
Golpea el martillo el juez. Pero se rompe. Sin su instrumento reanuda su acto mecánico, y ahora golpea con su cabeza, dando ruidos secos con la frente, sobre la madera. La reunión comienza, o termina, quien sabe. Puro espectáculo. El gordo enjuiciador se pasa un pañuelo por la frente, secando la sangre y se retira de la sala. En un fervor de aplausos e insultos enardecidos, de los que se apretujan por toda la sala.
Por fuera hay cadena nacional. No está quién es presidente, pero un sustituto se para ante el micrófono eructando en ritmo. El acto es un éxito. Todos aplauden y sacuden banderas de color, sin notar la diferencia.
Todos están contentos excepto la multitud de enfrente. Que se acerca señalando con los dedos, y mordiendose las muñecas, arrancandose los pelos.
La reunión de ambas multitudes se abre en una batalla campal. Quienes escuchaban el discurso desmontan las banderas y golpean con sus palos, incrustándolos en donde se precie. Del otro lado, un hombre rompe una estatua de la justicia, y con la balanza la asesta en el pecho de su oponente, quebrándole un par de costillas, ensangrentando un derrumbe general a su camino.
Delante hay una horda armada con billeteras, y cual duelo de pistolas se baten en círculo. Un gordo vivaz, de ojos deformes, empuña un billete, y se lo hunde en la nariz al rival, junto al golpe de puño. La nariz sangra, y el hombre derribado ríe, excitado, lleno de calor.
Detrás sorprende la escena un mujik con un panfleto con la letra "K", visiblemente amplio. Inmediatamente es derribado por una mano ágil, gorda que cae sobre su cabeza, atraviesa el oído y le hunde algunos huesos del cráneo. Consigue safarse y gritar repetidamente '¡Gorila!', mientras lo arrastran a su muerte.
Su insistencia de palabra tiene éxito y todos se convierten en Gorilas con Síndrome de Klüver-Bucy, despedazándose lentamente los miembros mientras mantienen una orgía de sexualidad aberrante.
La batalla deja apenas unos pocos sobrevivientes. Los políticos del acto, quienes aprovechan a bajar de sus escenarios, y defendidos por guardaespaldas, valerse de los billetes derramados.
Lentamente todo vuelve a la normalidad. Limpian las calles, suenan la campanas, llaman los autos, que avanzan pisando cuerpos y huyen.
Será otro día más en el planeta política.
Escrito propio