Se acciona la maquinaria y sale el puño demoledor. Sus brazos se enfrían y se pudren, rompiéndose, en un aspecto fósil. La podredumbre cae sobre el rostro de los niños sentados al pupitre. Los chicos se agitan y se desesperan, pero los padres los sostienen de los brazos, los tiran al piso, y los revuelcan por la asquerosa materia.
La inmundicia vuela por los aires, al llanto de los niños. Los padres les tapan la boca, su misión está cumplida, es que así aprenden todos. La severidad como la mejor maestra.
Detrás se baten una niña y su amigo. Consiguen abrir la puerta de la sala y escapar, huyendo aterrados.
Un profesor los persigue, con un televisor viejo sobre sus hombros. Los encuentra en una posición justa, debajo de él. Y se los arroja, incrustándoselo en la cabeza al niño, matándolo al instante. La niña sigue su camino.
Los adultos festejan y persiguen a la pequeña, tropezando en patinadas por la inmundicia impregnada por todas sus ropas. Riendo de malicia, y sudando excitación.
La chica corre y corre, buscando un lugar de escondite. Exhausta se dirige al primer lugar con luz que ve, apenas, en pleno dia. Es una hermosa plaza, uno de los pocos lugares donde el sol puede avanzar, a través de los rascacielos. Hace sus últimas pisadas en ella, y se deja caer sobre un pequeño banco.
Con los ojos llorando de miedo, vigila permanentemente su camino. Y allí empiezan a aparecer, uno a uno los adultos, tropezándose entre ellos. Se sobresalta, pero algo la deja inmóvil. Es el paso de los otros, se detienen, tienen temor de la niña, la ven tan brillante, en esa plaza malvada que nadie se atreve a visitar. Se quedan resoplando, escupiendo, en la vereda de enfrente. Ella los ve muy claros, es la única plaza no cercada.
De allí le gritan. Uno saca su billetera y le arroja billetes en bollitos.
La niña se ríe de esa imagen triste, y los contempla.
De pronto unas sirenas suenan. Los adultos huyen. Por detrás los cazan a algunos, unos policías blindados, y los asestan con sus machetes. Los golpeados lloran, y huyen, volviendo al silencio.
El orden se reestablece.
Escrito propio