¿Cómo es posible que un grupo de talibanes atentará en pleno centro del mayor imperio de la humanidad? ¿Por qué fallaron todos los servicios de seguridad?los hechos demuestran que Washington permitió, conscientemente, los atentados contra las Torres Gemelas.
Días después del 11-S, se hizo fuerte la hipótesis de que los atentados correspondían a un autoataque consentido, necesario para impulsar los proyectos de dominio mundial.
En primer lugar, está claro que las autoridades norteamericanas hicieron poco o nada para impedir los hechos del 11 de septiembre.
En agosto del 2001, dos expertos de alto rango del Mosad ponen en alerta a la CIA y al FBI de que una célula de 200 terroristas estaba preparando una operación de gran envergadura. En la lista que facilitaron se incluían los nombres de cuatro de los secuestradores de aviones del 11 de septiembre, ninguno de lo cuales fue detenido.
En 1999, un informe del National Intelligence Council (Consejo Nacional de Información) de EEUU hacía notar que «los terroristas suicidas de Al Qaeda podrían estrellar un avión cargado con explosivos de gran potencia en el Pentágono, en la sede de la CIA o en la Casa Blanca».
Se ha informado asimismo de que, en los años 90, cinco de los secuestradores recibieron instrucción en instalaciones militares de EEUU.
El francomarroquí Zacarías Moussaoui, estudiante de Aeronáutica (del que se piensa que fue el vigésimo secuestrador) fue detenido en agosto del 2001 a raíz de que uno de sus instructores denunciara que mostraba un interés sospechoso en aprender a pilotar grandes aviones de pasajeros. Cuado los agentes norteamericanos se enteraron, informados por los servicios franceses de información, de que el susodicho mantenía lazos con islamistas radicales, solicitaron un mandamiento judicial para intervenir su ordenador, que contenía claves para la misión del 11 de septiembre. Sin embargo, recibieron una negativa del FBI. Uno de los agentes escribió, un mes antes del 11-S, que era posible que Moussaoui estuviera preparando estrellar un avión contra las Torres Gemelas (Newsweek, 20 de mayo de 2002).
La prueba más clara consiste en que los planes de intervención militar contra Afganistán e Irak circulaban ya mucho antes del 11-S.
La BBC ha informado de que Niaz Niak, un exsecretario de Asuntos Exteriores de Pakistán, fue informado por altos cargos estadounidenses en una reunión en Berlín, a mediados de julio del 2001, de que «a mediados de octubre se llevaría adelante una operación militar contra Afganistán».
Con semejantes antecedentes, no resulta sorprendente que haya quienes han visto en la incapacidad de EEUU a la hora de prevenir los atentados del 11-S el montaje de un magnífico pretexto para atacar Afganistán con una guerra que, sin duda alguna, había sido cuidadosamente planificada con antelación. No faltan antecedentes.
Los archivos nacionales de EEUU han puesto de manifiesto que el presidente Roosevelt recurrió exactamente a esta argucia en relación con Pearl Harbour el 7 de diciembre de 1941. Se recibieron por adelantado noticias de los ataques, pero la información nunca legó a la flota estadounidense. La consiguiente indignación nacional convenció a la hasta entonces reticente opinión publica a entrar en la II Guerra Mundial
es probable que el proceso de transformación de EEUU en «la fuerza dominante del futuro» se prolongue durante mucho tiempo si no se produce «algún acontecimiento catastrófico y catalizador, como un nuevo Pearl Harbour». Los atentados del 11 de septiembre permitieron que EEUU apretara el botón de adelante en una estrategia que se corresponde exactamente con las prioridades del PNAC que, de no haber sido así, habría resultado imposible
de llevar a la práctica».
Días después del 11-S, se hizo fuerte la hipótesis de que los atentados correspondían a un autoataque consentido, necesario para impulsar los proyectos de dominio mundial.
En primer lugar, está claro que las autoridades norteamericanas hicieron poco o nada para impedir los hechos del 11 de septiembre.
En agosto del 2001, dos expertos de alto rango del Mosad ponen en alerta a la CIA y al FBI de que una célula de 200 terroristas estaba preparando una operación de gran envergadura. En la lista que facilitaron se incluían los nombres de cuatro de los secuestradores de aviones del 11 de septiembre, ninguno de lo cuales fue detenido.
En 1999, un informe del National Intelligence Council (Consejo Nacional de Información) de EEUU hacía notar que «los terroristas suicidas de Al Qaeda podrían estrellar un avión cargado con explosivos de gran potencia en el Pentágono, en la sede de la CIA o en la Casa Blanca».
Se ha informado asimismo de que, en los años 90, cinco de los secuestradores recibieron instrucción en instalaciones militares de EEUU.
El francomarroquí Zacarías Moussaoui, estudiante de Aeronáutica (del que se piensa que fue el vigésimo secuestrador) fue detenido en agosto del 2001 a raíz de que uno de sus instructores denunciara que mostraba un interés sospechoso en aprender a pilotar grandes aviones de pasajeros. Cuado los agentes norteamericanos se enteraron, informados por los servicios franceses de información, de que el susodicho mantenía lazos con islamistas radicales, solicitaron un mandamiento judicial para intervenir su ordenador, que contenía claves para la misión del 11 de septiembre. Sin embargo, recibieron una negativa del FBI. Uno de los agentes escribió, un mes antes del 11-S, que era posible que Moussaoui estuviera preparando estrellar un avión contra las Torres Gemelas (Newsweek, 20 de mayo de 2002).
La prueba más clara consiste en que los planes de intervención militar contra Afganistán e Irak circulaban ya mucho antes del 11-S.
La BBC ha informado de que Niaz Niak, un exsecretario de Asuntos Exteriores de Pakistán, fue informado por altos cargos estadounidenses en una reunión en Berlín, a mediados de julio del 2001, de que «a mediados de octubre se llevaría adelante una operación militar contra Afganistán».
Con semejantes antecedentes, no resulta sorprendente que haya quienes han visto en la incapacidad de EEUU a la hora de prevenir los atentados del 11-S el montaje de un magnífico pretexto para atacar Afganistán con una guerra que, sin duda alguna, había sido cuidadosamente planificada con antelación. No faltan antecedentes.
Los archivos nacionales de EEUU han puesto de manifiesto que el presidente Roosevelt recurrió exactamente a esta argucia en relación con Pearl Harbour el 7 de diciembre de 1941. Se recibieron por adelantado noticias de los ataques, pero la información nunca legó a la flota estadounidense. La consiguiente indignación nacional convenció a la hasta entonces reticente opinión publica a entrar en la II Guerra Mundial
es probable que el proceso de transformación de EEUU en «la fuerza dominante del futuro» se prolongue durante mucho tiempo si no se produce «algún acontecimiento catastrófico y catalizador, como un nuevo Pearl Harbour». Los atentados del 11 de septiembre permitieron que EEUU apretara el botón de adelante en una estrategia que se corresponde exactamente con las prioridades del PNAC que, de no haber sido así, habría resultado imposible
de llevar a la práctica».