Aquellos orbes grisáceos en los que me reflejaba, no puedo evitar anhelarlos. Si en este instante de mi agonía, concederme un deseo fuera posible, pediría verlos, verte una vez más. Y en respuesta a mis ilusiones inmerecidas, apareces.
Estás aquí, me miras. ¿Qué hay en tu mente? Tal vez en tus pensamientos creas que me equivoqué, que el camino de obscuridad que elegí para mí fue el incorrecto, pero no me importa. Estás viva y mi venganza está por consolidarse. Discúlpame, por no ser capaz de perdonar todo el daño que te hicieron, lo llevé marcado en mi piel cada día, era mi única motivación para continuar. Y no, no me arrepiento de nada, en realidad. Cada instante de mi vida lo dediqué a ti, para que fueras feliz.
Jamás sabrás la sed que provocaba tenerte tan cerca y no poderte probar, la ansiedad al respirar tu aroma y no tener el derecho a reclamarte para mí. Tu ausencia es más hiriente y solitaria que la muerte en sí misma. Pero, estoy satisfecho, pese a todo el daño que te hice, estás aquí, solamente por mí.
Veo tus labios moverse, aún si no puedo escucharte, sé lo que dijiste. Me llamaste. El dolor desaparece de mi cuerpo, no siento ningún pesar más. Solamente existes tú. Veo tus ojos celestes llenarse de lágrimas, como un mar abatido que no puede contener más sus aguas y se desborda por la playa llenándoles de su profundo pesar.
No llores, mi amor. No llores por mí. Solo mírame, quédate un instante más. Déjame creer que serás feliz, que el futuro, al fin, te recompensará por cada dolor pasado. Cree en ti. Olvida el dolor y avanza. Camina hacia adelante y nunca mires atrás. Olvídame si eso te hace libre, olvídame si es lo que necesitas para conseguir tu libertad.
Yo te llevaré siempre, a cada vida a la que vaya, en mi corazón, en un tatuaje indeleble que me marca por la eternidad. Aquellos orbes grisáceos en los que me reflejaba… no puedo evitar… amarlos, amarlos tanto, en verdad.

Estás aquí, me miras. ¿Qué hay en tu mente? Tal vez en tus pensamientos creas que me equivoqué, que el camino de obscuridad que elegí para mí fue el incorrecto, pero no me importa. Estás viva y mi venganza está por consolidarse. Discúlpame, por no ser capaz de perdonar todo el daño que te hicieron, lo llevé marcado en mi piel cada día, era mi única motivación para continuar. Y no, no me arrepiento de nada, en realidad. Cada instante de mi vida lo dediqué a ti, para que fueras feliz.
Jamás sabrás la sed que provocaba tenerte tan cerca y no poderte probar, la ansiedad al respirar tu aroma y no tener el derecho a reclamarte para mí. Tu ausencia es más hiriente y solitaria que la muerte en sí misma. Pero, estoy satisfecho, pese a todo el daño que te hice, estás aquí, solamente por mí.
Veo tus labios moverse, aún si no puedo escucharte, sé lo que dijiste. Me llamaste. El dolor desaparece de mi cuerpo, no siento ningún pesar más. Solamente existes tú. Veo tus ojos celestes llenarse de lágrimas, como un mar abatido que no puede contener más sus aguas y se desborda por la playa llenándoles de su profundo pesar.
No llores, mi amor. No llores por mí. Solo mírame, quédate un instante más. Déjame creer que serás feliz, que el futuro, al fin, te recompensará por cada dolor pasado. Cree en ti. Olvida el dolor y avanza. Camina hacia adelante y nunca mires atrás. Olvídame si eso te hace libre, olvídame si es lo que necesitas para conseguir tu libertad.
Yo te llevaré siempre, a cada vida a la que vaya, en mi corazón, en un tatuaje indeleble que me marca por la eternidad. Aquellos orbes grisáceos en los que me reflejaba… no puedo evitar… amarlos, amarlos tanto, en verdad.
