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Redención de un Pecador. (Cuento)

Arte4/3/2012
REDENCIÓN DE UN PECADOR “Orad, orad por aquella traición que destruyó vuestro corazón, la redención de vuestro Señor limpiará de culpa vuestra alma” –gritaba su mente mientras sus pasos lentos y perezosos se acercaban poco a poco a la embarcación que lo conduciría al suicidio mismo de su espíritu. Su mirada cabizbaja, su tez recubierta por una pringue negra, sus ojos lagañosos y sus labios resecos hacían de su aspecto, un ser fétido y asqueroso. Un ambiente de densa niebla rodeaba la isla y unos cuervos parados sobre unas rocas eran el protocolo de bienvenida. Esposado en sus manos y debilitado en sus pies poco a poco llegó al lugar que sería su hogar por el resto de sus días. Paredes mohosas, barras oxidadas, celdas desoladoras, guardias siniestros y reos dementes, estúpidos y locuaces... eran aquellos pequeños adornos que tenía el lugar. Camino a su celda con una almohada rasgada y unas fundas que sólo cubrían tres cuartas partes de la cama, en su mano; recordaba con tristeza, pasión ira y odio los últimos seis días transcurridos hasta ese presente que recogía todos sus recuerdos y se hundían como una moneda en una fuente en sus pensamientos. Eran las seis de la tarde, el crepúsculo comenzaba a caer y darle paso a la consoladora pero triste aurora de las estrellas, las cuales perdían afinamiento y claridad desde aquella celda lúgubre y luctuosa. Una araña, tres cucarachas y decenas de cucarrones hambrientos eran su compañía en ese momento. Sentado en un rincón, distraído y solazado miraba con el último rayo de sol, a través de la malla que creaba su largo, desordenado y chamagoso cabello en su cara, sus manos, obsequiadas como una maldición que le condenaron a vivir en permanente soledad. Mientras que, finalmente se quedaba dormido, tal como lo hacía cada noche recordaba toda su vida: su nacimiento no deseado confesado por una puta y drogadicta mamá cuando tenía ocho años, una infancia recordada por el desprecio de una familia y la soledad de una sociedad olvidada por el temor, una adolescencia memorable por el sadismo y la lujuria que siempre enorgullecieron sin motivo alguno a su propio espíritu. Al final de sus recuerdos recitaba la siguiente oración: “Entrecruzo mis manos, Cierro mis ojos, Y te oro ¡Oh Dios omnipotente! Que sólo me habéis llenado de despojos, Maldigo tu corazón amoroso, Y rezo porque me perdonéis, redentor rencoroso”. Al otro día, ya cuando nacía el alba se dijo: -Te entregué mi corazón, ¿por qué lo habéis traicionado? Te prometí amor eterno y tú, ¿me juráis en vano? De toda esta mierda estoy hastiado. ¿Por qué Dios mío me habéis del amor, privado?-. La hora del almuerzo había llegado, fue a un comedor que contenía sillas viejas, mesas gastadas y lámparas viejas que parpadeaban en todo el recinto. Él, poco a poco la fila iba avanzado, sin querer, tomó un plato que no le pertenecía y una contigua a su hombro murmuró... –Ja, ja cerdo cabrón, acabáis de firmar la sentencia de tu muerte ahora mismo, ruega al Dios que nos ha olvidado que te perdone, porque aquí, la ira y la injuria no lo hacen. –Vuestro Señor os ha proclamado el deber de destruir mi cuerpo- repuso,-pero es mi deber advertiros que la furia de mis manos no tienen límite. –Sois un insolente, cabrón. Aquel reo comenzó a recitar un largo hechizo en latín, hizo una serie de ocho movimientos con las manos, colocó su palma en el pecho de aquél que lo insultó, y una sombra empezó a desprenderse de los pies del reo que tenía la mano activa, la cual comenzó a subir poco a poco por la estructura corporal del reo paralizado llegando hasta su cuello en forma de garra con el fin de asfixiarlo. –Señor, os pido que tengáis piedad de este pobre traicionero de tu amor, concededle una eternidad de fuego ardiente y haced que su alma glorifique a la de mi amada ofreciéndoos la misma como trueque- dijo. Las manos del reo paralizado se consumieron como ceniza de papiros viejos, sus ojos se derritieron por sus rojas mejillas las cuales a su vez se iban tarjando poco a poco hasta mostrar unos incisivos podridos y una lengua cremada. –Craepalum Custodem Ovium Lupum-dijo, antes de abandonar ese putrefacto comedor y regresar a su celda. Ya, encerrado allí nuevamente, pensó por unos instantes, pidió una hoja de papel y una pluma y lo que escribió fue lo siguiente: “Día Uno: Me encontraba en aquella colina detallando las estrellas, por un momento se incorporó en mi pecho aquella sensación, única, indescriptible y resonante que me hacía entender una situación de desafío en la cual allí en ese mismo punto de mi cuerpo recibía el golpe final. Unos segundos después, apareció a lo lejos, ese hermoso ser que hubo de cautivar por siempre mi corazón. Una felicidad inmensa me invadió por dentro. Esa emoción me acompañó el resto de la noche. Oré a vuestro Señor para que me revelara su nombre y me concediera el deseo de permitidme conocerla. Día Dos: Era cerca del mediodía, yo os dirigía hacia el castillo que me dejaron por herencia, una edificación vieja construida por los mismos fundadores de ese pueblo bastardo, repleto de sádicos habitantes vencidos por la lujuria de un placer insaciable como bendición eterna de un redentor abnegado del perdón de su pueblo y, en el camino la volví a ver, pasé por su flanco derecho y al negárseme su mirada, un par de pasos después, caí sobre mis rodillas debilitado por el encanto inmaculado de la belleza pura de su tez, asfixiado por la falta de aliento intenté incorporarme para seguir adelante difícilmente. Un día más de angustia. Día Tres: Vencido por el deseo de que cualquiera que la tocara fuera imprecado con las palabras que embargan mi soledad, y la aberración desmesurada por añorar su cuerpo, proferí aquel hechizo que definitivamente la haría mía, pues calumnias errantes vagaban por mi mente cada minuto incitándome al conjuro traslúcido que su hermosura reflejaba. Hasta ese preciso momento el sonido del movimiento de las manecillas del reloj se hicieron omisas a mis oído; ese hecho lo cambio todo, cada movimiento retumbaba en mi mente como una bomba que estalla destrozando cada pequeño pedazo cristal en el que, creí, vivían mis pensamientos, pero... las fantasías en mi cabeza poco a poco dejaban de existir. Día Cuatro: Teniéndoos en mis manos, hechizada por el dolor de la soledad, caíste ante la mirada fija de mis ojos penetrantes, te conduje hasta el bosque de guerra en el que sonreían sin motivo alguno, almas que, con su desgracia, destruían un paraíso de eterna esperanza. Allí, fuiste víctima de mi lujuria, te seduje con versos épicos, te desnudé con proeza erótica, y bañé con mi saliva y mi sadismo sórdido, vuestro cuerpo, y vuestra inocencia se refugió en un orgasmo loco, pero a la vez amoroso, en besos de labios dulces pero a la vez de lenguaje soez, te corrompí y me enseñaste el dulce sabor de la delicadeza corporal y placer de poseeros. Día Cinco: Los cuentos de hadas viven y se escriben para terminar con un final triste o uno feliz, el vuestro fue víctima de la razón ingenua de un amor agraviado por el consuelo del dolor, pues mientras los minutos se hacían eternos sin vuestra presencia en unas paredes de madera pútrida, un poder más allá del que soportaba el mío, consiguió vuestro cariño desplegando una leve sonrisa y unos sonetos puros y suaves que salían de aquella boca construyeron fantasías en vuestra mente dejándoos mis sensaciones corrompidas y la magia constipada en mi cuerpo queriendo salir, pero esta vez, en busca de venganza. Día Seis: Consumido por las trágicas horas y los ojos despabilados deseé recuperar vuestro amor. La magia sucia, loca, avasallada frente a la derrota, vivía en mis manos y, el dolor desahuciado en mi corazón pidiendo a gritos que aquél intrépido retador pierda su sagacidad. Os encontré a vosotros dos juntos al lado de un arroyo y allí mismo fue dónde este cuento falaz tuvo su propio fin: Combatí sonetos con poesía, enfrenté movimientos suaves de una mano raspando una guitarra, con rápidos movimientos de símbolos manuales, y finalmente combatí amor con hechizos, pero... aunque hubiera ganado, en realidad siempre perdí, tú solamente lo amasteis a él, cuando, murió, sólo te acercasteis a su cadáver con saladas gotas en vuestras mejillas pidiendo redención de su cuerpo, -os maldigo vuestra alma desquiciado errante- dijo; yo, por mi parte, atónito, naufragando en un mar de mentiras, intenté entender la pureza de ese sentimiento construido sólo por la unión de dos almas, y no por la lujuria de los cuerpos. Pero... la verdad, es que nunca la entendí. Ahora hoy con este triste testimonio os pido redención a mi alma, sacrilegio despiadado, emanación de lo inmundo, dame con esta soga el eterno descanso”. Terminando así su carta, acarició por última vez, esas frías piedras de aquella oscura celda, cogió una soga que él mismo hizo aparecer la colgó de una de las empolvadas tablas del techo, la amarró a su cuello y pronunció estas últimas palabras: “Amor sin razón, Vida en eterno dolor, Corazón en prisión, Redentor de mi alma, salvador”. (P.D.: Es claro que aquí hay varios errores ortográficos sin embargo, esto fue solamente el borrador que hice para un concurso en el cual jamás participé, debido a que no cumplía ciertas condiciones)
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