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Cuentos cortos y otras tintas.

Arte•9/17/2011



¿Cómo andan lectores? Les dejo a continuación una serie de cuentos cortitos que se escribir en tardes nostálgicas y con un café en la mano. Gracias por la onda.



Como todos los viernes, esperaba al colectivo en la esquina de 25 de Mayo e Independencia. El día, como la mayoría, no había sido muy bueno, pero la lluvia refrescaba mi cuerpo y mi cabeza en un dulce consuelo.
El 52 era como todos los colectivos, pero en su interior se gestaba un pequeño mundo. Al atravesar la puerta automática se ingresaba a otra realidad, una más pequeña, más concebible, pero igual de fantástica e infinita que las calles.

Dentro del colectivo vivían varias almas. La mayoría, arrepentidas, tanteaban en una eterna indecisión. La indiferencia era educación, y la cortesía una falacia.
En mi viaje fantaseaba mientras miraba por la ventana empañada pequeñas gotas que se unían con otras y caían con fuerza, presas de la gravedad. Me imaginaba mientras lo veía, como algunas personas pueden caer con la misma facilidad al unirse a cierta gente.

En ese mundo gris y oscuro subió ese mismo viernes, una madre con su hija. Morocha la madre, pero rubia la hija, con rasgos suaves y sonrisas encandilantes, caminaban tambaleándose, e indecisas entre tanta penumbra.
Yo trataba de razonar como dos sonrisas pueden darle significado a un día. Como pueden irradiar, y encender un mohoso corazón, húmedo y triste.

Viernes tras viernes las veía, y cada día me enamoraba más de su imagen. Juntas eran mi utopía, mi paraíso, y mi salida de tal martirio.
Solía quedarme viajes completos solo para no perderme un instante sus rostros, y luchaba constantemente contra la evidente melancolía del 52.

Mis días se habían convertido en esperas. Eran una instancia entre cada viernes a la tarde. Un retraso donde reinaba la opacidad y la niebla.
El 52 era mi mundo. Qué es la realidad si no la que nosotros mismos creamos, y ese colectivo era mi realidad, y la mujer con su niña, mi cielo.

El último viernes que recuerdo haberlas visto caminaba taciturno por la calle, y algunos chicos pasaban corriendo a mis costados. En la parada, como siempre, no había nadie. Solo me subía y solo me bajaba.
El colectivo, al pasar, desprendía una dura neblina haciendo físico lo emocional, realizando la tristeza.

Pero, aunque mi cielo haya muerto, el 52 sigue llegando, y yo me sigo subiendo, porque esa es mi realidad. Y si mi realidad esta destinada a ser lóbrega y melancólica, que así sea.
Subo donde me bajo, y bajo donde me subo, porque mi mundo no existe, porque mi mundo nunca existió, porque mi mundo es, y siempre fue, el 52.







Saliendo del colegio, estaba cansado (no por la clase de gimnasia, si no por el viaje que sabía, tenía adelante). Ocho mil metros separan a mi casa de la escuela, pero la distancia no se cuenta en metros. Es mas bien una epopeya, donde entran en juego distintos factores que, siendo bastante boludos, definen de alguna manera mi autoestima en ese momento.

Salí caminando, mis compañeros se separaron, y emprendí la sesión psicológica de hora y media conmigo mismo. Caminé a la parada, y me senté en una plataforma que cubre un regulador de presión (no tan peligroso como suena) como todos los días. Vi a una mujer longeva que me estaba mirando de reojo.
La mujer decidió acercarse y me preguntó si no me daba cosa estar sentado ahí. Después de todo era peligroso, y la mujer me aconsejaba levantarme. En un principio, fatigado como estaba, me molestó un poco el comentario. Pero después me pareció que la mujer tenía un lindo gesto en preocuparse de alguna manera por mí, así que me levanté en buen modo, y me volví a sentar apenas se subió en el primer colectivo que vino.

Medio molesto porque el colectivo no venía, y como siempre alterado por la incesante e inexorable movilidad de la calle, levanté la vista para mirar al cielo. El sol se ponía de a poco, y el anaranjado era parcialmente opacado por las nubes.

En mi locura vi a una chica que no debería pasar los 17 con su hermanita, que venían cruzando la calle. Las dos tenían un centelleante pelo dorado, y mejillas coloradas. La nena relataba con gran emoción y la hermana la escuchaba con dulzura. Mirándolas, inconscientemente, me salió una sonrisa. La mayor me la devolvió con ternura, y un calor familiar abrazo a mi alma exhausta.

Un hombre miraba con extrañeza a una mujer que trataba de silenciar a un bebe que gimoteaba. El colectivero andaba ágil, y el piso temblaba en cada frenada. Dos amigas murmuraban no se qué y se reían al unísono. Yo, desde mi rincón del colectivo observaba con vivo interés la escena, después de todo, como solía decir Sherlock Holmes (o más bien, Arthur Conan Doyle) la vida misma es más extraordinaria que cualquier ficción.

Al bajarme del transporte, y encarar Constitución, vi a dos hombres (más pibes que hombres) que salían del interior de una calle y me miraban de reojo.
A raíz de mis malas experiencias decidí apurar el paso hacia mi casa.

El sol ya no iluminaba y las sombras cubrían gran parte de las cosas. Al rato, escuché una moto. Acelerado, comencé a agilizar el paso. El corazón se me salía por la boca, mi cuerpo respondía inconscientemente, ya que mi mente no estaba allí. Ella ya había llegado a casa, y estaba tranquila en mi habitación.
En mi angustia no me atrevía a mover la cabeza. Mis pies me pesaban en gran medida.

Antes de poder darme cuenta, mis piernas estaban pasando por la reja. La tranquilidad había vuelto a mi existencia y la serenidad y calma de la compañía (irreal, pero verdadera en fin) me habían abrazado aliviándome de todo temor.
Una vez adentro de casa, escuché inusuales sonidos. Caminé hacia adentro, y mi mirada fue respondida por los ojos de una cara tapada, seguramente de un pibe, que con la misma angustia que yo, buscaba desesperadamente el bolsillo de la campera.







Comenzó unos meses atrás. Abajal soñaba que corría por un pasillo inagotable. Su vida se resumía a ese pasillo, y a, lo que él creía, su final. A veces, creía que, como decía Nicolás de Cusa, esa linea recta era en realidad el arco de un círculo infinito.

Lo suponía, pero su mente estaba demasiado exhausta para razonar. Desde que había llegado a ese circulo (no recordaba bien cómo), no había tenido tiempo de pensar, solo de correr.

El camino que Abajal veía le recordaba al pueblo donde se había criado. Extrañaba con tortuosa nostalgia los tiempos donde correr no era un martirio, ni lo era todo. Se veía corriendo por las calles secas y polvosas. Corriendo en busca de agua, o jugando con el perro de su vecino, o simplemente corriendo hacia su madre en busca de un abrazo.
Estas visiones habían constituido un consuelo para la dolida mente de Abajal.

Le parecía extraño nunca haberse topado con nadie, aunque lo agradecía, ya que no era propenso al trato con los hombres. Estaba solo, pero acompañado por las dulces nubes castañas de Kohistan, que habían transformado una eternidad en algunas horas (y siempre lo harían).

Mientras corría pensaba en su familia. ¿Qué habría sido de ellos? No recordaba gran cosa, solo la visión de una sierra, el amanecer de las facciones de su esposa, y las sonrisas de sus hijos.

A medida que corría se sentía cada vez más cerca de ese lugar, cualquiera que sea. A veces se podían notar cambios en el clima del camino. Lluvía, o el viento que chocaba con fuerza contra su rostro, y una vez, había escuchado tronar. Y eran esos truenos los que lo volvían a la realidad.

Su cuerpo se apoyaba con cariño a la seda de sus sábana. Su esposa cantaba en el patio tiernas melodías, que le recordaban a cielos imposibles.
La tempestad se acercaba, pero ¿Qué era para él la tempestad?. Él amaba a la lluvia. El chaparrón era para él, el gozo fugaz más placentero. El agua limpiando a su cuerpo y empapando el rostro a su esposa. El momentáneo frió que hacía todavía más deleitable el posterior calor de su hogar y los vigorosos truenos que conmemoraban las grandes batallas del hombre.

Sus días se hacían cada vez más cortos. La mañana era casi inexistente, el anaranjado de la tarde desaparecía con desdén, y daba lugar a las tinieblas.
Se acostaba junto a su esposa, y allí estaba, corriendo por su eterna galería. Como siempre, Kohistan amanecía calmo, pero hacia la noche, las tormentas se hacían presentes. Abajal no entendía como sus sueños podían parecer eternidades y sus días segundos. La tranquilidad de la existencia se le había sido arrebatada hacía tiempo.

El calor sutil del sol lo hacía entrar en razón. Abajal respiraba, 12 horas más estaba en la tierra, con su esposa, y con su amada lluvia.

Los días (si se les podían llamar días) pasaban, y el sueño era cada vez más largo, opacando siempre al día, que era efímero. El cuadragenario había olvidado la idea de que su esposa y la realidad fueran derechos. Los consideraba un milagro, un regalo divino, y agradecía a no se quien por tenerlo, cada vez que los tenía. Aborrecía al pasadizo. Despreciaba la prolongación de su existencia, de su carrera, y de su galería.

Su sueño lo consumía y se transformaba en su realidad.
En la desesperación, Abajal decidió no dormir más. Sin embargo, nadie puede escaparse de Morfeo, que poco a poco nos debilita, y paulatinamente nos despoja de nuestra energía.

¿Qué sería de él? ¿Sería para siempre un experimento más del hijo de Hipnos? Su existencia estaba marcada por un poder sobrenatural. Soñar y ver a los ojos a su amada y a su pueblo extrañado eternamente es el cielo de todo hombre, y Abajal había abandonado la mortalidad hacía meses atrás.





En la mañana.

Como un día cualquiera, la cama era mas cómoda al levantarse que al acostarse. La dulce voz de mi vieja me decía que era hora de despabilarse. De enfrentar a la vida, un día más.

Con un aire de dejadez característico en la madrugada, con Neil Young susurrando cosas al oído, y una melodía de fondo que lo era todo, me levante, forzando a mi cabeza todavía adormecida a entrar en acción.

Miré a mi alrededor. Mi estantería sostenía con usual modestia los pocos (siempre son pocos) libros que habían cultivado mis saberes en diferentes épocas de mi vida. Cortázar miraba con ímpetu de genio desde la solapa de un libro.

El agua me recordaba a la lluvia, aquella diosa tan anhelada. El vapor surgía y entorpecía al aire. La sensación de ahogo, pero de extraño alivio inundaba el baño.
Afuera, la pava sonaba, y el agua se vertía en un café diario. El olor inconfundible de los granos fundiéndose en el agua hirviendo despertaba mis sentidos dormidos. Me vestía con lentitud y torpeza y salía hacia el auto.

Mi familia me esperaba, impaciente y algo cansada de la insoportable rutina. Auriculares y un libro acompañaban todas las mañanas mis viajes. Lo hacían, como a todo, sostenible.

Por las ventanas veía a la gente salir tímidamente de sus casas. Las luces se prendían, los autos se encendían, y mujeres abrigadas sacaban a sus perros caprichosos.

En la costa, la inmensidad del mar contrastaba con la imponente luz del amanecer. El sol anaranjado pintaba la costa, y las nubes filtraban el naranja haciéndolo aun mas hermoso.
La ciudad surgía de la nada, dando al mar, con monumentales edificios y negocios que abren, despertando de la noche.

Hubiera querido el mismo Cortázar, o aquella poetisa egoísta que conoció a la muerte en el 38, que un joven como yo me encontrara con el ángel esa misma mañana, en ese mismo lugar.
Observaba un golpe, seguido de un choque, un grito y chapa que volaba en inmensas cantidades hacia todas las direcciones. Y de repente, una entidad de negro aparecía de entre los escombros. Mis ojos se cerraban.





Tandil.

Caminábamos por las inciertas calles de Tandil en una tarde plácida. El viento había abandonado hacía unas horas a las copas de los arboles, el pasto brillaba a la luz del sol, la plaza recordaba a uno de esos pueblos rurales de antaño. Desordenado, descuidado, maltrecho, pero extrañamente acogedor.

Caminábamos sin un objetivo en especial. La gente pasaba. Desde tipos grandes con pinta de abandonados, hasta mujeres que, acostadas en la calle de forma egoísta, ignoraban al mundo.
Cantos a lo lejos hacían vibrar a las sierras. Se podía percibir la impaciencia. No era una impaciencia molesta, si no una ansiedad feliz. Una dicha latente resonaba en las voces de jóvenes audaces.

Deambulábamos perdidos en esa atmósfera. Se podía respirar, se podía palpar, pero no se podía explicar. ¿Qué era? No lo sabemos con seguridad. Provoca una sensación de incontrolable adrenalina, pero apagada, apagada por el silencio y el desasosiego. El mundo podía tomarse por asalto, eso era una seguridad.

Unos vallados estaban abiertos. Cientos de policías caminaban y vigilaban a los alrededores. Banderas negras, rojas y blancas colgaban de techos, arboles, autos, o simplemente descansaban en el pasto y se preparaban para los saltos.
Control tras control, avanzamos. Fuimos penetrando hacia el interior.

No se que esperaba. No esperaba nada, o lo esperaba todo. Miles de ideas o escrúpulos viajaban por mi mente opinando con arbitrariedad sobre la figura que dentro de muy poco iba a ver. Me impulsaban, me paraban con miedo y me plantaban inseguridades.

El último vallado nos llevo a un último control. Un inmenso campo abierto pero cercado encerraba una muy vasta superficie de césped. El sol estaba mas fuerte que nunca. La piel me quemaba. A los costados, baños, quiscos y pequeños locales se mezclaban con gente perdida, perdida entre tanta inmensidad, entre tanta nada.

El escenario, erigido con ímpetu, nos daba la bienvenida. Miles y miles de personas caminaban de un lugar a otro. Sentados, acumulados, separados, con banderas, con mochilas, colgaban telones, hablaban y tomaban mate. Esperaban.

El tiempo pasó. No estoy seguro cuantas horas fueron, pero entre sueño y susto, el campo se llenó. El verde desapareció. Los quiscos y los baños se desvanecieron para dar lugar a un cuerpo heterogéneo de gente, que se movía y cantaba como uno.

Algunos impacientes prendían bengalas, corrían para colocarse donde quisieran. Otros, fuera de tiempo, continuaban (sin desistir aun con el poco espacio que tenían) enganchando trapo tras trapo, pintando de Redondo al lugar.

Las nubes llegaron. Cubrieron al sol, asintiendo al publico que la hora se acercaba, que el día lento e intranquilo se había ido, y la noche lujuriosa e incontrolada había llegado.

En un mutuo entendimiento vi al cielo. Observé al campo, a las miles de caras anónimas, y por último, a un pequeño hombrecito que había aparecido en el escenario. Las luces se prendieron, la música inauguró la fiesta...







Ese día había sido muy inspirador. Aaron esperaba la salida que su madre le había prometido y le había pospuesto tantas veces. Pero el tiempo no obedece a nadie, actúa con total egocentría y sin concesión absoluta. Las nubes teñían de gris al cielo. La humedad, maravillosamente imperceptible a la vista pero no al tacto, avivaba las solitarias calles de un Domingo de elecciones.
Angustiado por su mala suerte, Aaron determinó leer alguno de los libros que tenía pendiente desde hacía tiempo. Un libro que fuera acorde al sombrío día que hacía afuera. Entre los muchos ejemplares pendientes en su repisa, encontró una arrugada, pero convincente tapa. Con fondo negro atenuado a un gris sobrio, en letras doradas tenía escrito "Historia universal de la infamia - Jorge Luis Borges". Aaron poco conocía del autor de El Aleph, pero pensó que el título correspondía a las características indagadas.

Al comenzar a leer noto cierto vocabulario con el que él no estaba familiarizado. Sin claudicar y con un diccionario en mano, prosiguió su lectura lenta y torpemente.
Al cabo de un rato quedó maravillado. Las fantásticas historias que el autor llevaba a su imaginación lo habían hecho volar por todo el continente, cruzar en bote hasta el desconocido oriente, y hasta viajar en tren a las desérticas y peligrosas tierras de Nuevo México.

Como en cualquier libro que enciende el fuego de la imaginación, Aaron se perdió entre frase y página. El mediodía se transformó en tarde y en noche. La fresca llovizna invernal seguía, mas tenue que antes, y depositaba gotas imaginarias en cada rama de cada árbol.
Aaron estaba extasiado. Al observar el paisaje tan vivo no pudo negar a su mente el placer de divagar por los lugares mas hermosos del subconsciente. Soñar con una realidad mas parecida a esa tarde, y mas distinta al resto de los días. Fantasear con un mundo de amores y desengaños, de guerras y de treguas, de aromas y sabores. No opuso resistencia.

Luego de la hora de la cena, Aaron intentó acostarse. Intento, pero en vano. Los pensamientos que hacía minutos lo habían estimulado a un punto máximo seguían presentes en su cabeza. Y aunque trataba de conciliar el sueño no podía alejarse de las nefastas y poéticas historias de ladrones, asesinos e infames reconocidos en la historia universal.

Trataba de idear algún modo de llevar a palabras todo lo que sentía y pensaba. Lo veía imposible. El autor invitaba a la escritura, pero él no se sentía con suerte. Luego de convencerse a el mismo de que nunca estaría a la altura de una historia asi, optó por seguir leyendo el extraordinario libro.

Entre historia e historia, sus ojos se cerraron. Pero su mente nunca descansó. En sueños, se veía parado en la popa de uno de esos maravillosos navíos del siglo XV. Montado a caballo con un revólver en mano, huyendo de dos indios que ansiaban su cabellera. Caminando por las culturales calles de un Nueva York del siglo XIX.

De repente un ruido lo despertó. No era un ruido ahogado o un ruido sofocado. Era atronador y escandaloso.
Aturdido, el chico trató de levantarse de su cama. El piso comenzó a temblar. La habitación se sacudía, sus libros caían, la pintura de las paredes comenzaban a ceder. Desesperado buscaba la puerta pero no podía encontrarla. Con el temblor, la electricidad se habitación ido, y Aaron tanteaba a oscuras temiendo tropezarse.

Cuando por fin encontró la manija, tiro con todas sus fuerzas, y salió de la habitación apresurado. Las paredes del pasillo habían desaparecido. En su lugar, se encontraba un gran campo, y a su alrededor, enormes dunas se elevaban a interminables alturas. Luces enceguecedoras destellaban del cielo a los médanos, y una ligera nevada atormentaba el suelo helado donde Aaron se encontraba.

No tuvo tiempo de darse cuenta dónde estaba. No hubo lugar para analizar dónde, cuándo o por qué se encontraba allí.
La nevada habían aumentado repentinamente, cubriendo los pies de Aaron.

El caminar se tornó costoso y torpe. El niño buscaba a toda costa subir por el médano. Sin embargo, sus pies se perdían y hundían en la arena, que sometía a sus pasos.
Ya exhausto Aaron no se rendía. Estaba seguro de que ese día no moriría, y que vería esa luz que atormentaba su curiosidad.

Luego de un esfuerzo inhumano, se acercó a la cima. La luz era cada vez más brillante, y la nieve, mas rebelde. A medida que la dificultad en la subida aumentaban, la tormenta empeoraba, y la nieve rozaba los talones de Aaron.

Cuando por fin pudo llegar a la cima, pudo visualizar una figura conocida. Aquella figura que había dado vida a las islas desérticas, sitios de venta y compra de objetos ilegales allí por el siglo 17. O la contrastante excelencia casi nostálgica de la "Fifth Avenue".
Jorge Luis observaba con un cariño incómodo al joven que llegaba con pasos tímidos hacia su figura. La nieve había cesado. La molesta arena se había transformado en un minucioso piso de madera. Estaba tallado al estilo barroco y brillante como si la madera nunca hubiera sido extraída del árbol.
Las inmensas dunas no existían mas. Grandes estanterías con millones de libros se abrían de par en par, creando un corredor del cual no se veía final.
Sin embargo, donde debería estar el techo, se extendía a lo largo de la librería un cielo celeste invadido de plomizas nubes. A lo lejos, energéticos rayos iluminaban el panorama apagado y creaban fantásticas figuras en el cielo.

Los dos comenzaron a caminar por el pasillo. Varios pasadizos llevaban a todo tipo de puertas. Algunas de estilo colonial, inmensas y detalladas al punto de la perfección. Otras simples, con pequeñas perillas que surgían de la madera rojiza con vergüenza.

En una de estas puertas, Aaron se imaginó (o tal vez no) escuchar un sonido familiar. Un llanto apagado traba de atravesar las paredes de la biblioteca. No era cualquier llanto, era el llanto de su madre. Extrañado pero asustado, Aaron creyó que todo era obra de su imaginación, y siguió su camino por el largo corredor.
Hacia el final, una última puerta, de madera, dañada por el tiempo, con rasgos de golpes e imperfecciones en su forma, se hospedaba con humildad (pero no sin orgullo) en la pared blanca del pasillo. La misma luz que Aaron había visto en los médanos se escabullía por debajo de la misma.

Aaron cruzó, y la puerta se cerró detrás de el con fuerza, evitando la entrada de algún intruso.
Volviendo por el pasillo, y atravesando la puerta del llanto, su madre yacía en el suelo, con su hijo en brazos y una mueca de dolor en su rostro.







La lluvia siempre me fascinó. Ni en sueños creo, se habría proyectado un fenómeno tan deslumbrante.
En algún universo forastero tratarán de pensar cómo es que la bendición de la lluvia nos eligió a nosotros. Cómo con cuotas mensuales las tempestades son ignoradas, como simples molestias, como placeres aborrecidos. Y estos seres inconscientes de lo que poseen viven sus fugaces vidas, rezandole al cielo la inmortalidad.

Qué es la lluvia si no la misma manifestación divina. ¿Eternos? ¿Omnipotentes? Los dioses no lo son. Las tan susodichas deidades que martirizaron el delirio humano no son más que manifestaciones naturales. La lluvia, la nieve, el viento, las montañas, el césped, son dioses que velan y embellecen nuestra existencia.
Y la lluvia, tan egoísta como solidaria, irradiando la lóbrega vida humana, es la deidad mas alta. Llega como se va. Repentinamente, el cielo se oscurece. El azulino cósmico se retira para la llegada de un entoldado gris, que oculta de ves en cuando, magníficos destellos de luz y sonido que atraviesan el cielo a velocidades inimaginables.

Es el fenómeno más hermoso de la naturaleza. Nada se le compara. Ni las mismas auroras del extremo norte, ni las riquezas terrenales más inimaginables, ni el amor de mil mujeres.

El perfecto contraste entre tristeza, felicidad y energía se desenvuelve en este espectáculo extraterrenal. Los intérpretes son el rayo, el cielo, el agua, las nubes y los hombres. Los hombres que observan e intentan inútilmente con su obsoleta razón intuir fundamentos para tal ceremonia.
Las nubes entristecen el suelo, el mundo se vuelve sombrío, la esperanza se aleja. La lluvia representa la perseverancia y la armonía respecto a la oscuridad de las nubes. Las imperceptibles partículas de agua se depositan con delicadeza en todas las texturas del mundo, avivando cada una particularmente.
Luego, la llegada de los rayos reafirma la autoridad de la energía. Como gritos que hacen eco en un valle gigantesco, los rayos se precipitan y golpean al pavimento, casi castigandolo por haber bajado los brazos. Con la fuerza de cien gigantes iluminados por el vigor de la existencia, se arremeten con furia, reafirmando su presencia, reafirmando la verdad innegable: estamos vivos.

Luego de toda violencia viene la calma. Los rayos se retiran, satisfechos por su festín. La lluvia, dolorida, comienza a flaquear. Las nubes indestructibles consideran que por hoy, ha sido suficiente.

El azul celestial vuelve a apaciguar a los hombres aterrorizados, y una capa de vida queda depositada sobre toda la tierra, que gratifica a no se quién por poseer tales habilidades, incontrolables.



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