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Nos acompaña musicalmente el genio Ludwig van Beethoven con el 1er Movimiento de su Sinfonía n.º 8 en fa mayor, Op. 93
MUSAS
En la mitología griega las musas eran, según los escritores más antiguos, las diosas inspiradoras de la música y, según las nociones posteriores, divinidades que presidían los diferentes tipos de poesía, así como las artes y las ciencias. Originalmente fueron consideradas ninfas inspiradoras de las fuentes, cerca de las cuales eran adoradas; y llevaron nombres diferentes en distintos lugares, hasta que la adoración tracio-beocia de las nueve Musas se extendió desde Beocia al resto de las regiones de Grecia y al final quedaría generalmente establecida.
La genealogía de las Musas no es la misma en todas las fuentes. La noción más común es que eran hijas de Zeus, rey de los olímpicos, y Mnemósine, diosa de la memoria, y que nacieron en Pieria (Tracia), al pie del monte Olimpo, por lo que a veces se les llamaba Piérides, pero algunos autores como Alcmán, Mimnermo y Praxila las consideraban más primordiales, hijas de Urano y Gea. Pausanias explica que había dos generaciones de Musas, siendo las primeras y más antiguas hijas de Urano y Gea y las segundas de Zeus y Mnemósine.
Las nueve musas canónicas
Calíope: Musa de la poesía épica (canción narrativa).
Clío: Musa de la historia (epopeya).
Erato: Musa de la poesía lírica (canción amatoria).
Euterpe: Musa de la música, especialmente la de la flauta.
Melpómene: Musa de la tragedia.
Polimnia: Musa de los cantos (himnos).
Talía: Musa de la comedia.
Terpsícore: Musa de la danza y poesía coral.
Urania: Musa de la astronomía y poesía didáctica.
Mitos
En los poemas homéricos se considera a las Musas diosas de la música y la poesía que viven en el Olimpo. Allí cantan alegres canciones en las comidas de los dioses, y en el funeral de Patroclo cantaron lamentos. De la estrecha relación existente en Grecia entre la música, la poesía y la danza puede también inferirse que una de las ocupaciones de las Musas era el baile. Como se las adoraba en el monte Helicón eran naturalmente asociadas con Dioniso y la poesía dramática, y por esto eran descritas como sus acompañantes, compañeras de juego o niñeras.
El poder que se les atribuye con más frecuencia es el de traer a la mente del poeta mortal los sucesos que ha de relatar, así como otorgarle el don del canto y darle elegancia a lo que recita. No hay razón para dudar de que los poetas más antiguos eran sinceros en su invocación a las Musas y que realmente se creían inspirados por ellas, pero en épocas posteriores, al igual que en la actualidad, tal invocación es una mera imitación.
Al ser diosas del canto, están naturalmente relacionadas con Apolo, el dios de la lira, quien también instruía a los bardos y era mencionado junto a ellas incluso por Homero. En épocas posteriores Apolo es situado en muy estrecha relación con ellas, pues se le describe como jefe del coro de las Musas con el epíteto Musageta.
Otra característica más de las Musas es su poder profético, que les pertenece en parte porque eran consideradas como ninfas inspiradoras y en parte por su relación con Apolo, el dios profético de Delfos. De ahí que instruyeran, por ejemplo, a Aristeo en el arte de la profecía.
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De la palabra musa han derivado otras palabras tales como museo (lugar de culto a las musas originariamente) o música (el arte de las Musas).
La Musa
Los antiguos creían que los artistas no eran sino instrumentos de los dioses. La inteligencia, la destreza, el rigor de los aprendizajes, de poco servían sin la intervención de las musas. Por eso al comienzo de cada canto pedían explícitamente una ayuda sobrenatural, invocando a la diosa:
Canta, diosa, la venganza fatal
de Aquiles de Peleo.
O más recientemente:
Pido a los santos del cielo
que ayuden mi pensamiento.
Sin la diosa, un poeta no era nada. La poesía es en verdad una invocación religiosa de la Musa. Y la recompensa del arte no es otra que la experiencia mágica de dicha y horror que la aparición de la diosa provoca.
Los griegos contaban que las musas eran nueve hermanas, hijas de Zeus, y fruto de otras tantas noches de amor con Mnemósine, que era la personificación de la memoria. Antes que nada eran cantoras. Las convidaban a las grandes fiestas del Olimpo y sus himnos deleitaban a Zeus. Vivían en un bosque sagrado, cercano al monte Helicón. Solían reunirse alrededor de Hipocrene, es decir la Fuente del Caballo, un manantial abierto por Pegaso, al dar sus cascos contra una roca. El agua de aquella fuente favorecía la inspiración poética.
Con el tiempo, cada una de las hermanas vino a tener una función determinada: Calíope se ocupó de la poesía épica; Clío, de la historia; Polimnia, de la pantomima; Euterpe, de la flauta; Terpsícore, de la danza; Erato, de la lírica coral; Melpómene, de la tragedia; Talía, de la comedia; Urania, de la astronomía. En los mitos escandinavos, Odín consiguió hacerse con unos frascos de miel y de sangre fabricados por los enanos y que son el secreto de la poesía. Por eso habla siempre en verso. La psicología, esa colección de mitos de nuestro tiempo, desmiente la intervención de la diosa y la reemplaza por otros estímulos menos convincentes.
Lo cierto es que el artista siente, a veces, que le dictan o le cantan en el oído. O mejor todavía, siente que una fuerza que le es exterior lo impulsa a cumplir los arduos trabajos del arte. Se trata —es necesario decir— de fuerzas mucho más poderosas que las encarnadas por el ansia de fama, dinero o distinciones. En rigor, no puede hablarse del placer de la creación artística, porque esta creación no siempre es placentera y la mayoría de las veces está rodeada de unas penurias tales que es necesario un enorme valor para evitar el desaliento.
Durante mucho tiempo me ha gustado creer que el verso perfecto estaba al final de un camino lleno de espantos y pena. El puente Chinvat de los persas prometía un tránsito fácil para los justos e imposible para los malvados. Este sendero poético que me atreví a imaginar conducía a un lugar más glorioso cuanto mayores eran los sufrimientos del camino. Y allí los malvados elegían el camino fácil, el que no llevaba a ninguna parte. Más tarde, Robert Graves me reveló una verdad: la musa es la mujer que uno ama. El poeta inspirado se conecta con la diosa sólo a través de una mujer en la que ella reside hasta cierto punto. Un poeta verdadero se enamora absolutamente y su amor sincero es para él la encarnación de la musa.
Desventuras de última hora me hicieron ver que tal vez ambas intuiciones son ciertas. El camino difícil es el camino del enamorado y del poeta. Ese camino es el que conduce a la diosa, que es la mujer amada y la única que conoce —o nos hace conocer- la música buscada.
A.Dolina
De "El Libro Del Fantasma" 1999.
Gracias por visitar mi post. Espero que haya sido de su agrado.