de un determinado vivir.
Frases célebres del Ingenioso Hidalgo:
Cada uno es como Dios le hizo, y aún peor muchas veces.
Come poco y cena menos, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago.
Como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles.
Dad crédito a las obras y no a las palabras.
De altos espíritus es apreciar las cosas altas.
De gente bien nacida es agradecer los beneficios que recibe.
De las miserias suele ser alivio una compañía.
El que esta para morir siempre suele hablar verdades.
El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.

Cervantes fue inhumado en el convento de las Trinitarias, según la regla de la Orden Tercera, con el rostro descubierto y vestido con el sayal de los franciscanos. Pero sus restos fueron dispersados a finales del siglo XVII, durante la reconstrucción del convento. En cuanto a su testamento, se perdió. Quedan las obras del «raro inventor», como él mismo se llama en el Viaje del Parnaso, a quien el Quijote le valió entrar en la leyenda.
Posteridad
A los cervantistas de la Ilustración -Mayans y Siscar, Vicente de los Ríos, Juan Antonio Pellicer- se debe un primer acopio de datos, sacados en su mayoría de la obra del Manco de Lepanto, a partir de los cuales van a elaborar una narración de su vida no exenta de errores. Durante el reinado de Fernando VII, Fernández de Navarrete encuentra y publica una serie de documentos, profundizando su examen crítico en un alarde de erudición que se sistematizará en los años posteriores. Pero, si bien se hace así más densa la trama de los acontecimientos, el perfil que se bosqueja ahora de Cervantes permanece sin cambiar: para decirlo con frase de Navarrete, éste se impone como «uno de aquellos hombres que el cielo concede de cuando en cuando a los hombres para consolarnos de su miseria y pequeñez». Escritor clásico por antonomasia, trasciende gustos y modas, sin padecer, como Góngora, Quevedo o Calderón, la condena del barroco. Así es como llega a encarnar el genio hispano, en su vertiente nacional y universal, en un momento en que España se esfuerza en reivindicar el lugar que ha de corresponderle en el concierto de las naciones civilizadas.

Durante el siglo XIX, en la estela de la escuela romántica inglesa que se mostró capaz, con Boswell y Carlyle, de abrir nuevos caminos al género biográfico, se adscribe como finalidad a los cervantistas la representación auténtica del autor del Quijote, al que se pretende captar en su totalidad y su intimidad a la vez. En los inicios de la Restauración expone Ramón León Máinez, en 1876, un proyecto de biografía total. Pero no consigue poner en obra su ambicioso programa, a falta de poder alcanzar por vía racional la verdad íntegra de una existencia singular. Tan sólo perdura, como legado del biografismo romántico, la voluntad de someter la representación de la vida de Cervantes al imperialismo del testimonio autentificador. Así es como se hace cada vez más patente, en este proceso de reconstrucción, el peso de las fuentes, hasta tal punto que, con el triunfo del positivismo erudito, la pesquisa documental acaba por cobrar plena autonomía. Especial mención merece, en este particular, la benemérita labor de Cristóbal Pérez Pastor y de Francisco Rodríguez Marín, en los primeros años del siglo XX. Así y todo, ninguno de ellos pretende compendiar los frutos dispersos de sus descubrimientos, para reconstruir la concatenación de los acontecimientos e incorporarlos a la misma sustancia del vivir cervantino.

El que pretende cumplir, con notable retraso, las aspiraciones difusas de los románticos será, a mediados del siglo pasado, Luis Astrana Marín, con su Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes. Esta obra monumental continúa siendo referencia insustituible por la cantidad de informaciones que nos proporciona. Con todo, sigue perpetuando un tipo de aproximación totalmente anacrónico, limitado a la mera suma de las actividades controladas y conscientes del autor del Quijote. Aunque venga acumulando datos, Astrana Marín no elabora ningún esquema capaz de llevarnos más allá de la estampa estereotipada de un ser heroico y ejemplar. Cervantes, según sus propios términos, resulta para él «todo un hombre o, más bien, un superhombre que vive y muere abrazado a la Humanidad». Esta supuesta verdad esencial del Cervantes en sí acaba por eliminar la verdad efectiva del Cervantes para sí, en una trasfiguración que desemboca, en última instancia, en una desfiguración del biografiado.
La labor desempeñada por los actuales biógrafos de Cervantes tiende, por el contrario, a asentarse en una metodología rigurosa: primero estableciendo, con todo el rigor requerido, lo que se sabe de su vida y separando lo fabuloso de lo cierto y de lo verosímil; también situándolo en su época, en tanto que actor oscuro y testigo lúcido de un momento decisivo de la historia de España; por último, siguiendo hasta donde sea posible el movimiento de una existencia que, de proyecto que fue inicialmente, se ha convertido en un destino que nos esforzamos por volver inteligible. Pero el laconismo de los documentos, en lo que toca al cómo de la vida del autor del Quijote, se convierte en mutismo cuando tratamos de indagar su porqué.

De ahí la fascinación que sus obras ejercen sobre nosotros, en nuestro deseo de acercarnos a su intimidad, llevándonos a aventurarnos en el terreno resbaladizo del conocimiento de un ser inasequible que, en otro tiempo, se proyectó en un acto de escritura. Así es como se ha intentado encontrar el misterio del «yo» de Cervantes, o bien en su presunta «raza», o bien en una homosexualidad latente. Pero, fuera de que ni ésta ni aquélla están documentalmente comprobadas, los modelos explicativos así propuestos tienden a convertir al individuo y su conciencia en un mero epifenómeno, una superestructura reductible a unos cuantos elementos. En vista de lo cual, las figuraciones simbólicas que nos proporcionan las ficciones cervantinas pueden dar pie a todo un abanico de argumentos fundadores y, de esta manera, cualquier sistematización de las metáforas obsesivas que se busque en ellas desemboca, inevitablemente, en una triste reunión de fantasmas, dispuestos al gusto del clínico.
Cervantes, cabe afirmarlo con fuerza, estará siempre más allá de cualquier esquema reductor y no hay narración que pueda restituir su expansión vital. Los futuros biógrafos que se adentren por este camino sembrado de escollos siempre tendrán que desconfiar de cualquier clave interpretativa deducida de un modelo teórico formalizado de antemano, aceptando, con plena clarividencia, los compromisos y sacrificios que exige cualquier forma de inteligibilidad de la compleja trama de un determinado vivir.
Frases célebres del Ingenioso Hidalgo:
Cada uno es como Dios le hizo, y aún peor muchas veces.
Come poco y cena menos, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago.
Como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles.
Dad crédito a las obras y no a las palabras.
De altos espíritus es apreciar las cosas altas.
De gente bien nacida es agradecer los beneficios que recibe.
De las miserias suele ser alivio una compañía.
El que esta para morir siempre suele hablar verdades.
El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.
Feliz día mundial del Libro
