Se tumba en su sofá y se revuelve allí contra el frío. Nunca hace suficiente calor fuera de su cuerpo. Frota sus manos, sus pies y se esconde bajo una gruesa manta. Allí debajo la luz no penetra, y la ceguera es cálida y confortable. Situado por fin en ese paraíso de cuna, da cuerda a su cabeza. Así empieza su ensoñación. Y en su escenario mental desfilan innumerables mujeres, damas que ofrecen sus manos, sus gestos de porcelana, para acudir en su ayuda. Pero él las rechaza. Un sinfín de ellas recorre ante sus ojos, y así se pierden varios minutos. Sin ya candidatos en pie, se presenta la última adquisición, la última preocupación, el último resquicio de sentimiento. Quizás aquella que agitó el corazón, por casualidad. El rechazo no es rápido, ya, esta vez. Se hace esperar. Él la mira a los ojos, la contempla, escudriñándola ¡Engañándose! Sólo un rato más. Ya se ha hecho experto en observar, descubre todos los matices, todos los pliegues de personalidad que se filtran por ellos y las descarta a primera vista. Pero esta vez quiere convencerse. Derrumbarse ante alguien. Romperse a sí mismo. Le pide un abrazo, y ella se ríe de él. Su risa recorre incómoda el auditorio vacío, y no es correspondida. Otra vez se viene abajo. Ya no siente. Sólo un segundo, y todo lo que ganó es un nuevo remordimiento en su garganta. Un nuevo colgante en su escaparate de evasión y selectividad. Mañana se enfriará por dentro. Y por fuera, se incendiará. Escrito propio
El hombre de plástico te rechaza
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