InicioArteEugène de Franval - Marqués de Sade (2° Parte)

Eugène de Franval - Marqués de Sade (2° Parte)

Arte9/25/2012



Les traigo la segunda parte de esta obra, a disfrutar...







"Oh - gritó dirigiéndose a Franval -, me rompéis el corazón, no merecía de vos este trato,
vos a quien todavía adoro sin importarme los intuitos que de vos recibo, ved mis lágrimas,
y no me rechacéis; os pido que salvéis a esta niña desdichada quien, engañada
por su debilidad y seducida por vos, cree encontrar la felicidad en medio de la culpa y el
delito... Eugenia, Eugenia, ¿queréis clavar una espada en el seno que os dio la vida? ¡No
sigáis siendo cómplice de un delito cuyo horror os han ocultado! Venid, apuraos, mis
brazos están dispuestos a recibiros. Mirad a vuestra desgraciada madre, de rodillas frente
a vos, que os ruega no ultrajar el honor y la naturaleza. Pero si ambos me rechazáis - prosiguió
la acongojada madre, mientras se apoyaba un puñal sobre el corazón -, por este
medio me apartaré de la herida que estáis tratando de infligirme; os salpicaré con mi sangre
y sólo sobre mi cuerpo lastimado podréis consumar vuestros delitos,"
Que el alma endurecida de Franval pudiera resistir este espectáculo, los que están empezando
a conocer a este villano podrán creerlo, pero que Eugenia no haya cedido de
ninguna manera es inconcebible.
"Madame - dijo la corrompida niña, con la mayor indiferencia -, confieso que no considero
razonable de vuestra parte, que hagáis una escena absurda frente a vuestro esposo;
¿acaso no puede él hacer lo que quiera? Y si él aprueba lo que yo hago, ¿qué derecho tenéis
de criticar? ¿Acaso nosotros criticamos vuestras indiscreciones con Monsieur de
Valmont? ¿Molestamos vuestros placeres? Respetad los nuestros, de lo contra-rio no os
sorprenda que yo sea la primera en intuir sobre vuestro marido para que tome las medidas
que os fuercen a hacerlo."
En ese momento, Madame de Franval perdió los estribos; Toda su ira se volvió contra
esa criatura indigna que podía permitirse hablarle así, y, furiosa, se arrojó sobre ella... Pero
el odioso y cruel Franval, mientras tomaba a su esposa de los pelos, la arrastró furioso
lejos de su hija y fuera de la habitación, y la arrojó por las escaleras de la casa, hasta que
cayó desvanecida y sangrante a la puerta de una de las mujeres, quien, habiéndose despertado
con el horrible ruido, se apresuró a separar a su ama de la furia del tiránico Franval,
quien ya había bajado para despachar a su desventurada víctima... Fue llevada a sus
habitaciones, la encerraron y la cuidaron, mientras el monstruo que con tanta rabia la
había tratado, volvía al lado de su detestable compañera para pasar la noche tan tranquilamente
como si no hubiera descendido por debajo del nivel de la más fiera de las bestias,
con crímenes tan execrables, que tanto podrían humillarlo... tan horribles, en realidad,
que nos sonrojamos ante la necesidad de revelarlos.
Se habían terminado las ilusiones para la desdichada Madame de Franval; ni una sola
más podía permitirse; era demasiado obvio que el corazón de su esposo, es decir, la posesión
más querida de su vida, le había sido robado.¿y por quién? Por quien tanto respeto le
debía... y quien le había hablado con la mayor insolencia; también había sospechado que
toda la intriga de Valmont era meramente una horrible trampa con el propósito de tentarla
y si no lo lograban, atribuirle errores, inundarla con ellos, para contrarrestar y justificar
los errores infinitamente más serios que otros osaban cometer en su perjuicio.
Nada era más seguro que esto. Al enterarse Franval del fracaso de Valmont, lo había
comprometido a reemplazar la verdad por la impostura y la indiscreción... a hacer correrla
versión que él era el amante de Madame de Franval y se había decidido falsificar cartas
repugnantes que probarían de la manera menos equívoca posible, la existencia de esa relación
a la que la desventurada mujer se había negado a prestarse.
Sin embargo, Madame de Franval, desesperada y fisicamente herida, cayó enferma; su
bárbaro esposo, que se negó a verla y ni se dignó preguntar por su salud, partió con Eugenia
para el campo, con el pretexto que había fiebre en la casa y que no quería exponer a
su hija a la misma.
Valmont se presentó varias veces a la puerta de Madame de Franval durante su enfermedad,
sin que lo admitieran una sola vez; encerrada con su querida madre y Monsieur
de Clervil, no quería ver a nadie; con-solada por tan dilectos amigos, que estaban acostumbrados
a tener cierta ascendencia sobre ella, volvió a la vida gracias a sus cuidados y
después de seis semanas ya estaba en condiciones de ver gente. Entonces Franval volvió
con su hija a París e hizo algunos arreglos con Valmont para proveerse de armas iguales a
las que Madame de Franval y sus amigos parecían a punto de levantar en su contra.
El villano Franval fue a ver a su esposa tan pronto como consideró que ella estaría dispuesta
a recibirlo.
"Madame - le dijo fríamente -, no podréis poner en duda la consideración que he demostrado
por vuestra salud; no puedo ocultaros el hecho que es la responsable de la reticencia
de Eugenia; está decidida a haceros los peores cargos en lo que concierne a la
forma en que la habéis tratado, a pesar de estar convencida del respeto que una hija le debe
a su madre; tampoco puede olvidar que la madre la pone en la peor de las posiciones al
arrojarse sobre ella con un puñal en la mano; impaciencias de este tipo, madame, podrían
dirigir los ojos del gobierno hacia vuestra conducta y algún día herir vuestra libertad y
vuestro honor."
"No estaba preparada para esa recriminación, señor - contestó madame de Franval -; y
cuando mi hija, seducida por vos, se convierte simultáneamente en culpable de incesto,
adulterio, licencia y la más odiosa ingratitud hacia la persona que la trajo al mundo... sí,
lo admito, no imaginaba que después de este complejo de horrores todavía tuviera que
escuchar quejas; se necesitan todos vuestros artificios y maldad, señor, para excusar el
crimen con tanta audacia y acusar a una persona inocente.
"No desconozco, señora, que los pretextos de vuestra escena eran las odiosas sospechas
que osáis tener en mi contra, pero la fantasía no justifica los delitos; lo que pensasteis es
falso, pero lo que vos habéis hecho, desgraciadamente, es demasiado real. Estáis sorprendida
por los reproches que mi hija os dirigió por lo que respecta a vuestra irregular
conducta, después que todo París lo ha hecho; este estado de cosas es muy conocido... las
pruebas, lamentablemente son tan irrefutables, que quienes hablan serán culpables de imprudencia,
pero no de calumnia."
"¿Yo, señor? - dijo la honorable mujer mientras se ponía de pie indignada -, ¿yo una intriga
con Valmont? ¡Dios mío, y vos lo decís! - Y rompió a llorar¡Desagradecido! Este es
el premio por mi afecto... la recompensa por haberos amado tanto, no os basta con ultrajarme
tan cruelmente, para vos no es suficiente seducir a mi hija, sino que todavía osáis
justificar vuestros delitos atribuyéndome otros que personalmente considero más terribles
que la muerte..."
Se calmó nuevamente: "Decís tener pruebas de esta intriga, señor, sacadlas, exijo que
se las haga públicas, os forzaré a mostrarlas a todos, si rehusáis mostrármelas a mí."
"No, madame, no las mostraré a todos; un esposo generalmente no anuncia cosas de esta
especie; las deplora y las esconde tan cuidadosamente como pueda; pero si vos lo pedías,
madame, no me negaré a mostraros esas pruebas... - Sacó una billetera de su bolsillo-
Sentaos - dijo -, esto debe verificarse con calma, la excitación y el enojo harían daño sin
convencerme; calmaos, os lo ruego, y discutamos esto fríamente."
Madame de Franval, perfectamente convencida de su inocencia, no sabía qué pensar de
estos preparativos, y su sorpresa, unida al miedo, la mantuvo en un estado frenético.
"Ante todo, madame - dijo Franval :mientras vaciaba uno de los lados de la billetera -,
aquí está toda vuestra correspondencia con Valmont durante los últimos seis meses. No
acuséis a ese joven de imprudencia o indiscreción: es demasiado honorable como para
fallaras en este sentido. Pero uno de sus sirvientes, cuya astucia supera a la de su amo,
descubrió el secreto para traerme estos preciosos monumentos de vuestra ejemplar conducta
y vuestra eminente virtud." Señaló las cartas y las expandió sobre la mesa.
"Permitidme - prosiguió - que seleccione dentro de lo normal en una mujer excitada...
por un hombre muy atractivo, una carta que me parece más decisiva que las otras... Es
ésta, madame: "Mi aburridor esposo cena esta noche en su `petite maison' en las afueras
de la ciudad con esa horrible criatura... que es imposible que yo haya traído al mundo;
venid, querido, y consoladme de todas las penas que esos dos monstruos me causan...
¿Pero qué digo, acaso no me están haciendo ahora el mejor de los favores, y esta intriga
no evitará que mi marido note la nuestra? Dejemos que estreche los vínculos tanto como
quiera, y que no trate de romper los que me atan al único hombre en el mundo que realmente
he adorado».
"¿Pues bien, madame?"
"Señor, os admiro - contestó madame de Franval - ; cada día aumenta la increíble estima
que merecéis, y por grandes que sean las cualidades que en vos he descubierto hasta
el presente, admito que desconocía que poseíais las de falsificador e infamador."
"¿Lo negáis, entonces?"
"En absoluto, sólo quiero ser convencida; nombraremos jueces expertos, y si consentís,
pediremos la más sereva pena para cualquiera de nosotros que sea hallado culpable."
"Eso se llama descaro; bueno, prefiero eso a la pena... Prosigamos. Que tengáis un
amante, madame - dijo Franval mientras vaciaba la otra mitad de la billetera -, con vuestra
cara bonita y un `aburridor esposo', nada podría ser más simple, pero que a vuestra
edad mantengáis un amante, y a mis expensas, es algo que espero me permitiréis no
hallar tan sencillo... Sin embargo, aquí hay pagarés, o cuentas pagadas por vos, firmadas
por vos, a nombre de Valmont, que suman 100.000 escudos; os ruego que miréis estos
documentos" - agregó el monstruo sin permitir que ella los tocara...
A Zaide, joyero.
Páguese el cheque adjunto por la suma de veintidós mil libras, a monsieur de Valmont,
por arreglo con él
FARNEILLE DE FRANVAL
"A Jamet, vendedor de caballos, seis mil libras... es la yunta de bayos, orgullo de Valmont
y admiración de todo París... sí, madame, hay sumas que llegan a trescientos mil
ciento ochenta y tres libras, diez soles, de lo cual me debéis más de un tercio y cuyo resto
'habéis pagado honradamente... ¿Bien, madame?"
"Señor, este fraude es demasiado burdo como para provocarme la menor preocupación;
sólo pido una cosa para confundir a quienes inventan estas cosas en mi contra... que las
personas a quienes parece ser que yo he pagado esas sumas se presenten, y que juren que
he tenido algún trato con ellos."
"Lo harán, madame, no lo pongáis en duda; creéis que ellos mismos me hubieran informado
de vuestra conducta si no estuvieran decididos a sostener sus declaraciones?
Uno de ellos os hubiera denunciado hoy, si yo no hubiera intervenido..."
Amargas lágrimas salieron entonces de los hermosos ojos de la infeliz; su valentía ya
no la sostenía, se sumió en una desesperación repentina, unida a ciertos síntomas peligrosos,
golpeó la cabeza contra las columnas de mármol que la rodeaban y se magulló la cara.
"Señor - gritó al arrojarse a los pies de su esposo - deshaceos de mí por medios menos
lentos y horribles; puesto que mi existencia restringe vuestra vida de pecado, destruídla
de inmediato... no me hagáis caer tan lentamente en la tumba... ¿Soy culpable de haberos
amado? ¿De haberme rebelado en contra de quien me robó tan cruelmente vuestro corazón?
Castigadme, 'bárbaro, sí, tomad esa arma - dijo al arrojarse sobre la espada del esposo
-, tomadla, y atravesadme el seno sin merced; pero por lo menos dejadme morir mereciendo
vuestra estima, dejadme llevar a la tumba como único consuelo, la certeza de que
me creéis incapaz de los infames crímenes de que me acusáis... que para ocultar los vuestros..."
Estaba postrada, a los pies de Franval, con las manos sangrantes y heridas por la hoja
desnuda que había tratado de tomar para ponerla sobre su pecho; e] hermoso pecho estaba
desnudo, el cabello caía en desorden y estaba humedecido por las copiosas lágrimas;
nunca tuvo la pena un aspecto más patético y expresivo, nunca había sido más emocionante,
atractiva y noble.
"No, madame - dijo Franval, oponiéndose -, no quiero vuestra muerte sino vuestro castigo;
comprendo vuestro arrepentimiento, vuestras lágrimas no me sorprenden, estáis furiosa
por haber sido descubierta, esta actitud vuestra me complace, me hace profetizar
una mejora, que se precipitará sin duda, por el destino a que os someto.
"Basta, Franval - gritó la desventurada mujer -, no habléis de vuestro deshonor, no digáis
al público que sois culpable de perjuicio, falsificación, incesto y calumnia... Queréis
deshaceros de mí, huiré de vos, buscaré un lugar tranquilo donde hasta vuestro recuerdo
escapará de mí... seréis libre, cometeréis vuestros pecados con impunidad... sí, os olvidaré...
si puedo, hombre cruel, o si vuestra imagen no puede borrarse de mi corazón, si sigue
persiguiéndome en mi remota oscuridad... no la borraré, infiel, eso sería más de lo
que yo podría hacer, no, no la borraré, sino que me castigaré por mi ceguera, y confinaré
al horror de la tumba el cuerpo culpable que tanto os amó."
Con estas. palabras, últimos estallidos de un alma exhausta por la enfermedad, la desventurada
se desvaneció y quedó inconsciente. Las frías sombras de la muerte se expandieron
sobre la hermosa piel, algo afectada por la desesperación; no era más que una masa
sin vida, aunque era imposible que la gracia, la modestia y todos los encantos de la virtud
la abandonaran. El monstruo salió para ir a festejar con su hija, el terrible triunfo que
el vicio, o antes bien la maligna niña, osaba enfrentar a la inocencia y la desdicha.
Estos detalles complacieron infinitamente a la execrable Eugenia, quien hubiera deseado
verlo todo personalmente... el horror debía ser llevado adelante, Valmont hubiera debido
triunfar sobre la severidad de su madre, Franval hubiera debido sorprenderlos
haciendo el amor. Si todo esto hubiera sucedido, ¿qué medios de justificarse le hubieran
quedado a la víctima? ¿Y no era necesario quitarle todos los medios? Así era Eugenia.
Sin embargo, la desventurada esposa de Franval, quien sólo podía confiarse a su madre,
pronto le narró sus razones para estar apenada; fue entonces cuando madame de Farneille
imaginó que la edad, status y reputación personal de monsieur de Clervil pudieran ejercer
alguna influencia sobre su yerno; nada hay tan confiado como la desgracia; ella informó
al digno eclesiástico lo mejor que pudo, de la licencia de Franval, lo convenció de lo que
nunca había querido creer, lo instó a usar con semejante villano la persuasiva elocuencia
que llega más al corazón que a la mente; le pidió que después de hablar con el pérfido
Franval consiguiera una entrevista con Eugenia, con la cual emplearía todos los medios
posibles para explicar a la infeliz el abismo que se extendía a sus pies, y, de ser posible,
devolverla a su madre y a la virtud.
Cuando Franval supo que Clervil iba a solicitar una entrevista con él y su hija, trazó un
plan con ésta, y cuando estuvo pronto, hicieron saber al director espiritual de madame de
Farneille que estaban dispuestos a recibirlo. La crédula madame de Franval creyó que la
elocuencia de este guía espiritual todo lo lograría la gente desgraciada se aferra ávidamente
a las fantasías, y para encontrar los placeres que la realidad les niega, logran artificiosamente
todas las ilusiones posibles.
Clervil llegó; eran las nueve de la mañana; Franval lo recibió en la dependencia donde
estaba acostumbrado a pasar las noches con su hija; lo había decorado con la mayor elegancia
imaginable, dejando al mismo tiempo cierto aspecto de desorden que revelaba sus
placeres criminales... Eugenia, que estaba muy cerca, podía oírlo todo, para poder estar
mejor preparada para la entrevista que le estaba destinada.
Dijo Clervil: "Me atrevo a presentarme ante vos con un enorme temor de molestaros,
señor; la gente de mi profesión resulta generalmente tan cargosa a la gente que como vos
gasta su vida en los placeres de este mundo, que me reprocho haber cedido a los deseos
de madame de Farneille y haber solicitado vuestro permiso para hablaros un momento."
"Sentaos, señor, y mientras os expreséis en el lenguaje de la justicia y la razón, nunca
temáis aburrirme."
"Sois adorado por una mujer llena de encantos y virtudes y pe os acusa, señor de hacerla
muy infeliz; puesto que sólo tiene a su favor su inocencia y falta de capacidad para el
engaño, puesto que sólo tiene a su madre para escuchar sus quejas, y puesto que os adora
todavía, a pesar de vuestros errores, no os resultará dificil imaginar su situación!"
"Preferiría que fuéramos directamente al tema, señor, tengo la impresión que os vais
por las ramas; ¿cuál es el objeto de vuestra misión?"
"Haceros felices a los dos, de ser posible."
"Por lo tanto, si ya soy feliz como soy, ¿no tendríais nada que decirme?"
"Señor, es imposible encontrar la felicidad en el delito."
"Estoy de acuerdo con vos; pero el que a través del estudio profundo y la reflexión madura
ha logrado alcanzar un estado mental en el que nada malo sospecha de nada y puede
observar las acciones humanas con la más absoluta calma y las considera a todas el resultado
necesario de algún poder que a veces es benevolente y a veces perverso pero siempre
autoritario, que nos inspira acciones que los hombres ya aprueban, ya condenan pero
que nada contraría o molesta, estaréis de acuerdo conmigo, señor, que un hombre puede
ser igualmente feliz comportándose como yo, como vos en la carrera que habéis elegido:
la felicidad es una abstracción, es un producto de la imaginación; es una forma de conmoverse
que depende exclusivamente de nuestra forma de ver y sentir; aparte de la satisfacción
de nuestras necesidades, no existe la forma de hacer a los hombres igualmente
felices; todos los días se ven individuos felices por algo que a los demás disgusta; por lo
tanto, no hay una felicidad determinada, ninguna puede existir para nosotros excepto la
que nosotros mismos labramos como consecuencia de nuestra formación y principias!"
"Lo sé, señor, pero si la mente nos engaña, la conciencia nunca nos deja extraviamos, y
es en este libro que la naturaleza escribe todas nuestras obligaciones."
"¿Y no hacemos lo que deseamos con esta conciencia artificial? La costumbre la modifica,
la conciencia para nosotros es como cera moldeable que adquiere cualquier forma en
nuestras manos; si ese libro fuera tan infalible como decís, ¿no tendría el hombre una
conciencia variable? De un extremo del mundo al otro, ¿no significarían todas las acciones
lo mismo para él? ¿Y es ése el caso? ¿Acaso el hotentote tiembla ante lo que asusta al
francés? ¿Y este último no hace cosas a diario que serían castigadas en el Japón? No, señor,
no, nada es real en el mundo, nada que merezca ser alabado o acusado, nada que merezca
ser recompensado o castigado, nada que sea injusto en un lugar v legítimo a quinientas
leguas; no existe el mal real ni el bien constante."
"No lo creáis, señor, la virtud no es una ilusión; no es cuestión de saber si algo es bueno
en un lugar o malo un poco más lejos, para poder definirlo precisamente como delito o
virtud, y estar seguro de encontrar en ello la felicidad como resultado de la propia elección;
la única felicidad del hombre sólo puede estribar en la más completa sumisión a las
leyes del país; debe respetarlas o arruinarse, no existe un punto medio entre la violación
de las mismas y la felicidad. En otras palabras, no es de estas cosas que surgen los males
que nos sobrecogen: cuando nos abandonamos a ellas, cuando son prohibidas, es por el
mal que estas cosas, buenas o malas en sí mismas, pueden provocar a las convenciones
sociales de la región donde habitamos. Ciertamente no hay nada de malo en preferir caminar
por los bulevares que por los Champs Elysées; pero si se promulgara una ley que
prohibiera los bulevares a los ciudadanos, quien violara esta ley se reservaría una serie
interminable de desventuras, aunque sólo hubiera hecho algo muy simple al violarlas;
pero la costumbre de violar leyes comunes, pronto conduce a la violación de otras más
importantes, y de un error al otro, el hombre llega a delitos que se castigan en todos los
países del mundo, y que inspiran temor entre todas las criaturas razonables que pueblan el
mundo en los dos hemisferios. Aunque no existe una conciencia universal de la humanidad,
hay una nacional, que se relaciona con la existencia que recibimos de la naturaleza, y
donde su mano traza nuestras obligaciones con letras que no podemos borrar sin correr
peligro. Por ejemplo, señor, vuestra familia os acusa del incesto; cual sea el ergotismo
que uséis para justificar vuestro delito y mitigar sus 'horrores, por más plausibles que
sean los razonamientos que uséis en este asunto, cualquiera sea el apoyo que tengan de
ejemplos tomados de países vecinos, se ha probado que este delito, que para algunas razas
no lo es, es definitivamente peligroso en ciertos países donde queda prohibido por
ley; no es menos cierto que puede llevar a las más deplorables consecuencias y delitos
que se hacen necesarios luego de este primer delito, delitos, repito, que deben inspirar el
horror de la humanidad. Si os hubierais casado con vuestra hija orillas del Ganges, donde
tales matrimonios son permitidos, hubierais cometido un mal pequeño; bajo un gobierno
que prohibe ese tipo de alianzas, al ofrecer semejante espectáculo al público, a una mujer
que os adora, y a quien esta deslealtad conduce a la tumba, cometéis sin duda una acción
impactante, un delito que tiende a romper los vínculos más sagrados de la naturaleza, los
que, al ligar a vuestra hija al ser que le dio la vida, deberían hacer de este hombre el más
digno de respeto y más sagrado, en su opinión. Forzáis a esta niña a despreciar obligaciones
vitales, la hacéis odiar a la persona que la llevó en el vientre; sin daros cuenta estáis
fabricando armas que pueden dirigirse en vuestra contra; no le presentáis ningún sistema
de pensamiento, le estáis inspirando principios por los cuales se os condena; y si algún
día os amenaza con quitaros la vida, vos mismo habréis afilado el puñal."
"Vuestra forma de razonar - contestó Franval -, tan diferente al que usa la gente de
vuestra profesión puede inclinarme en primera instancia a la confidencia, señor; podría
negar vuestra acusación; la franqueza con que me quito la máscara frente a vos os obligará,
igualmente espero, a creer en las malas acciones de mi esposa, cuando emplee para
describirlas, la misma verdad con que reconozco las mías. Sí, señor, amo a mi hija, es mi
amante, mi mujer, mi hermana y confidente, mi amiga, el único bien que tengo sobre la
tierra, tiene todos los derechos que pueden obtener el homenaje de mi corazón, y todo lo
que tengo se lo debo; estos sentimientos durarán tanto como mi vida; por lo tanto debo
justificarlos, sin duda, puesto que no puedo renunciar a ellos. La obligación de un padre
para con una hija es, y estaréis de acuerdo conmigo, hacerla lo más feliz posible; si no lo
logra, ha fallado; si triunfa, queda protegido de todo reproche. Yo ni seduje ni forcé a
Eugenia, no lo olvidéis; de ninguna manera le oculté el mundo, le he descrito las rosas del
matrimonio junto con las espinas que la gente en él encuentra; después me ofrecí a ella, le
permití que escogiera libremente, tuvo mucho tiempo para reflexionar; no vaciló en ningún
momento; protestó que sólo podía encontrar felicidad en mí; ¿acaso me equivoqué al
darle, para hacerla feliz, aquella que con pleno conocimiento de los hechos, ella parecía
preferir sobre todas las cosas?"
"Vuestros argumentos nada justifican, señor; no 'deberíais permitir que vuestra hija viera
que el ser a quien no puede preferir sin ser culpable se pudiera transformar en el objeto
de su felicidad; por más hermoso que parezca un fruto, ¿,no os arrepentiríais de ofrecerlo
a alguien si estuvierais seguro que la muerte acecha dentro de su pulpa? No, señor, no
sólo os habéis involucrado en esta desventurada conducta, y habéis hecho de vuestra hija
la cómplice y la víctima; estas acciones son perdonables... y esa mujer virtuosa y sensible,
cuyo pecho herís a vuestro placer, ¿qué daño os ha hecho, qué mal, oh, hombre injusto...
que no sea adoraros?'
"Eso es lo que quería preguntaros, señor, y espero que en este sentido confiéis en mí;
!tengo algún derecho a esperarlo, después de la franca manera en que me habéis visto
aceptar las acusaciones que me habéis hecho!"
Entonces Franval mostró a Clervil las cartas falsificadas y los cheques que le atribuía a
su esposa, mientras le aseguraba que nada era más genuino que esos papeles y las intrigas
de madame de Franval con el hombre a quien estaban dirigidos.
Clervil lo sabía todo.
"Pues bien, señor - le dijo con firmeza -, tenía razón al deciros que un error considerado
en primer término algo inofensivo, si nos acostumbramos a ir más allá de sus límites, pude
llevarnos a los peores excesos en el delito y el mal. Habéis comenzado por una acción
a la que no le dais mayor importancia, y ya veis todas las infamias que puede haceros
cometer para justificarla u ocultarla... Creedme, señor, arrojemos estos documentos calumniosos
e imperdonables al fuego y olvidémoslos por completo, os lo ruego."
"Estos papeles son genuinos, señor."
"Son falsos."
"Podéis dudarlo; ¿es eso suficiente como para contradecirme?"
"Permitidme, señor; sólo cuento con vuestra palabra de que son genuinos, y no interesa
mucho sustentar vuestra acusación; mi creencia que esos papeles son falsos se debe a las
palabras de vuestra esposa y si fueran genuinos, también a ella le interesaría decírmelo;
es así como yo considero todo este asunto señor... El interés por sí mismo subyace a todo
lo que los hombres hacen, y es el motivo más importante de todas sus acciones; siempre
que lo descubro, la tea de la verdad brilla para mí; esta regla nunca me engañó, la he seguido
cuarenta años; y además, ¿la virtud de vuestra esposa no podría abolir esta terrible
calumnia ante todos? ¿Acaso alguien con su franqueza, su candor, el amor ardiente que
todavía siente por vos podría permitirse una conducta tan atroz? No, señor, no, esos no
son de ninguna manera el punto de partida del pecado; puesto que conocéis tan bien los
resultados deberíais conocer cómo conducir mejor los motivos."
"¡Eso es injurioso, señor!"
"Perdonadme, la injusticia, la calumnia y la conducta licenciosa me rebelan hasta tal
punto que no siempre puedo controlar la agitación en que esos horrores me sumergen;
quememos estos papeles, señor, os lo pido nuevamente... quemémoslos, por vuestro
honor y paz espiritual."
`Nunca pensé, señor - dijo Franval -, que alguien que ejerce vuestro ministerio pudiera
convertirse tan fácilmente en excusador y protector de la mala conducta y el adulterio; mi
esposa está ajando mi reputación me está arruinando, os lo puedo probar; ¡sois tan ciego
en lo que a ella concierne que preferís acusarme y considerarme calumniador antes que
ver en ella una mujer infiel y libertina! Pues bien, señor, la ley decidirá; todos los tribunales
de Francia se estremecerán con mi acusación, presentaré todas las pruebas, haré pública
la deshonra que sufro, y entonces veremos si seguís siendo lo suficientemente amable
o estúpido como para proteger a esa vergonzosa criatura en mi contra.
"Voy a retirarme, señor - dijo Clervil mientras se ponía de pie - Nunca creí que la perversidad
de vuestra mente pudiera causar tanto deterioro en las cualidades de vuestro corazón,
y que, cegado por una injusta venganza pudierais ser capaz de sustentar a sangre
fría ciertas cosas que suelen conducir a la locura .. Ah, señor, hasta qué punto me convence
todo esto más que nunca que cuando un hombre ha fracasado en la más sagrada de
sus obligaciones, de inmediato se permite abolir todas las otras... Si por medio de la reflexión
cambiáis de idea, condescended a hacérmelo saber, señor, y siempre encontraréis
en vuestra familia y en mí, amigos dispuestos a aceptaros...¿Me permitiréis que vea un
momento a vuestra hija?"
"Sí señor, y os exhorto a persuadirla por métodos más elocuentes o recursos más efectivos
para ofrecerle esas verdades luminosas en las que yo tuve la desgracia de ver solamente
oscuridad y ergotismo."
Clervil entró en las dependencias de Eugenia. Lo estaba esperando, vestida con el deshabillé
más seductor y elegante; una indecencia similar, debida a la indulgencia y al pecado,
reinaba vergonzosamente en sus miradas y gestos, y la pérfida niña que arruinaba
las gracias que la embellecían a pesar de todo, personificaba a aquellas que incitan al vicio
y rechazan la virtud. Puesto que no es propio de una niña adentrarse en los profundos
detalles de un filósofo como Franval, Eugenia se limitó a ciertas superficialidades; y gradualmente
llegó a la extrema provocación; pero pronto vio que su arte para la seducción
era inútil y que un hombre tan virtuoso como aquel no podía caer entre sus redes; se soltó
hábilmente las prendas que ocultaban sus encantos y apareció en el mayor desorden antes
que Clervil pudiera reaccionar.
"(Miserable) - se puso a gritar a voz en cuello - ¡Sacad a este monstruo de aquí! Y por
favor, que mi padre no se entere de nada. ¡Dios mío! Yo esperaba de él un consejo piadoso...
y el miserable ataca mi modestia... Ved - dijo a los sirvientes que acudieron a sus
gritos -, ved en qué estado me ha puesto este hombre; éstos son los que amorosamente
sostienen la divinidad que ultrajan; escándalo, libertinaje, seducción, ése es su modo de
vida, y nosotros, engañados por su falsa virtud, estúpidamente seguimos reverenciándolos!"
Clervil se enfureció por esta reacción, pero logró ocultar su agitación; se apartó con
calma de la muchedumbre que lo rodeaba.
Dijo tranquilamente: "Que el cielo perdone a esta desventurada niña... que logre mejorarla,
y que nadie en su casa ataque su virtud más de lo que yo hice... mi intención no era
destruirla sino darle nueva vida a su corazón.
Este fue el resultado que obtuvieron madame de Farneille y su hija de las negociaciones
en que tanto habían confiado. Lejos estaban de darse cuenta del deterioro que el pecado
produce en las mentes de los villanos; ciertas cosas que a otros mejoran, a ellos los empeoran,
y en las mismas lecciones de la sabiduría descubren estímulo para el mal.
32
A partir de aquel momento, el antagonismo se hizo más intenso en ambos bandos;
Franval y Eugenia vieron claramente que tenían que convencer a madame de Franval de
sus malas acciones en forma que no le quedaran dudas; y madame de Farneille y su hija,
planearon seriamente raptar a Eugenia. Mencionaron el plan a Clervil, pero éste se negó a
participar de hechos tan violentos; según dijo, ya demasiado lo habían utilizado en aquel
asunto como para ser capaz de nada que no fuera implorar que las partes culpables fueran
perdonadas, cosa esta que hacía con insistencia, y se negó a prestarse para cualquier tipo
de servicio o mediación. ¡Qué sentimientos sublimes! ¿Por qué será tan rara esa nobleza
entre la gente de su profesión? ¿O por qué sufría tanto este ejemplar excepcional? Comencemos
por las tratativas de Franval.
Valmont reapareció.
"Sois un tonto - le dijo el amante de Eugenia -, no merecéis ser mi alumno; y os apalearé
ante los ojos de París si en segunda instancia no os conducís en forma más satisfactoria
con mi esposa; debéis tomarla, amigo mío, pero realmente tomarla, mis propios ojos deben
convencerse de su derrota... en otras palabras, debo privar a esa detestable criatura de
todos los medios de excusa y defensa."
"¿Y qué pensará si se resiste?"
"Usaréis la violencia... Me encargaré de que esté sola... Asustadla, amenazadla, ¿qué
importa eso? Consideraré cada medio de que os valgáis para el triunfo como un servicio
que me hacéis."
"Escuchad - dijo entonces Valmont -, acepto vuestra sugerencia y os doy mi palabra
que vuestra esposa cederá, pero os exijo una condición, y nada haré si me la negáis; los
celos no deben tener cabida en nuestros arreglos, como bien sabéis; por eso os pido que
me permitáis disfrutar de un cuarto de hora con Eugenia... no podéis imaginar cómo me
comportaré cuando haya tenido el placer de estar un momento con vuestra hija..."
"Pero Valmont..."
"Comprendo vuestros temores; pero si creéis que soy vuestro amigo no los excuso, sólo
aspiro al placer de ver a Eugenia a solas y conversar con ella un momento.
"Valmont - dijo Franval algo sorprendido -, ponéis un alto precio a vuestros servicios;
conozco, como vos, lo absurdo de los celos, pero adoro a la niña y prefiero entregar mi
fortuna antes que sus favores."
"No aspiro a ellos, calmaos."
Franval podía ver claramente que entre sus relaciones no había ninguna persona que
pudiera servirle como Valmont, y estaba ansioso porque no se le escapara de entre las
manos.
"Pues bien - le dijo algo enojado -, os repito que vuestros servicios son costosos, si os
comportáis como espero os demostraré mi reconocimiento."
"Oh, el reconocimiento sólo es el precio de los ser vicios honrosos; y nunca lo sentiréis
por los que voy a realizar por vos; antes bien, nos disputaremos antes de que pasen dos
meses... Vamos, amigo mío, sé como está hecho un hombre... sus errores... y fracasos...y
las consecuencias que traen; colocad a esta criatura la peor de todas, en la situación que
queráis y podré predecir el resultado con los datos que me dais. Quiero que me paguéis
de antemano, o nada haré."
"Acepto" - dijo Franval.
"Bueno - contestó Valmont -, todo depende ahora de vuestros deseos, actuaré cuando
me lo pidáis."
*`Necesito algunos días para prepararme - dijo Franval -, pero dentro de cuatro, como
máximo, estaré con vos."
Monsieur de Franval había criado a su hija de manera de estar seguro que ningún exceso
de modestia la haría negarse a participar en los planes arreglados con su amigo; pero
era celoso, Eugenia lo sabía; lo adoraba tanto como él la quería, y admitió, cuando supo
lo que iba a pasar, que este tete-a-tete podría tener consecuencias que ella temía. Franval,
que creía conocer a Valmont lo suficiente como para estar seguro que él sólo buscaba en
todo esto un placer intelectual y no una pasión, alejó los temores de su hija lo mejor que
pudo y se hicieron los preparativos.

En ese momento, Franval se enteró por los sirvientes por él pagados en la casa de su
suegra, que Eugenia estaba en grave peligro y madame de Farneille estaba a punto de obtener
una orden para detenerla. Franval no dudó que el complot era obra de Clervil; abandonó
por un momento los planes con Valmont y se dedicó de lleno a desembarazarse del
desdichado eclesiástico en quien veía el instigador de todo. Gastó algo de dinero, puso
esa arma poderosa en todos los vicios en muchas manos distintas; y finalmente seis fieles
villanos estuvieron de acuerdo en llevar a cabo sus órdenes.
Una noche, cuando Clervil, quien a menudo cenaba en cada de madame de Farneille,
salía solo y a pie, fue rodeado y apresado... le dijeron que eran órdenes del gobierno. Le
entregaron una orden de captura, lo introdujeron en un coche de posta y lo llevaron a toda
prisa al calabozo de un castillo apartado, propiedad de Franval en las profundidades de
las Ardenas. El desdichado fue entregado al encargado de este lugar acusado de criminal
que había tratado de quitar la vida a su amo; y se tomaron precauciones para evitar que la
desgraciada víctima, cuyo único error había sido su indulgencia para quienes tan cruelmente
lo habían ultrajado, pudiera volver a ver nuevamente la luz del día.
Madame de Farneille estaba desesperada. No dudaba que su yerno era el culpable de
este hecho; los esfuerzos necesarios para encontrar a Clervil atrasaron los preparativos
para el rapto de Eugenia; con pocas amistades y crédito se hacía muy dificil encarar ambos
objetivos simultáneamente, pero la violenta acción de Franval lo hizo necesario. Sólo
pensaban en el guía espiritual, pero toda búsqueda fue vana; el villano había trazado tan
buenos planes que fue imposible hallar nada: Madame de Franval no osó hacer muchas
preguntas a su marido, no se habían hablado desde la última escena, pero cuando los propios
intereses son grandes, se destruyen las consideraciones; finalmente halló el coraje
necesario para preguntarle a su tiránico esposo si tenía la intención, además de todos los
malos designios que sobre ella pesaban, de privar a su madre del único amigo que tenía
en el mundo. El monstruo se defendió; su hipocresía lo llevó a ofrecerse para realizar una
búsqueda personalmente; al ver que para prepararle el terreno a Valmont debía suavizar
el corazón de su esposa prometiéndole hacerlo todo por hallar a Clervil, prodigó sus lascivas
caricias a esta pobre crédula, y le aseguró que por más infiel que le fuera, se le
hacía imposible no adorarla en lo más profundo de su corazón, y madame de Franval,
siempre dispuesta a la reconciliación y las dulces actitudes, también complacida por las
cosas que la acercaban al hombre que le era más caro que la vida misma, condescendió a
todos los deseos de su infiel esposo, y los compartió, sin osar aprovechar el momento,
como hubiese debido hacerlo para obtener de él por lo menos una mejor conducta, que no
sumiera a su infeliz esposa en un abismo de tormento y horror. Pero si hubiera tratado,
¿hubieran sido fructíferas sus tentativas? ¿Acaso Franval, que era tan engañoso en todas
las acciones de su vida hubiera sido más sincero en aquella, que según él, era sólo atrayente
en `bien de sus ventajas materiales? No hay duda que lo hubiera aceptado todo por
el sólo placer de romper todas sus promesas, quizá hubiera llegado a querer que la gente
le exigiera juramentos, para poder agregar los atractivos del perjurio a su horrible goce.
Franval, que estaba a la sazón muy a sus anchas sólo pensaba en contrariar a los demás;
se comportaba de esta forma vengativa, desenfrenada e impetuosa cuando se sentía molestado;
deseaba volver a tener su tranquilidad a todo precio, y para obtenerla adoptaba el
único medio que haría que la perdiera nuevamente. Si la obtenía empleaba todas sus facultades
morales y fisicas para perjudicar a los demás; por eso siempre estaba agitado,
tenía que anticiparse a las astucias que forzaba a los demás a emplear, o de lo contrario,
usar-las personalmente contra los demás.
Todo fue arreglado para satisfacer a Valmont, y el éte-á-téte duró casi una hora en las
dependencias de Eugenia.
35
Allí, en una habitación decorada, Eugenia, sobre un pedestal, representaba a una joven
salvaje agotada por la caza, que se recostaba contra el tronco de una palmera, las ramas
de la cual ocultaban una cantidad infinita de luces arregladas de tal manera que iluminaban
los encantos de la hermosa niña destacándolos con el arte más fino. El pequeño teatro
donde estaba de pie la estatua animada, estaba rodeado por un canal, de un metro ochenta
de ancho y lleno de agua que hacía las veces de barrera a la joven salvaje y evitaba que
nadie se le acercara por ninguno de los lados; en el borde de este foso estaba ubicado el
sillón de Valmónt, al cual había atada una cuerda de seda. Si tiraba de la misma, podía
hacer girar el pedestal de forma de poder ver el objeto de su adoración de todos lados, y
tal era la postura del mismo que de cualquier forma que se lo hiciera girar, siempre ofrecía
un aspecto agradable. Franval, oculto detrás de una decoración de hojas, podía observar
simultáneamente a su amante y a su amigo, y la contemplación, como se había arreglado
en el último encuentro debía durar media hora... Valmont se ubicó... estaba embriagado;
nunca, dijo, habían aparecido ante sus ojos tantos encantos. Cedió al éxtasis
que lo embargaba, la cuerda se movía incesantemente para ofrecerle a cada instante una
nueva atracción. No sabía cuál adorar, cuál preferir; ¡todo lo que con Eugenia se relacionaba
era tan hermoso! Sin embargo, los minutos corrían, se van tan rápidamente en esas
circunstancias. Sonó la hora, Valmont se entregó y una nube de incienso se elevó rápidamente
de los pies de la diosa cuyo santuario le estaba prohibido. Una cortina de gasa descendió,
había llegado el momento de partir.
"¿Estáis satisfecho?" - dijo Franval al unirse a su amigo.
"Es una criatura deliciosa - contestó Valmont - ; pero Franval, aceptad mi consejo, no
os arriesguéis a algo parecido con otro hombre, y felicitaos por los sentimientos de mi
corazón que os aseguran contra todo peligro."
"Mi respuesta es - contestó Franval seriamente -, actuad lo más pronto posible."
"Mañana prepararé a vuestra esposa... es necesaria una corta conversación preliminar...
cuatro días después, podéis contar conmigo."
Ambos se hicieron promesas recíprocas y se separaron.
Pero era de esperar que después de semejante encuentro, Valmont no quisiera traicionar
a madame de Franval o permitirle a su amigo una conquista que provocaba su envidia...
Eugenia le había causado una impresión tan profunda que no podía renunciar a ella; estaba
decidido a tenerla por esposa, cualquiera fuera el costo. Al meditarlo cuidadosamente,
con tal de no ser rechazado por la intriga de Eugenia con su padre, estaba seguro que su
suerte sería la de Colunce, y estaba igualmente justificado para aspirar a la misma alianza;
por eso pensó que al presentarse como pretendiente no podía ser rechazado y que si
actuaba con energía, para lograr romper los vínculos incestuosos de Eugenia, prometiendo
a la familia que triunfaría en esto, no podía dejar de obtener el objeto de su admiración...
después de una pelea con Franval, con la esperanza que su propia valentía y astucia
le permitirían ser el triunfador. Veinticuatro horas fueron suficientes para estas reflexiones
y Valmont, con la cabeza llena de estas ideas, fue a ver a madame de Franval.
Ella había sido prevenida; debemos recordar que durante la última entrevista con su esposo,
casi se habían reconciliado, o, antes bien, al haber cedido a los insidiosos artificios de
su infiel esposo, no podía negarse a ver a Valmont. Había discutido por el asunto de las
cartas, las palabras e ideas de Franval; pero este último, quien ya no parecía interesarse
por nada, le había asegurado con firmeza que la forma más segura de dar la impresión
que todo era falsa o ya no existía, era ver a su amigo como de costumbre; si se negaba a
hacerlo, le había dicho, estaría justificando sus sospechas; la mejor prueba que una mujer
puede presentar de su honor era seguir viendo en público al hombre a quien se había
mencionado como ligado a ella; todo esto era engañoso, madame de Franval lo sabía perfectamente,
pero esperaba obtener una explicación de Valmont; su deseo de tenerla, sumado
a su ansiedad por no disgustar a su esposo, le había hecho olvidar todo lo que desde
un punto de vista racional, hubiera debido evitar que viera al joven. Valmont llegó y
Franval los dejó precipitadamente, solos, como en la última ocasión: las explicaciones
serían animadas y largas; Valmont, como poseído por sus ideas, cortó por lo sano y fue al
grano.
"Madame - se apresuró a decir -, no me sigáis considerando el mismo hombre que se
cubrió de culpa ante vuestros ojos la última vez que habló con voz; en aquella oportunidad
yo era el cómplice de las malas acciones de vuestro esposo, hoy vengo a hacer una
buena acción; pero confiad en mí, señora; os ruego aceptar mi palabra de honor que no
vengo a mentiros ni a imponerme ante vos, de ninguna manera."
Luego admitió la historia de las cartas y documentos falsificados, y le rogó que lo perdonara
por haberse prestado, previno a madame de Franval de los nuevos horrores que
ahora se le exigirían, y para probar su franqueza, admitió sus sentimientos por Eugenia,
divulgó lo que había tenido lugar, y le dijo que había decidido poner fin a todo aquello,
raptar a Eugenia de manos de Franval y llevarla a Picardía, a una de las propiedades de
madame de Farneille, si ambas damas le permitían hacerlo y le prometían como recompensa
la mano de la niña que rescataría de la perdición.
Las confesiones de Valmont parecían tan veraces, que madame de Franval no pudo evitar
dejarse convencer; Valmont era un partido excelente para su hija; ¿después del comportamiento
de Eugenia podía esperar tanto? Valmont se responsabilizó por todo, era el
único medio de terminar con el modo de vida horrible y criminal que era la desesperación
de madame de Franval; ¿no podría esperar además un cambio en los sentimientos de su
esposo después del desenlace de la única intriga que realmente podría resultar peligrosa
para ella y para él? Estas consideraciones la decidieron, aceptó, pero con la condición que
Valmont le diera la palabra que no se batiría a duelo con su esposo, que se iría al extranjero
después de haber devuelto a Eugenia a madame de Farneille y se quedaría allí hasta
que Franval se consolara de la pérdida de su amor ilícito y consintiera al casamiento.
Valmont se encargó de todo; madame de Franval, por su parte, respondía por la reacción
de su madre, le aseguró que no se opondría a los planes que juntos estaban trazando
y Valmont se retiró después de volver a excusarse ante madame de Franval por haber sido
capaz de actuar en su contra en todo lo que el des-honroso marido le había pedido.
Madame de Farneille fue informada de todo y partió para Picardía al día siguiente, mientras
Franval, arrastrado por el perpetuo torbellino de placer. Que confiaba plenamente en
Valmont, y ya no temía a Clervil, cayó en la trampa que había sido preparada con la
misma facilidad que tan a menudo esperaba ver en los demás, cuando él, a su vez quería
tenderles un lazo.
Durante los últimos seis meses, Eugenia, quien ya tenía diecisiete años había salido sola
muy a menudo o con unas pocas compañeras. Un día antes que Valmont, según el
arreglo hecho con su amigo, debiera atacar a madame de Franval, Eugenia salió absolutamente
sola para ver una nueva obra de la Comédie Française y de allí partió para reunirse
con su padre en una casa donde habían decidido encontrarse, de allí irían a otra
donde cenarían... Apenas había salido su carruaje del Faubourg Saint-Germain, cuando
diez enmascarados detuvieron los caballos, abrieron las puertas, tomaron a Eugenia y la
precipitaron en un coche de posta, al lado de Valmont, quien, a la vez que hacía cuanto
podía para sofocar sus gritos, arrancó a toda prisa, y estuvo en las afueras de París en
muy poco tiempo.
Lamentablemente, había sido imposible desembarazarse de los sirvientes de Eugenia y
su carruaje, lo cual provocó que Franval fuera informado inmediatamente. Valmont había
contado con la inseguridad de Franval en cuanto a la dirección que había tomado y con
las dos o tres horas que necesitaría para partir. Bastaba con que llegara a la propiedad de
madame de Farneille, porque allí dos mujeres de confianza y un coche de posta estarían
esperando para llevar a Eugenia la frontera, y a un escondrijo desconocido hasta por
Valmont, quien debería partir de inmediato a Holanda y volvería para casarse con la joven,
tan pronto como madame de Farneille le hiciera saber que ya no había obstáculos;
pero el destino hizo que estos planes fallaran, a causa de los horribles designios del villano
Franval.
Cuando Franval se enteró, no perdió ni un momento, fue hasta la posta más próxima y
averiguó para qué rutas se habían alquilado caballos desde las seis de la tarde. A las siete
había partido un coche cerrado para Lyon y a las ocho un coche había salido a Picardía;
Franval no vaciló, el carruaje para Lyon no le interesaba de manera alguna, pero un coche
que se dirigía a la provincia donde madame de Farneille poseía tierras... ése debía ser,
sería una locura dudarlo; de inmediato hizo atar a su carruaje los ocho mejores caballos
de la posta, hizo que sus sirvientes eligieran jacas, compró y cargó pistolas mientras ataban
los caballos, y salió con la velocidad de una flecha adonde el amor, la desesperación
y la venganza lo conducían. Mientras cambiaba caballos en Senlis supo que el coche que
perseguía acababa de salir... Franval ordenó partir a la velocidad del rayo; dio alcance al
coche, sus sirvientes y él mismo, con las pistolas en la mano, detuvieron el postillón de
Valmont, y el impetuoso Franval, al reconocer a su adversario, le voló los sesos antes de
que pudiera defenderse, arrancó a Eugenia del coche en estado inconsciente, de un salto
trepó en el suyo, y estuvo de regreso en París antes de las diez de la mañana. Sin importarle
mucho lo que había ocurrido. Franval sólo prestaba atención a Eugenia... ¿Acaso el
traicionero Valmont no había tratado de sacar partido de las circunstancias? ¿Seguía
siéndole fiel Eugenia y no había sido mancillada su culposa alianza? Mademoiselle de
Franval tranquilizó a su padre. Valmont sólo le había esbozado sus planes y lleno de esperanzas
de casarse pronto con ella, se había abstenido de desecrar el santuario ante el
cual quería presentar un homenaje inmaculado; las palabras de Eugenia tranquilizaron a
Franval... Pero su mujer... ¿estaba al tanto de aquellas maquinaciones? Eugenia, que
había tenido tiempo de descubrirlo, le aseguró que todo era obra de la madre, a quien
aplicó numerosos adjetivos odiosos, y que el encuentro fatal, durante el cual Franval
había estado seguro que Valmont se preparaba para servirle tan bien, había sido sin duda
aquel durante el cual lo habían traicionado de la manera más vergonzosa.
"Ah - dijo Franval, furioso -, por qué no habrá tenido mil vidas... todas se las hubiera
arrancado... una después de la otra... ¡Y mi esposa! ...cuando yo trataba de calmarla... fue
la primera en engañarme... la criatura que todos consideran tan amable... ese ángel de virtud!
Ah, traidora, traidora, pagarás caro tu crimen... mi venganza necesita sangre, y si es
necesario iré a succionarla con mis propios labios de tus pérfidas venas... Calmaos, Eugenia
- prosiguió Franval, en forma violenta -, sí, calmaos, necesitáis reposo, descansad
algunas horas, yo me encargaré de esto."
Sin embargo, madame de Farneille había apostado espías a lo largo del camino y pronto
fue informada de todo lo que había pasado; como sabía que su nieta había sido traída y
Valmont había sido muerto, regresó a París de inmediato. Furiosa reunió a sus consejeros;
le dijeron que el asesinato del Valmont pronto pondría a Franval en sus manos; el
crédito de éste, del que tanto temía, desaparecería instantáneamente, y que pronto volvería
a asumir el control de su hija y de Eugenia; pero le aconsejaron que evitara la publicidad,
y en caso de incurrir en una acción legal destructiva, obtener una orden que pusiera a
su yerno bajo arresto. Franval fue informado de inmediato de este consejo y de las consecuencias
que de él se seguirían; también se enteró que el asunto era del conocimiento del
público y que su suegra estaba esperando su ruina para aprovechar la situación. Se apresuró
a ir a Versalles, vio al ministro, le dijo todo, y recibió el consejo de ocultarse de inmediato
en la propiedad que poseía en Alsacia, en el límite con Suiza. Franval volvió en
seguida y, decidido a llevar a cabo su venganza, a castigar la traición de su mujer y de
retener la posesión de cosas lo suficientemente queridas por madame de Farneille como
para que ésta no osara, por lo menos desde el punto de vista legal, actuar en su contra,
decidió partir para Valmor, la propiedad adonde el ministro le había aconsejado ir, en
compañía de su esposa e hija ...¿pero madame de Franval aceptaría? ¿al sentirse culpable
de la traición que había conducido a todos estos acontecimientos, se atrevería a alejarse
tanto? ¿Osaría confiarse a la protección de un marido ultrajado? Franval experimentaba
cierta ansiedad por todo esto; para descubrir cuáles eran sus límites, se encaminó a las
dependencias de su esposa. Ella ya estaba al tanto de todo.
"Señora - le dijo fríamente -, con vuestra arrojada indiscreción me habéis arrojado a un
abismo de infortunio; critico los resultados y sin embargo apruebo la causa, que sin duda
alguna es el amor que sentís por mí y por vuestra hija, y puesto que los primeros errores
fueron cometidos por mí, debo olvidar los que siguieron. Querida y amante mía de mi
vida - prosiguió, mientras se arrojaba a sus pies -, ¿aceptaríais una reconciliación que nada
en el futuro podrá perjudicar? He venido a ofrecérosla y éste es mi alegato..."
Entonces colocó frente a ella los papeles falsificados que se pretendía fuera la correspondencia
con Valmont.





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