Horacio Silvestre Quiroga nació el 31 de diciembre de 1878 en Salto, Uruguay.
Era hijo del vicecónsul argentino en Salto y de la oriental Pastora Forteza. Por parte de su padre descendía del caudillo riojano Facundo Quiroga.
Muy precozmente la desgracia llamó a su puerta: siendo bebé, en brazos de su madre, asiste a la muerte de su padre que dispara accidentalmente su escopeta, volviendo de una caza e intentando descender del bote que lo transportaba, y se mata. Su madre, que tenía al bebé Horacio en brazos, por la impresión, suelta a la criatura que cae en el río. Fue el principio de una larga serie de muertes incomprensibles.
En 1897 hizo sus primeras colaboraciones en las revistas literarias de Salto. En 1899 editó su propia revista, se llamó Revista de Literatura y Ciencias Sociales, publicó 20 números y duró 6 meses.
En 1902 se mudó a Buenos Aires, Argentina. Y un año después hizo su primera incursión a la selva, acompañando como fotógrafo a Leopoldo Lugones en una expedición a las ruinas jesuíticas de Misiones.
En 1906 compró unas tierras en San Ignacio, en la provincia de Misiones (Argentina), para construir una casa en la selva, en donde se instalaría dos años después con su esposa. Allí vivió muchos años, y la selva fue el escenario de sus cuentos.
Fue escritor, inventor, docente, juez de paz.
Sus cuentos se publicaron en las revistas Mundo Argentino, Billiken, Caras y Caretas, Atlántida, Fray Mocho, Plus Ultra, El Hogar, La Novela Semanal, y en los diarios La Nación, La Prensa, entre otros. Muchos de sus relatos se agruparon y se publicaron en libros.
Fue autor de Cuentos de la selva, Anaconda, Cuentos de amor de locura y de muerte, Los desterrados, El desierto, Más allá, entre otros libros.
El 19 de febrero de 1937, en Buenos Aires, tomó la decisión de suicidarse al enterarse de que estaba gravemente enfermo.
Según las conjeturas de un investigador ilustre, la última cosa que Horacio Quiroga vio en su vida (1a madrugada del 19 de febrero de 1937, cuando al fin decidió anticiparse a su cáncer de próstata, con el cianuro que él mismo había comprado después de vestirse, salir del Hospital de Clínicas, y volver) fue un monstruo. Se trataba de Vicente Batistessa, una especie de hombre elefante o Quasimodo residente en el Hospital de Clinicas de Buenos Aires, que se habia convertido en el enfermero oficioso y fiel del escritor durante su última internación.
Toda explicación de textos se convierte en una glosa amanerada y trivial ante la poderosisima energía que todavía genera la narrativa de Quiroga, en la cual se entreteje (estableciendo con ella un continuum sorprendente) la biografia del autor. Ocurre que esa secuencia final en un hospital de Buenos Aires, clausura de un modo verosímil, como necesario epílogo, la intensa serie de destierros y aventuras que fue la vida de Horacio Quiroga.
Siempre es recomendable, entonces, una lectura deslumbrada y provista de toda la inocencia que todavía seamos capaces de inventar. Pero también puede ser útil, más para definir los contornos de un misterio que para develarlo, reseñar algunos de los innumerables personajes que se ha hecho representar a Quiroga en la escena de la crítica.
La fascinante vida de Horacio Quiroga
Todo el mundo sabe que con Horacio Quiroga ocurre exactamente lo contrario que con el cliché del hombre de letras, un nerd miope y pálido enjenado en su biblioteca. Uno de sus apologistas más célebres y entusiastas, Rodríguez Monegal, escribió: "...algunos de sus más duros cuentos tienen contenido autobiográfico. La angustia que desprenden naturalmente sus narraciones no seria tan auténtica si el propio Quiroga no hubiera vivido (...) las atroces, las patéticas circunstancias que describe."
Arturo Sergio Visca, recapitulaba: "El estudio de la vida y personalidad del narrador uruguayo y el análisis de simbiosis entre su obra y su vida, cuenta ya con numerosos y bien documentados estudios...". La riqueza de la biografia de Quiroga ha sido, en más de una ocasión, perjudicial para el estudio crítico de la obra. La fascinación por el hombre ha eclipsado el interés por sus textos o ha hecho que se los lea como algo menor.
Se sabe que parte de esa fascinación por la vida de Quiroga es, en realidad, deslumbramiento ante la abundancia espectacular de la muerte en su historia. Esa es la parte más famosamente truculenta de la historia de Quiroga y puede ser resumida de este modo: a los 83 días de vida habrá visto desde los brazos de su madre cómo se mataba su padre al dispararse accidentalmente una escopeta de caza. Otra escopeta -la misma- empleó su padrastro hemipléjico para dispararse, esta vez de modo deliberado y trabajoso, en presencia de Quiroga, un adolescente de 15 años. En 1901 murieron apresuradamente dos de sus hermanos y al año siguiente es el mismo Quiroga quien asesina de un involuntario tiro en la boca a su amigo Federico Ferrando, joven arcediano del Consistorio del Gay Saber.
En diciembre de 1915 su primera y jovencísima mujer, Ana Maria Cirés, se envenena y agoniza ocho días antes de morir en Misiones, donde vivían desde 1910. El 31 de marzo de 1933, el golpe de estado de Terra provocó la autoeliminación pública del Dr. Baltasar Brum y -a modo de efecto colateral- la destitución de su amigo Horacio Quiroga de su cargo en el servicio diplomático, por entonces, único medio de sobrevivencia con que contaba el escritor. Esta sucesión no acaba, como se sabe, con la muerte del escritor: se prolonga en el suicidio de su hija Eglé (1938) y de su hijo Darío (1951); ambos jóvenes y bellos.
Frente a una trayectoria tan sobresaltada y trágica, es explicable que muchos lectores especializados hayan visto -incurriendo en cierto facilismo- la recurrente necrofilia de los relatos de Quiroga como una catarsis o un exorcismo en la cual el narrador transfigura y domestica sus propios espantos.
De ahí surge otro de los roles que ha encarnado Quiroga, otra de las siluetas que han servido para fabular, difundir y simplificar su imagen: la del personaje gótico, el neorromántico atormentado por esa cosa negra que nos rige, el escritor y sus fantasmas, el confeso epígono de Poe.
Todo arte es autobiográfico y la obra y vida de Quiroga sirven en bandeja la posibilidad de hacer paralelismos directos entre una y otra. Sostiene H. A. Murena: "Se acaba por vislumbrar una secreta elección, se siente como un símbolo esa presencia oscura y aterradora de la muerte". Y ratifica Noe Jitrik: "Se ve muerto (Quiroga) antes de morir, como dándose una última oportunidad. Si logra expulsar la imagen de la muerte de su vista o de su cerebro, quizá no muera. La única manera que se le ocurre para expulsaría es escribirse muerto..."
Este tipo de argumentación que atribuye a la escritura de Quiroga una intención transgresora, enfatiza el uso de una estética de lo feo, del crimen de la destrucción, de la enfermedad mental.
Por otro lado el abandono de la ciudad letrada para enterrarse en la selva ha sido interpretado también -aunque en sentidos diversos y hasta opuestos- en clave catártica. Se ha visto ese destierro, ese desplazamiento hacia los márgenes del mundo como una cura, como una especie de búsqueda de la pureza elemental, lejos del haschich, de Lugones, de los duelos a pistola y de los cenáculos. De ahí la obsesión por el trabajo brutal y la manualidad, de ahí la hiperactividad febril y colonizadora, como actitudes elementales y extenuantes para olvidar la muerte, como una prótesis de vitalismo frenético.
Sin embargo el exilio misionero puede mirarse también como una voluntad de negar el transcurrir del tiempo, repleto de acontecimientos, con el fin de enfrentarse al único acontecimiento que importa: la muerte, despojada ya de morbosa bijouterie poeniana o parnasiana, tal como reina en la paz de la "selva ensangrentada".
Es por eso que parece cómodo ver la escena póstuma de Quiroga evocada al comienzo, como una repetición más en el curriculum vital y textual del escritor y no resulta forzado tender una serie de links hacia cualquier sitio de su obra o de su historia de vida, desde ese final.
Compárese la imagen del Quiroga moribundo tutelado por el monstruo en la sala de hospital, con la imagen agonizante de Alicia en El almohadón de plumas, velada por su propio marido a quien su alucinación convertía en "un antropoide apoyado en la alfombra que tenía fijos en ella sus ojos".
Relaciónese esa viñeta con la del escritor mirando durante ocho días los estertores de su mujer envenenada, siendo mirado por su mujer envenenada. Imaginemos las cavilaciones de un hombre que sentía "solo como un gato", decidido a suicidarse después de una minuciosa charla con los médicos sobre los detalles de su enfermedad.
* Publicado originalmente en Insomnia, Nº 115
http://www.henciclopedia.org.uy/autores/Espinosa/Quiroga.htm, autor Gustavo Espinosa
Fragmentos de una semblanza de Horacio Quiroga
(En Misiones)... Todo este panorama extraño de Santa Clara tiene que haberlo captada Quiroga, con su extraordinaria sensibilidad, en los tres días que fue su huésped. Se le daba en la mañana un cabo y un soldado, un pico y una azada, un balde y un jarro. Con su valijita y su tubo de lata, el corto traje marrón y el gran pañuelo a cuadros anudado al cuello, ganaba el cerro y cavaba en él hasta las doce. No encontró rastros del aerolito. Le bastaba su encuentro con la flora indígena. Tenía un herbario que enriqueció en el cerro. Apretaba las hierbas aromáticas en el tubo de lata, mientras su hilo Darío buscaba víboras ente los pastos. Había heredado del padre ese amor por los animales, aún los dañinos. Respetaba toda vida animal. Perseguía víboras cuando éstas le habían hecho perder algún perro. Lloró al cervatillo que había criado y que le asesinaron una noche. "Mientras lo retornaba en brazos a casa -anotará más tarde - aprecié por vez primera lo que es apropiarse de una existencia".
Era terrible el sol da ese mes de enero. Pero Quiroga no temía por el hijo, que sabía cuidarse, con su gorra, debajo de la cual sabía extender una capa de hierbas frescas. Había inculcado a sus hijos la disciplina del peligro. Le contaba a Juana (Juana de Ibarbourou, excelsa poeta uruguaya cuya familia era amiga de Quiroga): a veces los colocaba juntos al borde de una altísima barranca y les decía: "no se muevan". Y se alejaba internándose en la selva. Parecía impasible, pero sufría. "Me alejaba quedándome", explicaba. Y Juana, que había entendido estrujaba contra ella a Julito, que empezaba a dormirse. Transcurrido un largo rato el padre volvía. "Volvía adelantándome", decía ahora con un ligero temblor de la voz, y significaba con la frase rara, que se adelantaba a sí mismo, espoleado por la angustia del peligro corrido por los hijos pequeños.
Disciplina terrible, Quiroga no la repitió muchas veces. Mientas él, alejado ya, miraba a lo lejos, sin ver, Darío le pasaba el brazo por la cintura a la hermanita mayor, diciéndole en voz muy baja: "No te muevas, Eglé, que podemos morirnos". En alguna ocasión el muchacho tuvo valor para gritar con voz fuerte, pero sabiendo ya que esa voz no llegaría hasta el padre, o que si llegaba, éste no querría oírla:
"-Piapiá..." Se perdía el eco, pero llegaba el padre, ya al borde de la angustia. Los abrazaba a los dos, estrechándolos contra el pecho, mudo y serio. Así los criaba, despreciando el peligro y amando el campo y la selva. De esa manera llegarían a centenarios. Eso decía. Pero la selva que les enseñó a no temer el peligro, se guardó el secreto de no temerle a la vida.
Los dos, padre e hija, se fueron voluntariamente. Y si ignoramos porque se mató Eglé, sabemos en cambio que era un Quiroga en derrota, ya condenado por el cáncer, el que alargó una noche su mano esquelética, hasta el vaso que podía salvarlo...
Cenó Quiroga en casa de Juana de Ibarbourou, las tres noches que pasó en el pueblo. Conoció la sobremesa cordial y elevada de la noble casa amiga. Se perdía en el sillón la figura pequeña, flaca, seca, huesuda. Gran narrador, complaciese sin embargo en ahorrar palabras. Hablaban por él sus extraños ojos verdes, que fijaba magnéticamente en los del interlocutor, tal vez para ocultar, lo que no conseguía siempre, su timidez.
Apenas sentado para la charla, extraía del bolsillo una pequeña madera y un cortaplumas, invirtiendo en labrarla todo el tiempo de la conversación. No conocimos a Quiroga y no sabemos si esa actitud suya era corriente en él. La describimos, porque la tuvo en Santa Clara, en esa corta visita de 1923. Hablaba poco, siempre ligero, y nunca de su propia obra. Cuando no creía en la ajena, era mordaz e implacable. A veces frenaba bruscamente su charla, para tararear un trozo de ópera, muy por lo bajo, cortando luego, también bruscamente su extraño arranque lírico, para volver a la conversación casi con humildad, como avergonzado por la interferencia.
Cuando se fue de Santa Clara, dejó en el pueblo una fuerte impresión de curiosidad y de misterio.
M. Ferdinand Pontac
Especial para Suplemento Dominical EL DIA Marzo 1949
http://letras-uruguay.espaciolatino.com/quiroga/vida_atormentada.htm