Cada cual posee su afición. Cada uno tiene aquello con lo que no puede vivir. Muchos somos los que atribuimos a la música dichas características, entre otras, porque cada nota de cada compás nos hace sentir, nos permite continuar a cada momento de la vida. Tenemos cientos de grupos en la cabeza, tenemos miles de canciones para cada situación y tenemos millones de sensaciones diferentes al deleitar una y otra vez cada sonido.
Algunos basamos nuestra vida en la música. Enloquecemos si no podemos escucharla. Lloramos cuando nuestros oídos vibran al compás de cada uno de los instrumentos que, demostrando el carácter divino de este arte, se acoplan a la perfección al estado de nuestra alma.
Pero pensemos, ¿Qué futuro depara a nuestra música? ¿Qué ocurrirá con aquellas composiciones que nos permiten seguir vivos? Lo triste es que, con el paso del tiempo, al igual que la tierra hará con nuestros huesos, el silencio se llevará por delante aquellas canciones que amamos. Si ya disfrutamos con creaciones de hace más de 50 años, sin tener en cuenta la espléndida música clásica, con la que tenemos la suerte de que sea inmortal,
¿Cómo esperar que nuestros hijos, los hijos de sus hijos, la descendencia del futuro lejano, siga llorando, riendo, saltando, gritando, cantando con aquello que hoy día tenemos? Desgraciadamente, es una esperanza utópica.
Triste, ¿verdad?, saber que nuestros sentimientos, inscritos en compases, no se volverán a ver reflejados en más gente, porque el tiempo así lo querrá.
Puede ser una simple reflexión, puede no ser más que las paranoias propias de un loco por la música, pero darse cuenta de esta realidad, darse cuenta de que lo que te mantiene vivo caerá en el olvido, destroza el alma, y nos hace pensar lo injusto que es el tiempo. Injusto para el que escribe cada nota, injusto para quien disfruta cada compás e injusto para quien no podrá sentir aquello que nosotros sentimos.
Pero bueno, ¿Qué esperar? Somos uno de tantos humanos que pasarán por este mundo. Otros vendrán y pisarán las huellas que nosotros dejamos, borrándolas, al igual que harán con ellos. Por eso nunca debemos despreciar este arte, por eso nunca debemos olvidar cada canción, por eso no debemos nunca dejar de llorar, reír, gritar, saltar, disfrutar, tocar…
Por eso nunca debemos permitir que, mientras sigamos vivos, se pierda una sola canción. Estamos en deuda con este arte al que estas palabras van dedicadas, y hemos de devolverle el favor. Debemos perpetuar, tanto como esté en nuestras manos que la música siga fluyendo, porque llegará un día en el que ninguna punta de diamante volverá a surcar nuestros sentimientos plasmados en vinilos.
Por Alberto Arranz.

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