Les traigo la última parte de esta obra, a disfrutar...
"Quemadlo todo, querida amiga, os lo ruego - continuó el traidor con lágrimas fingidas
-, y olvidad lo que los celos me hicieron hacer, desterremos la amargura que hay entre
nosotros; estaba equivocado, lo confieso; pero quién sabe si Valmont, para triunfar en sus
intenciones, no me acusó más de lo que merezco ante vuestros ojos... Si se atrevió a decir
que pude dejar de quereros... que no habéis sido siempre la criatura más preciosa y estimable
del mundo para mí; ¡ah, ángel querido, si me ha acusado de tales calumnias, qué
bien hice al privar al mundo de semejante tramposo e impostor!"
"Señor - dijo madame de Franval llorando -, ¿es posible concebir las atrocidades de que
me hicisteis víctima? ¿Cómo podéis esperar que tenga confianza en vos después de tantos
horrores?"
"¿Quiero que me sigáis queriendo, mujer amante y amable! Acusad a mi mente de mis
faltas, pero con-venceos que mi corazón, sobre el cual siempre habéis reinado, nunca fue
capaz de traicionaros..., sí, quiero que sepáis que cada error sólo ha servido para acercarme
más a vos... ¡Cuanto más me alejaba de mi cara esposa, menos posibilidades veía de
volver a encontrarla; ni los placeres ni los sentimientos pudieron igualar a aquellos que
mi inconstancia me hizo perder, y en los brazos mismos de su imagen, lamentaba la realidad...
Oh, amada y divina amiga, ¿dónde pudiera encontrar un alma como la vuestra?
¿Los favores que en vuestros brazos se encuentran? Sí, abjuro de mis errores... sólo para
devolver a vuestro corazón herido el amor tan injustamente destruido por las malas acciones...
de cuyo recuerdo abjuro también."
¿Era posible que madame de Franval se resistiera a las amorosas observaciones de un
hombre a quien todavía adoraba? ¿Puede uno odiar a una persona a quien ha amado profundamente?
¿Una mujer atractiva con alma sutil y sensata puede quedarse impávida
cuando ve a sus pies al hombre que tan caro le ha sido, bañado en lágrimas? Los sollozos
la invadían...
"Yo - dijo, mientras apretaba las manos del esposo contra su corazón...-, ¡yo, que nunca
dejé de adoraros, oh, hombre cruel! Yo soy la dueña del corazón que rompéis. Ah. El
Cielo es mi testigo, de todos los látigos con los que me habéis castigado, el temor de
haber perdido vuestro amor o de que sospecharais de mi, se hizo el más doloroso de todos...
Y más aún, ¿quién elegisteis para ultrajarme? ¡A mi hija! Con sus manos me habéis
hendido el corazón... ¿queréis forzarme a odiarla, cuando la naturaleza la hizo tan cara
para mi existencia?"
"Ah - dijo Franval ardientemente -, quiero que volváis a quererla, quiero que abjure, de
rodillas como yo lo hago, de su desvergüenza y malas acciones... que pueda ser perdonada,
como yo. Ahora los tres sólo debemos pensar en nuestra felicidad. Os devolveré a
vuestra hija... devolvedme a mi esposa... y huyamos."
"!Huir, Dios mío!"
"Se habla de extravagancias... Mañana podré estar arruinado... Mis amigos, el ministro,
todos me han aconsejado hacer un viaje a Valmor... ¿os dignaréis acompañarme, amor
mío? ¿En el momento en que me postro para pedir vuestro perdón me romperéis el corazón
negándoos?"
"Me asustáis, este asunto..."
"!Es considerado como asesinato, no como duelo!"
"!Oh, cielos! ¡Y yo soy la causa! Impartid vuestras órdenes: haced lo que queráis conmigo,
amado esposo... Si es necesario os seguiré hasta el fin del mundo... ¡Oh, soy la más
infeliz de las mujeres!"
"Decid en cambio la más afortunada, puesto que cada momento de mi vida lo dedicaré
a transformar en flores las espinas sobre las que camináis... ¿Acaso un desierto no es suficiente
cuando uno está enamorado? Además, esto no durará para siempre; mis amigos
han sido informados y actuarán."
"Y mi madre... quisiera verla..."
"Ah, no lo hagáis, querida amiga, tengo pruebas seguras que está incitando a los padres
de Valmont... que ella mismo persigue mi caída..."
" Es incapaz de hacerlo; dejad de imaginar esos horrores; su alma está hecha para el
amor y no conoció el engaño... nunca la habéis apreciado, Franval... ¿Por qué no habéis
podido amarla como yo! Con ella hubiéramos encontrado felicidad en este mundo. Era el
ángel de paz ofrecido por el cielo para enmendar los errores de vuestro modo de vida,
vuestra injusticia rechazó su amor, que siempre estuvo dispuesto a aceptar vuestro afecto,
y por medio de la indiscreción y el capricho, la ingratitud y la licencia, os habéis privado
de la mejor y más afectuosa amiga que la naturaleza creó para vos: ¿no podré verla?"
"No, os ruego seriamente que no lo hagáis... ¡Los minutos son de oro! Le escribiréis y
le diréis de mi arrepentimiento... Quizá ceda a mi remordimiento... quizá algún día recupere
su estima y amor; todo se arreglará, volveremos... Volveremos para gozar entre sus
brazos de su perdón y afecto... Pera ahora, partamos, querida... debemos hacerlo en una
hora y los carruajes nos esperan."
Madame de Franval estaba asustada y ya no osaba responder; se preparó para la partida:
los deseos de Franval eran órdenes para ella. El traidor se apresuró a hablar con su hija y
la llevó ante la madre; la engañosa criatura se postró frente a ella en la misma forma en
que lo había hecho su padre: lloró, imploró su perdón y lo obtuvo. Madame de Franval la
abrazó ¡es tan dificil olvidar que una es madre, por mucho que un hijo la haya herido!...
La voz de la naturaleza es tan importante en un alma sensible, que una sola lágrima de
esas sagradas criaturas es suficiente para hacernos olvidar los errores y equivocaciones
por ellas cometidos.
Partieron para Valmor. La gran prisa con que se vieron obligados a viajar justificó, ante
los ojos de madame de Franval, siempre crédula y ciega, los pocos sirvientes que llevaron
con ellos. El crimen evita los ojos de los demás... les teme; puesto que sólo puede haber
seguridad en el secreto, los criminales se rodean de misterio cuando quieren actuar.
En el campo, se cumplieron todas las promesas; atención constante, consideración, respeto
y ternura por un lado... el amor más violento por el otro, toda esta lascivia sedujo a
la desventurada madame de Franval... Lejos de todo, separada de su madre, viviendo en
las profundidades de una horrible soledad, se sentía feliz porque tenía, según decía, el
amor de su esposo y porque su hija, quien siempre estaba a su lado, sólo se ocupaba de
complacerla.
Las dependencias de Eugenia y su padre ya no estaban contiguas; Franval se alojaba en
el extremo del castillo y Eugenia cerca de su madre; y en Valmor el decoro, la buena
conducta y la modestia reemplazaron en forma sorprendente todas las licencias de la capital.
Todas las noches Franval visitaba a su esposa, y en medio de la inocencia, la candidez
y el amor, el bribón se atrevía a alimentar esperanzas con su vil conducta. Este villano
era lo suficientemente cruel como para no desarmarse con las ardientes caricias que le
prodigaba permanentemente la más sensible de las mujeres, y en la misma antorcha del
amor, él encendió la de la venganza.
42
Es fácil imaginar, sin embargo, que la atracción que Franval sentía por Eugenia no
había disminuido. A la mañana, mientras su madre se arreglaba, Eugenia se encontraba
con su padre en un rincón remoto del jardín, y de él obtenía la información necesaria sobre
la manera de conducirse de un día para otro, y también los favores que lejos estaba de
dejar enteramente en manos de su rival.
Apenas hacía una semana que estaban en aquella casa cuando Franval supo que la familia
de Valmont había iniciado las acciones en su contra, y que el asunto iba a ser tratado
con extrema seriedad; era imposible, aparentemente, hacerlo pasar por duelo, lamentablemente
había habido demasiados testigos; además, también le dijeron a Franval, madame
de Farneille estaba a la cabeza de los enemigos de su yerno, y quería completar su
caída privándolo de la libertad o forzándolo a abandonar Francia, para volver a tener a su
lado a los dos seres adorados que estaban separados de ella.
Franval mostró aquellas cartas a su esposa; ella de inmediato tomó la pluma para calmar
a su madre y para describirle la felicidad de que, gozaba desde que la desventura
había calmado el corazón de su infeliz esposo; además le aseguró a su madre que seria
inútil persuadirla de volver a París con su hija, que ella estaba decidida a no salir de Valmor
hasta que se hubieran arreglado los asuntos de su esposo y que si la malicia de sus
enemigos o lo absurdo de los fueros lo hacían pasible de una sentencia que pudiera dañar
su reputación, estaba decidida a escapar de Francia con él.
Franval agradeció a su esposa; pero como no estaba dispuesto a esperar lo que le estaba
destinado, le dijo que iría a pasar algún tiempo en Suiza, que dejaría a Eugenia con ella, y
rogó a las dos no salir de Valmor hasta que el futuro fuera más claro; que volvería, pasara
lo que pasara, para estar veinticuatro horas con su querida esposa para decidir juntos la
forma de llegar a París, si nada lo impedía, o de lo contrario, de vivir seguros en algún
lugar.
Una vez tomadas estas decisiones, Franval, que no había olvidado que la imprudencia
de su esposa con Valmont era una de las causas de sus impedimentos, y que sólo pensaba
en la venganza, dijo a su hija que esperaría por ella del otro lado de la propiedad. Se encerró
con ella en un pequeño pabellón y después de hacerle jurar la obediencia más ciega
a todo lo que le dijera, la besó y habló como sigue:
"Vais a perderme, hija mía... Quizá para siempre..."
Eugenia rompió a llorar.
"Calmaos, ángel mío - le dijo -, el remedio para nuestra felicidad depende de vos, y en
Francia o en otra parte podremos ser felices, o casi, como lo fuimos. Espero, Eugenia,
que estaréis plenamente convencida que vuestra madre es la única causa de todo nuestro
infortunio, sabéis que no he olvidado la venganza; si se la he ocultado a mi esposa, conocéis
los motivos, los habéis aprobado, me habéis ayudado con vuestro prudente silencio;
el final ha llegado, Eugenia; debemos actuar, vuestra paz espiritual depende de ello, y lo
que vamos a emprender me asegura la mía para siempre; me comprendéis, espero, y sois
demasiado inteligente para alarmaros por un momento por lo que os sugiero... Sí, hija
mía, debemos actuar, debemos hacerlo de inmediato y sin sentir remordimientos, y vos
debéis llevar a cabo el hecho. Vuestra madre trató de haceros infeliz, ha empeñado el
amor que exige, ha perdido sus derechos al mismo; desde entonces, ella es para vos como
cualquier otra mujer, se ha transformado en vuestra más mortal enemiga; las leyes de la
naturaleza que están inscritas en nuestro corazón nos dictan que debemos desembarazarnos
primeramente, si podemos, de aquellos que conspiran contra nosotros, estas leyes sagradas
que nos dirigen e inspiran, no nos hacen amar a otras personas más que a nosotros
mismos... Nosotros primero, los otros después, ésa es la ley de la naturaleza; como resultado,
no queda respeto ni consideración para los otros cuando demuestran que nuestra
infelicidad o caída es lo único que desean; actuar de otra manera, hija mía, significaría
preferir los otros a nosotros mismos, y sería absurdo. Dediquémonos ahora a los motivos
que deben determinar la acción que os aconsejo llevar a cabo.
"Yo estoy forzado a partir de todas maneras, sabéis por qué; si os dejo con esta mujer,
será convencida por su madre y dentro de va mes os llevará de regreso a París; puesto que
el reciente escándalo os impedirá casaros, podéis estar segura que las dos crueles mujeres
se impondrán sobre vos para poneros en un convento donde lloraréis para siempre vuestra
debilidad y las delicias que hemos perdido. Vuestra abuela, Eugenia, es quien ha iniciado
juicio en mi contra, quien se ha unido a mis enemigos para completar mi caída; ¿acaso
esas acciones pueden tener otro objetivo que no sea volver a ganaros y acaso podría tomaros
sin encerraros? ¡Cuanto más se deteriora mi posición, más poder y crédito consiguen
nuestros torturadores! Pero no debemos dudar que vuestra madre se halla a su cabeza,
no debemos dudar que se sumará a ellos tan pronto como yo parta; pero sólo desean
arruinarme para hacer de vos la más desdichada de las mujeres; por lo tanto, debemos
debilitarlos sin tardanza, y su más importante fuente de energía terminará con la desaparición
de madame de Franval. Si actuamos de otra manera y os llevo conmigo, vuestra
madre se enojará y se unirá a su madre de inmediato a partir de ese momento, Eugenia,
no habrá paz para nosotros, nos buscarán y perseguirán en todas partes, ni un solo país
tendrá el derecho de ofrecernos un lugar de re-poso, ni un refugio sobre la faz de la tierra
se volverá sagrado o inviolable a los ojos de los monstruos cuya rabia nos perseguirá;
¿desconocéis hasta qué punto esas armas odiosas del despotismo y la tiranía pueden llegar,
cuando están pagadas con oro y dirigidas por el mal? Si vuestra madre muere, por el
contrario, madame de Farneille, quien la ama más que a vos, y que de todo participa por
su bien, al ver privado a su grupo del único ser que a él la liga, abandonará todo y ya no
incitará a mis enemigos o los levantará en mi contra. Después de eso, una de los alternativas
prevalecerá: o se arregla el asunto Valmont, y nada nos impedirá volver a París; o
de lo contrario se decidirá en mi contra y nos veremos forzados a partir al extranjero pero
por lo menos estaremos protegidos de los ataques de la Farneille, quien, mientras nuestra
madre siga con vida, sólo se ocupará de nuestra desdicha porque, una vez más, cree que
la felicidad de su hija sólo puede alcanzarse en nuestra caída.
"Desde cualquier punto de vista que miréis nuestra situación, comprenderéis que madame
de Franval perturba nuestra paz espiritual, y su detestable existencia es el mayor
obstáculo a nuestra felicidad.
"Eugenia, Eugenia -Franval prosiguió con ardor mientras tomaba la mano de su hija entre
las suyas...-, querida Eugenia, me amáis, ¿acaso por temor a un hecho esencial para
nuestros intereses, queréis perder para siempre al hombre que os adora? Oh, querida y
adorada Eugenia, tomad una decisión, sólo podéis conservar a uno de vuestros padres; os
veis forzada al parricidio, ahora sólo os basta escoger el corazón que vuestro puñal criminal
atravesará; o vuestra madre debe perecer, o debéis renunciar a mí... ¡Qué digo, tendréis
que matarme!... ¡Oh! ¿Podría yo vivir sin vos?... ¿Creéis que me es posible existir
sin mi Eugenia? ¿Podría resistir el recuerdo de los placeres de que gocé en vuestros brazos?...
¿Esos deliciosos placeres perdidos para mis sentidos para siempre? Vuestro crimen,
Eugenia, vuestro crimen es el mismo en ambos casos; o destruís a una madre que os
odia y que sólo vive para provocar vuestra desdicha, o deberéis asesinar a un padre que
sólo existe para vos. Elegid, elegid, Eugenia, y si soy yo a quien condenáis, no vaciléis,
desagradecida niña, hended sin piedad a este corazón cuyo único error fue amaros demasiado.
bendeciré los golpes que provengan de vuestra mano y mi último suspiro será para
adoraros."
Franval guardó silencio para escuchar la respuesta de su hija; pero profundos pensamientos
parecían hacerla vacilar... Finalmente se arrojó a los brazos de su padre.
"Oh, vos, a quien toda mi vida amaré -gritó-, ¿podéis poner en duda mi decisión? ¿Podéis
sospechar que me falta valentía? Poned de inmediato un arma entre mis manos, y la
que está proscrita por sus propios hechos horribles, y la necesidad de vuestra seguridad,
pronto caerá bajo mis golpes; instruidme, Franval, decidme lo que he de hacer, puesto
que esto es esencial para vuestra paz espiritual, actuaré durante vuestra ausencia, os informaré
de todo; pero pase lo que pase... tan pronto como vuestro enemigo sea destruido,
no me dejéis sola en este castillo, insisto... venid y llevadme o decidme dónde puedo
unirme a vos."
"Adorada hija -lijo Franval, mientras abrazaba a ese monstruo a quien había seducido
demasiado-, sabía que encontraría en vos todos los sentimientos de amor y determinación
necesarios para nuestra felicidad... Tomad esta caja... La muerte duerme en ella..."
Eugenia tomó la caja fatal y tranquilizó a su padre; se tomaron otras decisiones; se
arregló que ella esperaría los resultados del juicio, y que el crimen proyectado tendría lugar
o no, según qué se decidiera a favor o en contra de su padre. Se separaron, Franval
vio a su esposa, llevó su audacia e hipocresía al punto de llorar amargamente frente a ella
hasta que recibió la caricia inocente y emocionada de este ángel celestial. Luego, cuando
se llegó al acuerdo que ella se quedaría definitivamente en Alsacia con su hija, cual fuera
el resultado de la acción legal, el villano montó su caballo y partió, lejos de la inocencia y
la virtud que habían sido tan mancilladas por sus pecados.
Franval se estableció en Basilea, para estar a salvo de la acción judicial que se podría
tomar en su contra y al mismo tiempo quedar lo más cerca posible de Valmor, de forma
que aunque se notara su ausencia, sus cartas pudieran mantener a Eugenia en el estado de
ánimo que él quería. Había unas veinticinco leguas de Basilea a Valmor, pero las comunicaciones
eran lo suficientemente fáciles, aunque atravesaban la Selva Negra, para que
él recibiera noticias de su hija una vez por semana. En caso de emergencia, Franval había
llevado consigo grandes sumas de dinero, pero más en billetes que en plata. Dejémoslo
que se instale en Suiza y volvamos a su esposa.
Nada podía ser más puro y sincero que las intenciones de esta notable mujer; había
prometido a su esposo permanecer en la propiedad campestre hasta que aquél le diera
nuevas órdenes; nada podría hacerle cambiar de idea, se lo repetía a Eugenia todos los
días... Lamentablemente, Eugenia estaba demasiado lejos para sentir la confianza que esta
honrosa madre debía inspirarle; todavía compartía con Franval una actitud injusta -
sentimiento que mantenía vivo en sus cartas- e imaginaba que no podía tener enemigo en
el mundo que fuera peor que su madre. Sin embargo, no había nada que esta última no
hiciera para vencer la invencible lejanía que la desagradecida niña conservaba en el fondo
de su corazón; la madre la abrumaba de caricias y amor, afectuosamente le participaba
sus esperanzas de un pronto regreso de Franval, empleando amabilidad y cumplidos al
punto de agradecerle a veces a Eugenia y permitirle todo el mérito de la feliz conversión;
luego expresaba su desconsuelo por haber sido la causa inocente de las nuevas desgracias
que acechaban a Franval; lejos de acusar a Eugenia, se culpaba a ella misma y, a la vez
que la apretaba contra su pecho, le preguntaba llorando si alguna vez podría perdonarla...
Eugenia se resistía a estas observaciones angelicales, aquel corazón perverso ya no escuchaba
a la voz de la naturaleza, el vicio había bloqueado todos los caminos que hubieran
podido conducir a él... Se apartaba fríamente de los brazos de su madre, la miraba con los
ojos algo salvajes, y pensaba, para darse coraje: Cuán falsa es esta mujer... cuán traicionera...
me abrazó de la misma forma el día que me raptó. Pero estos injustos reproches
eran sólo el abominable ergotismo con que los criminales se sostienen, cuando quieren
acallar la voz de la obligación. Cuando había raptado a Eugenia, por el bien de su felicidad
y su propia paz espiritual y en interés de la virtud, madame de Franval había logrado
ocultar su acción, tales fingimientos sólo son desaprobados por la persona culpable a
quien engañan, no ofenden al virtuoso. Eugenia soportaba todo el afecto de madame de
Franval porque quería cometer un horrible hecho y de ninguna manera a causa de los
errores de una madre que ciertamente ninguno había cometido en contra de su hija.
Casi al terminar el primer mes en Valmor, madame de Farneille escribió a su hija que el
juicio en contra de su esposo se estaba poniendo extremadamente serio, y que dado que
existía el peligro que fuera condenado, el regreso de madame de Franval y Eugenia se
hacía necesario, tanto para impresionar al público, que decía las peores cosas, como para
unirse a ella para solicitar un arreglo que pudiera desarmar a la justicia y tratar a la parte
culpable sin sentenciarlo a muerte.
Madame de Franval, que había decidido no guardar secretos a su hija, le mostró la carta
de inmediato; Eugenia miró fijamente a su madre y le preguntó con frialdad, ¿qué actitud
pensaba tomar al recibir tan tristes noticias?
"No lo sé - replicó madame de Franval -, en realidad, ¿qué finalidad tiene que nos quedemos
aquí? ¿No será mil veces más útil a mi esposo que aceptáramos el consejo de mi
madre?"
"Vos estáis a cargo, madame -contestó Eugenia-, yo me limitaré a hacer lo que digáis, y
os obedeceré."
Pero madame de Franval, al darse cuenta por el tono de su hija que esta decisión no le
agradaba, dijo que seguiría esperando, que volvería a escribir, y que Eugenia podía estar
segura que si no cumplía con los deseos de Franval, era sólo por la certeza que podría serle
más útil en París que en Valmor.
Otro mes pasó durante el cual Franval no cesó de escribir a su esposa e hija, ni de recibir
de ellas las cartas más complacientes, puesto que veía en las de la primera una perfecta
obediencia a sus deseos, y en las de la segunda la más completa determinación a ejecutar
el crimen proyectado, tan pronto como los acontecimientos lo exigieran, o tan pronto
como madame de Franval pareciera ceder a las demandas de su madre; "por qué -decía
Eugenia en sus cartas- si nada veo en vuestra esposa salvo rectitud y honestidad, y los
amigos que vigilan vuestros asuntos en París logran arreglar los asuntos satisfactoriamente,
depositaré en vuestras manos la tarea que me habéis confiado, y la llevaréis a cabo vos
mismo cuando estemos juntos, si consideráis que es el momento oportuno, a menos que
me ordenéis actuar en cualquier caso, y lo halláis indispensable, entonces asumiré toda la
responsabilidad, de ello podéis estar seguro."
Franval concedió su aprobación en su respuesta a todo lo que la hija le dijo, y ésa fue la
última carta que recibió de ella y la última que escribió. El siguiente correo no trajo ninguna; Franval
estaba ansioso; en el próximo correo no tuvo mejor suerte, se desesperó, y puesto que
su agitación natural no le permitía seguir esperando, trazó el plan de ir a Valmor personalmente
para conocer la causa de los atrasos que tan cruelmente lo atormentaban. Montó
a caballo, seguido de un fiel criado; debía arribar dos días más tarde, muy adentrada la
noche para que nadie lo reconociera; a la entrada de los bosques que rodean el castillo de
Valmor, que se unen a la Selva Negra hacia el este, seis hombres armados detuvieron a
Franval y a su lacayo; le exigieron su talega; los delincuentes estaban bien informados,
sabían con quién estaban hablando, sabían que Franval, que estaba pasando por dificultades,
nunca se desplazaba sin dinero y una gran cantidad de oro... El criado ofreció resistencia
y cayó sin vida al lado de su caballo; Franval, con la espada en la mano, se apeó, se
precipitó sobre los desdichados, hirió a tres de ellos y se vio rodeado por los restantes; le
robaron cuanto tenía, y aunque no lograron arrancarle el arma, los ladrones huyeron tan
pronto como lo despojaron; Franval los siguió, pero ellos eran veloces como el viento a
pesar del botín y los caballos y fue imposible saber qué dirección habían tomado.
Era una noche horrible, soplaba el viento norte y había granizo... todos los elementos
parecían haberse desencadenado en contra de este hombre... Hay casos en que la naturaleza
se rebela ante los crímenes del hombre que persigue y desea abrumarlo, antes de
volver a tomarlo para sí, con todos los flagelos que tiene en su poder... Franval, medio
desnudo, pera sosteniendo todavía en la mano su espada, salió de este lugar fatal lo mejor
que pudo y se encaminó hacia Valmor. No conocía muy bien los alrededores de una propiedad
que sólo había conocido recientemente, y se perdió entre los oscuros senderos del
bosque que le eran totalmente desconocidos... Muerto de cansancio y dolor... devorado
por la ansiedad, torturado por la tormenta, se arrojó al suelo y allí aparecieron en sus ojos
las primeras lágrimas que derramaba en su vida...
"Soy un desgraciado -gritaba-, ahora todo se combina para aplastarme... para hacerme
sentir remordimientos... la mano de la desventura hace que éstos penetren mi alma; engañado
por los placeres de la prosperidad, nunca los tuve en cuenta... ¿Oh, vos,
a quien tan penosamente he ultrajado, vos que quizá en este momento ya os habréis
convertido en víctima de mi furia bárbara!... Esposa adorada... el mundo se glorificó con
vuestra existencia, ¿todavía cuenta con ella? ¿La mano del cielo ya ha terminado con mis
horribles empresas? ¡Eugenia! Hija demasiado crédula... indignamente seducida por mis
horribles artificios..., ¿la naturaleza ha calmado vuestro corazón? ¿Han terminado ya los
crueles efectos de mi ascendencia y vuestra debilidad? ¿Ha llegado el momento? ¿Ha llegado
el momento, justo cielo?"
De repente, el plañidero y majestuoso sonido de varias campanas que sonaban lúgubremente
hacia las nubes, se sumó el horror de su destino... Se alarmó y sintió miedo.
"¿Qué oigo? -gritó, mientras se ponía de pie. Bárbara niña... ¿es la muerte? ¿Es la
venganza? ¿Son ésas las furias del infierno que llegan a completar su trabajo? ¿Qué me
dicen esos sonidos? ¿Dónde estoy? ¿Los oigo? Oh, cielo, completa el castigo de mi culpa..."
"Dios todopoderoso -gritó al postrarse-, déjame que sufriente sume mi voz a las de los
que te imploran en este momento... mira mi remordimiento y Tu poder, perdóname por
haberte descuidado... y dígnate concederme los deseos... ¡Los primeros deseos que me
atrevo a presentarte! Ser Supremo... protege la virtud, protege a quien tiene de Ti la más
hermosa imagen en éste mundo; que esos sonidos, ¡ay!, esos melancólicos sonidos, no
sean los que temo."
Y Franval, que estaba perdido, sin saber lo que hacía ni adónde iba, mientras profería
palabras incoherentes, se encaminó por el sendero que ante él se extendía. Luego oyó a
alguien, volvió en sí, prestó atención... Era un jinete...
"Quien seáis -gritó Franval, mientras se dirigía hacia él...-, quien quiera que seáis, compadeceos
de un hombre desdichado a quien la pena descarría .. Estoy dispuesto a matarme...
Decidme, ayudadme, si sois un hombre que puede conmiserarse... Dignaos salvarme
de mí mismo."
"¡Cielos! -replicó una voz harto conocida por Franval -, ¡qué, vos aquí... Cielos, alejaos!"
Y Clervil... era él, era aquel digno mortal que había escapado de las cadenas de Franval,
a quien el destino enviaba hacia el desventurado, en el momento más triste de su vida...
Clervil se apeó del caballo y se lanzó a los brazos de su enemigo.
"¿Sois vos, señor? preguntó Franval mientras estrechaba al sacerdote contra su pecho-,
¿sois vos, ante quien debo reprocharme tan horribles hechos?"
"Calmaos, señor, calmaos; me estoy liberando de las desgracias que hasta hoy me rodearon,
ya no recuerdo cuales me trajeron, si el Cielo me permite seros útil... y os seré
útil, en una forma cruel, sin duda, pero necesaria... Sentémonos... echémonos a los pies
de este ciprés, sólo sus dolientes hojas pueden hacer ahora una corona que os convenga...
¡Oh, querido Franval, cuántas desgracias debo narraros! Llorad, amigo querido, las lágrimas
os aliviarán, y todavía debo exprimir lágrimas más amargas de vuestros ojos...
Los días de placer han terminado... para vos han desaparecido como un sueño, sólo os
quedan los días de sufrimiento."
"Señor, os comprendo... esas campanas..."
"Llevarán a los pies del Ser Supremo... el homenaje y votos de los acongojados habitantes
de Valmor, a quienes el Eterno solo permite conocer un ángel para compadecerse
de él..."
Franval volvió la punta de la espada contra su pecho y a punto estuvo de terminar con
su vida. Pero Clervil evitó este furioso hecho.
"No, no, amigo mío -gritó-, no debéis morir sino hacer buenas acciones. Escuchadme,
tengo mucho que deciros, y se necesita calma para escucharlo."
"Hablad, señor, os escucho; enterrad lentamente el puñal en mi corazón, corresponde
que yo sea atormentado en la misma forma que traté de hacerlo con los demás."
"Seré breve en lo que me concierne, señor -lijo Clervil-. Después de algunos meses de
horrible prisión en la que me sumergisteis, tuve la suerte de poder influir a mi carcelero;
me abrió las puertas; le pedí esconder con el mayor cuidado la injusticia que os habíais
permitido en mi contra. No hablará de ello, señor, querido Franval, nunca hablará de
ello."
"Oh, señor."
"Escuchadme, os repito, tengo muchas otras cosas que contaros. Una vez que volví a
París, supe de vuestra huida... vuestra partida... compartí las lágrimas de madame de Farneille...
Eran más sinceras de lo que podréis creer; me uní a esta digna mujer para influir
sobre madame de Franela para que nos entregara a Eugenia, su presencia era más necesaria
en París que en Alsacia... Le habíais prohibido salir de Valmor... os obedeció, nos
mandó estas órdenes, nos habló de su renuncia a desobedeceros; vaciló tanto como pudo...
fuiste condenado a muerte, Franval, esa condena pesa sobre vos. Vas a ser decapitado,
como si fuerais asaltante de caminos: ni los ruegos de madame de Farneille ni la dedicación
de vuestros parientes y amigos pudieron apartar de vos la espada de la justicia;
habéis sucumbido, estáis destruido para siempre... arruinado... vuestras pertenencias han
sido embargadas... -Franval se enfureció por segunda vez-. "Escuchadme señor, escuchadme,
os pido como reparación de vuestros crímenes, os ruego en nombre del Cielo
que vuestro arrepentimiento puede todavía desarmar. En aquel momento escribimos a
madame de Franval, le dijimos todo; su madre le informó que como su presencia se hacía
indispensable, me enviaba a Valmor para ayudarla a decidir una partida definitiva; partí
inmediatamente después que la carta; pero lamentablemente llegó antes que yo; era demasiado
tarde cuando arribé... vuestro horrible complot había tenido gran éxito; encontré
a madame de Franval moribunda... ¡Oh, señor, qué mujer ruin! Pero vuestro estado actual
me conmueve, dejo de reprocharos vuestros crímenes. Escuchadlo todo. Eugenia no podía
soportar aquello su arrepentimiento, cuando yo llegué se evidencia en lágrimas y
amargos sollozos... Oh, señor, cómo puedo describiros los crueles efectos de esas situaciones...
Vuestra esposa moribunda... desfigurada por las convulsiones y el sufrimiento...
Eugenia, por una vez con sentimientos naturales, profería horribles gritos, se acusaba,
invocaba la muerte y deseaba quitarse la vida a los pies de aquellos a quienes imploraba,
y se aferraba al pecho de su madre, trataba de recibirla con su aliento, calentarla con sus
lágrimas, conmoverla con sus remordimientos; ese fue, señor, el terrible espectáculo que
encontraron mis ojos cuando entré en vuestras dependencias, madame de Franval me reconoció...
me apretó las manos... las mojó con sus lágrimas, pronunció algunas palabras
que escuché con dificultad, apenas podían oírse a causa de las palpitaciones provocadas
por el veneno... se excusó ante mí... imploró al cielo por vos... sobre todas las cosas rogó
por el perdón de su hija... Ya veis, bárbaro, los últimos pensamientos, los últimos votos
de aquella que destruíais fueron por vuestra felicidad. Le brindé todos mis cuidados; impartí
órdenes entre vuestros sirvientes, llamé a los más renombrados médicos... traté de
consolar a vuestra Eugenia; conmovido por su horrible estado, pensé que no podía negarle
consuelo; pero fracasé; vuestra esposa expiró entre temblores e indescriptibles tormentos...
en ese último momento, señor, puede presenciar uno de los repentinos efectos del
remordimiento que hasta ese momento había desconocido. Eugenia se precipitó sobre su
madre y murió con ella; creímos que sólo se había desvanecido... No, todas sus facultades
se habían extinguido; sus órganos habían sido absorbidos por la situación y habían sido
aniquilados al mismo tiempo, había muerto realmente, de remordimiento, de pena y desesperación...
Si, señor, las habéis perdido a ambas; y las campanas que todavía tañen son
en honor simultáneamente a dos criaturas, ambas creadas para vuestra felicidad, a quienes
vuestros crímenes han hecho víctimas de su apego a vos, y sus imágenes, manchadas de
sangre, os perseguirán hasta la tumba,
"¿Oh, querido Franval, estaba equivocado cuando os urgí en el pasado para que salierais
del abismo adonde vuestras pasiones os arrojaban; y vais a acusar y despreciar a
aquellos que se ponen de parte de la virtud? ¿Se equivocan al pagar tributo en su
santuario cuando ven el pecado rodeado de tantos problemas y flagelos?"
Clervil guardó silencio. Miró a Franval; lo vio petrificado por la pena; sus ojos estaban
fijos y las lágrimas caían en ellos, pero sus labios carecían de expresión. Clervil le preguntó
por qué estaba casi desnudo, y Franval le explicó brevemente.
"Señor -gritó este generoso mortal-, cuán feliz soy, aún en medio de los horrores que
me rodean, de poder por lo menos mitigar vuestro estado. Iba a veros a Basilea. Iba a deciros
todo, iba a ofreceros lo poco que poseo... aceptadlo, os lo ruego; no soy rico, lo sabéis,
pero aquí hay cien luises, son mis ahorros y todo lo que poseo... os ruego que...
"Generoso hombre -gritó Franval mientras abrazaba las rodillas de este raro amigo-,
¿me los dais? Cielo, ¡acaso necesito algo después de las pérdidas que he sufrido! Y vos, a
quien tal mal he tratado... vos acudís en mi ayuda."
"¿Debemos recordar los insultos cuando la desgracia abruma a quien nos ha insultado?
La venganza que en este caso se le debe infligir, es consolarlo; ¿y por qué abrumarlo
nuevamente cuando sus reproches nos despedazan?... Señor, es la voz de la naturaleza;
podéis ver claramente que la sagrada adoración de un Ser Supremo no la contradice como
solíais imaginar, puesto que el consejo que uno inspira es la sagrada ley de la otra."
"No -replicó Franval mientras se ponía de pie- ; no, señor, ya nada necesito; al dejarme
el Cielo esta última posesión -lijo mientras señalaba su espada-, me enseña el uso que de
ella debo hacer... -la observó- es la misma, sí, querido y único amigo, es la misma arma
que mi angelical esposa tomó una vez para hundir en su pecho, cuando la abrumada con
mis horrores y calumnias... es la misma... quizá encuentre todavía en ella alguna huella de
su sangre sagrada... la mía propia deberá borrarla... sigamos caminando... hasta llegar a
un chalet donde pueda confiaros mis últimos deseos... y luego nos separaremos para
siempre."
Siguieron caminando. Buscaron un atajo que pudiera llevarlos a alguna casa... La noche
todavía envolvía los bosques oscuros... se escuchaban cánticos melancólicos, la luz tenue
de las teas dispersó de repente la oscuridad y tiñó todo de un brillo de horror que sólo podía
ser concebido por almas sensibles; el sonido de las campanas aumentó; a estos sonidos
penosos, que todavía se oían apenas, se sumó el trueno que hasta ese momento había
guardado silencio, y fundió sus rugidos con los fúnebres sonidos. El rayo que siguió al
trueno, y que eclipsó por un momento la luz siniestra de las antorchas, parecía disputar
con los habitantes de la tierra el derecho de conducir a la tumba a la mujer acompañada
por ese cortejo; todo inspiraba horror, todo era desolación... parecía el luto eterno de la
naturaleza.
"¿Qué es eso?" -gritó Franval, emocionado.
"Nada" -contestó Clervil, mientras lo tomaba de la mano y lo desviaba del sendero.
"¿Nada? Me engañáis, quiero ver qué es eso."
Se apresuró... vio un ataúd:
"¿Dios mío! -gritó-, es ella, es ella, que Dios me permita volver a verla..."
A pedido de Clervil, quien vio que era imposible calmar a aquel infeliz, los sacerdotes
se alejaron en silencio... Pero Franval se arrojó sobre el ataúd, sacó de él los tristes restos
que tan profundamente había ofendido; tomó el cuerpo entre sus brazos, lo depositó al pie
de un árbol, y se tendió sobre él llevado por el delirio de la desesperación.
"Oh, vos -gritó fuera de sí-, cuya vida extinguí con mis bárbaros hechos, criatura que
todavía idolatro, mirad a vuestro esposo que se atreve a rogar a vuestros pies que lo perdonéis;
no creáis que lo hago para reviviros, no, es para que el Dios Eterno, conmovido
por vuestras virtudes, pueda condescender a perdonarme como os perdona... necesitáis
derramamiento de sangre querida esposa, la necesitáis para ser vengada... lo seréis... mirad
mis lágrimas, y mi arrepentimiento, voy a seguiros, sombra adorada... pero ¿quien
recibirá mi alma asesina si no intercedéis por mí? Rechazado por Dios como por vos
misma, queréis que sea condenado a terribles tormentos en el infierno, cuando me arrepiento
tan sinceramente de mis pecados? Perdonadlos, corazón amado, y ved ahora como
los vengo."
Con estas palabras, Franval escapó de Clervil y atravesó su cuerpo dos veces con la espada
que sostenía; su sangre impura cubrió a la víctima y más pareció envilecerla que
vengarla.
"Oh, amigo mío -le dijo a Clervil-, me muero, pero en medio del remordimiento...
Hablad a los que quedan, de mi deplorable final y de mis crímenes, decidles que es así
como el esclavo melancólico de las pasiones debe morir, el que ha sido lo suficientemente
bajo como para sofocar en su corazón el clamor del deber y la naturaleza. Permitidme
compartir el ataúd de mi desventurada esposa, sin mi remordimiento también lo hubiera
merecido, pero todo esto me hace digno de él, y yo lo pido. Adiós."
Clervil ejecutó los deseos del infeliz, el cortejo se puso nuevamente en camino; pronto
un lugar de descanso eterno engulló para siempre a los esposos que habían nacido para
amarse, hechos para la felicidad, y que hubieran podido gozar de ella sin remordimiento
si el crimen y sus temibles desórdenes, bajo la mano culpable de uno de ellos, no hubiera
transformado en serpiente todas las rosas de su vida.
El honrado eclesiástico pronto hizo llegar a París los horribles detalles de las distintas
catástrofes. Nadie se inmutó por la muerte de Franval, su vida había traído tantos trastornos,
pero su esposa fue lamentada muy amargamente ¿acaso pudiera haber otra criatura
más preciosa y atractiva ante los ojos del mundo, que ésta que sólo había valorado, respetado
y cultivado las virtudes terrenas para encontrar, a cada paso, desventuras y penas.
FIN