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Las Cien Mejores Poesías de la Lengua Castellana (Parte1)

Arte12/22/2011
Las Cien Mejores Poesías de la Lengua Castellana (Parte1)

mejorescastellanoPoesias


Amor Oculto
Manuel del Palacio
(1831–1906)


Ya de mi amor la confesión sincera
Oyeron tus calladas celosías,
Y fue testigo de las ansias mías
La luna, de los tristes compañera.

Tu nombre dice el ave placentera
A quien visito yo todos los días,
Y alegran mis soñadas alegrías
El valle, el monte, la comarca entera.

Sólo tú mi secreto no conoces,
Por más que el alma con latido ardiente,
Sin yo quererlo, te lo diga a voces;

Y acaso has de ignorarlo eternamente,
Como las ondas de la mar veloces
La ofrenda ignoran que les da la fuente.




marcelino menendez y pelayomanuel del palacio


Restitución
Federico Balart
(1831–1905)


Estas pobres canciones que te consagro,
En mi mente han nacido por un milagro.
Desnudas de las galas que presta el arte,
Mi voluntad en ellas no tiene parte:
Yo no sé resistirlas ni suscitarlas;
Yo ni aun sé comprenderlas al formularlas;
Y es en mí su lamento, sentido y grave,
Natural como el trino que lanza el ave.
Santas inspiraciones que tú me envías,
Puedo decir, esposa, que no son mías:
Pensamiento y palabra de ti recibo;
Tú en silencio las dictas; yo las escribo.



Desde que abandonaste nuestra morada,
De la mortal escoria purificada,
Transformado está el fondo del alma mía,
Y voces oigo en ella que antes no oía.
Todo cuanto, en la tierra y el mar y el viento,
Tiene matiz, aroma, forma o acento,
De mi ánimo abatido turba la calma
Y en canción se convierte dentro del alma.
Y es que, en estas tinieblas donde me pierdo,
Todo está confundido con tu recuerdo:
¡Sin él, todo es silencio, sombra y vacío
En la tierra y el viento y el mar bravío!



Revueltos peñascales, áspera breña
Donde salta el torrente de peña en peña;
Corrientes bullidoras del claro río;
Religiosos murmullos del bosque umbrío;
Tórtola que en sus frondas unes tus quejas
Al calmante zumbido de las abejas;
Águila que levantas el corvo vuelo
Por el azul espacio que cubre el cielo;
Golondrina que emigras cuando el Octubre,
Con sus pálidas hojas el suelo cubre,
Y al amor de tu nido tornas ligera
Cuando esparce sus flores la primavera;
Aura mansa que llevas, en vuelo tardo,
Efluvios de azucena, jazmín y nardo;
Brisas que en el desierto sois mensajeras
De los tiernos amores de las palmeras
( ¡De las pobres palmeras que, separadas,
Se miran silenciosas y enamoradas!);
Pardas nieblas del valle, nieves del monte,
Cambiantes y vislumbres del horizonte;
Tempestad que bramando con ronco acento
Tus cabellos de lluvia tiendes al viento;
Solitaria ensenada, restinga ignota
Donde oculta su nido la gaviota;
Olas embravecidas que pone a raya
Con sus rubias arenas la corva playa;
Grutas donde repiten con sordo acento
Sus querellas y halagos la mar y el viento;
Velas desconocidas que en lontananza
Pasáis como los sueños de la esperanza;
Nebuloso horizonte, tras cuyo velo
Sus límites confunden la mar y el cielo;
Rayo de sol poniente que te abres paso
Por los rotos celajes del triste ocaso;
Melancólico rayo de blanca luna
Reflejado en la cresta de escueta duna;
Negra noche que dejas de monte a monte
Granizado de estrellas el horizonte;
Lamento misterioso de la campana
Que en la nocturna sombra suena lejana,
Pidiendo por ciudades y por desiertos
La oración de los vivos para los muertos;
Plegaria que te elevas entre la nube
Del incienso que en ondas al cielo sube
Cuando al Señor dirigen himnos fervientes
Santos anacoretas y penitentes:
Catedrales ruinosas, mudas y muertas,
Cuyas góticas naves hallo desiertas,
Cuyas leves agujas, al cielo alzadas,
Parecen oraciones petrificadas;
Torres donde, por cima de la veleta
Que a merced de los vientos se agita inquieta,
Señalando regiones que nadie ha visto
Tiende inmóvil sus brazos la fe de Cristo:
Luces, sombras, murmullos, flores, espumas,
Transparentes neblinas, espesas brumas,
Valles, montes, abismos, tormentas, mares,
Auras, brisas, aromas, nidos y altares,
Vosotros en el fondo del alma mía
Despertáis siempre un eco de poesía:
Y es que siempre a vosotros encuentro unido
El recuerdo doliente del bien perdido.
Sin él, ¿qué es la grandeza, qué es el tesoro
De la tierra y el viento y el mar sonoro?



Ya lo ves: las canciones que te consagro,
En mi mente han nacido por un milagro.
Nada en ellas es mío, todo es don tuyo:
Por eso a ti, de hinojos, las restituyo.
¡Pobres hojas caídas de la arboleda,
Sin su verdor el alma desnuda queda!

Pero no, que aun te deben mis desventuras
Otras más delicadas, otras más puras:
Canciones que, por miedo de profanarlas,
En el alma conservo sin pronunciarlas;
Recuerdos de las horas que, embelesado,
En nuestro pobre albergue pasé a tu lado,
Cuando al alma y al cuerpo daban pujanza
Juventud y cariño, fe y esperanza;
Cuando, lejos del mundo parlero y vano,
Íbamos por la vida mano con mano;
Cuando, húmedos los ojos, juntas las palmas,
En una se fundían nuestras dos almas:
Canciones silenciosas que el alma hieren;
Canciones que en mí nacen y que en mí mueren;
¡Hechizadas canciones, con cuyo encanto
A mis áridos ojos se agolpa el llanto!



Y aun a veces aplacan mis amarguras
Otras más misteriosas, otras más puras:
Canciones sin palabra, sin pensamiento,
Vagas emanaciones del sentimiento;
Silencioso gemido de amor y pena
Que, en el fondo del pecho, callado suena;
Aspiración confusa qué, en vivo anhelo,
Ya es canción, ya plegaria que sube al cielo;
Inquietudes del alma, de amor herida;
Vagos presentimientos de la otra vida;
Éxtasis de la mente que a Dios se lanza;
Luminosos destellos de la esperanza;
Voces que me aseguran que podré verte
Cuando al mundo mis ojos cierre la muerte:
¡Canciones que, por santas, no tienen nombres
En la lengua grosera que hablan los hombres!
Ésas son las que endulzan mi amargo duelo;
Ésas son las que el alma llaman al cielo;
Ésas de mi esperanza fijan el polo,
¡Y ésas son las que guardo para mí solo!





En Nochebuena
Vicente W. Querol
(1836–1889)


A mis ancianos padres


I

Un año más en el hogar paterno
Celebramos la fiesta del Dios-niño,
Símbolo augusto del amor eterno,
Cuando cubre los montes el invierno
Con su manto de armiño.


II

Como en el día de la fausta boda
O en el que el santo de los padres llega,
La turba alegre de los niños juega,
Y en la ancha sala la familia toda
De noche se congrega.


III

La roja lumbre de los troncos brilla
Del pequeño dormido en la mejilla,
Que con tímido afán su madre besa;
Y se refleja alegre en la vajilla
De la dispuesta mesa.


IV

A su sobrino, que lo escucha atento,
Mi hermana dice el pavoroso cuento,
Y mi otra hermana la canción modula
Que, o bien surge vibrante, o bien ondula
Prolongada en el viento.


V

Mi madre tiende las rugosas manos
Al nieto que huye por la blanda alfombra;
Hablan de pie mi padre y mis hermanos,
Mientras yo, recatándome en la sombra,
Pienso en hondos arcanos.


VI

Pienso que de los días de ventura
Las horas van apresurando el paso,
Y que empaña el oriente niebla oscura,
Cuando aun el rayo trémulo fulgura
Último del ocaso.


VII

¡Padres míos, mi amor! ¡Cómo envenena
Las breves dichas el temor del daño!
Hoy presidís nuestra modesta cena,
Pero en el porvenir . . . yo sé que un año
Vendrá sin Nochebuena.


VIII

Vendrá, y las que hoy son risas y alborozo
Serán muda aflicción y hondo sollozo.
No cantará mi hermana, y mi sobrina
No escuchará la historia peregrina
Que le da miedo y gozo.


IX

No dará nuestro hogar rojos destellos
Sobre el limpio cristal de la vajilla,
Y, si alguien osa hablar, será de aquellos
Que hoy honran nuestra fiesta tan sencilla
Con sus blancos cabellos.


X

Blancos cabellos cuya amada hebra
Es cual corona de laurel de plata,
Mejor que esas coronas que celebra
La vil lisonja, la ignorancia acata,
Y el infortunio quiebra.


XI

¡Padres míos, mi amor! Cuando contemplo
La sublime bondad de vuestro rostro,
Mi alma a los trances de la vida templo,
Y ante esa imagen para orar me postro,
Cual me postro en el templo.


XII

Cada arruga que surca ese semblante
Es del trabajo la profunda huella,
O fue un dolor de vuestro pecho amante.
La historia fiel de una época distante
Puedo leer yo en ella.


XIII

La historia de los tiempos sin ventura
En que luchasteis con la adversa suerte,
Y en que, tras negras horas de amargura,
Mi madre se sintió más noble y pura
Y mi padre más fuerte.


XIV

Cuando la noche toda en la cansada
Labor tuvisteis vuestros ojos fijos,
Y, al venceros el sueño a la alborada
Fuerzas os dio posar vuestra mirada
En los dormidos hijos.


XV

Las lágrimas correr una tras una
Con noble orgullo por mi faz yo siento,
Pensando que hayan sido por fortuna,
Esas honradas manos mi sustento
Y esos brazos mi cuna.


XVI

¡Padres míos, mi amor! Mi alma quisiera
Pagaros hoy la que en mi edad primera
Sufristeis sin gemir, lenta agonía,
Y que cada dolor de entonces fuera
Germen de una alegría.


XVII

Entonces vuestro mal curaba el gozo
De ver al hijo convertirse en mozo,
Mientras que al verme yo en vuestra presencia
Siento mi dicha ahogada en el sollozo
De una temida ausencia.


XVIII

Si el vigor juvenil volver de nuevo
Pudiese a vuestra edad, ¿por qué estas penas?
Yo os daría mi sangre de mancebo,
Tornando así con ella a vuestras venas
Esta vida que os debo.


XIX

Que de tal modo la aflicción me embarga
Pensando en la posible despedida,
Que imagino ha de ser tarea amarga
Llevar la vida, como inútil carga,
Después de vuestra vida.


XX

Ese plazo fatal, sordo, inflexible,
Miro acercarse con profundo espanto,
Y en dudas grita el corazón sensible:
«Si aplacar al destino es imposible,
¿Para qué amarnos tanto?»


XXI

Para estar juntos en la vida eterna
Cuando acabe esta vida transitoria:
Si Dios, que el curso universal gobierna,
Nos devuelve en el cielo esta unión tierna,
Yo no aspiro a más gloria.


XXII

Pero en tanto, buen Dios, mi mejor palma
Será que prolonguéis la dulce calma
Que hoy nuestro hogar en su recinto encierra:
Para marchar yo solo por la tierra
No hay fuerzas en mi alma.




mejorescastellano


Carta
al Sr. D. Pedro A. de Alarcón, acerca de la Poesía

Vicente W. Querol
(1836–1889)



Amigo, cedo al fin. Los que dispersos
Entregué al aire vano
En mi edad juvenil fútiles versos,
Hoy con piadosa mano
Recojo y cierro en el modesto libro,
Que al triste olvido de la edad entrego,
O al duro fallo de los tiempos libro.
Lo engendré en la nocturna
Fiebre de mis pasiones primerizas,
Y hoy guardo en él, como en sagrada urna,
Del corazón las cálidas cenizas.

En él están mis infantiles sueños,
El laurel disputado en arduas lizas,
De la osada ambición locos empeños,
Le fe jurada, la esperanza muerta,
La aspiración incierta,
Los horizontes del amor risueños:
Cuanto amé y esperé.
Huecas y frías En el oído extraño,
Ajeno a mi placer, sordo a mi daño,
Sonarán siempre las canciones mías;
Pero, al volver sus páginas, yo encuentro
Mi gozo entre ellas o mi antigua angustia,
Cual suele hallarse dentro
De un olvidado libro una flor mustia.



Yo cobarde no oculto
Mi fe en ti, desdeñada Poesía,
Ni el ciego amor y el fervoroso culto
Con que en tus aras me postré algún día:
No reniego de ti cuando la mofa,
Cuando el villano insulto
Responden sólo a tu vibrante estrofa:
No aparto de mi labio
De tu cáliz de hiel las negras heces,
Ni te abandono al miserable agravio,
O a las burlas soeces
Del vulgo, indigno de tu noble estro;
Y cuando ante el siniestro
Tribunal vas de tus inicuos jueces
Yo, discípulo tuyo, por tres veces
No negaré al Maestro.



¡Santa palabra de Jehová!
Con ella
Moisés cantó el enojo
Con que borró de Faraón la huella
En sus líquidos antros el Mar-Rojo:
Con ella sobre Nínive, sujeta
Al yugo del pecado, y sobre Tiro,
Y en la ancha plaza de Sidón inquieta,
Quejumbroso suspiro
O eterna maldición lanzó el Profeta:
Con ella junto al cauce
Del extranjero río, su salterio
Colgando al tronco del umbroso sauce,
Lloró Judá su amargo cautiverio:
Con ella dijo su doliente cuita
Job a la inmunda fiera del desierto;
Y con ella la hermosa Sulamita
Cantó al amor en su cercado huerto.



¡Numen severo de la historia!
Vive
Todo lo que el poeta
Con sabio ritmo sonoroso escribe;
Muere lo que desdeña! Allá, en la vaga
Muda extensión del páramo infinito,
La soberbia pirámide naufraga:
La esfinge de granito
Se hunde en la arena movediza; el verde
Musgo los templos de Ática sepulta:
La corva reja del arado muerde
Las feraces colinas
Donde su oprobio Babilonia oculta:
El rebaño del árabe se pierde
Entre las vastas ruinas
Que cubren tus llanuras, oh Cartago;
Mientras que en las vecinas
Costas de Italia, con el propio estrago,
Tu egregia vencedora,
La Reina de las águilas latinas,
Sola, entre tumbas profanadas llora.



Envuelta en el sudario
De un vergonzoso olvido,
Fuera la Tierra el miserable osario
De las humanas razas, si el gemido
O el cántico de gloria
De los antiguos vates,
Eco veraz de la solemne historia.
No nos trajera en clamoroso ruido
Sus fragorosas ruinas y combates,
Ayes de muerte y gritos de victoria.
De un siglo al otro siglo el viento lleva
En las vibrantes cuerdas de la lira,
La predicción de la esperanza nueva
O el triste llanto de la edad que expira,
Y como en la callada
Soledad de las noches de astro en astro
Vuela el pálido rastro
De la luz increada,
Así el vate, en la oscura
Noche del tiempo que el pasado esconde,
Habla a los bardos de la edad futura,
Y Ossián los cantos de Ilión murmura
Y Dante al salmo de David responde.



¡Hija de la Belleza!
A la alborada
De blanca luz ceñida,
A la aurora de púrpura bañada,
Y en la tarde apagada
De húmeda niebla y de vapor vestida.
Son sus joyas las perlas del rocío,
Las flores son sus galas,
Su claro espejo el trasparente río,
Los céfiros sus alas.
Las rojas nubes sus movibles tiendas,
Su blanda cuna las inciertas olas,
Y el ancho espacio las etéreas sendas
Por donde marcha a solas.
Gime en la selva que estremece el viento,
Triste en la fuente solitaria llora,
Canta del ave en el alegre acento,
Ríe en la luz de la naciente aurora;
Y cuando cruza con callado vuelo
La tierra, el mar o el cielo,
Todo un ritmo sonoro
Vibra al compás del cadencioso metro,
Y en luminoso coro
Van las estrellas de oro
Rodando en torno a su extendido cetro.



¡Hija del sentimiento!
En la indecisa
Vaguedad del espíritu: en la calma
De la conciencia justa:
Del débil niño en la infantil sonrisa;
En los deliquios lánguidos del alma;
Del corazón en la soberbia augusta:
En la ira noble, en el amor materno,
En la ansia no cumplida,
En los hastíos de la humana vida
Y en el místico amor de un bien eterno:
En el lóbrego abismo,
Cárcel que la pasión fiera quebranta,
En el grito febril del heroísmo,
Y en la oculta virtud, callada y santa,
Como en el crimen mismo,
Ella, la Poesía,
Surge y cruza sombría,
Y el puñal blande o la oración murmura:
Ciñe a la virgen los nupciales velos:
Solloza en la olvidada sepultura,
Y, en los humanos duelos,
Con la tendida diestra
A toda angustia inconsolable muestra
La eterna luz de los abiertos cielos.



Tal, en la edad confusa
En que a la vida el corazón despierta,
Yo, la soñada Musa
Vi en el umbral de la cerrada puerta,
Que mi ambición ilusa
Juzgó a la gloria y la esperanza abierta.
No entré...pero en mi oído
Sonó el grande ruido
De los santos acordes celestiales;
Y aun hoy, en este olvido
Y en esta amiga sombra,
Donde es la paz un díctamo a mis males,
Entre el silencio escucho, y aun me asombra,
El rumor de los himnos inmortales.



Tú, que has unido a ellos,
Oh dulce amigo, tu canción sonora,
Y alumbraste con vívidos destellos
Esta noche del alma abrumadora:
Brioso corazón que en las bastardas
Horas sin fe que nos legó el destino,
Inmaculado aun guardas
De una alta estirpe el resplandor divino,
Abre el libro y no temas,
Al revolver las hojas
De mis pobres poemas,
Que ose en ellos cantar glorias supremas
Ni supremas congojas.
El débil numen que mi verso inspira
Nunca osó ambicionar más noble palma
Que traducir fielmente con la lira
La efusión de mi alma.



Bécquermarcelino menendez y pelayo


(Sin Título)
Gustavo A. Bécquer
(1836–1870)



Cerraron sus ojos
Que aun tenía abiertos;
Taparon su cara
Con un blanco lienzo;
Y unos sollozando,
Otros en silencio,
De la triste alcoba
Todos se salieron.

La luz, que en un vaso
Ardía en el suelo,
Al muro arrojaba
La sombra del lecho;
Y entre aquella sombra
Velase a intervalos
Dibujarse rígida
La forma del cuerpo.

Despertaba el día
Y a su albor primero
Con sus mil rüidos
Despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
De vida y misterios,
De luz y tinieblas.
Medité un momento:
«¡Dios mío, qué solos
Se quedan los muertos!»

De la casa en hombros
Lleváronla al templo
Y en una capilla
Dejaron el féretro.
Allí rodearon
Sus pálidos restos
De amarillas velas
Y de paños negros.

Al dar de las ánimas
El toque postrero,
Acabó una vieja
Sus últimos rezos;
Cruzó la ancha nave,
Las puertas gimieron,
Y el santo recinto
Quedóse desierto.

De un reloj se oía
Compasado el péndulo.
Y de algunos cirios
El chisporroteo.
Tan medroso y triste,
Tan oscuro y yerto
Todo se encontraba . . .
Que pensé un momento:
«¡Dios mío, qué solos
Se quedan los muertos!»

De la alta campana
La lengua de hierro,
Le dio, volteando,
Su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
Amigos y deudos
Cruzaron en fila,
Formando el cortejo.

Del último asilo,
Oscuro y estrecho,
Abrió la piqueta
El nicho a un extremo.
Allí la acostaron,
Tapiáronlo luego,
Y con un saludo
Despidióse el duelo.

La piqueta al hombro,
El sepulturero
Cantando entre dientes
Se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
Reinaba el silencio;
Perdido en las sombras,
Medité un momento:
«¡Dios mío, qué solos
Se quedan los muertos!»

En las largas noches
Del helado invierno,
Cuando las maderas
Crujir hace el viento
Y azota los vidrios
El fuerte aguacero,
De la pobre niña
A solas me acuerdo.

Allí cae la lluvia
Con un son eterno;
Allí la combate
El soplo del cierzo.
Del húmedo muro
Tendida en el hueco,
¡Acaso de frío
Se hielan sus huesos! . . .

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es vil materia,
Podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo
Que explicar no puedo
Que al par nos infunde
Repugnancia y duelo,
Al dejar tan tristes,
Tan solos los muertos!



vicente w. querol


Rimas (VII)
Gustavo A. Bécquer
(1836–1870)



Del salón en el ángulo oscuro.
De su dueño tal vez olvidada.
Silenciosa y cubierta de polvo
Veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
Como el pájaro duerme en la rama,
Esperando la mano de nieve
Que sabe arrancarla!

¡Ay! pensé; ¡cuántas veces el genio
Así duerme en el fondo del alma.
Y una voz, como Lázaro, espera
Que le diga: «¡Levántate y anda!»



Las Cien Mejores Poesías de la Lengua Castellana (Parte1)mejores


Tristezas
Gaspar Núñez de Arce
(1834–1903)


Cuando recuerdo la piedad sincera
con que en mi edad primera
entraba en nuestras viejas catedrales,
donde postrado ante la cruz de hinojos
alzaba a Dios mi ojos
soñando en las venturas celestiales;

Hoy que mi frente atónito golpeo,
y con febril deseo
busco los restos de mi fe perdida,
por hallarla otra vez, radiante y bella
como en la edad aquélla,
¡desgraciado de mí! diera la vida.

¡Con qué profundo amor, niño inocente,
prosternaba mis frente
en las losas del templo sacrosanto!
Llenábase mi joven fantasía
de luz, de poesía,
de mudo asombro, de terrible espanto.

Aquellas altas bóvedas que al cielo
levantaban mi anhelo;
aquella majestad solemne y grave;
aquel pausado canto, parecido
a un doliente gemido,
que retumbaba en la espaciosa nave:

Las marmóreas y austeras esculturas
de antiguas sepulturas,
aspiración del arte a lo infinito;
la luz que por los vidrios de colores
sus tibios resplandores
quebraba en los pilares de granito;

Haces de donde en curva fugitiva,
para formar la ojiva,
cada ramal subiendo se separa,
cual el rumor de multitud que ruega,
cuando a los cielos llega,
surge cada oración distinta y clara;

En el gótico altar inmoble y fijo
el santo crucifijo,
que extiende sin vigor sus brazos yertos,
siempre en la sorda lucha de la vida,
tan áspera y reñida,
para el dolor y la humildad abiertos;

El místico clamor de la campana
que sobre el alma humana
de las caladas torres se despeña,
y anuncia y lleva en sus aladas notas
mil promesas ignotas
al triste corazón que sufre o sueña;

Todo elevaba mi ánimo intranquilo
a más sereno asilo:
religión, arte, soledad, misterio.
todo en el templo secular hacía
vibrar el alma mía,
como vibran las cuerdas de un salterio.

Y a esta voz interior que sólo entiende
quien crédulo se enciende
en fervoroso y celestial cariño,
envuelta en sus flotantes vestiduras
volaba a las alturas,
virgen sin mancha, mi oración de niño.

Su rauda, viva y luminosa huella
como fugaz centella
traspasaba el espacio, y ante el puro
resplandor de sus alas de querube,
rasgábase la nube
que me ocultaba el inmortal seguro.

¡Oh anhelo de esta vida transitoria!
¡Oh perdurable gloria! .
¡Oh! Sed inextiguible del deseo!
¡Oh cielo, que antes para mí tenías
fulgores y armonías,
y hoy tan oscuro y desolado veo!

Ya no templas mis íntimos pesares,
ya al pie de tus altares
como en mis años de candor no acudo.
Para llegar a ti perdí el camino,
y errante peregrino
entre tinieblas desespero y dudo.

Voy espantado sin saber por dónde;
grito, y nadie responde
a mi angustiada voz; alzo los ojos
y a penetrar la lobreguez no alcanzo;
medrosamente avanzo,
y me hieren el alma los abrojos.

Hijo del siglo, en vano me resisto
a su impiedad, ¡oh Cristo!
Su grandeza satánica me oprime.
Siglo de maravillas y de asombros,
levanta sobre escombros
un Dios sin esperanza, un Dios que gime.

¡Y ese Dios no eres tú! No tu serena
faz, de consuelos, llena,
alumbra y guía nuestro incierto paso.
Es otro Dios incógnito y sombrío:
su cielo es el vacío,
Sacerdote el error, ley el Acaso.

¡Ah! No recuerda el ánimo suspenso
un siglo más inmenso,
más rebelde a tu voz, más atrevido;
entre nubes de fuego alza su frente,
como Luzbel, potente;
pero también, como Luzbel, caído.

A medida que marcha y que investiga
es mayor su fatiga,
es su noche más honda y más oscura,
y pasma, al ver lo que padece y sabe,
cómo en su seno cabe
tanta grandeza y tanta desventura.

Como la nave sin timón y rota
que el ronco mar azota,
incendia el rayo y la borrasca mece
en piélago ignorado y proceloso,
nuestro siglo —coloso—
con la luz que le abrasa, resplandece.

¡Y está la playa mística tan lejos! . . .
a los tristes reflejos
del sol poniente se colora y brilla.
El huracán arrecia, el bajel arde,
y es tarde, es ¡ay! muy tarde
para alcanzar la sosegada orilla.

¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno,
a todo yugo ajeno,
que al impulso del vértigo se entrega,
y a través de intrincadas espesuras,
desbocado y a oscuras
avanza sin cesar y nunca llega.

¡Llegar! ¿Adónde? . . . El pensamiento humano
en vano lucha, en vano
su ley oculta y misteriosa infringe.
En la lumbre del sol sus alas quema,
y no aclara el problema,
ni penetra el enigma de la Esfinge.

¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto
que tu poder no ha muerto!
Salva a esta sociedad desventurada,
que bajo el peso de su orgullo mismo
rueda al profundo abismo
acaso más enferma que culpada.

La ciencia audaz, cuando de ti se aleja,
en nuestras almas deja
el germen de recónditos dolores,
como al tender el vuelo hacia la altura,
deja su larva impura
el insecto en el cáliz de las flores.

Si en esta confusión honda y sombría
es, Señor, todavía
raudal de vida tu palabra santa,
di a nuestra fe desalentada y yerta:
—¡Anímate y despierta!
Como dijiste a Lázaro: —¡Levanta!—



PoesiasBécquer


Estrofas
Gaspar Núñez de Arce
(1834–1903)



I

La generosa musa de Quevedo
desbordóse una vez como un torrente
y exclamó llena de viril denuedo:
No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando los labios, ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.


II

Y al estampar sobre la herida abierta
el hierro de su cólera encendido,
tembló la concusión que siempre alerta,
incansable y voraz, labra su nido,
como gusano ruin en carne muerta,
en todo Estado exánime y podrido.


III

Arranque de dolor, de ese profundo
dolor que se concentra en el misterio
y huye amargado del rumor del mundo,
fue su sangrienta sátira, cauterio
que aplicó sollozando al patrio imperio,
mísero, gangrenado y moribundo.


IV

¡Ah! si hoy pudiera resonar la lira
que con Quevedo descendió a la tumba,
en medio de esta universal mentira,
de este viento de escándalo que zumba,
de este fétido hedor que se respira,
de esta España moral que se derrumba;


V

De la viva y creciente incertidumbre
que en lucha estéril nuestra fuerza agota;
del huracán de sangre que alborota
el mar de la revuelta muchedumbre;
de la insaciable y honda podredumbre
que el rostro y la conciencia nos azota;


VI

De este horror, de este ciego desvarío
que cubre nuestras almas con un velo,
como el sepulcro, impenetrable y frío;
de este insensato pensamiento impío
que destituye a Dios, despuebla el cielo
y precipita el mundo en el vacío;


VII

Si en medio de esta borrascosa orgía
que infunde repugnancia al par que aterra,
esa lira estallara ¿qué sería?
Grito de indignación, canto de guerra,
que en las entrañas mismas de la tierra
la muerta humanidad conmovería.


VIII

Mas ¿porque el gran satírico no aliente
ha de haber quien contemple y autorice
tanta degradación, indiferente?
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?


IX

¡Cuántos sueños de gloria evaporados
como las leves gotas del rocío
que apenas mojan los sedientos prados!
¡Cuánta ilusión perdida en el vacío,
y cuántos corazones anegados
en la amarga corriente del hastío!


X

No es la revolución raudal de plata
que fertiliza la extendida vega:
es sorda inundación que se desata.
No es viva luz que se difunde grata,
sino confuso resplandor que ciega
y tormentoso vértigo que mata.


XI

Al menos en el siglo desdichado
que aquel ilustre y vigoroso vate
con el rayo marcó de su censura,
podía el corazón atribulado
salir ileso del mortal combate
en alas de la fe radiante y pura.


XII

Y apartando la vista de aquel cieno
social, de aquellos fétidos despojos,
de aquel lubrico y torpe desenfreno,
fijar llorando los ardientes ojos
en ese cielo azul, limpio y sereno,
de santa paz y de esperanza lleno.


XIII

Pero hoy ¿dónde mirar? Un golpe mismo
hiere al César y a Dios: Sorda carcoma
prepara el misterioso cataclismo,
y como en tiempo de la antigua Roma,
todo cruje, vacila y se desploma
en el cielo, en la tierra, en el abismo.


XIV

Perdida en tanta soledad la calma,
de noche eterna el corazón cubierto,
la gloria muda, desolada el alma,
en este pavoroso desconcierto
se eleva la Razón, como la palma
que crece triste y sola en el desierto.


XV

¡Triste y sola, es verdad! ¿Dónde hay miseria
mayor? ¿Dónde más rudo desconsuelo?
¿De qué le sirve desgarrar el velo
que envuelve y cubre la vivaz materia,
y con profundo, inextinguible anhelo
sondar la tierra, escudriñar el cielo;


XVI

Entregarse a merced del torbellino
y en la duda incesante que la aqueja
el secreto inquirir de su destino,
si a cada paso que adelanta deja
su fe inmortal, como el vellón la oveja,
enredada en las zarzas del camino?


XVII

¿Si a su culpada humillación se adhiere
con la constancia infame del beodo,
que goza en su abyección, y en ella muere?
¿Se ciega y torpe, y degrada en todo,
desconoce su origen, y prefiere
a descender de Dios, surgir del lodo?


XVIII

¡Libertad, libertad! No eres aquella
virgen, de blanca túnica ceñida,
que vi en mis sueños pudibunda y bella.
No eres, no, la deidad esclarecida
que alumbra con su luz, como una estrella,
los oscuros abismos de la vida.


XIX

No eres la fuente de perenne gloria
que dignifica el corazón humano
y engrandece esta vida transitoria.
No el ángel vengador que con su mano
imprime en las espaldas del tirano
el hierro enrojecido de la historia.


XX

No eres la vaga aparición que sigo
con hondo afán desde mi edad primera,
sin alcanzarla nunca... Mas ¿qué digo?
No eres la libertad, disfraces fuera,
¡licencia desgreñada, vil ramera
del motín, te conozco y te maldigo!


XXI

¡Ah! No es extraño que sin luz ni guía,
los humanos instintos se desborden
con el rugido del volcán que estalla,
y en medio del tumulto y la anarquía,
como corcel indómito el desorden
no respete ni látigo ni valla.


XXII

¿Quién podrá detenerle en su carrera?
¿Quién templar los impulsos de la fiera
y loca multitud enardecida,
que principia a dudar y ya no espera
hallar en otra luminosa esfera,
bálsamo a los dolores de esta vida?


XXIII

Como Cristo en la cúspide del monte,
rotas ya sus mortales ligaduras,
mira doquier con ojos espantados,
por toda la extensión del horizonte
dilatarse a sus pies vastas llanuras,
ricas ciudades, fértiles collados.


XXIV

Y excitando su afán calenturiento
tanta grandeza y tanto poderío,
de la codicia el persuasivo acento
grítale audaz: —¡El cielo está vacío!
¿A quién temer?—Y ronca y sin aliento
la muchedumbre grita: —¡Todo es mío!—


XXV

Y en el tumulto su puñal afila,
y la enconada cólera que encierra
enturbia y enardece su pupila,
y ensordeciendo el aire en son de guerra
hace temblar bajo sus pies la tierra,
como las hordas bárbaras de Atila.


XXVI

No esperéis que esa turba alborotada
infunda nueva sangre generosa
en las venas de Europa desmayada;
ni que termine su fatal jornada,
sobre el ara desierta y polvorosa
otro Dios levantando con su espada.


XXVII

No esperéis, no. que la confusa plebe,
como santo depósito en su pecho
nobles instintos y virtudes lleve.
Hallará el mundo a su codicia estrecho,
que es la fuerza, es el número, es el hecho
brutal ¡es la materia que se mueve!


XXVIII

Y buscará la libertad en vano;
que no arraiga en los crímenes la idea,
ni entre las olas fructifica el grano.
Su castigo en sus iras centellea
pronto a estallar; que el rayo y el tirano
hermanos son. ¡La tempestad los crea!



manuel del palaciovicente w. querol


Epístola
Ventura Ruiz Aguilera
(1820–1881)



(A Damián Menéndez Rayén y Francisco Giner de los Ríos)

No arrojará cobarde el limpio acero
mientras oiga el clarín de la pelea,
soldado que su honor conserve entero;

ni del piloto el ánimo flaquea
porque rayos alumbren su camino
y el golfo inmenso alborotarse vea.

¡Siempre luchar! . . . del hombre es el destino;
y al que impávido lucha, con fe ardiente,
le da la gloria su laurel divino.

Por sosiego suspira eternamente;
pero ¿dónde se oculta, dónde mana
de esta sed inmortal la ansiada fuente? . . .

En el profundo valle, que se afana
cuando del ario la estación florida
lo viste de verdura y luz temprana;

en las cumbres salvajes, donde anida
el águila que pone junto al cielo
su mansión de huracanes combatida,

el límite no encuentra de su anhelo;
ni porque esclava suya haga la suerte,
tras íntima inquietud y estéril duelo.

Aquel sólo el varón dichoso y fuerte será,
que viva en paz con su conciencia
hasta el sueño apacible de la muerte.

¿Qué sirve el esplendor, qué la opulencia,
la oscuridad, ni holgada medianía,
si a sufrir el delito nos sentencia?

Choza del campesino, humilde y fría,
alcázar de los reyes, corpulento,
cuya altitud al monte desafía,

bien sé yo que, invisible como el viento,
huésped que el alma hiela, se ha sentado
de vuestro hogar al pie el remordimiento.

¿Qué fue del corso altivo, no domado
hasta asomar de España en las fronteras
cual cometa del cielo desgajado?

El poder que le dieron sus banderas
con asombro y terror de las naciones
¿colmó sus esperanzas lisonjeras? . . .

Cayó; y entre los bárbaros peñones
de su destierro, en las nocturnas horas
le acosaron fatídicas visiones;

y diéronle tristeza las auroras,
y en el manso murmullo de la brisa
voces oyó gemir acusadoras.

Más conforme recibe y más sumisa
la voluntad de Dios, el alma bella
que abrojos siempre lacerada pisa.

Francisco, así pasar vimos aquella
que te arrulló en sus brazos maternales,
y hoy, vestida de luz, los astros huella:

que al tocar del sepulcro los umbrales,
bañó su dulce faz con dulce rayo
la alborada de goces inmortales.

Y así, Damián, en el risueño mayo
de una vida sin mancha, como arbusto
que el aquilón derriba en el Moncayo,

pasó también tu hermano, y la del justo
severa majestad brilló en su frente,
de un alma religiosa templo augusto.

Huya de las ciudades el que intente
esquivar la batalla de la vida
y en el ocio perderla muellemente:

que a la virtud el riesgo no intimida;
cuando náufragos hay, los ojos cierra
y se lanza a la mar embravecida.

Avaro miserable es el que encierra
la fecunda semilla en el granero,
cuando larga escasez llora la tierra.

Compadecer la desventura quiero
del que, por no mirar la abierta llaga,
de su limosna priva al pordiosero.

Ebrio, y alegre, y victorioso vaga
el vicio por el mundo cortesano:
su canto de sirena ¿a quién no embriaga?

Los que dones reciben de su mano
himnos alzan de júbilo, y de flores
rinden tributo en el altar profano.

En tanto, de la fiesta a los rumores,
criaturas sin fin, herido el seno,
responden con el ¡ay! de sus dolores.

Mas el hombre de espíritu sereno
y de conciencia inquebrantable (roca
donde se estrella, sin mancharla, el cieno)

la horrible sien del ídolo destoca,
y con acento de anatema inflama
tal vez un noble ardor la turba loca.

Jinete de experiencia y limpia fama,
armado va de freno y dura espuela
donde una voz en abandono clama;

de heroica pasión en alas vuela,
y en ella clava el acicate agudo
por acudir al mal que le desvela.

Si un instante de error cegarle pudo,
los engañosos ímpetus reprime,
y es su propia razón freno y escudo.

Sin tregua combatir por el que gime;
defender la justicia y verdad santa,
llena la mente de ideal sublime;

caminar hacia el bien con firme planta,
a la edad consolando que agoniza,
apóstol de otra edad que se adelanta,

es empresa que al vulgo escandaliza;
por loco siempre o necio fue tenido
quien lanzas en su pro rompe en la liza.

Si a tierna compasión alguien movido
vio al generoso hidalgo de Cervantes,
¡cuántos, con risa, viéronle caído!

Acomete a quiméricos gigantes,
de sus delirios prodigiosa hechura,
y es de niños escarnio y de ignorantes.

Mas él, dándoles cuerpo, se figura
limpiar de monstruos la afligida tierra,
y llanto arranca al bueno su locura.

Así debe sufrir, en cruda guerra
(sin vergonzoso pacto ni sosiego)
contra el mal, que a los débiles aterra,

el que abrasado en el celeste fuego
de inagotable caridad, no atiende
sólo de su interés el torpe ruego.

Árbol de seco erial, las ramas tiende
al que rendido llega de fatiga,
y del sol, cariñoso, le defiende.

Él sabe que sus frutos no prodiga
heredad que se deja sin cultivo;
sabe que del sudor brota la espiga,

como de agua sonoro raudal vivo,
si del trabajo el útil instrumento
hiende la roca en que durmió cautivo.

¡Oh del bosque anhelado apartamiento,
cuyos olmos son arpas melodiosas
cuando sacude su follaje el viento!

¡Oh fresco valle, donde crecen
rosas de perfumado cáliz, y azucenas,
que liban las abejas codiciosas!

¡Oh soledades de armonías llenas!
en vano me brindas ocio y amores,
mientras haya un esclavo entre cadenas.

Que aún pide con sacrílegos rumores
ver libre a Barrabás la muchedumbre
y alzados en la Cruz los redentores.

Que del sombrío Gólgota en la cumbre,
regada con la sangre del Cordero
sublime en humildad y mansedumbre,

mártires ¡ay! aún suben al madero
que ha de ser, convertido en árbol santo,
patria y hogar del universo entero.

Padecer es vivir; riego es el llanto
a quien la flor del alma, con su esencia
debe perpetuo y virginal encanto.

Amigos, bendecid la Providencia
si mandare a la vuestra ese rocío,
y nieguen los malvados su clemencia.

¡Qué alegre y qué gentil llega el navío
al puerto salvador, cuando aún le azota
con fiera saña el huracán bravío!

Así el justo halla al fin de su derrota
por el mar de la vida proceloso,
del claro cielo en la extensión remota
puerto seguro y eternal reposo.



Las Cien Mejores Poesías de la Lengua Castellana (Parte1)


El Estío
José Selgas
(1822–1882)



Mayo recoge el virginal tesoro;
Desciñe Flora su gentil guirnalda;
La sombra busca el manantial sonoro
Del alto monte en la risueña falda;
Campos son ya de púrpura y de oro
Los que fueron de rosa y esmeralda;
Y apenas riza su corriente el río
A los primeros soplos del Estío.

El soto ameno y la enramada umbrosa,
El valle alegre y la feraz ribera,
Con voz desalentada y cariñosa
Despiden a la dulce Primavera;
Muere en su tallo la inocente rosa;
Desfallece la altiva enredadera;
Y en desigual y tenue movimiento
Gime en el bosque fatigado el viento.

Por la alta cumbre del collado asoma
La blanca aurora su rosada frente,
Reparte perlas y recoge aroma;
Se abre la flor que su mirada siente;
Repite los arrullos la paloma
Bajo las ramas del laurel naciente;
Y allá por los tendidos olivares
Se escuchan melancólicos cantares.

Del aura dócil al impulso blando
La rubia mies en la llanura ondea;
Del dulce nido alrededor volando
La alondra gira y de placer gorjea;
Las ondas de la fuente suspirando
Quiebran el rayo de la luz febea,
Y en delicados mágicos colores
El fruto asoma al expirar las flores.

Sobre los montes que cercando toca
La niebla tiende su bordado encaje;
Desde el peñón de la desierta roca
Lanzase audaz el águila salvaje;
El seco vientecillo que sofoca
Cubre de polvo el pálido follaje;
Y por el monte y por la vega umbría
Crece el calor y se derrama el día.

Y en el árido ambiente se dilata
La esencia de la flor de los tomillos,
Y lento el río su raudal desata
Entre mimbres y juncos amarillos;
Y si al cubrir sus círculos de plata
Con sus plumeros blandos y sencillos
La caria dócil la corriente roza,
Trémula el agua de placer solloza.

Del valle en tanto en la pendiente orilla
Manso cordero del calor sosiega;
Se oyen los cantos de la alegre trilla;
Suenan los ecos de la tarda siega;
Ardiente el sol en el espacio brilla:
El cielo azul su majestad despliega,
Y duermen a la sombra los pastores,
Y se abrasan de sed los segadores.

Presta sombra a la rústica majada
La noble encina que a la edad resiste;
En su copa de fruto coronada
La vid de verde majestad se viste;
A su pie la doncella enamorada
Canta de amor, pero su canto es triste,
Que, en el profundo afán que la devora,
Amores canta porque celos llora.

Y el eco de su voz, dulce al oído
Más que el tierno arrullar de la paloma,
Por el monte y el valle repetido,
Tristes, confusas vibraciones toma;
Y en las ondas del aire suspendido
Se escapa al fin por la quebrada loma,
Y sin que el aura devolverlo pueda
Todo en reposo y en silencio queda.

Mudas están las fuentes y las aves;
No circula ni un átomo de viento;
Cortadas por el sol lentas y graves
Caen las hojas del árbol macilento;
Tenue vapor en ráfagas süaves
Se levanta con fácil movimiento,
Y mezclando en la luz su sombra extraña,
Va formando la nube en la montaña.

Hinchada, al fin, soberbia, se desprende
Del horizonte azul la nube densa,
Y el fuego del relámpago la enciende,
Y gira por la atmósfera suspensa.
Y ya sus flancos inflamados tiende,
Ya el vapor de su seno se condensa,
Y soltando el granizo en lluvia escasa
La rompe el trueno, y se divide y pasa.

Y el sol que se reclina en Occidente
De su encendido manto se despoja,
Y en los blancos celajes del Oriente
Se pierde el rayo de su lumbre roja.
Brilla la gota de agua trasparente
Detenida en el polvo de la hoja,
Y tendiendo el crepúsculo su planta
Del fondo de los valles se levanta.

Como el ensueño dulce y regalado
Que en la fiebre de amor templa el desvelo,
Vertiendo en nuestro espíritu agitado
La misteriosa esencia del consuelo;
Así por el ambiente reposado
De estrellas y vapor bordando el cielo,
Breves y llenas de feraz rocío
Cruzan las noches del ardiente Estío.

Y en tristes ecos el silencio crece,
Y en tibio resplandor la sombra vaga;
La luz de las estrellas se estremece
Y en el limpio raudal brilla y se apaga;
Naturaleza entera se adormece
En el hondo placer que la embríaga,
Y lleva el aura en vacilantes giros
Besos, sombras, perfumes y suspiros.

Más puro que le tímida esperanza
Que sueña el alma en el amor primero,
Su rayo débil desde Oriente lanza,
Sol de la noche, virginal lucero;
Triste y sereno por el cielo avanza
De la cándida luna mensajero,
Por ella viene, y suspirando ella,
Síguele en pos enamorada y bella.

Cuantos guardáis la tímida inocencia
Que a la esperanza y al amor convida;
Los que en el alma la impalpable esencia
De su primer amor lloráis perdida;
Cuantos con dolorosa indiferencia
Vais apurando el cáliz de la vida;
Todos llegad, y bajo el bosque umbrío
Sentid las noches del ardiente Estío.

Las del tirano amor, desengañadas,
Pálidas y dulcísimas doncellas,
Vosotras que lloráis desconsoladas
Sólo el delito de nacer tan bellas;
Mirad entre las nubes sosegadas
Cómo cruzan el cielo las estrellas;
Que no hay duda, ni afán, ni desconsuelo
Que no se calme contemplando el cielo.

Y tú, tierna a mi voz, blanca hermosura,
Fuente de virginal melancolía,
Más hermosa a mis ojos y más pura
Que el rayo azul con que despunta el día;
Corazón abrasado de ternura,
Espíritu de amor y de armonía,
Ven y derrama en el tranquilo viento
El ámbar delicado de tu aliento.

La dulce vaguedad que me enajena
Aumenta la inquietud de mi deseo;
Tu voz perdida en el ambiente suena;
Donde mis ojos van tu sombra veo;
De amor y afán mi corazón se llena,
Porque en tu amor y en mi esperanza creo;
Y así suspende el sentimiento mío
La tibia noche del ardiente Estío.

Noche serena y misteriosa, en donde
Dormido vaga el pensamiento humano,
Todo a los ecos de tu voz responde,
La mar, el monte, la espesura, el llano;
Acaso Dios entre tu sombra esconde
La impenetrable luz de algún arcano;
Tal vez cubierta de tu inmenso velo
Se confunde la tierra con el cielo.



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*Selección de Marcelino Menéndez y Pelayo (1856–1912)
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