He descuidado aquél bálsamo del desdichado, que lo salva de su indiferencia.
Encerrado en mi miseria, solía perder en invasiones de temor, aún coronado por la felicidad. Me daban regalos de destino, que progresaban en planes imaginarios. Pero mi constitución los consumía ante el fuego de algún fracaso.
Es que algunas personas no saben encontrarse.
Sobre mi mente, el dolor se desvanece en el laberinto cerebral, me llama en boca de gente y me engaña con nervios y sustitutos patéticos.
Todos aquellos ojos húmedos, afectos humanos, me reconocen como su marioneta anémica. Su rey delgado sobre el trono de enfermedad.
Traiciones del invento propio. Desperdicio de contexto.
Todo se reduce a aquellos rincones donde se filtra la vida. Transitando alegremente fuera de mí.
La muerte siquiera me es llamativa, apenas parece recordarme.
Y el dolor también me esquiva, como a todo hijo de la indiferencia.
Despropósito propio