InicioArteEl niño del diablo
"Hecha la ley, hecha la trampa", rió el Diablo y se acercó a la casa del pequeño. Este era un niño muy enérgico, su mirada trasmitía una inocencia extraordinaria, que infundía la confianza que el mismo desprendía, aún a través de su notable timidez. ¿Un dulce? Le dijo, y empezó a narrarle su historia. Le contó todas las andanzas del ser humano y su pecado. Los principios de bien y el mal, los días de Jesús y su novedosa religión, los días del hombre, y del sufrimiento, y como la repetición lo han vuelto algo eterno. "Dios es bueno y generoso", le dijo, "pero si pecas te castigará y te hará merecer el infierno, así que debes obedecerle". El niño asintió, pero esa frase lo hizo padecer sus primeros escalofríos, la primer sacudida de temor. ¿Había pasado algo? En apariencia no, pero por dentro. Un nuevo parásito concretaba su nuevo hogar. Así siguió su vida normalmente. Mientras su monstruo por dentro crecía más y más. Se sentía preso de una angustia del más allá, un temor omnipotente, una predicción de algo horrible que nunca sucedía. Aprendió a obedecer a Dios, y tal como obedecía a Dios lo hacía con sus padres, los mayores, y todo aquél que le hablara con un tono más fuerte y severo de lo debido, marcándole los oídos. Las ordenes se impartían por doquier alrededor suyo, y su monstruo las cazaba al vuelo, volviéndolas un alimento graso infinito, delicioso. Por fuera era un niño bueno. Pero dentro empezaba a esconder sus primeros crímenes, que su joven imaginación se osaba en formar. Sus restricciones crecían, y su ambiente se volvía cada vez más acusador. Todo debía ser reprendido, controlado. Sino no sobreviviría, pensaba. Y seguía en la lucha encarnizada por sus impulsos, que cada vez se batían más terriblemente dentro suyo, volviéndose obscuros y lejanos, desenfrenados y malolientes. Así es como llegó al ejército. Era solo un adolescente y lo trataban de forma muy severa, pero él siempre era el que mejor cumplía el deber. La guerra le trajo un sabor amargo, múltiple. Por un lado, se satisfacía en tener la oportunidad de matar y aplastar cabezas. Se sorprendía de cuanto le satisfacía ello. A veces se deshacía en estallidos de furia y se armaba una carnicería, machacando enemigos, y jugando con sus vísceras. Batiéndolas contra el pasto, o su fusil. Por otro lado todavía sentía que eso estaba muy mal, pero la risa satánica de sus superiores siempre lo animaba. Su vida siguió su tiempo. Y así como por pleno capricho de la suerte, terminó volviendo a casa, sano y salvo, unos años más tarde. Se encontró muy feliz, finalmente en su ambiente familiar. Pero desde el primer día, notó que el regreso no iba a ser lo que esperaba. Así fue como todas las noches se levantaba, sobresaltado, presa de horribles pesadillas, de asesinatos, violaciones, suicidios. Los crímenes invadían sus sueños con una fuerza implacable, y no conseguía siquiera cerrar sus ojos. La sangre brotaba de sus párpados y se volvía desesperado al espejo para comprobarlo, mientras le temblaba el corazón. Nada pasaba, por fuera. Y por dentro era todo un mundo, nuevo, ajeno. Y así es como un día se asqueo. Se sentía una inmundicia en esa ropa bien, en esa postura rígida, esa vida ordenada, ¿quién le pondría el pie a el, que tan valientemente luchaba asesinando con su fusil?. Su desenfreno lo desconcertó en la mesa, y con el cuchillo sucio de comida los mató a todos. Su rostro expresaba otra vez aquella sensación de placer. ¿Acaso le divertía matar? Si pudiera mataría hasta Dios mismo. Se decía en pensamientos, y se declaraba rebelde mientras reía a carcajadas. Las puñaladas seguían una a una, al ritmo de su excitación. Por fin sentía a su monstruo salir, por fín dejaba de sentir aquella angustia. Ahora era todo certidumbre, lo había decicido él, estaba en éxtasis. Consumado el hecho tomó un viejo cuaderno que encontró sobre la mesa, limpió las manchas de sangre y empezó a escribir. “Tanto el bien como el mal constituyen los roles humanos por excelencia. Ambos están sujetos a la obediencia, y a la promesa de alimento. Ya he probado el bien, y el mal y ninguno me satisface” Tomó el cuchillo y se cortó las venas. Escrito propio
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