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Cuento corto para taringueros.

Arte11/30/2008
Un dulce sueño.




Yo seré quien se oculte de la estrella mayor bajo su atípica utopía .Entre los médanos y las dunas de arena, ahí justo donde el muelle muerde el borde de la costa. Un cocotero. Se ondea con la suave brisa del viento, entre la bruma que desaparece con el sol de media mañana. Su voz no se escucha. Y no esta ahí. Me vio alguna vez en el mar, pero no se acuerda. O no se quiere acordar. O, a lo mejor si, y no se cuenta. El cocotero, entremecido en su vaivén, no quiere dejar de bailar. Su ondulación es casi hipnótica. Va de acá, para allá, y vuelve a comenzar su recorrido perpetuo. Si, si se acuerda, me ignora. Me hace perder el control, ella lo sabe. Ella así lo quiere. Pero con el último zigzag, se desprende su fruto y aterriza verazmente en la arena, una mezcla de conchillas y guijarros caliente.
Escéptico quedo mirando a ese coco. Y me desespero. Y corro, corro por agarrarlo antes de que ella lo alcance. ¡Eso no sucederá! Troto, y tomo velocidad, en un paso firme, que por momentos no lo es. Corro por la orilla. Me salpico a mi mismo a la sinuosidad de las olas. Y me entibio los pies ardientes de la arenisca radiante.
Corro a tal velocidad que no me responden mis piernas, estoy planeando. Siento que… siento que caigo. Me tropecé. Ella lo sabe bien, ¡Eso me hace perder el control! Lo sabe, y yo me doy cuenta por… por su postura en esos temas que se obvian en las situaciones mas escépticas. Si, me caí. Eso no estaba preparado. Tampoco la caída del coco, se desprendió de su cocotero sin siquiera estar seguro de cuando ocurriría. Pero algún día tenía que pasar aquello. Algún día sería privado de su hogar. Para cumplir una misión asignada de antemano por la naturaleza. Me enfurece saber que ella lo sabe. Y mas si lo disimula, lo hace tan bien…, tiene una percepción muy irreal de la mía, o quizás es mas certera y especula bien.
De todos modos ya estoy muy cansado, pensé. Pero no podía dejarla a ella tomar ventaja de mis errores. No era oportuno ni conveniente. Estaba convencido que debía levantarme y seguir por donde iba. Así es como tiene que ser. Tras unas trastabilladas, logro ponerme en pie, algo menos firme que antes, pero en pie al fin.
Corriendo, cuando un dolor puntoso fragua de mi tobillo. No puedo parar me repito, reiteradas veces. Ella. Me mira directamente y me dice algo que no escucho, pero lo entiendo. Me lo olvido al instante, y ya no tiene sentido.
Corro hacia el cocotero, ese árbol me esta hartando ¿Por qué tiene que moverse tan ridículamente en ese vaivén atroz? Vos, tu incredulidad, y tu inconciente inocencia.
Voy a… voy a hacer algo sin sentido. No puede seguir así, tomándome el pelo con ese movimiento tan somnífero. Por suerte ya llego. Quizás en menos de lo que esperaba.
Tengo que destruir ese cocotero, ese desagradable cocotero. No va a quedar en pie. No, hoy muere.
Se tumbó en el sillón y echó a soñar despierta, me soñaba y yo podía verlo. Era como una película, dentro de otra, y esta última, encerraba a ambas.
Decidido a tumbarlo, corro más ferozmente, con ira. Hoy muere, repito en mi cabeza. Y el trayecto hasta llegar a él se hace largo. Corriendo a este paso, no voy a durar mucho más así. Pero tengo que llegar. Hoy muere, lo soñó, y no me atrevo a contradecirlo.
El árbol se jacta de mí, y permanece tan ondulante como antes, incluso más, armoniosamente.
Eso me pone como loco, me exalta que pueda pensar así y me lo eche en cara.
Ese árbol saca lo peor de mí. La arena quema. Tiene algo, endemoniadamente angelical, horriblemente tranquilo, serenamente mortal. Hoy muere.
Estoy a metros de él, y el sigilosamente, igual de apacible. No se percata ni por un instante de mi intención, o quizás no lo demuestra, y en realidad si.
Ya está, lo tengo a… de improvisto, aquel coco caído.
Quedo tendido en el suelo mirando al infinito y las nubes que vacilan unas extrañas e inimaginables formas. Allí. Lo único que me protege del filoso sol, es el cocotero.
En el fondo, bien adentro, siento que, jamás quise hacerle daño. Lo miraba expectante, con empatía. No se lo merecía. Hoy muere, soñando despierto. Ella. Me miraba expectante, hoy muere.
Ese cocotero, al que quería tumbar, ahora me hacía un rehágalo, un coco, se desprende y lentamente comienza a descender llamado por la gravedad. Un dulce regalo.
Un sueño en el que ella no estaría para hurgarlo y estropearlo como aquel día, que quise tumbar a un cotero.


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