
Era una fiesta de despedida, te ibas del país por cuestiones mas allá de tu control. Igualmente nunca fuiste mía, asi que no había rencores o reclamos, solo ese lazo que se formaba y moría al mismo tiempo.
Eras un poco como yo, un amante del dolor y el sudor bien ganado, artista del combate y esclava de la música. Podía ver a través tuyo, como vos veías a través mio... Nunca voy a olvidar esas piernas volátiles y tan peligrosas. Sucumbían a las caricias pero estaban listas para propinar un golpe digno de romperme las costillas.
No era amor, podría haberlo sido. No se, yo todavía no lo entiendo, por eso a lo mejor no te he buscado para hablar, menos después de lo que me hiciste esa noche dedicada al adiós, después de que me convertiste en lo que soy ahora.
La música resonaba y vos bailabas entre cuerpos flagelados y débiles, no estaban a tu altura pero siempre fuiste muy amable con todos. Me quede parado en la puerta de la casa de ese amigo en común, y te vi durante lo que duro esa canción horrible de cumbia mezclada con electrónica. Hasta que me viste, una ligera expresión de sorpresa se dibujo en tu rostro y luego una sonrisa de lo mas sincera relució, dejaste a todos esos retazos de personas y corriste hacia mi, me diste un abrazo... ese abrazo correspondido con fuerza. Podía sentir que me querías porque tu respiración vibraba contra mi pecho y no te importaba que te sintiera.
Hablamos escasas palabras y me invitaste a pasar, yo no quería, pero no podía decirte que no, tu cara siempre tuvo algo que me bloqueaba.
Nos sentamos en la cocina donde la música no resonaba con tanta fuerza, iba y venia gente, pero para mi en esa habitación solo existíamos nosotros. El clima se volvía cada vez mas tenso, adquiría esa característica cuando la gente se enamora. Creo que eso te molesto, y te acompañe a tu casa, no era una zona muy amigable y no quedaba muy lejos.
Cuando llegamos e intente decirte que te iba a extrañar en el tatami, me cortaste con un beso, no pudiste lograrlo, porque retrocedí instintivamente. Pero no pareció importarte semejante acto de rechazo, vos querías algo mio. Me hiciste pasar al pasillo de tu casa, y mientras miraba rápidamente la luna, desapareciste arrodillada, con tus manos muy cerca de lo que se convertía en una insinuación en al entrepierna.
No voy a describir lo que me hiciste, hasta que llego el momento en el que transformaste de un ingenuo en un conocedor. Sentía placer, sentía humedad... pero comencé a sentir dolor, mire hacia abajo y la luna pinto tu boca roja de negro... pinto toda mi sangre de negro, toda tu boca era negra como esos monstruos de los films clase B. Tus ojos se abrieron de par en par, horrorizados por lo que estaba sucediendo.
Apreté en la hemorragia, tape mis cercenados genitales y te pedí que limpiaras el suelo. Acto seguido corrí o camine, no lo se, solamente recuerdo el dolor de esos 3 kilómetros con los pantalones manchados en sangre. Agradecí a ese dios inexistente que no hubiera gente a las 4 de la mañana para sentir mi dolorosa presencia. Seguí agradeciendo que mi familia duerma placidamente.
Abrí un manual de medicina y con un nulo conocimiento de sutura, hice lo que pude. Durante semanas orine con sufrimiento, tomaba analgésicos a escondidas y fingía un caminar normal. Pero el dolor que me dejaste, permanente hasta hace pocos años nunca lo voy a olvidar. Lo que soy te lo adjudico... te adjudico mi falta de confianza, mi falta de amor por las cosas, mi nula empatia, mi asquerosa apatía, el hecho de no poder conectar con otras personas por miedo a que me arranquen otro pedazo mas de carne.
Por suerte para mi, apareció alguien mas. Alguien a quien puedo amar. Te agradezco que me hayas matado sin esa veta amarga no seria un orgulloso conocedor del dolor.
