“Curioso, pero todos me imaginan gordito”
El 29 de marzo se inauguró, en el Palacio de Bellas Artes, una retrospectiva del pintor colombiano, que festeja 80 años y 65 de vida artística. Sus influencias y derroteros quedan aquí consignados.
Fernando Botero ha sido copista en El Prado, torero, esposo tres veces, padre de familia, pero sobre todo artista: pintor, escultor y dibujante. A los quince años se matriculó en la escuela de tauromaquia en su natal Medellín. A Botero la afición taurina le viene de familia: su tío Joaquín, fanático de la fiesta, lo llevó muchas veces a la plaza de la Macarena. El color, lo primitivo unido a lo fastuoso de la fiesta, no se borraría más de su memoria. La ilusión le duraría dos años, y la enterraría un animal de 400 kilos. “Me faltó todo el valor de la tierra”, comentó en una entrevista. Fue en sus ratos libres del toreo que copiaba los carteles de Ruano Llopis, uno de los cuales vendió por algunos pesos que perdió mientras corría a darle la noticia a su familia: el bolsillo de su pantalón estaba roto. En la década de 1980 retomaría el tema: ningún otro pintor contemporáneo (incluido Picasso) ha realizado un homenaje tan completo y sentido de la fiesta brava como Botero.
Hijo de David Botero y Flora Angulo, Fernando Botero nació en Medellín, Colombia, en 1932. De su padre, que murió cuando él tenía cuatro años, sabe que cantaba ópera cuando bebía de más y que amaba la historia universal. Su tío Joaquín Angulo fue el encargado de su formación. Descubrió el gusto por la pintura y el dibujo en un librito de arte moderno que trataba de Picasso, Miró, Matisse… Después de eso comenzó a ejecutar dibujos taurinos copiados de los libros de historia de su padre que más tarde vendió al periódico El Colombiano. Con el dinero que ahorró, partió para Europa; estudió poco tiempo en la Academia de San Fernando en Madrid y en la de San Marcos en Florencia.
• • •
Formalmente, la pintura de Botero es más un lenguaje que una técnica. Sin dejar de ser figurativa, representa un concepto, un modo de pensar, una ironía. La clave de ella es la frase que él mismo utiliza: “Me gusta exaltar la forma, hago todo más grande; doto de volumen”. A pesar de la aparente ingenuidad de sus piezas, éstas contienen un análisis profundo de las personas y su entorno. El volumen que su pincel imprime, vacía a las personas y a los objetos de todo contenido sentimental, intelectual y moral, reduciéndolos a simples presencias físicas.
En la pintura de Botero se reconocen influencias de la pintura florentina del Quattrocento, especialmente la obra de Piero della Francesca, de la pintura de la Colombia decimonónica y de la escuela muralista mexicana. “La madurez de un artista supone que las influencias que alimentan su obra van quedando atrás. Lo importante es estar abiertos a estas influencias y saberlas asimilar y superar. En ese momento alcanza una madurez estilística y artística”. Colombiano y universal, sus cuadros tienen sabor a pueblo. La Colombia de sus recuerdos constituye el grueso de su producción artística: “Para que el arte sea universal debe estar profundamente arraigado en lo local”.
Le gusta trabajar a solas. Su hija Lina comenta: “Entrar a su estudio es como entrar a un mundo mágico”. Nunca ha trabajado con modelos ni con base a una realidad; sus obras se inspiran en sus recuerdos. Tiene una enorme disciplina, viaja con sus cuadernos de bocetos que llena todos los días, y acude a ellos cuando va a realizar una obra nueva. Crea un mundo mágico improbable, un universo coherente, con un mismo lenguaje. “El Botero que se conoce en la actualidad es el resultado de mucho trabajo y constancia”, añade su hija. Su familia ha sido sumamente importante en su vida y su hija Lina es su mano derecha. “Trató en algún momento de que todos aprendiéramos a pintar. Teníamos tres butacos y caballetes pero hubo una etapa en que la crítica fue tan aterradora que de un momento para otro desaparecieron los pinceles y los lienzos. Yo creo que pensó que quería para sus hijos un camino más fácil que el que él tuvo en la vida”.
• • •
Entrevistar a Fernando Botero es como conversar con un viejo amigo, sobre todo si se comparte la pasión por el arte. Al entrar a la sala de “las versiones” lo primero que hace es contemplar sus obras como quien ve a sus hijos y dice: “Casi nunca las he visto juntas, son demasiado grandes para tenerlas en casa”. Para ser artista hay que amar el arte y Botero lo ha entendido a la perfección: aprendió el oficio estudiando y copiando a grandes maestros como Goya, Ingres, Giacometti… “A Velázquez nunca lo he copiado, ahora he realizado versiones: diez del niño de Vallecas, cambiando un poco la pose. Me gusta más el impacto frontal”. A su parecer, el pintor más grande que ha existido es Piero della Francesca. Botero realiza una versión del cuadro Los duques de Urbino como homenaje al pintor. “Mi cuadro de los duques es mucho más grande, el original mide 30 centímetros”, y en un capricho invierte a los modelos: Federico da Montefeltro queda del lado izquierdo, Battista Sforza del lado derecho. En el original de Piero della Francesca el duque de Urbino muestra su perfil izquierdo ya que en un duelo perdió el ojo derecho y estaba desfigurado. “Yo lo hice a la inversa”, comenta el artista, “decidí pintar el ojo que le faltaba a Federico. ¿Sabes?, se mandó a operar la nariz para poder ver más con el ojo que le quedaba; tenía una nariz enorme”.
En el Botero la perspectiva aérea es más plana, los duques llenan el formato y la paleta es más intensa. Con respecto a las versiones que hace de las obras de los grandes maestros, declara: “Traté de comunicar mi manera de pensar, no hacer una copia, sino hacer una versión boteriana de cuadros importantes. Admiro a los artistas por su coherencia; a los que han sido consecuentes con un estilo como fue el caso de Giacometti”. Botero tiene paz, la paz que le da haber ganado millones con lo que ama hacer. No es heredero, no se lo ha quitado a nadie; lo ha ganado con su talento y con su capacidad de comercializar su obra. Dan ganas de quedarse horas con él, platicando y comprobando que hay genios divertidos.
Botero festeja 65 años de creación y 80 años de vida en el país donde descubrió su estilo: México. En el Palacio de Bellas Artes pueden admirarse 177 piezas que trazan su vida artística. Ésta es, en palabras de Lina Botero: “La más grande retrospectiva que se ha organizado jamás de Fernando Botero. Qué maravilla que sea acá en México”. El catálogo contiene cinco cuentos que el mismo Botero escribió cuando era joven, además de textos de Carlos Fuentes, Lina Botero y Vargas Llosa, entre otros. La exposición está compuesta por óleos, dibujos, pasteles y esculturas de diferentes formatos, incluyendo cinco monumentales montadas en la explanada del Palacio. Está dividida según los temas más importantes que han ocupado la vida del artista —el circo, la fiesta brava, el arte sacro, las versiones— y hay una sala dedicada a la serie de Abu Ghraib, la más oscura e introspectiva de la muestra.
Fernando Botero luce bien. A la pregunta de cuánto pesa, sonríe y responde: “75 kilos y mido 1.75”. Y añade: “No soy un Botero. Curioso, pero todos me imaginan gordito”.