Hago mi cerebro funcionar al extremo. Creo que mis ideas son un mundo de lógica y deducción, pero mis tripas me delatan. Aunque nunca las escuche. ¿Por que contar cada paso de los demás? Es que mi espacio es limitado, perder un centímetro me aterra. Alardeo sobre amar, pero mi amor es un insecto rastrero. Mis besos son una pobredumbre, y mi lecho una cueva inmunda, que aprisiona. Soy así de estúpido. Y aún me desconozco. Evito admitirme. Levanto mi dedo y señalo, haciendo caer culpables. Todos responsables de la vida que yo elegí. Todos artífices de mi derrota, de mi falta de admitir, aunque sólo sean sueños míos. ¿A quién puedo engañar? Solo los grandes podrían llegar a tener algo así como un enemigo. Y nunca he estado más lejos de ello. Mi paranoia me salva de odiarme. Envenenando a los demás. Hallando mi odio detrás de ojos ajenos, apuntando siempre hacia mí. Me siento orgulloso. Y así no me dejo descubrir. Mis agujeros los tapa el experimentado. Con adornos de cotillón gastados. Que me dan esos pequeños restos, para gloriosos éxitos. ¿Por que siento esa necesidad? No la cuestiono. Me creo mejor que los demás. ¿Cuan pequeño podré seguir siendo? Todo cuanto mi miedo lo permita. Y todo cuanto tema, y no lo admita. Escrito propio
La estupidez de volverse pequeño
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