
Una melodía alegre resuena mientras el machete, ese bello machete desciende. El color negro nunca fue tan hermoso, y su delicado contorno nunca tan bien elaborado. Limpio y pulcro cae sobre la cabeza de ese sucio hombre, tiñendo todo de rojo, ensuciando el perfecto objeto con sus vísceras.
¿Para que habría de rebajarse? Ese hombre con su uniforme, y su carne de deber apenas puede albergar un sentimiento malo en si mismo. Ni las moscas le temen. Pero aún sigue golpeando.
Sigue y sigue hasta que la sangre ya no salpica sobre sus brazos. Entonces se para y se arregla. Limpia su objeto, y vuelve a asediar descansado, con sus mortales impactos. Golpea y maldice, escupe y resopla, pero todavía la ve allí. La cara del Deseo.
Aquella conocida maldición, que tanto lo sorprende y lo paraliza. Le revela su ira y su desgaste, por violentarse a sí mismo durante tanto tiempo. Le recuerda que no ha aprendido a jugar y a querer, y que su altruismo aparente esconde los peores objetos de su repugnancia.
Se asusta. Presuroso, sintiendo no poder vencerla esta vez, corre y huye despavorido. Pero el miedo a su alrededor no lo reconoce con la sangre su cuerpo, y sus colegas lo confunden con el malviviente.
Un grito es escuchado, en una orden impartida. Y sordo a ella, cae derribado. El disparo le atraviesa el corazón, y lo deja en el piso, con su vida que se apaga. Nadie lo socorre, su apariencia es horrible, y no esconde su temor.
Temblando cierra los ojos, decidido a morir.
Y llora, llora como un niño, vaciando su corazón alrededor, pidiendo unos ojos a quien reclamar.
Pero a su lado nadie hay.
Desesperanzado, en su ultimo suspiro llama a su imaginación.
Pero su mente solo ve el Deber.
Escrito propio