Capitulo 1 Fernando se cruza con el tiempo
Venia corriendo con el diario en la mano. No eran tan gratas las noticias que había visto en el. No eran, tampoco, de mi agrado. Estaba tan presuroso que no saludé a nadie cuando entré al edificio de la policía, y muchos me habían insultado en demasía, considerándome un maleducado. Pero la noticia ameritaba todo atropello.
-Señor comisario –respiré profundo- tiene que leer estas noticias –volví a inhalar una bocanada profunda de aire.
-No se preocupe Fernando –respondió tranquilo el comisario. Ya he leído las noticias –continuó- y le aseguro que yo también considero poco agradable las mismas ¿ya sacó algunas conclusiones? Lo digo porque usted es nuestro sagaz detective.
-Investigador comisario. IN-VES-TI-GA-DOR por favor; espero que haya sido un error
-OH! Si Fernando puede estar seguro de eso. Ahora, responda mi pregunta.
-Comisario, estoy trabajando en ello. Pero tenga presente que también lo hago sobre la nada, es realmente difícil pero me pondré en acción. Este caso no quedará sin resolverse.
El hecho de que ambos estemos al tanto del titular me dejaba más tranquilo. Es como que sentía una responsabilidad compartida. No todo el peso se juntaba sobre mi espalda; pero tampoco debía ‘dormirme en los laurales’ como quien dice. Al leer “CRIMEN EN CALLE CABILDO. MUERTE SOSPECHOSA”, me estremecía. Más escalofrío me daba el epígrafe; comprendí, en pocas líneas, que el asesinato se produjo en una habitación, sin ventanas, y donde la puerta estaba cerrada. Concluyendo, así que nadie pudo haber entrado o salido. La autopsia determinó que la muerte se produjo a las 23:00 hs de la noche y que presentaba una herida punzante en el sector de la espalda. Realmente me enfrentaba a un caso muy complicado. No imposible, pero si muy complicado. Esta vez tenía que resolver el famoso caso de la ‘habitación cerrada’.
Quien quiera que sea el que haya puesto estos carteles, pienso que no se esforzó mucho. Las calles estaba pesimamente señalizadas y eso hacía que me perdiese un poco; pero finalmente llegué a la casa en la calle Cabildo. Había un recepcionista muy austero que me indicó con un gesto y casi sin palabras hacia donde tenía que dirigirme para investigar la escena del crimen; lisa y llanamente me contestó “Quinto piso a la derecha”. Llegando vi un rejunte de personas; pensé que eran policías, pero como no traían uniforme así que me alteré un poco, porque amenazaban la integridad de las pistas (creo que ese es el karma que tenemos todos los investigadores y/o detectives. No quisiera envolverme en la distinción que hice antes, pero por favor no te olvides que soy investigador). Cuando entré hable con el oficial a cargo.
-Que tal, Fernando Chuco, Investigador. He recibido noticias sobre el caso y me han enviado a que analice la situación y que esclarezca la situación.
-Si mire soy Juan Pérez, el verdulero de acá la esquina. ¿Usted con quien cree que está hablando? Por favor ¡más respeto! Usted viene aquí porque yo lo solicite; a usted nadie lo envió ¿Entendió?, ¿o necesita algún manual?
-Así que Juan Pérez
-No Fernando, no sea ingenuo. Me llamo Carlos Solari; y si, soy el oficial a cargo.
-Buenas tarde Carlos. Si no le importa voy a echar un vistazo.
-Sí, tenga en claro que lo hace porque ¡Yo le doy permiso! ¿Dudas, preguntas?
No respondí, solo lo miré. Pero mi mirada fue lo bastante penetrante; lo suficientemente ácida como para dar a entender que este sujeto, sin siquiera conocerlo, me caía demasiado mal. Sin atascarme tanto en el susodicho, empecé a echarle un ojo a este intrincado caso. Cada neurona de mi cabeza debía estar en perfecta armonía.
Apenas vi al cadáver lo observé tendido sobre el escritorio. No me tomó mucho tiempo avistar unos diplomas que me dieron a entender que era un abogado. Sus laureles lo hicieron, a lo largo de su vida, un prestigioso en la materia. Y mi primera pregunta versó en su profesión ¿Habría algún colega que le tuviese tanto odio?; evidentemente no lo sabía. Aun, solo aun. El cuerpo, daba toda la sensación, de que fue apuñalado por la espalda, sin orificio de salida; es por eso que fue hecho en sigilo y estando bajo alguna ‘distracción’ por parte de la víctima. No vi ninguna ventana, tal cual lo pude anticipar con el diario, la puerta estaba cerrada. Como el tema, para mí, no cuajaba, le pregunté al oficial si la puerta pudo haber sido cerrada por fuera y me dijo que no, que solo existía una copia de esta, y que, por si fuera poco, la misma se encontraba del lado de adentro. Esto ponía las cosas más difíciles todavía, porque no había ninguna rendija siquiera por donde pudiera uno escapar. Solo me quedaba interrogar a su círculo más cercano. En ese momento pude encontrar a su secretaria y a su socio. A la primera que encontré fue a su empleada; una señora de unos cincuenta años, con anteojos y de anchas caderas. Con la voz un poco áspera producto del cigarrillo y el alcohol. Así que fumando y tosiendo, cada tres pitadas de cigarrillo, me contestaba.
-Me presento señora soy Fernando Chuco, y me encuentro investigando la causa. ¿Cómo fue el día antes de que muriera él - señalé el cadáver?
-Un gusto. Soy Laura Ackens, secretaria del señor; hace siete años que trabajo para él y nunca creí que le pudiera pasar algo así. Yo estaba en mi escritorio y vi al señor que entraba con un cliente a hablar sobre el caso para el cual había sido contratado…
-¿Qué caso señora? –interrumpí-
-No es más que un mero despido arbitrario. Y el cliente le demandaba que no había obrado con diligencia, y que por eso el perdieron el juicio.
-Bien. Por favor continúe ¿Qué más sucedió en el día?
-Habiéndose ido el cliente, luego de media hora de discusión, el señor lo fue a despedir; para luego regresar a su oficina y continuar con unos papeles. En el camino hacía su lugar de trabajo, el socio entró con él, cerró la puerta de un golpazo y comenzaron a hablar. Discutían sobre la falta de casos que realizaban, ya que el señor Binder –el ahora difunto- desechaba algunos por considerarlos poco potables. El socio muy reacio a esta decisión, empezó a contrariarlo y tomaba aquellos casos que Binder consideraba como nefastos. En esa discusión (debo aclarar muy subida de tono) ambos se echaban en cara la idiosincrasia de cada uno: el socio le decía al señor Binder que era un anticuado, que, por no querer tomar casos simples ambos se estaban yendo a pique, y que prontamente caerían en quiebra; El señor Binder, en cambio, le reprochaba al socio que los casos que él tomó a espaldas suyas no hacían crecer el nombre de la compañía, que esos casos eran los que lograban que nadie los conociese. Por lo tanto, Binder, creía que, sólo, habría que tomar casos que supongan un desafío
-Exacto… Disculpe que la interrumpa, veo que hay una guitarra por ahí ¿Tocaba bien?
-No era un prodigio, pero era su hobby, y es por eso que le ponía mucho empeño
-¿Y usted oye bien? Quiero decir si usted tiene su oído en perfectas condiciones
-Bueno, eh… tengo cincuenta años sinceramente no escucho del todo bien
-Gracias señora ha sido de gran ayuda.
La señora Ackens y sus ademanes de dolor, no pudieron engañarme. Hay algo que ella obvió que yo si pude observar. Algo que si pude vislumbrar, y es por eso que su relato no cuaja con lo que yo creo. No bien entré a la habitación, y habiendo visto dicho instrumento, noté que la habitación estaba acondicionada como si fuese una sala de ensayo; donde las bandas musicales tocan ahí y el sonido es absorbido por la goma espuma. La habitación en cuestión tiene este material y el señor Binder lo colocó para que, al momento de tocar la guitarra, no perturbase ni a su socio, ni a la secretaria. Si la secretaria me aclaró que no oía bien, entonces existen dos hipótesis para que haya podido escuchar la conversación. La primera es que haya violado el mandato de confidencialidad, utilizando algún tipo de vaso que le permitiese oír, sin detalles, la discusión. La segunda posibilidad es que la haya presenciado de alguna manera. Mientras inspeccionaba un poco más la habitación me detuve en la biblioteca que tenía a un costado de la habitación; yo soy un amante de la literatura y, el abogado, tenía muchos títulos interesantes. Me detuve tan solo unos minutos, hasta que irrumpiría el oficial Solari gritándome al oído, lo que provocó que el libro que tenía en mis manos se me cayese.
-¡FERNANDO!
-¿Qué pasa oficial?... ¿Novedades?
- Las novedades, no existen, esto no es una kermese ¿Avanzó en el caso?
-Si tengo algunas conclusiones presurosas pero no es nada que desentrañe el misterio.
-Entonces vuelva al trabajo ¡Que espera! No le pagan para jugar al detective. Esto es la RE-A-LI-DAD
¿Comprende? O necesita algún dibujo
Se fue balbuceando una suerte de insultos, y yo lo seguía con la vista pensando en que este personaje era un imbécil graduado con título y recomendaciones. Sin importar que piense este caso iba a ser resuelto como fuese.
Con tanto pensar en este nefasto personaje me dispuse a levantar el libro que antes había tirado. Al momento de agacharme y llegar hasta el libro pensé ‘Que rara esta luz en el piso’.
-Señor Fernando -dijo el oficial- ¡Venga de inmediato para acá!
Me fui sin pronunciar palabra alguna hacía donde estaba el oficial con su aspecto de pocos amigos.