Hola. Anteriormente había publicado dos escritos. Presento ahora, en una instancia, una prosa titulada “Episodio gris”, que retrata una añejada visión de un hecho ficticio indefectiblemente taciturno. “Galpón”, de verso libre, al estilo Whitman (uno de mis grandes padres literarios), es un pequeño homenaje a esa estructura que buenamente adorno momentos de mi infancia.
EPISODIO GRIS
De tanta ortopedia el tipo se colapso –dijo y cayo, y durante unos instantes, con la sala en silencio y con las caras graves, supe reflexionar y trate de entender las precisas palabras de este recto señor, que, por aquel entonces (el hecho ya paso) estaba otorgando la firmeza de sus años al corriente velorio-.
“Hay maleza que circunda, Juan –dirigiéndose a mí.
Y hay pavimento y hay mucho de vereda rota.”
Pensando algo más heroico, pausadamente siguió:
“Triste suerte la de todos, Juan: ¡Los años a uno lo vuelven piedra y no imán! Mejor entenderlo así. Mejor ahora. El tirado en el rectángulo es espectador de esa otra maravilla: la insospechada sombra. Tal nuestro destino, Juan, destino tangible que desentrañaremos y conoceremos y seremos eternamente prisionero tedioso de huesos.”
Tenía yo trece años, y apreté mi puño y llore.
El recuerdo vuelve a mí ahora, y abarca una fortuna: un consejo de un hombre gris.
(Murió tres años después del episodio.)
Se que el hombre engendro. Se que el hombre gusto y saboreo y fue dicha o desdicha. Esto ahora no importa
Para mi eternamente será un consejo de noche hostil.
Para mi eternamente será estas palabras: “Los años a uno lo vuelven piedra y no imán."
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GALPÓN
¡Arrabal de la casa!
Los objetos herrumbrosos -que son toda tu patria- me conocen arduo y compacto; material y móvil.
Entero te hallo; también húmedo, ergo oloroso.
Yo solía rendirme ante esa máxima fulminación: la opresión.
(No se si abrupta –ermitaño-, pero era una impetuosidad sumida a desniveles diarios.)
¡Tales tus desordenes, entrañable!
¿Recuerdas la caída en pleno domingo con destino hospitalario?
No faltaba la corrupción en tus consejos: acreditabas en mi toda idea corrupta de desamparo hacia otros cimientos.
¡Mas te sentía cuando una herida se abría por contingencias de tu posadero errático!
Galpón: ¿Cómo es posible que tu totalidad -esa nadería distante del orbe- haya influido en la imaginación de un ser humano, habiendo las innumerables maravillas que son gigantescas?
Galpón gastado: ¡Que daría yo por volver a sentir esa gravitación única! ¡Quisiera, irrevocablemente, rememorar esa opresión que solo un infante siente, y que el olvido más lo abriga, y que todo presente más lo desarma!
La cerradura yace cerrada: quedan solo uno o dos recuerdos felices, infelices.
EPISODIO GRIS
De tanta ortopedia el tipo se colapso –dijo y cayo, y durante unos instantes, con la sala en silencio y con las caras graves, supe reflexionar y trate de entender las precisas palabras de este recto señor, que, por aquel entonces (el hecho ya paso) estaba otorgando la firmeza de sus años al corriente velorio-.
“Hay maleza que circunda, Juan –dirigiéndose a mí.
Y hay pavimento y hay mucho de vereda rota.”
Pensando algo más heroico, pausadamente siguió:
“Triste suerte la de todos, Juan: ¡Los años a uno lo vuelven piedra y no imán! Mejor entenderlo así. Mejor ahora. El tirado en el rectángulo es espectador de esa otra maravilla: la insospechada sombra. Tal nuestro destino, Juan, destino tangible que desentrañaremos y conoceremos y seremos eternamente prisionero tedioso de huesos.”
Tenía yo trece años, y apreté mi puño y llore.
El recuerdo vuelve a mí ahora, y abarca una fortuna: un consejo de un hombre gris.
(Murió tres años después del episodio.)
Se que el hombre engendro. Se que el hombre gusto y saboreo y fue dicha o desdicha. Esto ahora no importa
Para mi eternamente será un consejo de noche hostil.
Para mi eternamente será estas palabras: “Los años a uno lo vuelven piedra y no imán."
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GALPÓN
¡Arrabal de la casa!
Los objetos herrumbrosos -que son toda tu patria- me conocen arduo y compacto; material y móvil.
Entero te hallo; también húmedo, ergo oloroso.
Yo solía rendirme ante esa máxima fulminación: la opresión.
(No se si abrupta –ermitaño-, pero era una impetuosidad sumida a desniveles diarios.)
¡Tales tus desordenes, entrañable!
¿Recuerdas la caída en pleno domingo con destino hospitalario?
No faltaba la corrupción en tus consejos: acreditabas en mi toda idea corrupta de desamparo hacia otros cimientos.
¡Mas te sentía cuando una herida se abría por contingencias de tu posadero errático!
Galpón: ¿Cómo es posible que tu totalidad -esa nadería distante del orbe- haya influido en la imaginación de un ser humano, habiendo las innumerables maravillas que son gigantescas?
Galpón gastado: ¡Que daría yo por volver a sentir esa gravitación única! ¡Quisiera, irrevocablemente, rememorar esa opresión que solo un infante siente, y que el olvido más lo abriga, y que todo presente más lo desarma!
La cerradura yace cerrada: quedan solo uno o dos recuerdos felices, infelices.