Encandilada por su presencia. Bastó la auguria de su mirada. Suficiente fue el engorroso ruido que comprimía mis oídos.
La pieza de música estaba finalizando, no quedaba más arduo trabajo, solo el devastador final para dar un nuevo comienzo a una historia repetitivamente infinita, quien sabría, su alma quizás nunca se fragmentara ni fuera a ningún lado, quizás solo el alma nunca existió, quizás la vida nunca fue vida;
tal vez todos los remotos pensamientos y momentos que transcurrieron por aquel inmóvil y desmantelado cuerpo no presenciaron la realidad, sino solo la imaginación de alguna constelación lejana, en otra medida de tiempo, en una irracional e ilógica verdad.
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