Hola, hoy publico el primer cuento que escribí. Es corto y sencillo, espero que les guste. Saludos. LA HAMACA Me desperté a la noche y me di cuenta que mi pájaro azul no estaba. Salí a buscarlo por la calle obscura, solitaria, temerosa. Caminaba y caminaba, pero no podía verlo. Me acerque a una plaza cuyo nombre no podía distinguir en medio de la brumosa negrura de la noche. Me senté en una de las quietas hamacas de la plaza y comencé a moverla con mi cuerpo para sentir su vaivén. Trataba con ello de concentrarme y recordar aquellas noches en que mamá me mecía para dormirme. Estaba sólo en mi búsqueda y tenía miedo. Intenté traer a mi mente su plumaje e imaginar aquellos lugares donde lo podía encontrar. Imaginé e imaginé, pero fue poco lo que conseguí. Es que siempre lo veía en aquella jaula, quieto como una foto, mirando lejos. Igual, mientras la hamaca soñaba en aquella solitaria noche, me esforcé para encontrar en mi inconsciente un momento que me llevara al lugar donde podía estar. El susurro del viento intentaba consolarme, como si Dios observara mis pasos. Pero, la culpa por no tenerlo, por haberlo perdido, seguía obscureciendo la noche. Sin percatarme que la madrugada avanzaba, continuaba moviéndome en la hamaca, de un lado hacia el otro. Primero despacio, luego más y mas rápido. Su velocidad aumentaba al compás de mi esfuerzo por recordar. El movimiento se hizo vértigo y en un brusco instante, como si algo o alguien me hubiese empujado, salí volando y aterricé en lo que creí era arena. Es que unas chiquitas piedras entraban a mi boca a medida que avanzaba mi aterrizaje. Mientras tanto la hamaca altanera, continuaba moviéndose. De aquello me daba cuenta porque aunque no la viese, escuchaba el agudo chillido de las cadenas que la sostenían mientras acompañaban su vaivén. Sólo, me levante y seguí caminando sin rumbo, intentando que el destino marcado por mis pies me llevara al lugar donde estaba. “Mi pájaro, donde está mi pájaro”, me repetía incansablemente y me golpeaba la cabeza con las manos, como un tribunal dictando su sentencia. Es que me sentía responsable porque no estaba. “Era mi pájaro”, repetía mientras caminaba. La arena se hizo césped y la noche comenzó a morir mientras tenuemente despertaba el sol de la mañana. Sin darme cuenta, me encontré frente al portón de mi casa, de la que salí aquella noche, cada vez más lejana. Al abrirlo encontré los ojos rojos de mi madre que había pasado sus últimas horas en vela, preocupada por mi ausencia. Encogiéndome entre mis hombros me acerqué, temí el reto, el disgusto. Pero al salir de mi escondite encontré que sus brazos me rodeaban y acurrucaban sosteniendo mi temor. Igual que aquellas noches en que intentaba dormirme. Me levantó la cabeza tomándome del mentón. Hizo que la mirase. Se alejó unos centímetros y puso una de sus palmas en mi corazón, mientras decía: “todo lo que buscas está aquí, no te vayas más”. Saúl
La Hamaca (primer cuento propio)
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