El principal propósito de este texto es explorar los conceptos de mente y universo en el contexto del nuevo paradigma de cambio de la conciencia humana. El origen del título viene dado por lo fácil que es entender las conexiones que se van a hacer entre la teoría cuántica, la no localización, el teorema de Bell y los hologramas.
Empezaremos con un error de concepto clásico, remitiéndonos al supuesto fundamental de la física newtoniana. Se presuponía que los objetos físicos estaban separados unos de otros. También se consideraba que los objetos tenían una existencia separada del espacio. El clásico error de concepto acerca de la relación entre la realidad física y el espacio es que considera que dicha relación es análoga a la que se establece entre las bolas de una mesa de billar. El comportamiento de la realidad física fue descrito como las interacciones entre las bolas de billar. La propia mesa era considerada como algo completamente separado de lo que ocurriese en ella. De esta manera, la física clásica consideraba al espacio exclusivamente como un terreno de juego en el que tenían lugar las interacciones entre los objetos físicos.
Con la llegada de la teoría de la relatividad de Einstein, se tomaron en consideración nuevas relaciones. se observó que la realidad física era inseparable de la estructura espacial. En la física relativista, la realidad material todavía se describía en términos de objetos existentes de manera separada que interactuaban como bolas de billar. Sin embargo, ya se hizo una conexión entre la estructura de las bolas de billar y la de la mesa en la que se jugaba. Finalmente el tiempo y el espacio, que previamente eran considerados como mutuamente independientes, pasaron a ser considerados relativos o mutuamente relacionados a través de la estructura espacial subyacente del continuo espacio-tiempo.
No pasó mucho tiempo desde el descubrimiento de Einstein acerca de la interconectividad entre espacio y tiempo para que comenzara a surgir una nueva ciencia a la que llamamos física cuántica. Esta extraña ciencia nueva, con la que los físicos se encontraban cuando examinaban con una profundidad cada vez mayor la estructura del átomo, reveló una realidad que era cualquier cosa excepto coherente con el sentido común. Con esto quiero decir que las predicciones que realiza esta teoría acerca de la naturaleza de la realidad no se corresponden con nuestra percepción sensorial corriente de la realidad física. Sin embargo, la teoría cuántica es el método más preciso que tienen los físicos para predecir el comportamiento de la realidad física.
Un rasgo sorprendente del modelo cuántico es que en él los electrones, al igual que otras partículas subatómicas, en realidad no son objetos en absoluto. Además, un electrón puede manifestarse tanto en forma de onda como de partícula. Es posible excitar un electrón en una pantalla para que revele un diminuto punto de luz, lo que revela claramente el lado de su naturaleza afín a la partícula. Sin embargo, el electrón también puede comportarse como una nube difusa de energía. Si se lo estimula frente a una barrera en la que se hayan practicado dos aberturas, el electrón podrá salir por ambas de manera simultánea
Una interpretación popular de la evidencia propone que el electrón se manifiesta como partícula sólo cuando está siendo observado. Por ejemplo, cuando un electrón no está siendo observado, los hallazgos experimentales sugieren que siempre es una onda. En otra interpretación ligeramente diferente, es el método de observación lo que determina qué aspecto de la naturaleza de los electrones se manifestará. Teóricamente, podría decirse que lo que experimentamos como realidad física no existe en un estado definido o definitivo previo al acto de observación. De manera similar, el propio acto de la observación es el que define de alguna manera el estado de la realidad física. Esta línea de pensamiento representa una ruptura radical con la física clásica dado que para ésta no queda ninguna otra realidad externa que debamos esforzarnos por descubrir, ya que se supone que no hay interacción alguna que podamos realizar que sea capaz de afectar a lo que intentamos observar.
La teoría cuántica predice también otro fenómeno fascinante al que se conoce como no localización. Para nuestra percepción sensorial de la realidad física, es bastante evidente que las cosas tienen localizaciones específicas. Sin embargo David Bohm, uno de los discípulos favoritos de Einstein y uno de los físicos cuánticos más respetados del mundo, sostuvo su punto de vista de que, a nivel cuántico, la localización deja de existir. En otras palabras, todos los puntos del espacio se hacen iguales a todos los demás, por lo que deja de tener sentido hablar de cualquier cosa como si estuviese separada de cualquier otra. Una interacción no local vincula una localización con otra sin atravesar espacio alguno, sin debilitarse y sin retrasarse. Dicho de manera sencilla, la interacción no local no se ve mitigada y es directa e inmediata
La concepción de Bohm de la no localización le permitió brindar una explicación de lo que se conoce como la paradoja Einstein-Podolsky-Rosen o paradoja EPR. En resumen, la paradoja describe el problema de cómo es posible que dos partículas sean capaces de comunicarse entre sí de manera aparentemente instantánea. El problema es que, según la teoría de la relatividad de Einstein, nada puede viajar más deprisa que la velocidad de la luz, mucho menos de manera instantánea. La interpretación de Bohm de la paradoja EPR es que las partículas gemelas no están separadas, sino conectadas de manera no localizada
En 1964, un físico teórico llamado John Stewart Bell describió una demostración matemática elegante y sencilla que mostraba cómo podría verificarse experimentalmente la no localización. Dicha demostración se conoce como teorema de Bell. El único problema era que para probar este teorema se requería un nivel de precisión tecnológica que entonces todavía no estaba disponible . No fue sino en 1982 cuando los físicos Alain Aspect, Jean Dalibard y Gerard Roger, del Instituto de Óptica de la Universidad de Paris, consiguieron verificar la demostración de la partícula gemela anteriormente descrita por Bell.
En los llamados experimentos de Aspect, el efecto no local quedó demostrado produciendo una serie de partículas gemelas a las que se dejaba viajar en direcciones opuestas, para después medir algunas de sus características. Las partículas cuánticas, al ser observadas, exhiben lo que se conoce como giro sobre sí mismas o spin. En general, esta característica se produce por pares complementarios, tal como un spin ascendente o descendente. Para entender el tipo de experimentos practicados por Aspect y su equipo, consideremos la siguiente variación simple. Imaginemos dos partículas que, al sumarse, tienen un spin neto cero. Ello se debe a que cada una tiene un spin opuesto con respecto a la otra, por lo que, al combinarse, ambos sentidos de giro se compensan. Sin embargo, según la teoría cuántica, el estado preciso del sentido del spin de cada partícula permanece indefinido hasta que es observado. Dado que ambas partículas deben tener sentidos de spin opuestos, al determinarse el spin de una de las partículas mediante la observación, queda determinado también el spin de la otra
Lo asombroso es que la observación de una partícula determina instantáneamente el sentido del spin de la otra partícula independientemente de la distancia que las separe. No importa si están separadas diez pies o diez billones de millas. La pregunta que cabe hacerse es ¿cómo se transfiere la información entre dos partículas aparentemente separadas con más rapidez que la velocidad de la luz? Han surgido numerosas teorías que tratan de considerar variables ocultas que, de alguna manera, faciliten la relación inédita de causa y efecto en virtud de la cual una partícula afecta a la otra. Sin embargo, dichas teorías llevan a la conclusión más obvia, la que de la separación aparente entre las partículas es una ilusión en sí misma. La separación no es genuinamente real. La no localización simplemente es una manifestación de la unidad que finalmente subyace a lo que experimentamos como objetos físicos separados.
Empezaremos con un error de concepto clásico, remitiéndonos al supuesto fundamental de la física newtoniana. Se presuponía que los objetos físicos estaban separados unos de otros. También se consideraba que los objetos tenían una existencia separada del espacio. El clásico error de concepto acerca de la relación entre la realidad física y el espacio es que considera que dicha relación es análoga a la que se establece entre las bolas de una mesa de billar. El comportamiento de la realidad física fue descrito como las interacciones entre las bolas de billar. La propia mesa era considerada como algo completamente separado de lo que ocurriese en ella. De esta manera, la física clásica consideraba al espacio exclusivamente como un terreno de juego en el que tenían lugar las interacciones entre los objetos físicos.
Con la llegada de la teoría de la relatividad de Einstein, se tomaron en consideración nuevas relaciones. se observó que la realidad física era inseparable de la estructura espacial. En la física relativista, la realidad material todavía se describía en términos de objetos existentes de manera separada que interactuaban como bolas de billar. Sin embargo, ya se hizo una conexión entre la estructura de las bolas de billar y la de la mesa en la que se jugaba. Finalmente el tiempo y el espacio, que previamente eran considerados como mutuamente independientes, pasaron a ser considerados relativos o mutuamente relacionados a través de la estructura espacial subyacente del continuo espacio-tiempo.
No pasó mucho tiempo desde el descubrimiento de Einstein acerca de la interconectividad entre espacio y tiempo para que comenzara a surgir una nueva ciencia a la que llamamos física cuántica. Esta extraña ciencia nueva, con la que los físicos se encontraban cuando examinaban con una profundidad cada vez mayor la estructura del átomo, reveló una realidad que era cualquier cosa excepto coherente con el sentido común. Con esto quiero decir que las predicciones que realiza esta teoría acerca de la naturaleza de la realidad no se corresponden con nuestra percepción sensorial corriente de la realidad física. Sin embargo, la teoría cuántica es el método más preciso que tienen los físicos para predecir el comportamiento de la realidad física.
Un rasgo sorprendente del modelo cuántico es que en él los electrones, al igual que otras partículas subatómicas, en realidad no son objetos en absoluto. Además, un electrón puede manifestarse tanto en forma de onda como de partícula. Es posible excitar un electrón en una pantalla para que revele un diminuto punto de luz, lo que revela claramente el lado de su naturaleza afín a la partícula. Sin embargo, el electrón también puede comportarse como una nube difusa de energía. Si se lo estimula frente a una barrera en la que se hayan practicado dos aberturas, el electrón podrá salir por ambas de manera simultánea
Una interpretación popular de la evidencia propone que el electrón se manifiesta como partícula sólo cuando está siendo observado. Por ejemplo, cuando un electrón no está siendo observado, los hallazgos experimentales sugieren que siempre es una onda. En otra interpretación ligeramente diferente, es el método de observación lo que determina qué aspecto de la naturaleza de los electrones se manifestará. Teóricamente, podría decirse que lo que experimentamos como realidad física no existe en un estado definido o definitivo previo al acto de observación. De manera similar, el propio acto de la observación es el que define de alguna manera el estado de la realidad física. Esta línea de pensamiento representa una ruptura radical con la física clásica dado que para ésta no queda ninguna otra realidad externa que debamos esforzarnos por descubrir, ya que se supone que no hay interacción alguna que podamos realizar que sea capaz de afectar a lo que intentamos observar.
La teoría cuántica predice también otro fenómeno fascinante al que se conoce como no localización. Para nuestra percepción sensorial de la realidad física, es bastante evidente que las cosas tienen localizaciones específicas. Sin embargo David Bohm, uno de los discípulos favoritos de Einstein y uno de los físicos cuánticos más respetados del mundo, sostuvo su punto de vista de que, a nivel cuántico, la localización deja de existir. En otras palabras, todos los puntos del espacio se hacen iguales a todos los demás, por lo que deja de tener sentido hablar de cualquier cosa como si estuviese separada de cualquier otra. Una interacción no local vincula una localización con otra sin atravesar espacio alguno, sin debilitarse y sin retrasarse. Dicho de manera sencilla, la interacción no local no se ve mitigada y es directa e inmediata
La concepción de Bohm de la no localización le permitió brindar una explicación de lo que se conoce como la paradoja Einstein-Podolsky-Rosen o paradoja EPR. En resumen, la paradoja describe el problema de cómo es posible que dos partículas sean capaces de comunicarse entre sí de manera aparentemente instantánea. El problema es que, según la teoría de la relatividad de Einstein, nada puede viajar más deprisa que la velocidad de la luz, mucho menos de manera instantánea. La interpretación de Bohm de la paradoja EPR es que las partículas gemelas no están separadas, sino conectadas de manera no localizada
En 1964, un físico teórico llamado John Stewart Bell describió una demostración matemática elegante y sencilla que mostraba cómo podría verificarse experimentalmente la no localización. Dicha demostración se conoce como teorema de Bell. El único problema era que para probar este teorema se requería un nivel de precisión tecnológica que entonces todavía no estaba disponible . No fue sino en 1982 cuando los físicos Alain Aspect, Jean Dalibard y Gerard Roger, del Instituto de Óptica de la Universidad de Paris, consiguieron verificar la demostración de la partícula gemela anteriormente descrita por Bell.
En los llamados experimentos de Aspect, el efecto no local quedó demostrado produciendo una serie de partículas gemelas a las que se dejaba viajar en direcciones opuestas, para después medir algunas de sus características. Las partículas cuánticas, al ser observadas, exhiben lo que se conoce como giro sobre sí mismas o spin. En general, esta característica se produce por pares complementarios, tal como un spin ascendente o descendente. Para entender el tipo de experimentos practicados por Aspect y su equipo, consideremos la siguiente variación simple. Imaginemos dos partículas que, al sumarse, tienen un spin neto cero. Ello se debe a que cada una tiene un spin opuesto con respecto a la otra, por lo que, al combinarse, ambos sentidos de giro se compensan. Sin embargo, según la teoría cuántica, el estado preciso del sentido del spin de cada partícula permanece indefinido hasta que es observado. Dado que ambas partículas deben tener sentidos de spin opuestos, al determinarse el spin de una de las partículas mediante la observación, queda determinado también el spin de la otra
Lo asombroso es que la observación de una partícula determina instantáneamente el sentido del spin de la otra partícula independientemente de la distancia que las separe. No importa si están separadas diez pies o diez billones de millas. La pregunta que cabe hacerse es ¿cómo se transfiere la información entre dos partículas aparentemente separadas con más rapidez que la velocidad de la luz? Han surgido numerosas teorías que tratan de considerar variables ocultas que, de alguna manera, faciliten la relación inédita de causa y efecto en virtud de la cual una partícula afecta a la otra. Sin embargo, dichas teorías llevan a la conclusión más obvia, la que de la separación aparente entre las partículas es una ilusión en sí misma. La separación no es genuinamente real. La no localización simplemente es una manifestación de la unidad que finalmente subyace a lo que experimentamos como objetos físicos separados.