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Lopez Rega: El escuadrón de la muerte

Info6/6/2012
Sí, es mucho para leer, pero es una parte interesante de nuestra historia. Lo posteo porque estuve buscando cierta info, y me topé con esto, que lo quise compartir.

Ya instalado Perón como presidente –en octubre de 1973– cierta esperanzada lógica de los hechos políticos se atrevía a conjeturar una declinación de la violencia. No obstante, había quienes no lo creían así, y quienes necesitaban que así no fuera: López, el principal. El monje umbandista requería –para el desarrollo de su metodología criminal– que la guerrilla continuara actuando, que le entregaran un marco justificatorio a su “respuesta” asesina.

Hay un hecho decisivo: el asesinato de Rucci. Este asesinato ocurre casi en terrorífica simultaneidad con el triunfo de Perón en las elecciones de septiembre de 1973. Había una esperanza (insisto) en la sociedad civil: el acceso de Perón al gobierno –con una mayoría de votos abrumadora– implicaba el refuerzo de la racionalidad política, del constitucionalismo. Así, el asesinato de Rucci implicó la quiebra de esta posibilidad.

¿Quién mató a Rucci? Hoy se tejen toda clase de conjeturas, pero –en septiembre del 73– los Montoneros hicieron correr una contundente versión: habían sido ellos. “Una apretada de los Montos”, se decía. “Lo hicieron para apretarlo al Viejo”. Eran los tiempos en que las versiones tenían absoluta coherencia, pues había una aberrante metodología política: “Primero hay que tirar un cadáver sobre la mesa de negociaciones y después negociar”. Nada prueba que ese cadáver lo hayan producido los Montos, pero es cierto que lo utilizaron. Y la respuesta no demoró ni un día: un militante de la tendencia –Enrique Grinberg– fue asesinado. López exhibía reflejos veloces.

El asesinato de Rucci le vino como anillo al dedo a Lopecito. Ahora podía susurrarle a Perón la “necesidad” de crear un “escuadrón de la muerte”. Esto fortalece cierta hipótesis: que haya sido López quien decidió el acribillamiento de Rucci. (El macabro humor de la época no dejó de aprovechar este “acribillamiento”: a Rucci le decían “galletita Traviata”, porque tenía “veintidós agujeritos”.) Sea como fuere, los Montos se lo adjudicaron y con ello agredieron a Perón y facilitaron los planes paranoicos de López.

Perón se opuso a la creación de “escuadrones de la muerte”. Y lo dijo públicamente en diciembre de 1973. El texto es sustancial: “La República Argentina –dijo el viejo– cuenta con un régimen de justicia y, por otra parte, la Justicia no depende del Poder Ejecutivo. Es un poder independiente en el país. Y nosotros respetamos a esa justicia que debe realizarse por vías de la ley”. Y atención ahora: “Muchas veces me han dicho que creemos un batallón de la muerte como el que tienen los brasileños, o que formemos una organización para-policial para hacerle la guerrilla a la guerrilla. Pienso que eso no es posible ni conveniente. Hay una ley y una justicia y quien delinca se enfrentará a esa ley y a esa justicia por la vía natural que toda democracia asegura a la ciudadanía. Creer lo contrario sería asegurar la injusticia, y andaríamos matando gente en la calle que ni merece ni tiene por qué morir.” Y concluyó con notable claridad: “Yo no he de entrar por el camino de la violencia, porque si a la violencia de esos elementos le agrego la violencia del Estado, no llegaremos a ninguna solución.”

Esta posición rescataba anteriores frases del “Perón madrileño”. Recordemos: el régimen de Lanusse requería –en sus negociaciones con Perón– que el general condenara a la guerrilla. Perón –invariablemente– respondía: “A la violencia no se la combate con la violencia, sino con la justicia social”.

Esas declaraciones de Perón (las de diciembre de 1973) tuvieron diversas repercusiones. Por un lado, otorgaban cierta tranquilidad a la ciudadanía: el anciano líder no incurriría en la violencia desquiciada y parainstitucional. No obstante, contenían algo “preocupante”: “Muchas veces –había confesado Perón– me han dicho que creemos un batallón de la muerte”. Y bien: ¿dónde radicaba lo “preocupante” de esta confesión? No era demasiado arduo advertirlo: si alguien le decía algo “muchas veces” a Perón, ese personaje –necesariamente– debía mantener alguna cercanía con él. Y así era: ese personaje era López Rega. ¿Quién otro podía ser?

López, entonces, le susurraba a Perón: “Hay que crear un batallón de la muerte”. Perón se niega. Y hasta se niega públicamente. Confiesa el hecho: “Muchas veces”, dice. Y también dice: “Alguien”. La frase, en suma, era ésta: “Muchas veces López Rega me ha dicho que creemos un batallón de la muerte”.

Y aquí –aunque duela– es donde Perón se involucra con esta triste historia. El –es cierto– se negó a la creación de escuadrones de la muerte. Y hay pruebas: mientras gobernó, las acciones de la Triple A fueron mínimas. Es decir: Perón controlaba los delirios criminales de López. Pero los conocía. Y este conocimiento constituye una parte esencial de su cara oscura. Sabiéndose viejo y enfermo (Cossio y Taiana se lo habían dicho), no ignorando la influencia que López tenía sobre Isabel, ¿cómo le mantuvo sus poderes? ¿Ignoraba acaso que –una vez producida su muerte– López pondría en vertiginosa acción a los escuadrones de la muerte?

No desconozco que estas preguntas pueden enfurecer a ciertos peronistas. Pero son preguntas que se ha hecho y se hará la sociedad argentina. Preguntas, además, que han sido mal respondidas. Que han despertado el rencor antiperonista. O la “chicana” torpe y mezquina. Conjeturo que enfrentarlas con honestidad no es una tarea inútil.

Lopez Rega: El escuadrón de la muerte


Esencialmente, intento responder los siguientes puntos: ¿qué metodología de conducción utilizó Perón que –finalmente– determinó que López quedara dueño de una enorme parte del poder del Estado? Y también: ¿hubo una ruptura entre el gobierno de Isabel Perón y el de Isabel-López o sólo una exasperación de tendencias ya definidas? Y si fue así, ¿por qué? Y si no fue así, ¿por qué? [...]

Si la política es un arte que trabaja sobre “realidades”; si vive condenada a reflejar y expresarse a través de lo existente; si queda confinada al reordenamiento de fuerzas y no a su creación, la política no puede ser sino pendular, oscilará de un lugar hacia el otro determinada por las coyunturas, por lo fáctico, por lo existente. Y si la política es el juego permanente del pragmatismo pendular, y si esta metodología la ejerce un líder de masas cercano a la muerte, ¿quién será su heredero? Muy simple: el heredero será aquel que se encuentre bajo el péndulo cuando el Padre Eterno deje ser serlo y muera.

No es sencillo analizar la metodología de la “conducción estratégica” durante este arduo y sobredeterminado período de la historia argentina. No es sencillo juzgar a Perón. No lo hago, lo interpreto. [...] Debe quedar claro que la metodología de Perón formaba parte de una cultura política, de una cultura sometida a lo fáctico, a lo existente, al desaforado pragmatismo. Perón, además, le agregó el toque de Von Clausewitz a ese pragmatismo. Así, se acostumbró a ver a los sujetos políticos como fuerzas, la escena política como campo de batalla, como líneas tácticas y estratégicas. Movió sus piezas creyendo que continuaba siendo la “astucia de la historia”, creyó que hacía la historia pero la historia lo desbordó. Ese anciano conmovedor del 12 de junio de 1974 que jura no ceder ni ante la izquierda ni ante la derecha, era ya una víctima de los demonios que había desatado con la certidumbre –y la soberbia– de poder controlarlos.

No pudo hacerlo. Tampoco era el Padre Eterno porque murió como cualquier otro ser humano, suceso en el que quizá nunca creyó del todo. Porque Perón hizo política como si fuera inmortal. De lo contrario, hubiera moderado su péndulo. No se hubiera jugado tanto a una línea, aun cuando su afán por frenar la otra hubiese sido muy grande.

Las caras de Perón son, de este modo, múltiples: Cooke es una caras de Perón, y Evita otra, y Remorino, y Mercante. Y Firmenich es una cara de Perón. Y también Isabel. Y Cámpora. Y López Rega, desde luego, la peor de sus caras.

Así, el heredero fue, finalmente, López Rega. O más exactamente: Isabel y López. ¿Por qué? Lo he dicho: porque era el ala potenciada de Perón cuando lo sorprendió la muerte. Esto no implica una elección ideológica de Perón. Implica un momento de pragmatismo. Estaba en la tarea de descabezar la conducción montonera cuando murió. Estaba en la tarea de “frenar a los duros”. Si Perón hubiera muerto en 1970, o en 1972, sus herederos hubieran sido los combativos, los que levantaban la bandera del “socialismo nacional”, la Jotapé, Ongaro y hasta Tosco. Porque eran ellos –los “duros”– quienes estaban en ese momento bajo el péndulo y recibían las bendiciones del Padre Eterno.

peron


En 1974 quedó López con Isabel. Y la responsabilidad de Perón es grande: fue el precio con que pagó su pragmatismo político, su visualización de la escena política como campo de fuerzas enfrentadas, fuerzas que deben utilizarse las unas contra las otras para neutralizarlas de acuerdo con la coyuntura de poder por la que se atraviesa. “Barrer a la izquierda con la derecha y a la derecha con la izquierda”: sólo un magistral ajedrecista, un mago de lo real puede razonar así. El precio fue alto para Perón: dañó su imagen postrera, que tanto parecía cuidar. A veces se podía creer que vislumbraba la muerte. Otras, que se creía eterno y se jugaba en líneas extremas como si le sobrara el tiempo para encaminarlo todo en el momento preciso.

¿Hubo prolongación entre su gobierno y el de Isabel-López, o ruptura? Ambas cosas. Perón –jamás– cedió al terrorismo de Estado. Siempre (también) se opuso a delegar la represión en las Fuerzas Armadas. Nunca les hubiera dado la orden de “aniquilar” a la subversión, palabra demasiado pesada en 1975, más allá o más acá de las distintas interpretaciones que sobre ella se puedan ofrecer y al margen de cualquier repugnante justificación utilizable por los genocidas procesistas.

Sin embargo, tendencias que se exacerbaron luego de su muerte aparecieron en el gobierno de Perón y contaron con su respaldo. Porque López Rega contó con su respaldo. [...] Además, Perón sabía. Y ésta es la sombra que nos duele ver proyectarse sobre su imagen final, la sombra que debió evitar y a la que su pragmatismo lo condenó. La sombra de López Rega. Perón sabía que López quería armar los escuadrones de la muerte. Y más aún: esos escuadrones actuaron durante su vida.

Actuaron contra Solari Yrigoyen. Y actuaron durante el navarrazo. ¿O el navarrazo (derrocamiento del gobierno constitucional de Córdoba en marzo de 1974) no fue una actuación espectacular de la Triple A?

Pero –aun sabiendo– creía poder “conducir el desorden”. Era la hora de la derecha en 1974. Lo era desde su regreso al país. Era la hora de frenar a los duros. Era la hora de López Rega.

Se dirá: el 12 de junio comenzaba a cambiar todo. Se dirá: Perón ya había derrocado políticamente a Montoneros, a partir de allí empezaba a “abrirse” de la derecha. No lo niego: es posible. Pero si la “conducción estratégica” vivía condenada a “operar sobre la realidad” y no a “crearla”, ¿con qué fuerzas borraría ahora a la derecha”?

¿No queda claro, acaso, que el pragmatismo vive esclavo de lo existente? La política, entonces, lejos de ser el arte de enfrentar fuerzas existentes, debe ser el arte de crearlas. No hacerlo así fue el fracaso del anciano general.

Y este fracaso, trágicamente, tuvo un rostro: el de López Rega.


Por José Pablo Feinmann
De "López Rega, la cara oscura de Perón. Apuntes sobre las Fuerzas Armadas, Ezeiza y la teoría de los dos demonios", Ed. Legasa, Buenos Aires, 1987
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