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Reveladora biografia de Matisse (con muchas imagenes)

Arte7/6/2008

HENRI MATISSE
La vigencia de un genio

Una nueva y reveladora biografía escrita por Hilary Spurling, echa luz sobre zonas hasta ahora oscuras de la trayectoria de Matisse. Diez años de investigación, dos lujosos tomos y casi 1. 500 páginas fueron necesarios para relatar la vida y la obra de quien, junto a Picasso, cambió el rumbo de la pintura en el siglo XX.



FOTO Y AUTORETRATO


"¡Te vas a morir de hambre!, ¿me oís? ¡Es una carrera para vagabundos!", le gritaba enfurecido el almacenero Hyppolite Henri a su hijo, el nervioso y enfermizo Henri Matisse, quien había decidido dejar su trabajo de escribano para estudiar arte. Mientras tanto, la madre conseguía poner un poco de paz a la escena, que se repitió infinidad de veces a lo largo de los años.



Matisse siempre lamentó, aun años después de la muerte de su padre, que él nunca hubiera reconocido su triunfo en una carrera que había sostenido contra la voluntad de todos. Vaya paradoja: la "alegría de vivir" que pintará siendo ya un artista seguro de sí mismo, con formas simplificadas y colores saturados y vitales, no fue un reflejo de la realidad emocional de la infancia y la adolescencia del pintor. Al contrario, sus obras y sus verdaderos estados anímicos casi nunca se parecían.



Matisse, la exhaustiva biografía que escribió Hilary Spurling, ganadora del codiciado Premio Whitebread por este monumental trabajo publicado ahora en español por Edhasa en dos tomos de lujo (El pintor desconocido, 1869-1908 y El maestro reconocido, 1909-1954) desborda de detalles íntimos que echan luz sobre aristas hasta ahora oscuras del pintor; detalles nunca antes reunidos en un solo trabajo. Esto, además de la larga tarea de investigación de la autora del libro, convierte a esta biografía en un trabajo poco común: Matisse reúne información sobre el artista antes fragmentada, parcializada, esparcida. Y esa sola operación produce nuevos sentidos sobre su obra.



Junto a Pablo Picasso uno de los más grandes artistas del siglo XX y, especialmente, un creador de lenguajes nuevos, de ruptura con todo lo que había venido haciéndose en las artes plásticas desde el Renacimiento hasta fines del S. XIX. Matisse aportó al arte elementos inéditos, constituyéndose en un eslabón más de una corta cadena de genios que crearon una nueva forma de ver el mundo. Para comprender mejor la obra de Spurling, hay que tener en cuenta que los pintores de fines del S. XIX y principios del XX, los llamados "rupturistas" (Monet, Courbet, Degas, Cézanne, Van Gogh, Gauguin, Matisse, Picasso, Leger, Duchamp) dieron lugar a las vanguardias artísticas de comienzos del XX. Fueron sus padres. Que crearon y expresaron esquemas de organización mental inéditos hasta entonces en la historia del hombre, que respondían a las nuevas ideas y formas de ver, sentir y pensar propias de la Modernidad.



Se recordará que el momento en que vivieron fue uno de grandes inventos técnicos y teóricos, y de cambios en la sensibilidad y en la percepción. Era necesario, entonces, que este par de generaciones de artistas ultra-sensibles recibieran como radares especiales toda esta información del mundo exterior, y la expresaran, imaginando un nuevo espacio mental y espacial. Creando lenguajes plásticos.



En el caso específico de Matisse, vale la pena subrayar para abordar ciertos pasajes de los libros de Spurling, que creó una nueva concepción espacial, una forma de unir las figuras entre sí dentro de la composición, que no existía hasta ese momento. Por medio de arabescos expresivos, del abandono de la unidad de expresión en la misma tela, y por medio del color, presente en las obras de Matisse como uno de sus elementos más importantes, proporcionando valores por sí mismos, mostrando e imaginando un mundo completamente personal, creando distancias psíquicas gracias a la nueva relación que el hombre estaba estableciendo en ese momento con su cuerpo, por ejemplo.



Estos logros de Matisse se dan como suelen suceder los descubrimientos más grandes: con un poco de azar y casualidad y mucho de su propia inteligencia y sensibilidad. La biografía de Spurling –fundada en diez años de investigación– es especialmente interesante porque pone al descubierto los orígenes más impensados de las creaciones de Matisse, un historial personal e íntimo. La influencia de los textiles de su infancia, por ejemplo, y la de los dibujos sobre porcelana que realizaba su madre, que luego se transformaron en sus propios dibujos de arabescos y líneas. Spurling recorre esas instancias de la vida de Matisse recordando seguramente la célebre imagen del artista como "ensamblador de materia".



Hijo de un almacenero especializado en semillas, Henri Matisse nació en Francia y vivió a partir de los ocho años en un pequeño pueblito del norte de ese país, Bohain.
"En el sitio de donde yo procedo –contaba él mismo mucho después– si hay un árbol en el camino lo arrancan, porque arroja sombra a cuatro plantas de remolacha". El pintor recordaba con tristeza su pueblo, de contornos desnudos y talados, con hedor de vegetales fermentados.



Era un mundo rural donde escaseaba el dinero, las raciones de alimentos eran chicas y el trabajo, duro y repetitivo. La supervivencia allí dependía del ahorro, la vigilancia y el sacrificio. Ordenes severas y refranes prácticos, eran los que se valoraban en una sociedad que no daba más espacio a la imaginación que el de las ferias, los circos ambulantes y los juegos sobre caballos (no existían por allí museos ni galerías; el arte era despreciado).



Más allá de esta realidad inmediata, Matisse creció en un mundo que también estaba cambiando la manera de vivir, como con la llegada del ferrocarril, por ejemplo. Esto hizo que sitios como Bohain cambiaran de lugar en el mapa; los hizo presentes, aunque la gente de la región seguía viajando a todas partes a pie o a caballo, seguía encendiendo lámparas, o se iba a la cama al caer la noche.



Para dar una idea del entorno moral y social en el que Matisse se crió, alcanza la siguiente anécdota relatada por Spurling en el libro: cuando cualquier padre en Bohain, encontraba a su hijo pintando en un trozo de papel, enseguida le decía que tirara esa porquería y era reprendido con dureza, porque no estaba permitido dibujar de forma espontánea, a menos que se acudiera a la escuela de artes y se dibujara en función de diagramas y bosquejos útiles para desarrollar la industria de la región. "Se enseñaba dibujo como se enseña una lengua muerta", escribe Spurling.

Desde el hospital

Durante sus ochenta y cinco años de vida, Matisse fue una persona con muchos problemas de salud. Ya desde su niñez y adolescencia, el rechazo a los consejos de sus padres o la incapacidad para aceptarlos se tradujo en enfermedades, que siguieron apareciendo regularmente a lo largo de toda su vida. De joven, estas crisis duraban hasta dos meses. Causadas por una aguda tensión nerviosa y ataques de angustia, aparecían como enfermedades de los intestinos, calambres en el estómago y cólicos.



Fue durante uno de estos colapsos nerviosos de juventud que Matisse tuvo que guardar cama en un hospital durante semanas, en una habitación doble. El hombre de la cama de al lado mataba el tiempo copiando paisajes suizos al óleo, de reproducciones color. Cuando Matisse, aburrido de estar en el hospital, ya estaba siendo una carga hasta para sí mismo, se le ocurrió a la madre llevarle una caja de pinturas con dos estampas pequeñas, para copiar. Henri comenzó copiando el molino de agua. "Antes no me interesaba nada, sentía una gran indiferencia hacia todo lo que intentaban obligarme a hacer –dirá muchos años después el pintor– pero desde el momento en que sostuve la caja de pinturas de colores en mis manos, supe que ésa era mi vida. Como un animal que se lanza de cabeza hacia lo que desea, yo me tiré al agua. Era una atracción tremenda, una especie de Paraíso Encontrado, en el cual me sentía completamente libre, solo, en paz".Matisse tenía entonces veinte años.



Desde ese momento, el futuro artista sólo quiso recuperar el tiempo perdido. Hasta enfrentó a su padre diciéndole que quería ser pintor y dedicarse exclusivamente al arte. Ante su terrible indignación, la madre intercedió varias veces, hasta que el padre se dejó convencer para darle una oportunidad a Matisse hijo, permitiéndole ir a París durante un año a probar suerte. Finalmente, el chico llegó a la ciudad, y entró en la clase del talentoso y atípico Gustave Moreau.



Las reglas extremadamente rígidas de la escuela de Bellas Artes, que establecían cómo tenía que ser una obra bien realizada no se llevaban bien con Matisse. "Yo creía que nunca sería capaz de pintar, porque no pintaba como los otros. Entonces vi las pinturas de Goya en Lille, y fue cuando comprendí que la pintura puede ser un lenguaje: pensé que podía llegar a ser pintor", detalló.



Otras revelaciones de artistas sucedieron a la de Goya: Chardin, Cézanne, Rouauolt, Pisarro, Monet y Van Gogh, de quien hasta tuvo un dibujo que le regaló un exitoso pintor amigo, Russell. Fue él quien inició a Matisse en las teorías del color y de la luz, y acerca de Monet. Russell fue, en muchos sentidos para el artista, una guía. Tanto, que Matisse aceptó su invitación a ir a su casa de Bretaña durante unos meses, a pintar. Poco a poco, luego del tiempo que pasó allí, sus pinturas comenzaron a llamar la atención. Pero no exactamente con admiración, sino por lo "malas" que eran para el gusto predominante en la época. El público las consideraba adefesios y reía a carcajadas, señalándolas en grupo.



Fue durante esa época cuando Matisse conoció al pintor Pisarro por medio de Russell. Pisarro, quien era muy perspicaz, percibió cómo alentar al joven protegido de Rusell, y decidió hacerlo con el mismo aliento que él había recibido cuando era joven y nervioso. "Muy bien, amigo mío –le dijo–, tienes dotes. Ahora trabaja y no escuches nada de lo que te diga nadie". Ese fue su inmenso y simple consejo.



Con el tiempo, y ya habiendo dejado atrás los estudios en las escuelas y academias, Matisse comenzó a tener unos pocos defensores de su pintura por varios países de Europa, aún cuando en la Berlín de 1910, por ejemplo, la gente decía que sus cuadros eran "monstruosidades infantiles sin sentido ni vergüenza" o "mensajes peligrosos salidos de un manicomio".



Pero otras cuestiones comenzaban a preocupar al pintor, como la del movimiento. Observando todas estas problemáticas juntas, y teniendo en vista las conversaciones que compartía con amigos y colegas, se podía comenzar a entrever en Matisse la gestación de dos de sus obras maestras, que rompieron con los lenguajes formales de la época y que fueron completamente originales: "La Danza" y "La Música". En ellas, la estilización de las figuras produce una aprehensión nueva del espacio, que tiene las cualidades de extensión ponderal, de plasticidad, de la indeterminación de los límites de las figuras. El arte que Matisse estaba haciendo nacer recurría a fuentes basadas en la visión y en la experiencia personal para elaborar nuevos sistemas ilusionistas, y no en cálculos establecidos y estructurados.



De igual manera, la importancia atribuida por el artista al arabesco en esas obras, le permitió un vínculo lineal entre cosas extrañas entre sí, lo que tuvo como consecuencia la alteración de la noción de objeto, tal como lo entendía la mayoría de los artistas hasta entonces. También podría mencionarse en "La Danza", la creación de la noción de un espacio curvo en el fondo de la composición; su aparición.



En paralelo a todos estos descubrimientos, y acompañado siempre de su esposa Amélie –de quien recibía apoyo incondicional y sabía que con Matisse el matrimonio era una especie de sorteo en el que no participaban el dinero, ni la seguridad ni las ventajas sociales– y de la primera hija que tuvo junto a Camille, Marguerite (retratada muchas veces por el pintor, como en "Joven con gato negro", Matisse comienza a hacer circular su obra, fruto de un pensamiento divergente y original, y a suscitar con ella el horror del público general y especializado.



Llegado determinado momento, por primera vez pudo vivir toda la familia bajo el mismo techo, en un viejo convento abandonado de París. Esto se debió especialmente a que unos pocos coleccionistas por ciento arriesgados comenzaron a comprar la obra de Matisse. De entre ellos, sobresalía el ruso Shchukin. Su apoyo a Matisse fue tanto material como moral, y afectó profundamente la vida del pintor, sobre todo, a partir del pago que le realizó por los dos paneles decorativos que le había encargado, gracias a los cuales la economía familiar comenzó a estabilizarse. Estos paneles, además de darle de comer a los Matisse, llegaron a cambiar la historia del arte, algo que nadie imaginaría por aquellos años sobre "La Música" y "La Danza", sino todo lo contrario.



"Si contara mi historia personal asombraría a todo aquél que la leyera", escribió Matisse cuando ya era un hombre grande. "Conforme pasa el tiempo, me voy dando cuenta de lo mal que se me entendió y de lo injustamente que se me trató", dice con amargura.



De acuerdo con el relato de la autora del libro, fue realmente así. Cuando Matisse comenzó a mostrar sus obras más reveladoras y maduras, todo el mundo le dio la espalda. Los artistas se apiñaban sólo alrededor de los cubistas, en especial alrededor de Pablo Picasso, quien junto a su cuadrilla se negó por un largo tiempo a hablar con Matisse. En realidad, cuenta Spurling que Matisse era el blanco de sus risas, algo habitual en Picasso respecto de todos sus posibles rivales, fueran éstos fauvistas, neoclasicistas, posimpresionistas, futuristas, simultaneístas, realistas o puntillistas.



"Toda mi vida estuve en cuarentena", dijo Matisse recordando aquellos tiempos. Por lo que llegado un día, dejó cuarenta o cincuenta cuadros en exhibición en la casa de la coleccionista Sarah Stein, quien era una firme defensora de su obra (mientras que su cuñada, la escritora Gertrude, defendía a Picasso), y se retiró a vivir la mayor parte del tiempo a una casa un poco alejada del centro de París.



Tuvo, durante esos momentos que fueron ricos en creación, algunos apoyos importantes: los ya mencionados Shchukin y Sarah Stein, y el excéntrico y culto inglés Prichard. Ellos eran quienes valoraban los nuevos trabajos de Matisse por su amplio conocimiento y cultura general, y porque reconocían en ellos similitudes con el arte chino y oriental, por ejemplo. Matisse confiaba en el arte oriental porque le ayudaba a expresar ideas abstractas mediante la simplificación de la forma y el color. Otros amigos, como el pintor Pierre Bonnard, se acercaban al estudio de Matisse intrigados sobre las razones del artista para eliminar las sombras y matices en sus nuevos cuadros. "Es que no le añaden nada al efecto que deseo", contestaba sencillamente el artista.



Cuando por fin llegó el momento en que se exhibieron los paneles, causaron un gran revuelo. Los contemporáneos del artista los recibieron como algo "grotesco, primitivo, animal, diabólico, bárbaro y canibalesco".



Pero a pesar de ser duramente criticadas e incomprendidas, todo el mundo se acercó a verlas: proponían algo nuevo. Llamaban la atención a tal punto, que aparecían pintadas por las paredes de Montmartre, realizadas por Picasso y su banda: "¡Matisse te vuelve loco!", "¡Matisse es más peligroso que el alcohol!", se leía en los muros.



Adelantándose generaciones, el ruso Sergei Shchukin le dijo un día a Matisse desde Moscú: "El público está contra ti, Matisse, pero el futuro es tuyo".Nada más acertado que esta profecía, relatada de manera detallada, completa y encantadora en la biografía de Hilary Spurling, que es otra forma de acercarse al mundo del arte de una manera menos técnica. Más placentera y emocional.

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