Pablo de Tarso
La doctrina cristiana que hoy conocemos nada que ver con las enseñas de Jesús de Nazareth. el cristianismo es el resultado de las ideas exaltadas de un visionario -San Pablo- y de la conjunción oportunista de mitos, religiones y circunstancias políticas y sociales, que lo llevaron a convertirse en la religión oficial del Imperio Romano. El cristianismo se inició con las prédicas de San Pablo en Asia Menor. Con el tiempo, se fue adaptando a las oportunidades que ofrecía el momento histórico, empezando por soltar el lastre del judaísmo y del Apocalipsis, para adquirir las formas externas de la liturgia del Imperio Romano y, más tarde, para adecuarse a las formas sociopolíticas del mundo occidental
Unos tres años después de la crucifixión de Cristo va camino de Jerusalén a Damasco un joven judío llamado Saulo, natural de Tarso. Ya cerca de Damasco, cegado por deslumbradora visión, cae a tierra mientras oye la voz de Jesús, que le dice: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" Se incorpora ciego y aturdido, y sus acompañantes deben guiarlo hasta la ciudad. Tarda tres días en recobrarse; cuando al fin vuelve a quedar dueño de sus facultades, Saulo es como un hombre vuelto a nacer: será en adelante el "vaso de elección", destinado a llevar dondequiera el nombre del Señor.

Este repentino cataclismo espiritual hizo de Saulo una de las grandes figuras del cristianismo. Cambió pronto el nombre hebreo de Saulo por el latino (y por ende más universal) de Pablo. Apóstol de los gentiles, consagró su vida a la propagación del Evangelio, viajando una y otra vez por toda la región del Mediterráneo. En la mayoría de los lugares adonde llegó fundó iglesias que constituyeron otros tantos puestos avanzados del cristianismo, que trascendió así los límites del mundo hebreo y alcanzó dimensiones de religión universal. Además, tanto en la predicación como en las epístolas, Pablo repitió el sistema de ideas que es hoy fundamento de toda enseñanza cristiana.

"Loco de furor". De pocos personajes de la antigüedad nos ha llegado una historia tan documentada como la de Pablo. Además de sus espístolas, tenemos lo que acerca de él refiere en los Hechos de los Apóstoles su discípulo y compañero Lucas, médico de origen gentil que fue autor del tercer Evangelio canónico. Los datos contenidos en esas fuentes hacen resaltar una vida que resulta una de las aventuras más grandes del espíritu humano.
Pablo nació en Tarso, alrededor del año cinco antes de la era cristiana. Esa ciudad del Asia Menor, hoy soñolienta población turca, era entonces uno de los más refinados centros del saber y foco activo del comercio y de la industria. Entre sus habitantes se contaba la numerosa y próspera colonia judía, muchos de cuyos miembros eran ciudadanos del Imperio Romano.
Siendo niño aprendió Saulo el oficio de tejedor y se ejercitó en la fabricación de tiendas de campaña, tal vez debido a que su padre era un acaudalado negociante en telas. Su despierta inteligencia lo predestinaba, sin embargo, a tareas más elevadas. A poco de haber entrado en la adolescencia lo enviaron a Jerusalén, donde tuvo por maestro al universalmente famoso rabino Gamaliel. En el templo, siempre concurrido, oyó por primera vez hablar de Cristo, que por aquel entonces predicaba en Galilea. Aunque nunca se halló en presencia de Jesús, cuanto le contaban acerca del mensaje que traía al mundo lo hacía sentirse "loco de furor" contra él y contra los nazarenos que eran sus discípulos, a quienes Saulo consideraba contrarios al estricto cumplimiento de la ley mosaica. Convertido en algo así como un jefe de tropas de asalto, los persiguió "hasta en las ciudades extrañas", y con ese propósito iba camino de Damasco cuando oyó la Voz divina.

La conversión. No hay memoria de un episodio tan intensamente dramático como el arrepentimiento y la conversión de Pablo. Notorio era que él había "devastado" la naciente iglesia. "Perseguí de muerte", dice él mismo, "encadenando y encarcelando a hombres y mujeres". Los que dieron muerte a San Esteban depositaron a los pies de Saulo los mantos que les trababan las manos, para poder así arrojar piedras a la cabeza del primer mártir cristiano, mientras el joven Saulo "aprobaba su muerte". "Lo hacía con ignorancia en mi incredulidad", explicó Pablo más adelante. No cabe duda que se dolió de ello el resto de sus días, aun cuando añade: "más fui recibido a misericordia... y sobreabundó la gracia de nuestro Señor". Es evidente que la fe, la voluntad tenaz y la paciencia para con las flaquezas del prójimo, fueron en Pablo manifestación del perdón que Dios le concedió.
Un autor anónimo describe a Pablo como "hombre de corta estatura, calvo, estevado, cejijunto, de nariz larga y de aspecto agraciado". El propio Pablo, al lamentarse de sus achaques, dice que su "presencia corporal es poca cosa". Y sin embargo, no cabe imaginar hombre mejor dotado que él para la histórica misión que había de cumplir. Como fariseo, conocía a fondo el Antiguo Testamento, del cual cita unos 200 pasajes en sus epístolas. Como ciudadano romano, le era dable viajar libremente por toda la extensión del Imperio. Como cosmopolita, hablaba por lo menos tres idiomas: el arameo, lenguaje de Cristo; el hebreo, lenguaje de las Escrituras; el griego, lenguaje usual en todo el Oriente Medio en aquella época. Es probable que conociera también algo de latín.
Estos atributos lo capacitaban para actuar "en todo para todos": como judío con los judíos; romano con los romanos; sofista con los sofistas; tejedor y fabricante de tiendas de campaña con los de este gremio. Era sincero, ingenioso, sociable, y estaba ante todo animado del sentimiento eminentemente humano que, pese a los prejuicios de clase reinantes en aquella época, lo movía a proclamar que todos los hombres han sido creados iguales.
El camino largo y solitario. El celo apostólico de Pablo lo llevó a peregrinar por muchas tierras extrañas. Pasó por las ciudades del Asia Menor y navegó a la isla de Chipre en busca de almas para el Evangelio; atravesó a Europa y predicó la religión de Cristo en Macedonia. Dondequiera que iba estaban abiertas para él las puertas de la sinagoga, a la que su calidad de judío le daba libre entrada. Pero desde el momento en que dirigió también su predicación a los paganos, se atrajo la ira de los hebreos. El riguroso apego de los sacerdotes judíos al rito, les hacía sostener que únicamente para los circuncisos habría salvación. Pablo se dio cuenta de que si él, como propagador del Evangelio, pedía a todo nuevo cristiano que comenzara por someterse a la ley de Moisés, el cristianismo no llegaría jamás a ser una religión para todos los hombres: sería apenas una secta del judaismo. Pensó en los millones de almas del Imperio romano, y eligió el camino que debía seguir: la Fe, antes que "la Ley" (entendida esta en el mezquino sentido literal) era lo que importaba. El conflicto interno ocasionado en el judaismo por esta determinación de Pablo sólo podría desaparecer cuando la Iglesia y la Sinagoga se independizaran una de la otra.
El terreno por donde Pablo hubo de transitar fue muchas veces áspero. Aun hoy nos maravillamos de que atravesase más de una vez las temidas Puertas de Cilicia, angostos desfiladeros de escarpadas y altísimas paredes e impetuosos torrentes, enclavados en una región infestada de bandoleros. Solía el apóstol viajar a pie. En muchas ocasiones hubo de pasar la noche en húmedas cavernas. En verdad cabe decir que "arriesgaba la vida" en servicio de Cristo.
Aunque no rehusaba los donativos de los fieles, siempre que pudo se ganó el sustento con su trabajo, fabricando tiendas de campaña como las que aún hoy usan los nómadas. Así por ejemplo, al llegar a la floreciente ciudad griega de Corinto se asoció con una pareja de romanos fabricantes de esas viviendas. El taller en que trabajaban daba a la vía pública, lo cual era muy conveniente para la tarea apostólica de Pablo. Mercaderes y esclavos, filósofos y desocupados, mujeres que llevaban cántaros de agua, marineros de las naves surtas en el puerto, en fin, muchos de los que pasaban frente al taller se detenían a echar un párrafo. La atrayente personalidad del apóstol, su simpatía humana, su ingenio para encontrar la frase oportuna, inclinaban a los más a prolongar la plática, o a volver por allí para conversar de nuevo. Fue así como paulatinamente nació en todos un sentimiento de hermandad, de integración en una nueva comunidad unida por la misma esperanza común.
Se incurriría, sin embargo, en error al igualar a los fieles de aquellas primeras células cristianas con los fieles de una sosegada congregación de nuestros días. La mayor parte de esos primeros cristianos procedían de las clases más oprimidas y menesterosas, y resultaban con frecuencia una ralea a la que el apóstol tenía que exhortar repetidamente a la enmienda. "El que robaba, ya no robe; antes bien, afánese trabajando con sus manos", dice en una de sus epístolas. Y en otra: "Pero ahora deponed también todas estas cosas: ira, indignación, maldad, maledicencia y torpe lenguaje".
Joyas del pensamiento. Parece que fue durante la permanencia en Corinto, hacia el año 51, cuando dio Pablo principio a sus cartas o epístolas. Estas joyas sin par de la literatura, escritas antes de la publicación de los Evangelios, forman par te del Nuevo Testamento y son la crónica más antigua del cristianismo. Compuestas en lengua griega y dirigidas a iglesias recién fundadas o a una persona en particular, no estaban destinadas a formar un solo cuerpo de doctrina. No obstante, tomadas en conjunto, ofrecen la coherente estructura de un pensamiento religioso en que se revela Pablo como el primer teólogo cristiano y, además, como hombre de poderosa inteligencia en el cual tenían cabida la bondad, la cortesía y una gran dosis de sentido común. Esmaltan su prosa pensamientos que son otras tantas piedras preciosas, como estos: "Con gusto soportáis a los insensatos, siendo vosotros sensatos"; "No se ponga el sol sobre nuestra ira".
La más extensa de sus cartas, la Epístola a los Romanos, se considera su obra maestra. Doctrinas tan fundamentales como la de la gracia, la del merecimiento y la del libre albedrío, se hallan expuestas con un vigor y una precisión que hacen de esta epístola una fuente indispensable de conocimiento para todo teólogo cristiano.
La idea central de la epístola es la Redención. El hombre vivió en pecado hasta que Dios envió a Jesús, su hijo, para que muriendo en la cruz redimiese al género humano. ¿Qué significado encierra esto para cada hombre? Pablo afirma que, ayudado por la gracia, todo hombre puede salvarse mediante la fe. Recordando acaso su propio arrepentimiento y conversión después del camino de Damasco, el apóstol se vale de una metáfora para exhortarnos a que nos despojemos "del hombre viejo" y nos revistamos "del hombre nuevo". Porque este "hombre nuevo" vive en Cristo, y "la muerte no tiene ya dominio sobre él". Aquel que hasta ahora se viera solo y desamparado, hallará nuevo gozo en la comunión con todos sus hermanos y con el mismo Cristo. Triunfalmente afirma Pablo que al final de los tiempos, cuando estemos unidos con el Señor en toda su gloria, no le veremos como "por un espejo y oscuramente", sino "cara a cara".
Tenaz voluntad de lucha. Amagos de tempestad aparecen en el horizonte de Pablo. Está en Corinto y de allí piensa viajar a Roma, cuando el deber lo llama a la ciudad que es, entre todas las del mundo, la que mayores peligros encierra para él: Jerusalén. Le han pedido que encabece la delegación encargada de llevar allí los dineros recolectados en sus iglesias para socorro de los empobrecidos fieles.
En el viaje a Palestina lo acompañan sombríos presentimientos. La hostilidad de los judíos prominentes se había intensificado. Al entrar Pablo en el templo se suscita un tumulto en contra de él. Lo acusan falsamente de haber incurrido en el grave delito de introducir gentiles en el templo, profanando así el lugar santo. La turba arrastra al apóstol fuera del templo, lo golpea e intenta darle muerte. El tribuno de la cohorte romana, al tener noticia de ello, acude con sus soldados y salva a Pablo.
Toca ahora al tribuno investigar los hechos. Al ponerse en movimiento la justicia romana, hay escenas que recuerdan las de la pasión de Cristo. Como Jesús, Pablo se halla dispuesto a ofrendar la vida; y sin embargo, su tenaz voluntad de lucha lo inclina a valerse de cuanto recurso legal le permita salvarla. Por orden del tribuno llevan a Pablo al cuartel para interrogarlo mientras lo azotan, según era usual cuando el interrogado no era ciudadano de Roma. Ya lo tienen sujeto y van a cumplir la orden cuando pregunta al centurión allí presente: "¿Os es lícito azotar a un romano sin haberlo juzgado?"
¡Un romano! Por unos instantes reinaría el silencio. Nadie duda de la verdad de lo afirmado por Pablo; pudiera tener comprobación. El tribuno quiere evitarse complicaciones. Proporciona a Pablo un caballo y con crecida escolta lo envía a Cesárea donde queda a disposición de Félix, gobernador romano de Judea. Félix difiere de día en día el proceso de Pablo. Trascurren dos años, al cabo de los cuales llega a Judea el nuevo gobernador, Porcio Festo. Apremiado por los príncipes de los sacerdotes, Festo manda que comparezca Pablo para ser interrogado. Al preguntársele si querría ser juzgado en Jerusalén, donde los cargos religiosos que se le hacen pudieran esclarecerse más fácilmente, Pablo, que conoce la ley y sabe cuáles son sus derechos, responde a Festo: "Ninguna injuria he hecho a los judíos... Nadie puede entregarme a ellos. Apelo al César".
"¿Dónde está, muerte, tu victoria?" Con esto queda el caso fuera de la jurisdicción del gobernador de Judea. Pablo ha apelado al Emperador en uso de un inalienable derecho: debe enviársele a Roma para ser juzgado allá por el más alto tribunal del César. Con otros presos y bien escoltado viaja hacia Roma, adonde llega después de un largo viaje durante el que está a punto de perecer en un naufragio. En Roma, donde se le permite vivir en una casa alquilada, aunque sujeto a la vigilancia de un soldado, permanece Pablo "predicando el reino de Dios y enseñando con toda libertad y sin obstáculo lo tocante al Señor Jesucristo".
¿Qué sucedió de ahí en adelante? Los Hechos de los Apóstoles no lo revelan. Muchos eruditos modernos creen que Pablo fue juzgado y absuelto. Según relatos de los primeros tiempos del cristianismo, el apóstol emprendió entonces un nuevo viaje que lo lleva hasta "los confines del mundo occidental" (España) y de regreso, al Asia, para una última visita a sus amados fieles. Acontece esto por los años en que el furor anticristiano de Nerón es más intenso. Pablo, que tenía unos 60 años de edad y era famoso en todo el mundo, cae preso otra vez y lo llevan a Roma. Cuenta la tradición que el mismo emperador tomó asiento en el tribunal y condenó a Pablo a morir decapitado.

"¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?"
El ya anciano apóstol que con estas palabras había animado a los fieles a mantenerse firmes y constantes, recibiría con ánimo sereno la sentencia de muerte. En un bosquecillo de eucaliptos cercano a Roma tres capillas recuerdan el lugar don de, según la tradición, al ser decapitado Pablo brotó una fuente en cada uno de los sitios en que la cabeza rebotó al caer. A unos 300 kilometros del antiguo recinto de la ciudad, en la gran Basílica de San Pablo, se conserva la capilla edificada poco después de la muerte del apóstol para conmemorar su martirio.
Hubieron de pasar 250 años de la muerte de Pablo para que el cristianismo se convirtiera en la religión predominante en el Imperio Romano. Pero las batallas decisivas se ganaron antes. Jesús de Nazaret había fundado una nueva fe; y el trasformado Saulo de Tarso, al ver en ella la redención de todos los hombres, había llevado esa nueva y grandiosa fe hasta lejanos horizontes.