Los ojos arden. Siento cada parpadeo lastimar. La luz incesante del monitor se empeña en brillar aún más. ¿En qué momento desplazamos al libro? ¿Quién robó el perfume del libro nuevo, del viejo, de aquel por reparar en la mesa de saldo?
Tal vez sea la rutina. Sí, la rutina me hace pensar, cuestionar. Recuerdo en este preciso momento una vieja lectura de Eco y reflexiono.
Desde este sitio observo como todos se desesperan por ser libres en su hora de almuerzo. Hombres y mujeres simulan sus ansias por escapar, debatiendo sobre últimas noticias de espectáculos y programas televisivos; pero llegado el momento, huyen despavoridos por sus comidas.
Mi presencia junto a ella, encerrado en esta oficina, me angustia; pero sé que es incondicional, y sin más me conformo. Anhelando con fuerzas este descanso de la realidad, dirijo la mirada hacia la triste y cruel pantalla para retomar una vez más mi línea favorita: “…La curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los ojos.”
