El flaco quería crecer. Se buscó un laburo y se dejó aplastar por una terrible rutina. Todos los días amanecía a las 6am y caminaba hasta el colectivo que lo llevaba hasta la estación, de ahí se subía en el tren rumbo a olivos; para repetir el proceso de forma inversa una vez entrada la noche. Pero había una sola cosa que le permitía atravesar el calvario, esa muchacha de cabello lacio y ojos marrones que encontraba días azarosos en la estación de belgrano. Durante meses pensó incontables situaciones, conversaciones hipotéticas pero ninguna resultaba infalible. De esta manera se limitaba a mantenerse cerca y rogar que en un cruce de miradas lo descubra. Esa mañana estaban extrañamente próximos, ella sacó su teléfono y el flaco paró la oreja lleno de esperanza de cazar un nombre, una pista, cualquier cosa que le permitiera saltar dentro de su vida. - Por supuesto que lo hice y ella que se cague, total la cornuda es ella y eso no es cosa m...- No pudo seguir escuchando, estaba muy concentrado en el peso del tren aplastando sus costillas.
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