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Aquella mañana [cuento fantastico]

Arte4/7/2012
Aquella mañana Hugo Dominguez Uruguay Como lo había hecho tantas veces Carina despertó temprano para escuchar el canto de los pájaros. Cuando el sol aún no había salido, llego el momento esperado. Gorriones, palomas de monte, calandrias, horneros, “vichofeos” y cardenales entre otros, se entregaron al unísono en un festival de sonidos en el amanecer del campo. De pronto, entre todos, le pareció escuchar un sonido nuevo, distinto. No logrando distinguirlo, corrió a la habitación de sus padres. Ellos le habían enseñado a disfrutar y apreciar el canto de los pájaros desde que tenía memoria. Despertó a su padre mientras con el dedo índice de la mano derecha le indicaba que hiciera silencio y con el izquierdo señalaba la ventana. El padre comprendió el gesto y se prestó a escuchar. Ambos quedaron maravillados y extasiados. Era un canto distinto, continuado, dulce y suave que sobresalía por sobre todos los demás. Después corrió hacia la ventana con la clara intención de abrirla para poder ver que ave era capaz de aquella expresión de vida. Inmediatamente el padre la detuvo y le dijo suavemente al oído que lo disfrutara. Que si abría la ventana el ave seguramente huiría. Ambos permanecieron varios minutos en silencio, escuchando. Pasó todo el resto del día ansiando la llegada de la noche porque eso significaba un nuevo sueño y la ilusión de un despertar igual al de ese día. Y a la mañana siguiente volvió a ocurrir. Cuando fue a despertar nuevamente a su padre, este ya estaba parado, detrás de la ventana, escuchando. También se había unido a la fiesta la madre de Carina. Ahora los tres escuchaban en silencio. Y se miraban entre ellos como queriendo decir “que esto nunca acabe”. Cada nuevo día se despertaban más temprano para incluso disfrutar del silencio que precedía a aquello que ocurría en el frente de su casa en aquel inmenso y frondoso árbol. Durante el día sus padres habían comentado que tampoco en el monte cercano habían escuchado antes nada similar. Las mañanas se fueron sucediendo sin que se provocara ningún cambio. Siempre igual. Escuchando detrás de las ventanas evitando abrirlas y privándose, de esa forma, descubrir la forma de aquel cuerpo, sus alas y sus colores. Ella, en su inocencia, ansiaba verlo. Era como si le faltara el gran marco a la pintura considerada obra maestra. Al otro día, el padre, como siempre, se levantó y puso su cara en el cristal de la ventana. Le extraño no ver a su hija junto a el. Se dirigió a su cuarto y al no verla en su cama observó, a lo lejos, por la ventana que se encontraba abierta, la figura inconfundible de su hija corriendo y entrando en el monte cercano y, a su alrededor, el vuelo de un ave hermosa con brillantes colores, y el canto que a él llegaba, inigualable. Nada pudo impedir que ella ingresara al monte. Juntos los dos. A pesar de los esfuerzos de sus padres para ubicarla durante el resto del día, se hizo la noche y nada se supo de ella. Al comienzo de otro día y cuando el padre y la madre se levantaron para continuar con la búsqueda, pudieron oír nuevamente el canto de días anteriores. Pero esta vez estaban seguros que el canto era el de dos aves. Y se presentía que estaban ahí, muy cerca, al otro lado del cristal. Se miraron y abriendo la ventana intentaron ver su figura y sus colores. Solamente alcanzaron a ver aquellos colores únicos y escuchar por última vez el canto magnifico de aquellas aves. Luego el rápido batir de las alas anunciaban la huída de las dos figuras que nunca más volverían a ver o escuchar.
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