El mundo según Wells
Una utopía moderna. H. G. Wells, 1906
por Leonardo Pose
Wells no solo definió lo que en su opinión era un Estado mundial utópico y deseable, sino que aprovechó para criticar lo bueno y lo malo que había encontrado en las utopías anteriores (desde Platón y su República hasta William Morris y Noticias de ninguna parte).
Wells propone un socialismo científico, donde un gobierno mundial central se encarga de que todos y cada uno de los seres humanos gocen de iguales condiciones mínimas y satisfagan sus necesidades básicas. A partir de esa premisa, cada uno hace lo que quiere.
No está en contra del maquinismo (como Morris), y sostiene que las máquinas deberían usarse para independizar al hombre del trabajo estupidizante y no al revés. Tampoco se opone al capitalismo como forma de generar riqueza e incentivar a los que, en un mundo donde no falta nada razonablemente necesario, precisan ese tipo de incentivación. Hospitales, escuelas, jubilaciones, hospedajes temporarios y medios de transporte (a escala planetaria) son proporcionados por el Estado de forma gratuita. Hay subsidios para los desocupados y para las madres (no solo las solteras, sino todas las madres, pues se supone que prestan un servicio al Estado al tener hijos y que deben estar protegidas en caso de querer separarse de su cónyuge). El gobierno está en manos de los Samurais, voluntarios que se someten a la llamada Regla (que los convierte en una mezcla de monje, intelectual y político), y que aceptan a cualquiera que acceda a someterse a la misma y apruebe un “examen de ingreso”.
También profesiones como la medicina y la abogacía están en manos de los Samurais.
Wells decía que un mundo verdaderamente civilizado debía colocar a mujeres y hombres en un mismo nivel de igualdad legal y económica; que la única forma de prevenir las guerras era unir el mundo por medio del transporte y una lengua común a fin de posibilitar los viajes, el comercio y el intercambio cultural sin límites; que los criminales debían ser reformados y no devueltos a la sociedad en peores condiciones, y que tarde o temprano todo el mundo, viviendo en estas condiciones, iba a tender a convertirse en Samurai y aceptar sus derechos y responsabilidades para que la Utopía Moderna funcionara y evolucionara (George Orwell dijo en un momento algo así como que Wells subestimaba en demasía el poder de los sentimientos irracionales del ser humano, tales como el nacionalismo y la codicia desmedida). Además, consideraba de crucial importancia el control del crecimiento poblacional y aprobaba la eugenesia.
Básicamente, Wells propuso el llamado “Estado de bienestar” que décadas después aplicó principalmente Europa (junto con Canadá, Australia y Japón), pero desarrollado a escala mundial.
Tengo un primo que vive en Dinamarca, y por lo que cuenta, la forma en la que se hacen las cosas allí (como en el resto de los países nórdicos) es muy similar al mundo imaginado por Wells. Tanto es así que muchos millonarios (quienes, según Wells, iban a ser tan sólo unos pocos excéntricos aburridos en su Utopía) huyen lo antes posible para evadir los impuestos que mantienen el resto de la sociedad en un nivel más o menos parejo.
Pero lo que más me quedó del libro (reflotado por lo que cuenta TA desde Barcelona y los comentarios que genera) es el convencimiento definitivo de que el hombre cuenta con los medios para lograr todo esto desde hace mucho tiempo. Y lo mismo se aplica a Argentina. No hay excusa válida para estar como estamos, cuando en Dinamarca, que es apenas el doble de Tucumán y posee muchos menos recursos que Argentina, sus habitantes viven básicamente sin apremios, con tres por ciento de desempleo y los jubilados veranean en el Sudeste asiático. Pero por ahora va ganando Orwell.
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