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Escritores en el frente









La intervención de los artistas durante la Guerra Civil Española ofrecieron sus obras, discursos y vidas al servicio de la República. Desde Hemingway hasta Octavio Paz, pasando por Miguel Hernández, los intelectuales tomaron partido. A casi setenta años de la derrota, un panorama de la cuestión.



Por Diego Rojas



Nunca una guerra interna provocó tanta solidaridad internacional. Más aún. Nunca antes un conflicto convocó a tantos escritores, artistas e intelectuales a pronunciarse, a marcar su posición, a intervenir e, incluso, a dejar sus vidas en la batalla. La Guerra Civil Española no sólo fue el escenario del enfrentamiento armado entre los defensores de la República y la reacción franquista, sino que se convirtió en el campo bélico en el que, en un lado, se peleaba por la libertad y un proyecto político revolucionario y, en el otro, se esgrimían consignas como “Muera la inteligencia”, una definición tajante de sus ideas. El núcleo central de la creación artística de la primera mitad del siglo XX estuvo presente defendiendo una perspectiva libertaria.

El 17 de julio de 1936, Franco decretó el golpe de Estado que pronto dividió al país entre regiones fieles al gobierno y seguidoras del general sublevado. En los lugares donde el franquismo lograba afianzarse, pronto todas las medidas progresistas se revertían y volvía a la centralidad la Iglesia Católica. Y comenzaba la persecución. Sin que hubiera pasado un mes del acuartelamiento, fue detenido en Granada el poeta Federico García Lorca, que trabajaba difundiendo la cultura popular a través de La Barraca, una compañía estatal de teatro. Tiempo antes había declarado: “En Granada se agita la peor burguesía de España”. Fue detenido y, sin explicaciones, juicio ni clemencia, fue ejecutado y enterrado en una fosa común. Había comenzado la represión a los intelectuales.

El espíritu era uno: no se podía permanecer indiferente. Incluso no podían hacerlo quienes así lo hubieran querido. Nadie hubiera reputado a Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca, de un revolucionario. Al aceptar el cargo de concejal dijo hacerlo “en defensa de la civilización cristiana”. Pero la honestidad intelectual pudo más que su decisión de mantenerse al margen. En un acto en la universidad, al que asistió Carmen Polo, la esposa del golpista Francisco Franco, el general Millán Astray defenestró a la República, enalteció a las tropas alzadas y culminó su discurso con la frase: “¡Viva la muerte!”. Unamuno se levantó, tomó la palabra y dijo: “Acabo de oír un grito necrófilo y sin sentido. (...) Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenés sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis porque para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España. He dicho”. Nadie había osado hasta ese momento a endilgarles, en sus propias caras, semejantes declaraciones. Ese mismo día Unamuno fue destituido como concejal. Un día después, Franco lo expulsó de la universidad. Dos meses después, moría en su casa, de la que ya casi no salía.

No fue una reacción corporativa, sino una forma de militar por el futuro. Los escritores no acudieron a España de manera masiva para defender a sus colegas de los ataques del franquismo. Se hicieron presentes en las líneas de fuego ya que en España se jugaba el porvenir del mundo. Mussolini gobernaba desde hacía una década Italia y Hitler gobernaba Alemania desde 1933 (la defensa de la España libre era un deber respecto del oficio artístico, ya que en 1935 Hitler declaró: “La misión del arte no es acercarse a la podredumbre ni describir al ser humano en estado de putrefacción”. Luego sobrevendrían las muestras de “arte degenerado” y la destrucción masiva de las obras expuestas).

El gobierno del Frente Popular español significaba un destello de esperanza socialista frente al avance fascista en toda Europa y frente a la devastación que la crisis económica mundial provocaba en todos lados. En 1935 se celebró en París el Congreso de Escritores que, entre sus resoluciones, decidió conformar la Asociación Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, cuya mesa ejecutiva integraban, entre otros, Thomas Mann, Máximo Gorki, Bernard Shaw, Aldous Huxley y Sinclair Lewis.

Un mes después de su primera reunión plenaria, estalló la rebelión franquista y rápidamente los escritores se pronunciaron a favor de la República. Decidieron llevar adelante su congreso en Valencia como signo de solidaridad concreta con los españoles. Ya durante el fragor de la guerra civil, se inauguró el 4 de julio de 1937 el Congreso con la presencia de los franceses Louis Aragon, André Malraux, y Tristan Tzara; los soviéticos Ilya Ehrenburg y Alexis Tolstoi; los alemanes Bertolt Brecht y Heinrich Mann; el inglés W.H. Auden; los estadounidenses Malcolm Cowley y Langston Hughes, el mexicano Octavio Paz, que tenía 23 años; los cubanos Alejo Carpentier y Nicolás Guillén; el peruano César Vallejo; el argentino Raúl González Tuñón; los chilenos Vicente Huidobro y Pablo Neruda (que más tarde ayudaría a los exiliados españoles) y los locales Rafael Alberti, María Teresa León y Antonio Machado, entre muchos otros.

El día de la inauguración del encuentro la aviación franquista bombardeó Valencia: la reunión no era inofensiva, característica que suelen poseer los convites de los intelectuales. (De cualquier modo, es necesario recordar que André Gide, presente en el Congreso, fue expulsado ya que meses antes había publicado Regreso de la URSS, donde ponía en duda su total adhesión al régimen soviético.) El traslado del Congreso a Madrid y a Barcelona y su cierre en París lo transformaron en un foro activo de denuncia, en una tribuna de resonancia internacional para expandir la causa republicana. No debe olvidarse que tan sólo México y la Unión Soviética se atrevían a venderles armas a los demócratas españoles. Ni siquiera el socialista francés León Blum se atrevió a romper el bloqueo. Luego del triunfo franquista, los exiliados pudieron ver en las carreteras toneladas de municiones que, dirigidas hacia España, permanecían detenidas a la vera del camino. Muchos se preguntaban qué habría pasado si los socialistas franceses hubieran actuado con valor.

Pero no sólo con manifiestos se pronunciaron los intelectuales durante el conflicto. Ernest Hemingway llegó al escenario bélico como corresponsal de guerra y cumplió su rol llegando a los lugares más peligrosos del frente. Plasmó su experiencia española en la gran novela Por quién doblan las campanas. Un rol semejante desempeñó Antoine de Saint Exupéry, autor de El principito y aviador, quien cumplió funciones como enviado de guerra de dos diarios parisinos. El mismo papel cumplió el argentino Raúl González Tuñón quien, al mismo tiempo, era condenado en Buenos Aires a la cárcel por la publicación de su poema “Las brigadas de choque”.

Las fotos más impresionantes de la conflagración fueron tomadas por Robert Cappa quien recorrió el frente junto a su compañera Gerda Taro, que murió en un accidente mientras cumplía su papel de capturadora íntima de la realidad. El pintor mexicano David Alfaro Siqueiros se unió a las milicias de las Brigadas Internacionales y enfrentó con su fusil a las tropas sublevadas. El escritor inglés George Orwell se incorporó a las milicias del trotskista POUM. Hizo una detallada obra sobre su paso por la guerra civil bajo el título de Homenaje a Catalunya. Orwell combatió en las mismas trincheras que el poeta surrealista Benjamin Péret. André Malraux organizó una escuadrilla de aviación republicana conformada por franceses, voluntarios y profesionales que llegaron a alcanzar el número de 130 combatientes, que cumplió un rol fundamental en la guerra aérea. El gobierno le otorgó el grado de teniente coronel. La esperanza es la obra en la que volcó su intervención en el conflicto.

Pero el artista perdura en su obra, y tal vez allí deban buscarse la intensidad con que marcó el conflicto a quienes lo presenciaron. La obra emblemática del período es el Guernica, de Pablo Picasso, que intenta mostrar la barbarie de los bombardeos nazis sobre las ciudades españolas. Lo logra con estremecimiento estético. César Vallejo asistió al desastre que el fascismo cernía sobre una España que quería dar a luz a una sociedad nueva. Fue un activo militante de la causa pero, sobre todo, la tradujo a su matiz estético, a su honda poesía: “...si las férulas suenan, si es la noche, / si el cielo cabe en dos limbos terrestres, / si hay ruido en el sonido de las puertas, / si tardo, / si no veis a nadie, si os asustan / los lápices sin punta, si la madre / España cae –digo, es un decir–, / salid, niños, del mundo; id a buscarla!...”.

Miguel Hernández era un campesino que supo amar las palabras que aprendió mientras leía y pastoreaba en los humildes campos paternos. Así llegó a escribir el impresionante poema “Elegía”, una oda enorme a la amistad, al amor. Cuando estalló la guerra, se enlistó en las milicias. Luego de la derrota, fue perseguido con crueldad por el franquismo. Condenado a muerte, su pena fue conmutada por otra de treinta años de prisión. El autor de: “Quiero escarbar la tierra con los dientes, / quiero apartar la tierra parte a parte / a dentelladas secas y calientes. / Quiero minar la tierra hasta encontrarte / y besarte la noble calavera / y desamordazarte y regresarte”, murió en las mazmorras franquistas, que le habían reservado las peores condiciones. Sufría de bronquitis, tuberculosis y tifus. Tenía tan sólo 31 años. El fascismo le arrebató la vida. Pero, como tantos, había sido un artista que entregó sus días a una causa justa. Son, de conjunto, un emblema de orgullo de la humanidad.



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