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Paulo Coelho: Cuentos, frases y reflexiones.

Arte•12/2/2011
Cuento sobre la Amistad.Un Hombre, su caballo y su perro iban por una carretera. Cuando pasaban cerca de un árbol enorme cayó un rayo y los tres murieron fulminados.Pero el hombre no se dio cuenta de que ya había abandonado este mundo, y prosiguió su camino con sus dos animales( a veces los muertos andan un cierto tiempo antes de ser conscientes de su nueva condición…)La carretera era muy larga y colina arriba. El sol era muy intenso, y ellos estaban sudados y sedientos.En una curva del camino vieron un magnífico portal de mármol, que conducía a una plaza pavimentada con adoquines de oro.El caminante se dirigió al hombre que custodiaba la entrada y entabló con él, el siguiente diálogo:Buenos días.Buenos días – Respondió el guardián¿ Cómo se llama este lugar tan bonito?.Esto es el cielo.Qué bien que hayamos llegado al Cielo, porque estamos sedientos!Usted puede entrar y beber tanta agua como quiera. Y el guardián señaló la fuente.Pero mi caballo y mi perro también tienen sed…Lo siento mucho – Dijo el guardián – pero aquí no se permite la entrada a los animales.El hombre se levantó con gran disgusto, puesto que tenía muchísima sed, pero no pensaba beber sólo. Dio las gracias al guardián y siguió adelante.Después de caminar un buen rato cuesta arriba, ya exhaustos los tres, llegaron a otro sitio, cuya entrada estaba marcada por una puerta vieja que daba a un camino de tierra rodeado de árboles..A la sombra de uno de los árboles había un hombre echado, con la cabeza cubierta por un sombrero. Posiblemente dormía.Buenos días – dijo el caminante.El hombre respondió con un gesto de la cabeza.Tenemos mucha sed, mi caballo, mi perro y yoHay una fuente entre aquellas rocas – dijo el hombre, indicando el lugar.Podéis beber toda el agua como queráis.El hombre, el caballo y el perro fueron a la fuente y calmaron su sed.El caminante volvió atrás para dar gracias al hombrePodéis volver siempre que queráis – Le respondió éste.A propósito ¿Cómo se llama este lugar? – preguntó el hombre.CIELO.¿El Cielo? Pero si el guardián del portal de mármol me ha dicho que aquello era el Cielo!Aquello no era el Cielo. Era el Infierno – contestó el guardián.El caminante quedó perplejo.Deberíais prohibir que utilicen vuestro nombre! ¡ Esta información falsa debe provocar grandes confusiones! – advirtió el caminanteDe ninguna manera! – increpó el hombreEn realidad, nos hacen un gran favor, porque allí se quedan todos los que son capaces de abandonar a sus mejores amigos.La pareja idealNasrudin conversaba con un amigo.—Entonces, ¿nunca pensaste en casarte?—Sí, pensé —respondió Nasrudin—. En mi juventud resolví buscar a la mujer perfecta. Crucé el desierto, llegué a Damasco y conocí a una mujer muy espiritual y linda; pero ella no sabía nada de las cosas de este mundo.Continué viajando y fui a Isfahan; allí encontré a una mujer que conocía el reino de la materia y el del espíritu, pero no era bonita. Entonces resolví ir hasta El Cairo, donde cené en la casa de una moza bonita, religiosa y conocedora de la realidad material.—¿Y por qué no te casaste con ella?—¡Ah, compañero mío! Lamentablemente ella también quería un hombre perfecto.La playaEstaba en la playa una niña con su padre y él le pidió que probara si la temperatura del agua era buena. Ella tenía cinco años y se entusiasmó de poder ayudar; fue hasta la orilla del mar y se mojó los pies.—Metí los pies. Está fría —le dijo.El padre la tomó en brazos, fue con ella hasta la orilla del mar y sin ningún aviso la tiró dentro del agua.Ella se asustó, pero después se divirtió con la broma.—¿Cómo está el agua? —preguntó el padre.—Está buena —respondió.—Entonces, de aquí en adelante, cuando quieras saber alguna cosa, zambúllete en ella.El camino del tigreUn hombre caminaba por el bosque cuando vio una zorra lisiada. “¿Cómo hará para alimentarse?”, pensó.En ese momento, se acercó un tigre, con un animal entre los dientes. Sació su apetito, y le dejó a la zorra lo que había sobrado. “Si Dios ayuda a la zorra, también me va a ayudar”, reflexionó.Volvió a su casa, se encerró en ella, y se quedó esperando que los Cielos le proveyeran de alimento. Nada pasó. Cuando ya se estaba quedando demasiado débil para salir a trabajar, se le apareció un ángel.—¿Por qué decidiste imitar a la zorra lisiada? —preguntó el ángel.—¡Levántate, toma tus herramientas, y sigue el camino del tigre!El guerrero de la luz“Un guerrero de la luz comparte con los otros lo que sabe del camino.Quien ayuda, siempre es ayudado, y tiene que enseñar lo que aprendió.Por eso, él se sienta alrededor de la hoguera y cuenta cómo le fue en su día de lucha.Un amigo le susurra: ¿Por qué revelas tan abiertamente tu estrategia? ¿No ves que actuando así corres el riesgo de tener que compartir tus conquistas con los otros?El guerrero se limita a sonreír, sin responder.Sabe que si llegara al final de la jornada a un paraíso vacío, su lucha no habría valido la pena.”Las señales Las señales de la vida son como las señales de tránsito: por las dudas, es mejor respetarlas. Hay momentos para detenerse y momentos para seguir adelante. Cuando estamos perdidos seguimos la corriente pero prestamos atención a cualquier cosa que pueda indicarnos la dirección correcta. Cuando está prohibido seguir adelante, siempre existe un camino para sortear el obstáculo. Pero –al igual que acontece con las señales de tránsito- muchas veces nos damos cuenta de que esa indicación no sirve para nada y no la obedecemos. Nos pasamos la luz roja una vez, otra vez, sin que nada ocurra. Y nos acostumbramos a actuar de esa manera, hasta que un día... Por eso, atención. No sea imprudente con sus sueños. No malgaste su suerte en tonterías La vejez Ana Cintra cuenta que su hijo pequeño –con la curiosidad de quien oyó una palabra nueva pero no entendió su significado- le preguntó: “Mamá, ¿qué es vejez?” En una fracción de segundo antes de responder, Ana hizo un verdadero viaje al pasado. Se acordó de los momentos de lucha, de las dificultades, de las decepciones. Sintió todo el peso de la edad y de la responsabilidad sobre sus hombros. Se volvió para mirar al hijo, que –sonriendo- esperaba su respuesta. “Mira mi rostro, hijo”, dijo ella. “Esto es la vejez.” E imaginó al jovencito mirando sus arrugas y la tristeza en sus ojos. Cuál no fue su sorpresa cuando, después de algunos instantes, el niño le dijo: “¡Mamá! ¡Qué bonita es la vejez!” Del cuidado con las palabras Cuántas veces decimos de alguien: “Caramba, hace tiempo que no discuto con fulano”. O “Nunca más tuve una gripe”. Y de repente, al día siguiente, nos pescamos una gripe o discutimos con fulano. Entonces llegamos a una conclusión: si hablamos de las cosas buenas que nos acontecen, esto nos traerá mala suerte. Nada de eso. En realidad, el Alma del Mundo –antes de cualquier problema- siempre nos muestra cuánto tiempo pasamos sin habernos enojado por alguna cosa determinada. Ella quiere decirnos cuán generosa ha sido la vida hasta ese momento y cómo lo continuará siendo, si superamos con valentía el obstáculo. Mantenga las palabras positivas en el aire. Ellas van a ayudarle a crecer ante cualquier dificultad. La ceremonia del té Consigo que mi editor, Maseo Masuda, finalmente me invite a la tradicional ceremonia del té. Él piensa que no voy a entender bien: “no pasa nada especial”, me repite varias veces. Nos vamos hacia una montaña cerca de Hakone, entramos en un pequeño cuarto, y su hermana, vestida ritualmente con un kimono nos sirve el té. Sólo eso, pero todo se hace con tanta seriedad y protocolo que una práctica cotidiana se transforma en un momento de comunión con el Universo. El maestro de té, Okakusa Kasuko, explica lo que pasa: “la ceremonia es la adoración de lo bello. Todo el esfuerzo se concentra en la tentativa de llegar a lo Perfecto a través de los gestos imperfectos de la vida cotidiana. Toda su belleza consiste en respetar las cosas simples que hacemos, pues ellas pueden llevarnos a Dios”. Si un simple encuentro para beber té puede llevarnos a Dios, qué decir de las otras oportunidades que se presentan a diario sin que nos demos cuenta]La certeza, la escuela y la duda Buda estaba reunido con sus discípulos cierta mañana, cuando un hombre se aproximó. - ¿Existe Dios? -le preguntó. - Existe -respondió Buda. Después del almuerzo se aproximó otro hombre: - ¿Existe Dios? -quiso saber. - No, no existe -dijo Buda. Al caer la tarde, un tercer hombre hizo la misma pregunta: - ¿Existe Dios? - Usted tendrá que decidir -respondió Buda. Cuando el hombre se marchó, un alumno comentó indignado: - Maestro, ¡qué absurdo! ¿Cómo da usted respuestas diferentes para la misma pregunta? Porque son personas diferentes, y cada una llegará a Dios por su propio camino. El primero confiará en mi palabra. El segundo hará todo para probar que estoy equivocado. Y el tercero sólo cree en aquello que es capaz de escoger por sí mismo. La historia de los dos videntes Presintiendo que su país -en no mucho tiempo- terminaría sumergido en una guerra civil, el sultán llamó a uno de sus mejores videntes y le preguntó cuánto tiempo le quedaba de vida. - Mi adorado maestro, el señor vivirá lo bastante para ver muertos a todos sus hijos. En un acceso de furia, el sultán inmediatamente mandó ahorcar al hombre que había pronunciado tan aterradoras palabras. Pero entre tanto, la guerra civil seguía siendo una amenaza. Desesperado, llamó a un segundo vidente. - ¿Cuánto tiempo viviré? –preguntó, procurando saber si todavía sería capaz de controlar una situación potencialmente explosiva. - Señor, Dios le ha concedido una vida tan larga que durará más que la de sus hijos y llegará hasta la generación de sus nietos. Agradecido, el sultán mandó que se lo recompensara con oro y plata. Al salir del palacio, un consejero comentó con el vidente: - Tú le has dicho lo mismo que el adivino anterior. Pero el primero fue ejecutado y tú has recibido recompensas. ¿Por qué?- Porque el secreto no está en lo que se dice sino en cómo se lo dice. Siempre que debas disparar la flecha de la verdad, no olvides mojar la punta en el tarro de miel. La importancia de saber los nombres Zilu le preguntó a Confucio: - Si el rey Wen lo llamase para gobernar el país, ¿qué es lo que haría primero? - Aprender los nombres de mis asesores. - ¡Qué tontería! ¿Es ésta la preocupación de un primer ministro? - Un hombre nunca puede recibir ayuda de lo que no conoce –respondió Confucio. – Si él no entiende a la Naturaleza, no comprenderá a Dios. De la misma manera, si no sabe quién está de su lado, no tendrá amigos. Sin amigos, no puede establecer ningún plan. Sin un plan, no es capaz de dirigir a nadie. Sin dirección, un país se sume en las tinieblas y ni los danzarines pueden decidir con cuál pie van a dar el siguiente paso. Entonces, una precaución aparentemente banal –saber el nombre de quién va a estar a tu lado- puede hacer una diferencia gigantesca. El mal de nuestro tiempo es que todo el mundo quiere arreglar las cosas por sí solo y nadie se da cuenta de que se necesita mucha gente para lograr eso. La ley y las frutas En el desierto, las frutas eran raras. Dios llamó a uno de sus profetas y le dijo: - Cada persona puede comer una sola fruta por día. La costumbre fue obedecida por generaciones y la ecología del lugar se preservó. Como las frutas que sobraban daban simiente, otros árboles nacieron. En corto tiempo, toda la región se transformó en un suelo fértil, envidiado por las otras ciudades. El pueblo, sin embargo, continuaba comiendo una fruta por día, fiel a la recomendación que a un antiguo profeta le habían transmitido sus ancestros. Más aún, no dejaban que los habitantes de otras aldeas aprovecharan las abundantes cosechas que se daban todos los años. El resultado era uno: la fruta quedaba podrida en el suelo. Dios llamó a un nuevo profeta y le dijo: - Deja que coman toda la fruta que quieran. Y haz que compartan las cosechas con sus vecinos. El profeta volvió a la ciudad con el nuevo mensaje. Pero terminó siendo apedreado, puesto que la costumbre había arraigado en el corazón y la mente de cada uno de los habitantes. Con el tiempo, los jóvenes de la aldea comenzaron a cuestionar esa costumbre bárbara. Pero como la tradición de los más viejos era intocable, resolvieron apartarse de la religión. Así podían comer cuanta fruta quisieran y dar la que sobraba a los que necesitaban alimentos. En la iglesia del lugar sólo quedaron los que se consideraban santos. Aunque, la verdad, no eran más que personas incapaces de percibir que el mundo se transforma y que debemos transformarnos con él. La puerta de la ley Kafka cuenta la historia de un hombre que, buscando justicia, camina hasta el Palacio de Justicia. Frente a la puerta del palacio, un soldado monta guardia. Como el centinela no le dirige la palabra, el hombre decide esperar. Espera todo un día pero el guardia continúa mudo. “Si mira para este lado, se dará cuenta de que quiero entrar”, piensa el hombre. Y ahí se queda. Pasan días, semanas y años enteros. El hombre sigue frente a la puerta y el centinela sigue montando su guardia. Pasan las décadas, el hombre envejece y ya no consigue moverse. Finalmente, cuando se da cuenta de que la muerte se aproxima, reúne sus últimas fuerzas y le pregunta al guardia: - He venido hasta aquí en busca de justicia. ¿Por qué no me dejó pasar? - ¿Que yo no lo dejé?, respondió sorprendido el centinela. – ¡Usted nunca me dijo qué estaba haciendo ahí! La puerta siempre estuvo abierta, no había más que empujarla. ¿Por qué no entró? La sospecha transforma a los hombres El folklore alemán cuenta la historia de un hombre que, al despertar, se dio cuenta de que su hacha había desaparecido. Furioso, creyendo que su vecino se la había robado, pasó el resto del día vigilándolo. Vio que tenía aspecto de ladrón, que caminaba furtivamente como un ladrón y que susurraba como un ladrón que deseaba esconder su robo. Estaba tan convencido de sus sospechas, que resolvió entrar en la casa, cambiarse de ropa e ir a la policía a hacer la denuncia. Sin embargo, apenas entró, encontró el hacha -que su mujer había puesto en otro lugar-. El hombre volvió a salir, miró de nuevo al vecino y vio que éste caminaba, hablaba y se comportaba como cualquier persona honesta. La verdadera importancia Jean paseaba con su abuelo por una plaza de París. En un determinado momento, vio a un zapatero que estaba siendo maltratado por un cliente cuyo calzado presentaba un defecto. El zapatero escuchó con calma el reclamo, pidió disculpas y prometió enmendar el error. Nieto y abuelo pararon a tomar un café en un bistró. En la mesa de al lado, el camarero le pidió a un hombre que corriese un poco la silla para hacer espacio. El hombre irrumpió en un torrente de quejas y se negó. - Nunca olvides lo que has visto –le dijo a Jean su abuelo. – El zapatero aceptó el reclamo, mientras que este hombre junto a nosotros no quiso moverse. Los hombres útiles, los que hacen algo útil, no se incomodan por ser tratados como inútiles. Pero los inútiles siempre se juzgan importantes y esconden toda su incompetencia detrás de la autoridad. Cazando dos zorras El estudiante de artes marciales se acercó a su profesor: - Me gustaría mucho ser un gran luchador de aikidó –le dijo. – Pero creo que también debería dedicarme al judo, para así conocer muchos estilos de combate; sólo así podré ser el mejor de todos. - Si un hombre va por el campo y empieza a correr detrás de dos zorras al mismo tiempo, va a llegar un momento en que cada una correrá para un lado distinto y el hombre no sabrá a cuál deberá seguir persiguiendo. Cuando lo haya pensado, las zorras ya estarán muy lejos y él habrá perdido su tiempo y su energía. Quien desee ser un maestro, tiene que elegir una sola cosa en que perfeccionarse. Lo demás es filosofía barata.
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