Indígenas Argentinos. (Epílogo)
Quiero contarles que anoche terminé de leer el libro "Caciques. Indigenas Argentinos", escrito por Mariana Vicat. Un interesante libro para aquellos que gusten de conocer un poco más acerca de los verdaderos dueños de nuestro país. Les recomiendo que lo lean, vale la pena y a la vez te llena de bronca, impotencia y lástima. Les dejo el epílogo, leanlo, está bueno.
"Cuando los ingleses intentaron apoderarse de Buenos Aires, los indígenas de la región colaboraron con los defensores de la ciudad, vigilando los movimientos de las tropas invasoras. Algunos caciques incluso ofrecieron sumar sus fuerzas a la resistencia. Durante la lucha por la Independencia, diferentes comunidades aborígenes apoyaron la epopeya libertadora y se incorporaron a las filas del ejército revolucionario. Guaraníes que habían sido adiestrados militarmente en las Misiones se unieron a las tropas de Manuel Belgrano en su Campaña del Paraguay. Luego, guaraníes y collas participaron en la Campaña del Alto Perú, alistados en el Ejército del Norte, y combatieron al lado de Martín Miguel de Güemes en el Noroeste. Una parte importante del regimiento de Granaderos a Caballos estaba integrada por guaraníes, y más adelante, José de San Martín requirió la colaboración de las tribus cuyanas en la organización de la expedición que atravesó los Andes para libertar a Chile. Huarpes y mapuche guiaron a sus soldados en el cruce, y lucharon en Chacabuco y Maipú.

A lo largo de esta etapa, en los dirigentes criollos predominó un fervor indegenista e integrador que consideraba a los habitantes originales de América como ciudadanos del nuevo país que se estaba gestando. Con motivo del reconocimiento del Primer Triunvirato por parte de varios jefes nativos, Feliciano Chiclana los reconoció como “vástagos del mismo tronco”, y afirmó que las diferencias de idioma y costumbres debían dejarse de lado “para constituir una sola familia”. La misma actitud guió las resoluciones de el asamblea del Año XIII, que abolió la encomienda, la mita y el yanaconazgo, y declaró a los indígenas “…hombres perfectamente libres y en igualdad de derechos a todos los demás ciudadanos que poblaban las Provincias Unidas del Sud”. Tres años después, sintonizando el mismo espíritu de Tucumán sugirieron que las actas del 9 de Julio de 1816 se tradujeran al quechua, al guaraní y al aimará. La fugaz Constitución de 1819 mantuvo esas tendencias igualitarias, pero la de 1853 marcó un rotundo cambio al establecer que las autoridades nacionales debían “proveer a la seguridad de las fronteras; conservar el trato amistoso con los indios y promover la conversión de ellos al catolicismo”. El giro político reflejaba el creciente expansionismo colonizador, que culminaría con las campañas del Desierto y del Chaco. Los aborígenes ahora eran vistos como “distintos” del resto de los argentinos, constituían un obstáculo que se oponía al empuje “civilizador”, una amenaza que debía ser conjurada por las buenas o por las malas.

Entre 1912 y 1980, el Estado nacional creó más de una veintena de organismos especializados en el tema. Hubo muchos proyectos que trataron de poner al aborigen en un pie de igualdad al resto de los argentinos, mediante la devolución u otorgamiento de tierras, legislación laboral específica y el respeto a su identidad cultural, pero no prosperaron demasiado. En la práctica, el indígena continuó padeciendo el sometimiento, la explotación, el confinamiento y el desprecio. La Constitución de 1949significó un avance positivo al eliminar las distinciones raciales entre los habitantes del país.
En 1965, se dispuso la realización del primer Censo Indígena Nacional, que se prolongó hasta mediados de 1968. Quedaron zonas sin relevar, con una estimación de casi noventa mil individuos sin censar, que sumados a la cifra parcial, totalizaban 165.381 aborígenes. A partir de 1983, la estabilidad democrática estimuló la sanción de leyes que intentaron mejorar la situación de las diferentes comunidades, reivindicando sus reclamos de justicia y la afirmación de sus derechos. La Constitución Nacional de 1994 dio un gran paso adelante con el artículo 75, inciso 17. En él reconoció –entre otras cosas- “la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos”; “la personería jurídica de sus comunidades y la posesión y propiedad comunitaria de las tierras que tradicionalmente ocupan”, y garantizó “el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural”.
En la actualidad, según las estadísticas del Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (ENDEPA), la población indígena de la Argentina se estima en más de un millón de personas. Los estudios llevados a cabo por otras organizaciones elevan esa cifra a un millón y medio.
Concluimos, entonces, que en la Argentina se destruyeron las culturas aborígenes a sangre y fuego. Y lo que es más triste, aniquilaron su orgullo de raza, su autovaloración. Los políticos y militares miraban hacia Europa, cuyos intelectuales no tenían en claro cual era la cosmovisión indígena. Sarmiento los odiaba: sus primas cautivas nunca pudieron reinsertarse en una sociedad que las excluía y se avergonzaba de ellas por “haber convivido con los salvajes”; esa era una herida abierta para el sanjuanino.
La llamada “Generación del ´80” los consideraba inferiores. No los comprendieron. El afán de conquistar sus dominios fue más fuerte que cualquier sensibilidad. Un coleccionista de cráneos y experto en saquear cementerios, como el Perito Moreno, quiso obligar a sus “huéspedes” a trabajar como taxidermistas y a limpiar los huesos de sus hermanos muertos. Gualicho, el dios malo, reía a carcajadas entre los huincas. Algo tan sagrado y tabú para ellos como los restos humanos, eran exhibidos en vitrinas para la contemplación de los curiosos en el Museo de La Plata. Casi todos los caciques capturados en la Campaña del Desierto, aun los que pudieron permanecer libres, murieron cubiertos de pobreza y miseria. Esto mismo sucedió en nombre de la codicia disfrazad de civilización, a lo largo y a lo ancho del país, con todos los pueblos indígenas.

Pudo ser diferente. Cuentan los galeses, que en la colonia de Chubut, una pareja tehuelche se topó, en un recodo del camino, con una pareja de inmigrantes galeses y su bebé. La sorpresa se pintó en sus rostros, y la mujer galesa depositó a su pequeño hijo en los brazos de la mujer tehuelche, quien le sonrió con dulzura y lo acunó. Pudimos ser sus amigos y convivir con ellos en armonía, pudimos respetar su cultura sin imponerles la nuestra. ¿Por qué quisimos bautizarlos con nombres de santos, si ellos se llamaban con nombres tan dulces como pajarita que canta o pluma de patito? Excepto los grandes terratenientes, todos habríamos ganado. Al fin de cuentas, el mundo es uno y una es la humanidad."
Este post va dedicado a Yair, un amante de las culturas nativas americanas, él fue el que me prestó el libro. Gracias!