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Resistencia 3 [Escrito propio]

Arte9/30/2013
Bueno, la tercera parte de esta historia! =)
Gracias a los que se toman el tiempo de leer, comentar y criticar constructivamente. Gracais por los mensajes, los datos y la buena onda!

Desperté envuelto en un rocío que se evaporaba en mi ropa segundo a segundo, el sol estaba alto en el cielo y los pájaros cantaban ajenos a las tragedias del mundo, como recordándome con cada piar que la tristeza es solamente humana <<Y a su modo es hermosa>> me permití divagar, <<somos diferentes del resto de los animales de esta tierra porque razonamos, y en el razonamiento radican las sombras de la melancolía, el compás cínico de la tristeza y el abismo invisible de la locura>>
Abrí mi bolso para buscar una muda de ropa seca y me cambié bajo un pino, donde colgué las prendas húmedas. Miré el campamento, dos tiendas pequeñas una frente a la otra y un fuego extinto en el medio. Es impresionante como los detalles más conmovedores de un paisaje aparecen de repente en nuestros ojos, como gritándonos fuerte y claro lo desdichados que podríamos llegar a ser si los ignoramos, pero por suerte eso no solía pasarme, mi madre desde el pecho me enseñó a respirar, ver, escuchar y sentir cada aspecto de el mundo hermoso que nos rodeaba; y después de unos segundos el detalle más sublime de esos últimos días de horrores inundó mi rostro, primero con la más pura luz, para reemplazarla después por las lagrimas más dolorosas. Ahí estaba mi guitarra, guardada en su estuche negro dentro de una de las tiendas. <<Perdón, bonita, perdón por no poder tocarte, pero es muy peligroso>>
Traté de ignorarlo todo, los recuerdos de la noche del ataque, el bosque que parecía cerrarse sobre el cielo, la cara de Verónica en cada rayo de sol, mi nombre en cada soplo de briza.
De pronto escuché risas, <<No puede ser, no dejamos rastros>>. El terror me asaltó, pero no iba a dejar que se apoderara de mi, corrí a toda velocidad hacia el árbol más ancho que tenía alrededor y me escondí, mis sentidos estaban alerta, mi corazón latía rápido, y mi cuerpo se acomodaba casi perfectamente al suelo; traté de controlar mi respiración. Las voces se escuchaban cada vez más cerca, en segundos estarían sobre el campamento. Y entonces el miedo se hiso más pesado en mi pecho <<Mi guitarra, mis cuadernos>>. No sabría cómo explicar lo que pasó por mi cabeza a continuación, es más, me atrevo a sospechar que fue uno de esos momentos en que la mente se enfrenta a tantas decisiones y pensamientos simultáneos se apaga por completo, y el instinto decide automáticamente; lo cierto es que en segundos estaba volviendo al campamento a defender lo que era mío, lo único que me quedaba. Me planté como si supiera lo que hacía y adopté una postura señorial, como un príncipe de armadura dorada en pleno campo de batalla, aunque cabe aclarar que de impresionante no tenía nada, estaba famélico de hambre, no había comido en tres días, mi ropa era vieja y en nada se asemejaban a una armadura de oro, y ni siquiera había tenido tiempo de cortar una rama que me sirviera de espada <<Bien, si no han de recordarme como un héroe de cuentos, por lo menos van a tener una historia que contar alrededor del fuego esta noche sobre un loco y su guitarra>>.
Entonces los vi, eran dos, <<Quizás tenga posibilidades>> pensé. Pero algo en la imagen no encajaba, venían como jugando, y no llevaban armaduras ni espadas.
-¿Estas son horas de despertarse?- Se burló uno dirigiéndose a mi
-¿Qué haces así parado, payaso?- Dijo el otro
Eran Emanuel y José. De repente me encontré riéndome de mi mismo, estaba doblado como un bufón de corte con miedo, y tenso como un animal acorralado.
-Trajimos conejo y leña. Hay que comer algo- Dijo Ema cuando estuvieron cerca. Me dio una palmada en el hombro y se fue a preparar al animal.
José siempre fue el menos sutil, me tiró la leña a los pies y me preguntó en un tono que de pregunta no tenía nada –Imagino que sabes quién va a prender el fuego hoy, ¿no?- Los dos reímos. Era lo justo y lo sabía.
Ese mediodía pasó rápido y sin novedades, pero también paso de una forma extraña. Los tres comíamos y conversábamos amigablemente como siempre; sin embargo nos conocíamos muy bien como para que las risas nos confundieran, a los tres nos sabían extrañas las sonrisas en la boca y lo disimulábamos por el bien propio y el de todos; era como si la tristeza hubiese pasado a un plano implícito e inútilmente tratáramos de disimularlo.
Cuando José se acostó en una de las tiendas Emanuel me preguntó -¿Cómo estás?- No había rastros de la falsa felicidad en su cara, era una pregunta directa al corazón, de esas que solo podía contestarle a él. No me mal interpreten, ellos dos siempre fueron mis mejores amigos, pero con cada uno compartía cosas diferentes, José siempre fue el tipo con quien despejarme y olvidarme de todo y sin embargo entendíamos todas las tristezas del otro en silencio. Con Ema era al revés, era de esas personas con quien quería pasar horas hablando, me escuchaba, y por si fuera poco se preocupaba por mí.
-Respirando, resistiendo- Contesté con un tono que exponía más seguridad de la que tenía en realidad. Mi amigo se dio cuenta de eso y me clavó una de esas miradas que dicen “Se que estas mintiendo en algún punto, no soy idiota. Te conozco desde hace años y quiero la verdad”. Como odiaba cuando me miraba así –Confundido, Ema, sobre todo confundido, la realidad se vuelve por momentos demasiado pasajera y las personas a mi alrededor inmensamente fugases. Tengo miedo de estar loco.- contesté con un hilo de voz, como si los tres días anteriores de golpe volvieran a ocupar el primer plano en mi cabeza y en mi cuerpo.
Hubo un silencio, todo parecía aletargado, casi onírico, el viento húmedo traía a nosotros el olor fuerte del bosque bajo el sol y se escuchaban las ramas chocando a su paso. Durante un tiempo no se sintió más que eso, hasta que Emanuel rompió la calma –Leo, Los personajes inconstantes son también imperecederos, pero hay que saber controlarlos. Tu historia está planteada así, fuera de los límites de esa realidad constante que nos envuelve a todos, o no- Miró al cielo –No puedo decirte como tenés que actuar, pero puedo asegurarte que al igual que las nubes que se mueven con el viento, siempre voy a volver, nunca vas a cargar tu cruz solo, ni nosotros la nuestra, la resistencia está dividida, pero resistiendo, cada uno con su historia, cada quien aguantando el peso del mundo en los hombros del otro. Frente en alto y mirada en el horizonte… Se avecina una tormenta-
Una ráfaga de viento cálido soltó una gota que se aferraba a un pino y la dejó caer con violencia en mi mejilla. Tras la espesura se escucho un trueno distante.



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