En la cima del Armario Lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa en ella es maravillosa Gilbert Keith Chesterton 1 Tuve una infancia hermosa. A pesar de ser hijo único siempre me divertía a mi manera. No era de esos que tienen muchos amigos ni mucho menos, era más bien un niño solitario que siempre tenía la mente abierta a cualquier tipo de juego. Nunca me gustaron las reglas ni las prohibiciones, las aborrecía. Por eso jamás jugaba al futbol ¿Por qué tenía que hacer lo que todos hacían?. Y tampoco me gustaba ningún deporte, ni nada similar. Como digo, las restricciones me quitaban las ganas de divertirme. No lo sabía en ese entonces, para mi yo siempre seria un niño feliz, pero aun así pensaba que, si alguna vez, llegaba a ser como mis padres no querría tener limitaciones en nada. Y así me crie. Jugaba con los soldados de plástico por toda la casa, me divertía con mis mascotas, practicaba juegos de mesa con mis propias reglas y creaba construcciones con mis ladrillos. Nada podía estar fuera de mi alcance. O eso era lo que yo pensaba. Tuve (tengo) los mejores padres del mundo. Ellos, a pesar de haber sido criados a rajatabla y en una época difícil, siempre me dieron la libertad y no el libertinaje. No puedo quejarme de nada y creo que, recién ahora lo entiendo, su educación rigurosa sirvió para que yo hiciera lo que me gustaba en la vida. Pero, siempre hay un pero, ciertas veces se ganaron mi odio. Seamos sinceros ¿Quien no ha odiado a sus padres alguna vez? Como dije yo odiaba los lugares inalcanzables, porque no los conocía. Para mí todo era posible, en mi mente se creaban (y se crean) las batallas más impresionantes, las carreras de autos mas aterradoras, las luchas más encarnizadas y los edificios más hermosos jamás construidos; pero el hecho de que haya algo que yo no pudiera alcanzar, me volvía (y me vuelve) loco. La cuestión es que un día tome conciencia de que había un sitio al que no podía llegar. Un lugar inalcanzable. Y lo único que me alejara de él, era mi altura. Yo no quería crecer, no importaba ser alto. Un niño desea ser alto para alcanzar a sus padres o pasar a los niños de su escuela, a mi no me interesaba. En mi mundo yo podía ser un enano o un gigante, sin importar como. Pero, en fin, la altura (en este caso) era un gran problema. En lo principal por que el sitio en cuestión estaba a una altura considerable. Incluso mis padres no podían acceder a él sin utilizar una silla. Ese recóndito lugar, como ya habrán adivinado, es la cima de mi armario. Recuerdo que era un armario viejo, hecho de madera y pintado de blanco y celeste. Estaba dividido en dos partes, de un lado estaban mis cosas sobre estanterías de madera y un perchero bastante amplio. Y del otro lado había solo un enorme perchero donde mi madre colgaba sus tapados. Encima de esas cuatro puertas, dos para cada sitio, habían otras dos portezuelas. Calculo que la altura seria de más de un metro noventa, pero para mí, si se imaginan la altura de un niño, era una barbaridad. La duda me carcomía, era como si todo se viniera abajo por el simple hecho de no poder saber que había ahí. Pero eso no era nada, me refiero a la duda, comparado con lo que sucedió tiempo después. Como aclare anteriormente, mis padres se ganaron mi odio muchas veces. Una de las primeras, sino la primera, ocurrió cuando yo tenía no más de cinco años. Me habían regalado un juego llamado 1914. La temática era simple, uno tenía el mapa de Europa y debía conquistar con su ejército al enemigo. Como se imaginaran las reglas no me quedaban muy claras y, aunque hubiera sido así, no las respetaría. La cuestión es que yo estaba todo el día con ese juego de mesa. Pasaba horas y horas sentado, sin hacer ninguna otra cosa más que comer o dormir. Mi padre, sorprendido por este hecho, intento convencerme de que deje de estar todo el día sentado. Al ver que yo no respondía nada y me ofendía, tomo cartas en el asunto. Debo contarles que desde muy chico fui muy observador. Casi siempre me daba cuenta cuando las cosas pasaban y se me ocultaban, lo de este juego no fue la excepción. Solía dormir la siesta de 2 de la tarde hasta las 5. Al termino del programa de Héctor Larrea en Radio Rivadavia. Generalmente dormía en el cuarto de mis padres, era una cama de dos plazas y me sentía muy cómodo. Pero ese día, vaya uno a saber porque, decidí no hacerlo. Me recosté sobre mi cama, recién hecha y me quede dormido. Habrán pasado no más de media hora y escuche unos ruidos, me desperté pero no deje que nadie se enterara de ello. Muy sutilmente entreabrí los ojos y vi a mi padre recogiendo el juego del suelo. Lo guardo, se subió a una banqueta, que estaba justo delante de mis pies al final de la cama, y lo coloco sobre el rectángulo superior de mi armario. Como se imaginaran, no pude contener mi enojo y salte de la cama enojadísimo y a los gritos. Mi padre rio, cerró la portezuela; se bajo y me ordeno que me durmiera. Yo, con miedo, decidí hacerle caso y me recosté. Y durante las dos horas que me restaban de siesta no quite los ojos de esa pequeña puerta que me separaba de mi juego. Era una sensación extraña, similar a la impotencia. La incapacidad de poder hacer algo y, sobre todo, el saber que por fin había algo que no podía lograr. Me desespere. Fue tal mi desesperación que durante una semana no le dirigí la palabra a nadie en mi casa. Mientras tanto probaba diversas maneras, cuando estaba solo en casa, llegar a la cima del armario. Probé con el banco y mis ojos no llegaban a sobrepasar el piso del cubículo. Saltaba y veía mi juego, pero estaba ahí, inalcanzable. Intente sacarlo con un palo de escoba, pero era tan bajito que no tenia total control sobre el mismo. Las semanas pasaron y eso se había convertido en personal, no quería el juego, de hecho si lograba bajarlo, no lo usaría. Solo quería tener el placer de haber llegado a la cima del armario. Lamentablemente no lo logre, y lo que es peor, con el tiempo me fui olvidando de mi juego. Pero no pasaba una noche sin que me recostara y fijara los ojos en esas dos portezuelas. Esas dos portezuelas que escondían tantos secretos. Los años pasaron y mi padre comenzó a guardar ahí todos los juegos o juguetes que no usaba, o aquellos de los que abusaba en su uso. Cada objeto que guardaba en la cima de mi armario se cargaba en mi mente y era como uno de esos pesos que uno no puede quitarse. Todas las noches dormía mirando esas portezuelas, esperando a crecer para poder subirme y sacar todos los objetos de mi infancia. 2 Francisco coloco el banco enfrente del armario, puso los pies en el y se alzo. Levanto la cabeza y se coloco a la altura de las dos portezuelas. Las tomo de la manija y tiro. Ante él había una caja de cartón con un año (1914), un pequeño auto a control remoto desvencijado y oxidado, una nave espacial de Star Wars La Amenaza Fantasma, tres mazos de cartas y tres bolsas llenas de soldados. A pesar del dolor en los ojos, producto de su catarata, Francisco logro ver una pequeña notita, escondida bajo la caja de “1914”. La tomo, era vieja y tenía su nombre, más bien su apodo, escrito en el frente. La caligrafía la reconoció al instante, y una lagrima nostálgica cayo por su mejilla izquierda. “Papito” Se bajo de la silla y se recostó en la cama como hacía muchos años que no sucedía. Abrió la carta y leyó. Era un mensaje muy corto, incluso parecía decepcionante para una carta de tanto valor histórico (más de sesenta años) y de alguien tan importante. Encontraste mi mejor recuerdo, acá en la cima de tu armario esta tu infancia. Te la guarde, para que la veas y sepas que así como yo te cuide, vos tenes que hacerlo con mis nietos. Te amo zapato 3 Que se yo. La cima de mi armario todavía me provoca escalofríos, me imagino subiéndome dentro de unos años y encontrar una carta de mi padre diciéndome que era todo una broma y que se alegraba de que haya crecido. Pero en fin, el día que se me salga la duda de que hay ahí arriba, mi infancia se habrá terminado. Por eso espero que pase mucho tiempo antes de que la duda me gane.
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