VII LA MUSA ENFERMA Mi pobre Musa, ¡ah! ¿Qué tienes, pues, esta mañana? Tus ojos vacíos están colmados de visiones nocturnas, Y veo una y otra vez reflejados sobre tu tez La locura y el horror, fríos y taciturnos. El súcubo verdoso y el rosado duende, ¿Te han vertido el miedo y el amor de sus urnas? La pesadilla con un puño despótico y rebelde; ¿Te ha ahogado en el fondo de un fabuloso Minturno? Yo quisiera que exhalando el perfume de la salud Tu seno de pensamientos fuertes fuera siempre frecuentado, Y que tu sangre cristiana corriera en oleadas rítmicas, Como los sones numerosos de ]as sílabas antiguas, Donde reinan vez a vez el padre de las canciones, Febo, y el gran Pan, el señor de las mieses. X EL ENEMIGO Mi juventud no fue sino una tenebrosa borrasca, Atravesada aquí y allá por brillantes soles; El trueno y la lluvia han hecho tal desastre, Que restan en mi jardín muy pocos frutos bermejos. He aquí que he llegado al otoño de las ideas, Y que es preciso emplear la pala y los rastrillos Para acomodar de nuevo las tierras inundadas, Donde el agua horada hoyos grandes como tumbas. Y ¿quién sabe si las flores nuevas con que sueño Encontrarán en este suelo lavado como una playa El místico alimento que haría su vigor? —¡Oh, dolor! ¡oh, dolor! ¡El Tiempo devora la vida, Y el oscuro Enemigo que nos roe el corazón Con la sangre que perdemos crece y se fortifica! XV DON JUAN EN LOS INFIERNOS Cuando Don Juan descendió hacia la onda subterránea Y hubo dado su óbolo a Caronte, Un sombrío mendigo, la mirada fiera como Antístenes, Con brazo vengativo y fuerte empuñó cada remo. Mostrando sus senos fláccidos y sus ropas abiertas, Las mujeres se retorcían bajo el negro firmamento, Y, como un gran rebaño de víctimas ofrendadas, En pos de él arrastraban un prolongado mugido. Sganarelle riendo le reclama su paga, Mientras que Don Luis, con un dedo tembloroso Mostraba a todos los muertos, errante en las riberas, El hijo audaz que se burló de su frente nevada. Estremeciéndose bajo sus lutos, la casta y magra Elvira, Cerca del esposo pérfido y que fue su amante, Parecía reclamarle una suprema sonrisa En la que brillara la dulzura de su primer juramento. Erguido en su armadura, un gigante de piedra Permanecía en la barra y cortaba la onda negra; Pero el sereno héroe, apoyado en su espadón, Contemplaba la estela y sin dignarse ver nada. "Jamás es excusable ser malvado, pero hay cierto mérito en saber que uno lo es" CHARLES BAUDELAIRE 1821 - 1867
Baudelaire: algunas flores del mal
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